El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 48
70%

CAPÍTULO 48

El edificio de Reid Enterprises había quedado prácticamente vacío hacía horas, con solo algunos trabajadores de la limpieza y el personal de seguridad deambulando por los silenciosos pasillos.

Felicity se frotó los ojos cansados y estiró el cuello, sintiendo cómo los músculos protestaban después de horas inclinada sobre documentos y hojas de cálculo.

Habían pasado tres semanas desde el despido de Morgan Hargrove y su regreso al puesto de asistente personal de Alexander. Tres semanas de reconstruir rutinas, restablecer dinámicas profesionales y, poco a poco, restaurar la confianza perdida.

Sin embargo, algo había cambiado entre ellos.

Algo sutil pero innegable.

Como si el incidente con Morgan Hargrove hubiera derribado algún tipo de barrera invisible.

Felicity cogió la taza de café que había estado ignorando durante la última hora y la encontró fría.

Con un suspiro, se levantó para dirigirse a la pequeña cocina ejecutiva y preparar una taza nueva.

Al pasar junto al despacho de Alexander, notó que él seguía trabajando, tan concentrado que ni siquiera levantó la vista cuando ella pasó frente a la puerta entreabierta.

Mientras esperaba que la cafetera terminara de preparar el café, Felicity se permitió un momento de honestidad consigo misma.

La verdadera razón por la que seguía allí tan tarde no eran los informes que necesitaban ser revisados, era él.

Era la extraña intimidad que se creaba cuando eran los únicos que quedaban en la planta, trabajando en silencio, solos, separados apenas por unos cuantos metros.

—¿Café a esta hora? Tu sistema nervioso debe odiarte.

La voz de Alexander la sobresaltó.

No lo había oído acercarse.

Estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con la corbata aflojada y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, un indicio de las largas horas que también llevaba trabajando.

—Mi sistema nervioso y yo tenemos un acuerdo —respondió Felicity, esbozando una sonrisa cansada—. Yo le doy cafeína, y él me permite mantener los ojos abiertos para terminar los informes.

Alexander sonrió, ese gesto raro que cambiaba su rostro por completo como si fuera magia, suavizando las líneas duras que su posición de poder había tallado con los años.

—Suena como una relación tóxica —bromeó, acercándose para coger una taza del armario—. Pero supongo que yo no soy quién para juzgar. ¿Me sirves un poco de ese veneno?

Felicity asintió, vertiendo el café humeante en la taza que él sostenía.

—Gracias —murmuró Alexander, y había algo en su tono, una cualidad grave y baja que Felicity no estaba segura de haber escuchado antes.

Regresaron juntos a la zona de trabajo, con un silencio cómodo envolviéndolos.

En lugar de volver directamente a su despacho, Alexander se detuvo junto al escritorio de Felicity, observando los documentos esparcidos que había estado revisando.

—No es necesario que te quedes tan tarde —dijo, aunque sin verdadera convicción en su voz—. Estos informes pueden esperar hasta mañana.

Felicity se encogió de hombros, sentándose nuevamente.

—Podría decirte lo mismo. Estoy bastante segura de que la empresa sobreviviría si el gran Alexander Reid se tomara una noche libre.

Él rio, y algo se aflojó en el pecho de Felicity.

— Touché —concedió, apoyándose ligeramente contra el borde del escritorio—. Supongo que ambos somos adictos al trabajo.

—Una tara que compartimos —coincidió ella, tomando un sorbo de su café.

Alexander la observó por encima del borde de su taza, con una intensidad que hizo que Felicity se preguntarse si tenía algo en la cara.

—¿Qué? —preguntó finalmente, incapaz de soportar el escrutinio.

—Nada —respondió él, demasiado rápidamente, para luego rectificar—. Es solo que... me alegro de que hayas vuelto, Felicity. Esto no era lo mismo sin ti.

La sinceridad en su voz la tomó por sorpresa.

—Gracias —respondió—. Yo también... me alegro de haber vuelto.

Alexander asintió, como si hubiera tomado una decisión interna, y entonces, para sorpresa de Felicity, se sentó en la silla frente a su escritorio.

Era una ruptura del protocolo que él mismo seguía. Las conversaciones importantes tenían lugar en su despacho, no en el espacio abierto junto a los ascensores.

—¿Sabes en qué he estado pensando últimamente? —preguntó, mirando su café.

—¿En la fusión de TechDynamics? —se aventuró Felicity—. ¿O en la expansión a mercados europeos?

—En nuestro encuentro en el tren —respondió Alexander simplemente, levantando la mirada para encontrarse con la suya.

Felicity sintió que su corazón daba un vuelco.

El encuentro en el tren.

No necesitaba más contexto para saber exactamente a qué se refería.

—Oh —fue todo lo que logró articular, sintiendo que el calor subía a sus mejillas.

—Cogí ese tren por casualidad, porque mi jet privado se averió. Recuerdo que me sentó fatal. Me puse de muy mal humor —dijo Alexander.

Felicity sonrió.

—Es curioso, pero yo también lo cogí por casualidad. Mi tren era el anterior. Era para el que tenía el billete. Me subí a ese porque fue cuando se me ocurrió colarme en él.

—Qué casualidades tiene el destino, ¿no?

—Sí.

—No he podido olvidar el beso que me diste —aseveró Alexander de pronto—. La verdad es que no lo he olvidado, Felicity.

¡Jooooder!

¿En serio acababa de decir lo que acababa de decir?

Ella lo miró, durante unos instantes sin palabras, tratando de procesar que estaban teniendo aquella conversación. En ese momento.

—Yo tampoco —confesó finalmente, sorprendiéndose a sí misma con su sinceridad. Pero es que era la verdad—. No he podido olvidarlo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargando el aire con una tensión que había estado creciendo silenciosamente durante semanas.

—Probablemente no debería estar diciendo esto —continuó Alexander, pasándose una mano por el pelo—. Soy tu jefe. Hay líneas que no deberían cruzarse, protocolos, consideraciones éticas...

—Alexander —lo interrumpió suavemente Felicity—, creo que esas líneas se volvieron borrosas hace mucho tiempo.

Él la miró.

—¿Eso crees?

—Lo sé —respondió Felicity—. Lo que no sé es qué vamos a hacer al respecto.

Alexander dejó su taza sobre el escritorio y se inclinó ligeramente hacia adelante. Su mirada no se apartó en ningún momento de la de ella.

—Eso depende —dijo. Su voz bajó a un tono que envió escalofríos por la columna de Felicity—. ¿Qué quieres tú, Felicity?

La pregunta flotó en el aire.

Felicity se encontró en ese extraño limbo entre el miedo y el deseo, entre la cautela y la necesidad. Pero después de todo lo que habían pasado, las mentiras, las acusaciones, la redención, la verdad parecía ser el único camino posible.

—Quiero que dejes de hablar —respondió, con una sonrisa que suavizaba la audacia de sus palabras—. Y que hagas algo al respecto.

Alexander pareció sorprendido por su franqueza. Luego, una sonrisa lenta se extendió por su rostro, transformándolo de nuevo en esa versión de sí mismo que tan pocos tenían el privilegio de ver.

Se levantó de la silla y rodeó el escritorio, deteniéndose junto a ella. Felicity giró en su silla para tenerlo cara a cara. Su corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo.

Alexander extendió una mano, rozando suavemente su mejilla con los dedos. Un toque tan ligero que casi podría haberlo imaginado.

—¿Estás segura? —preguntó, dándole una última oportunidad de cambiar de opinión.

En respuesta, Felicity se puso de pie, eliminando el último espacio entre ellos. Estaban tan cerca que podía sentir el calor emanando de su cuerpo, oler el aroma a café mezclado con su colonia cara.

—Completamente —susurró.

No estaba segura de quién se movió primero. Quizás fue él, inclinándose hacia abajo. Quizás fue ella, elevándose sobre las puntas de sus pies. Quizás fueron ambos, atraídos por esa fuerza invisible que había estado tirando de ellos durante tanto tiempo.

Sus labios se encontraron a mitad de camino, y ese beso, a diferencia del apresurado y estratégico del tren, estaba cargado de intención.

Fue suave al principio, casi tentativo, como si ambos estuvieran dando al otro la oportunidad de reconsiderar lo que estaban haciendo. Pero cuando las manos de Alexander se deslizaron hasta su cintura, acercándola más a él, toda duda desapareció. Se esfumó.

Felicity deslizó sus manos por los brazos de Alexander hasta llegar a sus hombros, notando en el camino la solidez de su cuerpo bajo la camisa.

Joder, tenía músculos de gimnasio. De mucho gimnasio.

El beso se profundizó, transformándose de una pregunta a una afirmación, y luego en algo más primitivo, más urgente.

Todo se liberó en ese momento.

Alexander tomó su cara entre ambas manos y apretó su cuerpo, duro como una roca, contra el de Felicity. Su torso le aplastaba los pechos mientras se tomaba su tiempo para explorar cada rincón de su boca.

Dios, sabía tan bien.

Introdujo el muslo entre sus piernas y presionó su sexo. El roce arrancó un gemido de la garganta de Felicity, mientras él continuaba enroscando su lengua con la de ella.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento.

Alexander apoyó su frente contra la de ella, sus manos aún en su cintura, como si temiera que, al soltarla, todo el momento se esfumara como un sueño.

—He querido hacer esto desde hace mucho tiempo —confesó con voz ronca.

—¿Incluso cuando pensabas que era una espía industrial? —bromeó Felicity.

Alexander se apartó ligeramente para mirarla a los ojos. Su expresión era seria.

—Incluso entonces —admitió—. Lo cual probablemente explica por qué no te despedí y te mandé al departamento de comunicación. No podía conciliar lo que sentía por ti con la idea de que me hubieras traicionado.

Felicity no lo había pensado, pero era cierto que a Alexander no le temblaba la mano a la hora de echar a alguien a la calle.

—¿Y qué sientes exactamente? —preguntó. Necesitaba escucharlo.

Alexander deslizó una mano por su espalda, trazando un camino que enviaba escalofríos por su columna.

«Oh, Dios», pensó Felicity, estremeciéndose.

—Me gustas, Felicity —dijo él—. No solo como mi asistente, aunque eres excepcional en ese rol.

—Ella sonrió y Alexander se contagió de su sonrisa.

Continuó—: Me gustas como persona. Me gusta tu inteligencia, tu determinación, tu lealtad.

Me gusta que no tengas miedo de desafiarme cuando crees que estoy equivocado.

Me gusta cómo tratas a todas las personas con el mismo respeto, ya sea el guardia de seguridad de la puerta o un director ejecutivo.

Hizo una pequeña pausa.

—Y sí, también me atraes de una manera que he intentado ignorar porque es inapropiado, complicado, y potencialmente desastroso para nuestra relación jefe-empleada. Pero cada vez que te veo me parece más absurdo seguir pretendiendo que no hay nada entre nosotros.

Felicity sintió que algo se aflojaba en su pecho.

Un nudo.

Una tensión que había estado llevando encima durante tanto tiempo que casi se había olvidado de su presencia.

—Tú también me gustas —confesó, con una sonrisa que iluminó sus ojos de color avellana—. Y definitivamente me atraes, aunque he pasado semanas intentando convencerme de que era simplemente admiración.

Alexander sonrió.

—Semanas, ¿eh? —preguntó, con un toque de arrogancia juguetona que Felicity encontró sorprendentemente encantadora.

—No dejes que se te suba a la cabeza —respondió, dándole un ligero golpe en el hombro—. Tu ego ya es lo suficientemente grande.

En respuesta, él la besó de nuevo, más profundamente esa vez.

Una mano de Felicity se deslizó por su pelo mientras la otra la mantenía firmemente contra él.

Felicity se rindió a la sensación, permitiendo que el mundo exterior se desvaneciera hasta que solo quedaron ellos dos. Sus cuerpos. Sus bocas. El calor que crecía entre ambos.

Cuando Alexander habló de nuevo, su voz era más grave, teñida de un deseo apenas contenido.

—Deberíamos ir a mi despacho —sugirió, mirándola fijamente a los ojos—. Por... privacidad.

La implicación estaba clara, y Felicity sintió un estremecimiento de anticipación recorrerla de la cabeza a los pies.

—¿Estás seguro? —le preguntó, dándole la misma oportunidad que él le había dado a ella—. Esto cambiará las cosas.

—Las cosas ya han cambiado —respondió Alexander, entrelazando sus dedos con los de ella.

Con esa simple verdad entre ellos, Felicity asintió y dejó que Alexander la guiara hacia su despacho, cerrando la puerta a su espalda.