El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

La cena, cuando la sirvieron, resultó sorprendentemente deliciosa.

La pasta estaba perfectamente al dente, la salsa equilibrada entre acidez y dulzura, y el vino complementaba maravillosamente el plato.

Comieron en el comedor contiguo a la cocina, con velas encendidas en el centro de la mesa a pesar de las protestas iniciales de Alexander de que era «excesivamente romántico». Pero a Felicity le dio igual. Lo ignoró y las encendió. No siempre había que hacer lo que Alexander Reid dijera.

Durante la cena hablaron de los recuerdos que tenían de su infancia, de los libros que habían leído recientemente. Alexander le habló de un documental sobre arquitectura antigua que había visto, y ella le contó la última locura de Azriel.

—No puedo creer que planeara aparecer en la oficina para «evaluar en qué punto estaba lo nuestro» —dijo Alexander, sacudiendo la cabeza con una mezcla de horror y diversión.

—Tuve que prometerle una descripción detallada de tu casa para disuadirlo —admitió Felicity, riendo—. Espero que no te importe que sepa el color exacto de tus cortinas.

—Mientras se mantenga lejos de mi armario, puedo vivir con eso —respondió Alexander, y Felicity notó cómo su risa se había vuelto más frecuente, más libre, a medida que avanzaba la noche.

Después de la cena, trasladaron las copas de vino a la sala de estar.

Ese espacio tenía un aire más personal. Decenas de libros llenaban las estanterías que cubrían una pared entera, fotografías enmarcadas (sobre todo de paisajes, notó Felicity, casi ninguna de personas) adornaban las paredes, y un sofá de cuero negro que sí que parecía usado, invitaba a sentarse.

Se acomodaron juntos, Felicity acurrucada contra el costado de Alexander, su cabeza reposando en su hombro mientras él acariciaba su brazo.

—Nunca traigo a nadie aquí —dijo de repente. Su voz era como un suave rumor en el silencio de la habitación—. Este espacio... es solo mío.

Felicity levantó la vista, consciente del significado implícito que había en sus palabras.

—¿Y ahora? —preguntó.

Alexander la miró.

—Ahora es nuestro —respondió simplemente—. Si tú quieres.

En lugar de responder con palabras, Felicity se incorporó ligeramente para besarlo, intentando transmitir con ese gesto todo lo que sentía, pero que aún no estaba lista para articular.

El beso fue ganando intensidad, pasando de tierno a apasionado. Pronto las copas de vino quedaron olvidadas en la mesa mientras se exploraban uno a otro, como tantas veces habían hecho ya.

Felicity lo empujó ligeramente hacia atrás para sentarse a horcajadas encima de él.

Se miraron durante unos segundos.

Sin prisa.

Después volvieron a besarse, como si no hubiera un mañana, como si el mundo fuera a terminarse, como si fuera su ultimo día en la Tierra.

Más tarde, mucho más tarde, permanecían hechos un nudo entre las sábanas de la cama, tratando de que sus respiraciones se normalizaran.

Felicity trazaba con sus dedos los contornos del pecho de Alexander, maravillándose silenciosamente ante la naturalidad con la que habían encajado, como piezas de un rompecabezas que finalmente encontraban su lugar correcto.

—¿En qué estás pensando? —murmuró él, con sus manos enredadas en el cabello de Felicity.

—En lo surrealista que es todo esto —respondió ella con sinceridad—. Te di un beso en un tren sin saber que serías mi jefe. Cuando entré en tu despacho y te vi, pensé que no me contratarías. Y ahora...

—Y ahora estás en mi cama, usando una de mis camisas como pijama, y planeando quedarte todo el fin de semana en mi casa —terminó él. En su voz había una nota de asombro que reflejaba exactamente lo mismo que sentía Felicity.

—La vida es extraña —reflexionó ella, apoyando la barbilla sobre su pecho para mirarlo—. Y maravillosa, a veces.

—Definitivamente es maravillosa en este momento —comentó Alexander, con una sonrisa que le daba un aspecto juvenil, muy diferente del ejecutivo serio, muy diferente del «diablo» que el mundo conocía.

Un silencio cómodo se extendió entre ellos, roto solo por el suave tic-tac del reloj y el ocasional sonido del viento contra las ventanas.

Felicity casi pensó que Alexander se había quedado dormido cuando su voz, más juguetona de lo que jamás había escuchado, rompió la quietud.

—Entonces, señorita Ashford —dijo, imitando de forma exagerada su tono profesional—, ¿cómo evalúa mi comportamiento hasta ahora como jefe fuera de horario?

Felicity rio, siguiéndole el juego.

—Bueno, señor Reid —respondió, fingiendo seriedad—, debo decir que sus habilidades culinarias son aceptables, aunque su técnica de corte de verduras necesita refinamiento.

—¿Ah, sí? —Alexander arqueó una ceja. Sus ojos tenían un destello mordaz—. ¿Y qué hay de mis otras... habilidades?

Felicity hizo como que lo estaba considerando seriamente, como si estuviera valorando un informe.

—Mmmm… Superiores a la media en varios departamentos —afirmó con expresión profesional, sin embargo su mirada la traicionaba—. Aunque, bueno, siempre hay margen para mejorar con práctica adicional.

—¿Es su recomendación profesional, señorita Ashford? —preguntó él, sus manos comenzando a moverse de manera decididamente no profesional por su espalda—. ¿Más práctica?

—Es lo mínimo que puedo sugerir como su dedicada asistente —respondió ella, incapaz de mantener la fachada seria cuando él comenzó a dejar un rastro de besos por su cuello—. Estoy comprometida con su... continuo desarrollo. —Suspiró.

—Ya veo… —Alexander rio contra su piel. Un sonido que Felicity quería atrapar y guardar para siempre—. Tu dedicación es admirable —murmuró, rodando para colocarla debajo de él—. Creo que mereces un aumento.

—Preferiría una compensación no monetaria —respondió ella, introduciendo los dedos en su pelo negro y atrayéndolo hacia abajo para besarlo.

La conversación se disolvió entre risas, suspiros y jadeos, hasta que volvieron a unir sus cuerpos como si fueran uno solo.

En la oficina seguirían siendo el implacable presidente y dueño de Reid Enterprises y su eficiente asistente personal. Pero ahí, en ese espacio que ahora era de ambos, podían simplemente ser Alexander y Felicity: imperfectos, vulnerables. Ellos mismos.