El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Lo que sucedió después fue como un sueño, con fragmentos de sensaciones y emociones tan intensas que casi parecían irreales.

Las manos de Alexander, sorprendentemente atentas para un hombre con tanta autoridad, desabotonaron la blusa de Felicity con una reverencia que la dejó sin aliento. Sus labios trazaron caminos por su cuello, por su clavícula, por cada centímetro de piel recién descubierta.

La sensación de los mechones de pelo entre los dedos de Felicity mientras lo atraía más cerca, mientras lo empujaba hacia ella, con la imperiosa necesidad de eliminar cualquier espacio entre ellos, era maravillosa.

Parte de la ropa fue abandonada en un camino desde la puerta. Las prendas cayeron con urgencia a medida que la necesidad de sentir piel contra piel se volvía abrumadora.

Terminaron en el sofá de cuero en la esquina del despacho. Un mueble elegido en su día por su estética y que ahora servía para un propósito mucho más mundano, más terrenal.

Cuando Alexander se tumbó encima de Felicity, una parte de ella no se lo podía creer.

Alexander Reid era un jodido sueño hecho realidad. Y también en el sexo. Era perfecto.

Se arqueó debajo de él y abrió la boca. Alexander le lamió los labios, le mordió el cuello y Felicity gimió cuando rozó su coño con su erección.

—Te voy a follar hasta que grites mi nombre —susurró a ras de su boca—. Y lo vas a gritar hasta quedarte afónica.

Felicity le respondió mordiendo su labio inferior y tirando levemente de él.

Alexander le quitó el sujetador, que lanzó por ahí sin ningún cuidado, se inclinó y comenzó a pasar su lengua por los pezones. Primero uno. Después otro.

—Joder —siseó Felicity entre dientes.

—¿Te gusta? —le preguntó él.

—Me encanta —respondió ella.

Alexander deslizó la mano hacia abajo, mientras la besaba apasionadamente. No recordaba haber estado tan excitado nunca.

La cabeza le decía que era una locura, pero el sentido común le había abandonado en el momento en que había tocados los labios de Felicity.

La tortura había durado demasiados días.

Cuando ella había correspondido a su beso, supo que estaba perdido.

Metió los dedos por el elástico de las braguitas y notó que estaba ya húmeda. Su dedo encontró su clítoris y comenzó a acariciarlo haciendo pequeños movimientos circulares.

Felicity suspiró, gimió, jadeó.

—Alexander, si sigues así, voy a correrme —dijo.

—Es lo que quiero, nena —musitó él—. Pero, tranquila, solo será el primero de muchos. Quiero estar toda la noche lamiendo cada centímetro de tu piel.

Y así fue.

Alexander la acarició hasta que Felicity se retorció de placer contra su mano.

Alexander la adoró con una atención que no debería haberla sorprendido, dada la intensidad con la que abordaba todo en su vida.

Descubrió lugares en su cuerpo que ella misma no sabía que podían provocar tanto placer, aprendiendo sus reacciones con la misma precisión con la que dominaba los mercados financieros.

Después del primer orgasmo, Felicity buscó los botones del pantalón. Se estremeció al notar como la bragueta de Alexander se tensaba contra la enorme erección.

Tenía un buen paquete.

Sí. Ufff…

Desabrochó con algo de torpeza los dos primeros, pero Alexander, impaciente, dio un tirón y los abrió. Por fin se quitó los pantalones juntos con los bóxers y se quedó completamente desnudo.

Felicity no pudo evitar lanzar un suspiro.

De anhelo.

De anticipación.

De ganas.

Alexander se inclinó sobre ella y recorrió sus muslos con la boca antes de coger el elástico de las braguitas y bajárselas. Luego dejó que la prenda cayera al suelo.

Felicity se encontró con las piernas entrelazadas alrededor de la cintura de Alexander. Los alientos fundiéndose, labios de nuevo entrechocando, jadeantes, hasta que era imposible distinguir uno del otro en el sofá.

—No puedo más —susurró Alexander.

—Yo tampoco.

Alexander se puso rápidamente un preservativo que sacó de la cartera. Después se inclinó sobre Felicity, colocándose justo encima de sus caderas y tras unos agónicos segundos, empujó hacia abajo y la penetró hasta el fondo.

Felicity gimió de placer.

El tamaño del miembro de Alexander hizo que le clavara las uñas en la espalda.

Cuando Alexander empezó a moverse, Felicity pensó que iba a morir. La sensación era excitante. Deliciosa. Era como si su cuerpo hubiera estado congelado a la espera de alguien como Alexander Reid.

La intensidad del momento trascendía lo físico. Era extraño, pero Felicity reconocía a Alexander en sus movimientos, como si sus cuerpos hubieran estado ensayando ese momento durante mucho tiempo, esperando pacientemente a que sus mentes los alcanzaran.

Se movieron juntos en un ritmo que parecía tan natural como respirar, construyendo algo que iba más allá del placer, hacia un territorio más profundo.

Felicity no necesitó mucho tiempo para empezar a sentir los temblores del orgasmo.

—Todavía no —susurró Alexander, apretándose con fuerza contra ella para penetrarla más profundamente.

Felicity lo miró.

Sus ojos azules brillaban tras los párpados a medio abrir y supo que estaba tratando de retrasar el momento. Incluso dominados por el placer, Alexander se empeñaba en tener el control.

Felicity lo apretó más contra ella, empujando sus glúteos contra sus caderas, arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás, para que sus embestidas fueran más profundas.

—Sí… Oh, Alexander, sí… —gimió.

Y cuando el clímax los alcanzó, primero a ella y luego a él, fue como si algo se rompiera y se reconstruyera al mismo tiempo.

Felicity se dejó ir. Dejó que el placer la arrastrara hacia el abismo, en una caída libre que la sacudió por completo de arriba abajo.

Y durante los últimos coletazos del orgasmo, fue consciente de que Alexander se estaba corriendo. Y de que murmuró su nombre, jadeante, entre dientes.

Después, se quedaron entrelazados en el sofá. Las respiraciones volviendo poco a poco a la normalidad, la realidad del mundo exterior lentamente filtrándose de nuevo en su conciencia.

Alexander paseaba la yema de los dedos por la espalda desnuda de Felicity, mientras ella descansaba su cabeza sobre su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.

Felicity, liberada finalmente de las todas las restricciones, se permitió explorar el cuerpo que había vislumbrado tantas veces bajo trajes perfectamente cortados.

—Bueno —dijo, rompiendo el cómodo silencio—, esto definitivamente no estaba en la descripción de mis tareas como asistente personal.

Alexander rio. El sonido reverberó a través de su pecho bajo el oído de Felicity.

—Podríamos revisar tu contrato —sugirió, fingiendo seriedad—. Añadir una cláusula sobre «deberes adicionales según sea necesario».

Felicity levantó la cabeza para mirarlo. Una sonrisa jugaba en sus labios.

—¿Esto será una cosa regular, entonces? —preguntó, intentando mantener un tono ligero a pesar de la importancia de la pregunta.

Alexander la miró. Cualquier pretensión de humor se desvaneció.

—Me gustaría que lo fuera —respondió, sosteniendo su mirada—. No solo esto —hizo un gesto abarcando sus cuerpos entrelazados—, sino todo. Tú y yo, intentando descubrir qué podemos ser juntos, fuera de la oficina, como personas, no solo como jefe y empleada.

«Intentando descubrir qué podemos ser juntos —repitió Felicity para sus adentros—, qué frase tan bonita», pensó.

—A mí también me gustaría —dijo.

Alexander sonrió, inclinándose para besarla brevemente en los labios.

—Bien —dijo—. Porque no tengo intención de dejar que esto sea solo un episodio aislado de locura inducida por el exceso de trabajo.

Felicity rio, y su risa llenó el espacio a su alrededor.

—Hablando de trabajo —dijo, mirando el reloj de la muñeca de Alexander—. Son casi las doce. Deberíamos probablemente...

—Vestirnos e irnos a casa —terminó de decir él.

—Sí.

Con cierta pereza, comenzaron a recoger la ropa esparcida por el suelo, vistiéndose en un silencio cómodo interrumpido ocasionalmente por miradas y sonrisas compartidas, como adolescentes que acaban de descubrir un maravilloso secreto.

Una vez vestidos y recuperando cierta apariencia profesional, Alexander tomó su mano.

—Déjame llevarte a casa —ofreció—. Mi coche está en el garaje.

Felicity asintió, entrelazando sus dedos con los suyos.

Juntos, apagaron las luces del despacho y tomaron el ascensor hasta el garaje subterráneo, donde un Aston Martin negro metalizado (uno de los muchos coches de Alexander) esperaba, elegante y discreto como su dueño.

Mientras Alexander abría la puerta del pasajero para ella, Felicity no pudo evitar pensar en lo surrealista que era todo.

Horas antes, era simplemente la asistente personal eficiente que se había quedado en la oficina para terminar unos informes. Ahora estaba entrando en el coche de Alexander Reid, con el sabor de sus besos aún en los labios y la sensación de sus manos todavía sobre la piel.

El motor cobró vida con un ronroneo suave pero poderoso, y mientras salían a las calles de Nueva York, Felicity miró a Alexander.

Su perfil estaba iluminado por las luces de la ciudad.

Ignoraba cómo equilibrarían su relación con las exigencias y complicaciones del rol que cada uno ostentaba: él el jefe y ella la empleada.

Pero mientras la mano de Alexander encontraba la suya en la oscuridad del interior del coche, entrelazando sus dedos sobre su rodilla, Felicity descubrió que no necesitaba tener todas las respuestas. Era suficiente con estar ahí, en ese momento, con él.

Y decidió, mientras la ciudad pasaba en un borrón de luces y sombras, que eso era un comienzo más que suficiente.