CAPÍTULO 52
La mansión de Alexander Reid en Westchester no era ostentosa en el sentido tradicional de las residencias de los ultrarricos.
No había fuentes ornamentadas, ni esculturas pretenciosas, ni una decoración que gritara «tengo más dinero del que podré gastar en cien vidas».
En cambio, la propiedad exudaba un tipo de lujo más discreto y refinado: líneas limpias, espacios abiertos bañados con luz natural, materiales de la más alta calidad combinados con un diseño que priorizaba la funcionalidad y el confort sobre la exhibición.
Era viernes por la noche, y Felicity observaba la cocina con una mezcla de asombro y diversión. Para un hombre que probablemente no cocinara a menudo, Alexander poseía una cocina que habría hecho llorar de emoción a cualquier chef profesional.
Encimeras de mármol negro se extendían por todo el perímetro, electrodomésticos de acero inoxidable brillaban bajo la iluminación estratégicamente colocada, y una isla central del tamaño de su apartamento de Pittsburgh dominaba el espacio.
—¿Seguro que sabes usar todo esto? —preguntó con escepticismo, mientras Alexander sacaba unos cuantos ingredientes de la nevera.
Él le lanzó una mirada por encima del hombro como si se sintiera ofendido.
—Por supuesto que sí —respondió, colocando tomates, hierbas frescas, ajo y una botella de aceite de oliva sobre la encimera—. ¿Crees que compraría una cocina como esta si no supiera utilizarla?
Felicity arqueó una ceja.
—Sinceramente, sí —dijo con una sonrisa—. Me parece exactamente el tipo de cosa que un millonario compraría por su valor estético más que funcional.
Alexander se llevó una mano al pecho en un gesto de dolor (fingido, por supuesto). En el fondo tenía un lado teatral que Felicity no se esperaba y que le encantaba.
—Me hieres profundamente, Felicity —declaró, aunque sus ojos la miraban sin poder ocultar su diversión—. Quiero que sepas que puedo preparar al menos tres platos a la perfección.
—Impresionante —respondió ella, acercándose para examinar los ingredientes—. ¿Y cuáles son esos tres platos maestros?
—Pasta al pomodoro, que es lo que voy a hacer esta noche —comenzó él, sacando una tabla de cortar de uno de los armarios de la isla—. Un risotto de champiñones que aprendí durante un viaje a Milán. Y huevos revueltos con tostadas para emergencias.
Felicity no pudo evitar reír, encantada de ver ese lado de Alexander que tan pocos tenían el privilegio de conocer.
Durante la última semana había descubierto múltiples facetas de él que el Alexander Reid de la oficina mantenía cuidadosamente ocultas: su sentido del humor ácido, pero sorprendentemente juguetón, su pasión por los documentales de historia, y su costumbre de leer poesía antes de dormir, entre otras cosas.
Quién lo hubiera dicho, ¿eh?
—Muy bien, chef Reid —dijo, remangándose la camisa (una de las de él que había tomado prestada después de ducharse)—. ¿En qué puedo ayudar?
Alexander la miró.
Una sonrisa suave se dibujó en sus labios mientras observaba cómo la camisa, varias tallas más grande, caía sobre sus piernas, con las mangas dobladas varias veces para liberar sus manos.
—Puedes encargarte de picar los tomates —sugirió, pasándole un cuchillo que parecía diseñado para cortar moléculas, no verduras—. Yo me ocuparé del ajo y las hierbas.
Trabajaron en un cómodo silencio durante unos minutos. La única banda sonora era el sonido de los cuchillos contra las tablas de cortar y el ocasional tintineo de copas mientras Alexander servía el vino que había dejado airear, para que desarrollara sus aromas y sabores.
—Nunca te imaginé así —comentó Felicity, observándolo mientras picaba albahaca con sorprendente destreza.
—¿Así cómo? —preguntó él, sin levantar la vista de su tarea.
—Hogareño —respondió ella—. En la oficina siempre pareces tan... distante. Como si vivieras en una esfera diferente al resto de los mortales. Y sin embargo aquí estás, cortando ajo y discutiendo los méritos de la pasta fresca versus la seca como cualquier persona normal.
Alexander detuvo sus movimientos, pensando en sus palabras.
—Supongo que es parte del trabajo —dijo finalmente. Su tono se había vuelto más reflexivo—. Mantener cierta distancia. Crear esa imagen de inaccesibilidad.
—¿Por qué? —preguntó Felicity con curiosidad—. ¿Por qué es necesario?
Alexander tomó un sorbo de vino, como si necesitara un momento para ordenar sus pensamientos.
—Cuando asumí el control de Reid Enterprises tenía veinte años —comenzó, volviendo a su tarea, pero con movimientos más lentos, más meditativos—.
Mi padre acababa de morir, junto con mi madre, en ese accidente de avioneta.
La empresa estaba en un momento crítico de expansión.
Había tiburones por todas partes, dentro y fuera del consejo, esperando que el hijo inexperto cometiera un error para despedazarlo.
Felicity escuchaba en silencio, consciente de que Alexander estaba compartiendo algo profundamente personal. Habían hablado brevemente sobre su historia familiar durante el viaje a Boston, pero nunca con ese nivel de detalle.
—No podía permitirme mostrar debilidad ni vulnerabilidades —continuó—.
No podía ser «solo un chico» tratando de llenar los enormes zapatos de William Reid.
Tenía que ser más grande, más duro, más frío que cualquiera de ellos.
Así que construí esa persona, esa versión de Alexander Reid que infundía respeto y un poco de temor. Ser el Diablo que dicen que soy.
Dejó el cuchillo y levantó la vista hacia Felicity. Sus ojos reflejaban una mezcla de nostalgia y resignación.
—Con el tiempo, supongo que se convirtió en una segunda naturaleza. Una armadura que nunca me quito completamente.
Felicity dejó su propio cuchillo, rodeó la isla y se acercó a él, cogiendo su rostro entre sus manos con ternura.
—Excepto ahora —dijo con dulzura—. Conmigo.
Alexander sonrió. Y el gesto, como siempre ocurría en él, cambió la expresión de su rostro, suavizando las líneas que años de responsabilidad prematura habían esculpido en él.
—Excepto ahora —aseveró, inclinándose para besarla brevemente—. Contigo.
El momento se extendió, íntimo y frágil, antes de que Alexander retomara su historia mientras ponía agua a hervir.
—Cuando murieron, perdí más que a mis padres —continuó—. Perdí la oportunidad de ser simplemente joven. De cometer errores sin que costaran millones o afectaran a cientos de empleados. De explorar quién era yo fuera del legado Reid.
Felicity sintió un nudo en la garganta, imaginando a un jovencísimo Alexander de veinte años cargando de repente con el peso de un imperio.
—Debió de ser muy solitario —dijo, comprendiendo ahora mucho mejor al hombre que había tras la fachada.
—Lo fue —admitió Alexander, echando los tomates picados en una sartén con aceite caliente, donde chisporrotearon al contacto—. Aún lo es, a veces. Te acostumbras a mantener a la gente a distancia. A ser admirado, temido o envidiado, pero rara vez... te dejas conocer.
Revolvió la salsa con una cuchara de madera, aparentemente concentrado en la tarea, pero Felicity podía ver que estaba procesando emociones que quizás rara vez permitía que afloraran.
—Hasta que llegaste tú —añadió Alexander, tan suavemente que casi no lo escuchó sobre el burbujeo de la salsa—.
Tú nunca pareciste intimidada por «el diablo de Alexander Reid».
Incluso cuando eras solo mi asistente, siempre me miraste como a una persona, no como a un símbolo o una posición de poder.
Felicity sonrió, recordando sus primeros días en Reid Enterprises, y cómo había aprendido rápidamente a leer entre líneas, a ver más allá de la fachada fría con la se envolvía. Aunque a veces (muchas muchas veces) era imposible.
—Bueno, era difícil verte solo como «el jefe aterrador» cuando te oía tararear canciones de los 80 cuando creías que nadie estaba mirando —bromeó, aligerando el momento.
Alexander la miró con sorpresa.
—Yo no tarareo —protestó, aunque sabía que era cierto.
—Oh, sí lo haces —insistió Felicity, riendo—. Take On Me de A-ha es tu favorita cuando revisas informes financieros particularmente aburridos.
Alexander sacudió la cabeza. Una risa escapó de su boca.
—Eres peligrosamente observadora, Felicity Ashford —dijo, echando la pasta en el agua hirviendo—. Tendré que ser más cuidadoso a partir de ahora con mis momentos musicales.
Felicity soltó una carcajada.
Mientras la pasta se cocía, se apoyaron uno junto al otro contra la isla de la cocina, copas de vino en mano.
El aroma del tomate, del ajo y la albahaca llenaba el aire, creando una atmósfera de intimidad casera que contrastaba con los techos altos y el diseño moderno.
—¿Y tú? —preguntó Alexander después de un momento—. Me has contado fragmentos sobre tu infancia, pero nunca la historia completa.
Felicity dio un sorbo a su vino, sin saber muy bien por dónde empezar.
—No es tan dramática como la tuya —advirtió—. No hay imperios empresariales ni responsabilidades aplastantes. Solo... ausencia, principalmente.
—Cuéntame —pidió él. Sus ojos la miraron atentos, interesados.
—Mi padre se fue cuando yo tenía cinco años —comenzó Felicity, mirando el profundo rojo de su vino—.
Un día estaba ahí, y al siguiente simplemente...
no. Dejó una nota para mi madre. Algo sobre necesitar encontrarse a sí mismo, sobre cómo la vida familiar lo estaba ahogando.
Sin embargo, mi madre le había dado todas las alas posibles, pero al parecer no fueron suficientes.
La amargura en su voz era apenas perceptible, pero Alexander la captó.
Deslizó su mano sobre la de ella en un gesto silencioso de apoyo.
—Mi madre tuvo que hacer malabares con varios trabajos para mantenernos —continuó—.
Mi abuela vivía con nosotras y ayudaba, pero también estaba envejeciendo.
Hubo momentos en que la nevera estaba vacía, o en que mi madre tenía que decidir entre pagar la calefacción o comprar mis libros para la escuela.
Alexander la escuchaba sin interrumpir. Su pulgar trazaba círculos suaves sobre el dorso de su mano.
—Empecé a trabajar a los quince —dijo Felicity—. Primero cuidando niños en el vecindario, luego en una cafetería después de clases. En la universidad, trabajaba casi a tiempo completo mientras estudiaba. Fue... agotador. Pero también me enseñó mucho.
—Es por eso por lo que eres tan resiliente —observó Alexander—. Por lo que nunca te rindes.
Felicity asintió, sorprendida por su percepción.
—Supongo que sí —estuvo de acuerdo—. Cuando creces viendo a tu madre sacrificándolo todo, trabajando hasta caer exhausta solo para darte alguna oportunidad, aprendes que rendirse simplemente no es una opción.
Alexander comprobó la pasta, y escurrió una porción pequeña para probar su punto de cocción.
—Somos productos de nuestras historias, ¿no? —reflexionó, volviendo a la conversación—. Tú, determinada a no depender nunca de nadie, a ganarte cada centímetro de terreno. Yo, obsesionado con el control y la lealtad, porque una vez lo perdí todo en un instante.
—Y ambos, unos adictos al trabajo incorregibles —añadió Felicity con una sonrisa triste—. Tú, tratando de honrar constantemente el legado de tu padre. Yo, intentando asegurarme de que nunca tendré que preocuparme por no poder pagar las facturas.
Alexander la miró, con una intensidad que hizo que su corazón se acelerara.
—Somos bastante iguales, ¿verdad? —dijo—. Dos personas rotas de maneras complementarias.
—Prefiero pensar que somos dos personas completas que simplemente entienden las grietas del otro —corrigió Felicity, sosteniéndole la mirada.
La sonrisa que se extendió por el rostro de Alexander fue como un amanecer: lenta, cálida, iluminando poco a poco cada rincón.
—Me gusta esa perspectiva —comentó, inclinándose para besarla suavemente.