CAPÍTULO 51
La mañana del lunes en Reid Enterprises transcurría con la eficiencia habitual.
El vestíbulo principal bullía de actividad mientras ejecutivos, asistentes y mensajeros cruzaban el suelo de mármol, cada uno absorto en sus propias obligaciones.
La característica fuente central, con su elegante diseño minimalista, proporcionaba un suave murmullo de fondo que contrastaba con el sonido de tacones y el zumbido de las conversaciones.
Felicity atravesó las puertas giratorias con una sonrisa en los labios.
—Buenos días —dijo al guardia de seguridad.
—Señorita Ashford —respondió él con un asentimiento cordial—. Temprano como siempre.
—Ya sabes lo que dicen: a quien madruga… Dios le proporciona café recién hecho —improvisó, ganándose una risa del hombre.
Lo que el guardia no sabía, lo que nadie en el edificio sabía, excepto las dos personas involucradas, era que Felicity había pasado el fin de semana entero en la mansión de Alexander Reid.
Cuarenta y ocho horas de descubrimiento mutuo, de conversaciones hasta altas horas de la madrugada, de risas inesperadas y caricias que iban desde las tiernas hasta las apasionadas.
Cuarenta y ocho horas que habían cambiado todo y nada al mismo tiempo.
Porque ahora, al entrar en el ascensor para que la llevara al piso 70, Felicity tenía que hacer el cambio.
De Felicity, la mujer que había despertado aquella misma mañana enredada entre las sábanas y los brazos de Alexander, a la señorita Ashford, la eficiente asistente personal del presidente y dueño de Reid Enterprises.
«Los límites tienen que estar claros», habían acordado la noche anterior, tumbados uno junto al otro mientras contemplaban el techo de la habitación de Alexander. «En la oficina somos jefe y asistente. Nada más.»
Parecía sencillo en teoría. En la práctica, mientras el ascensor subía velozmente y su estómago se llenaba de mariposas, anticipando verlo de nuevo (a pesar de haberse despedido de él apenas una hora antes), Felicity se preguntaba si habían subestimado el desafío.
Las puertas del ascensor se abrieron en el piso ejecutivo, que ya mostraba signos de actividad.
Felicity caminó hacia su escritorio con paso decidido, saludando a los pocos empleados que ya habían llegado.
Su escritorio estaba exactamente como lo había dejado el viernes: ordenado, funcional, con todo en su sitio.
La única diferencia era el café con leche que esperaba junto a su teclado, en uno de esos vasos de cartón para llevar de la cafetería artesanal del SoHo, la favorita de Alexander, donde ella había recogido tantas veces su preciado café egipcio.
Un pequeño post-it amarillo estaba pegado al vaso:
«Buenos días. A las 7:15 en mi despacho. Revisión de agenda.»
La caligrafía precisa y ligeramente inclinada de Alexander era inconfundible.
Sonrió. Fui inevitable.
Felicity tomó el post-it, pasando los dedos por la tinta como si pudiera sentir a través de ella al hombre que la había escrito.
Un gesto simple, profesional a ojos de cualquiera que lo viera, pero que para ella contenía un universo de significados ocultos.
Sonrió para sí misma mientras encendía el ordenador y comenzaba a revisar los correos electrónicos acumulados durante el fin de semana.
Ninguno requería atención inmediata, lo que significaba que tenía tiempo para ordenar sus pensamientos antes de la «revisión de agenda».
A las 7:14, un minuto antes de la hora indicada, Felicity se levantó de su escritorio, alisó su falda negra de punto, comprobó que su blusa roja estuviera perfectamente abotonada, y cogió su tablet con la agenda del día.
Tomó una respiración profunda para centrarse, y llamó a la puerta del despacho.
—Adelante —llegó la voz de Alexander, profesional y neutra.
Felicity entró, cerrando la puerta tras ella con un suave clic .
Alexander estaba de pie junto a la ventana, contemplando el panorama de Manhattan que se extendía a sus pies.
Vestía uno de sus trajes oscuros a medida, tan impecable que parecía recién salido de la sastrería, a pesar de que Felicity sabía perfectamente que se lo había puesto apresuradamente por la mañana, después de apurar al máximo los últimos minutos juntos, antes de que ella se marchara para ir a su piso a cambiarse.
—Buenos días, señor Reid —dijo, manteniendo un tono estrictamente profesional—. Aquí tiene la agenda del día.
Alexander se giró lentamente, y durante un segundo, solo un segundo, Felicity vio en sus ojos un destello de algo cálido, íntimo, que desapareció rápidamente tras su máscara imperturbable de presidente de la compañía.
—Gracias, señorita Ashford —respondió, caminando hacia su escritorio y sentándose—. ¿Qué tal el café?
—Delicioso, gracias —dijo Felicity, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Muy considerado por su parte.
Un silencio se extendió entre ellos.
Felicity podía sentir su corazón acelerándose a pesar de sus mejores esfuerzos por mantener la compostura profesional.
—La agenda —recordó finalmente, aclarándose la garganta y mirando su tablet—.
A las diez tiene la llamada con los inversores de Singapur.
A las once y media, reunión con el departamento legal sobre la revisión de los contratos de la costa oeste.
Almuerzo a la una con Victoria Zimmerman para discutir la estrategia para el proyecto Peterson.
Alexander asentía mientras ella hablaba, aparentemente concentrado en la información. Pero Felicity notó cómo sus ojos ocasionalmente se desviaban hacia sus labios, sus manos, sus pechos, la curva de su cuello donde esa mañana había reposado su boca.
—¿Y por la tarde? —preguntó él, con una voz ligeramente más ronca de lo habitual.
—Tiene dos horas programadas para revisar los informes trimestrales, seguidas de una videollamada con la filial de Londres a las seis —continuó ella, dando un paso adelante para mostrarle algo en la tablet—. Y aquí están los puntos clave que quería destacar.
Alexander se inclinó para mirar la pantalla, y de repente estaban demasiado cerca.
El aroma de su colonia, ese perfume caro y sutil que Felicity había llegado a asociar con momentos de intimidad durante el fin de semana, invadió sus sentidos.
Intentó concentrarse en la agenda, pero era difícil cuando podía notar el calor que emanaba de Alexander, cuando recordaba tan vívidamente cómo era sentir su piel contra la suya.
—Excelente trabajo, como siempre —murmuró Alexander, y había algo en su tono que sugería que no estaba hablando solo de la agenda.
—Gracias, señor Reid —respondió ella, dando un paso atrás para recuperar algo de espacio y de cordura—. ¿Necesita algo más?
Alexander la miró directamente con sus penetrantes ojos azules. Hubo un momento de silencio, de tensión palpable, antes de que se levantara de la silla con un movimiento tan fluido como el de un tigre.
—Cierra la puerta con pestillo —dijo. Su voz se transformó de profesional a personal en un instante.
Felicity sintió un escalofrío recorrer su columna.
Sabía que debería recordarle sus propias reglas, los límites que habían establecido apenas unas horas antes. Pero en lugar de eso, se encontró caminando hacia la puerta y girando el pequeño pestillo.
Cuando se volvió, Alexander ya estaba a mitad de camino hacia ella, su expresión transformada completamente. La máscara del jefe implacable había desaparecido, reemplazada por una mirada de deseo apenas contenido que hizo que sus rodillas se debilitaran como si fueran de gelatina.
—Esto es muy poco profesional —susurró Felicity, aunque no hizo ningún intento de alejarse cuando él se detuvo a centímetros de distancia.
—Totalmente —afirmó él. Una sonrisa juguetona tiraba de la comisura de sus labios—. Podría incluso considerarse un abuso de autoridad.
—Es absolutamente inaceptable —continuó Felicity, incapaz de evitar que una sonrisa similar a la de Alexander se dibujara en su rostro—. Deberíamos informar a Recursos Humanos inmediatamente.
—O... —Alexander dio otro paso, eliminando el último medio metro que había entre ellos. Sus manos se posaron en la cintura de Felicity—, podríamos aprovechar estos cinco minutos antes de que comience oficialmente mi jornada.
—¿Se te ocurre alguna idea? —preguntó Felicity.
Alexander afirmó con la cabeza.
—Se me ocurre una.
No esperó que Felicity dijera nada más. Sus labios encontraron los de ella en un beso que combinaba la urgencia del deseo con la dulzura del reencuentro.
Las manos de Felicity, que había jurado mantener quietas, traicionaron su resolución y se deslizaron hasta su pecho, sintiendo los músculos definidos bajo la camisa perfectamente planchada.
El beso ganó profundidad, y durante un momento el mundo exterior desapareció. Sin más.
No existía Reid Enterprises, ni jerarquías empresariales, ni roles, ni la necesidad de mantener las apariencias. Solo ellos dos, descubriendo nuevamente la química que habían explorado durante el fin de semana.
Cuando sus bocas se separaron, la respiración de ambos era ligeramente entrecortada. Alexander apoyó la frente contra la de Felicity.
—Te he echado de menos —murmuró.
—Nos hemos visto hace menos de dos horas —le recordó Felicity, aunque su sonrisa revelaba que ella también le había echado de menos.
—Una eternidad —respondió él, robándole otro beso rápido antes de dar un paso atrás—. Pero ahora debo volver a ser el señor Reid, y tú la eficiente señorita Ashford.
Felicity lanzó un suspiro, intentando recomponer su expresión profesional mientras se alisaba la blusa.
—Por supuesto, señor Reid —dijo. Su tono ya sonaba formalmente neutral, aunque sus ojos avellana brillaban con una nota de diversión—. ¿Necesita algo más?
Alexander sonrió, con ese destello de complicidad que estaba reservado solo para ella.
—Por ahora no, señorita Ashford —respondió, volviendo hacia su escritorio—. Pero esté disponible. Podría necesitar su... asistencia en cualquier momento.
El doble sentido era imposible de ignorar, y Felicity notó un rubor subiendo por sus mejillas mientras se dirigía hacia la puerta.
—Como siempre, señor Reid —respondió, permitiéndose una última mirada cómplice antes de quitar el pestillo de la puerta y salir al mundo exterior, donde eran simplemente jefe y asistente.
Nada más.
Nada menos.