El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

La luz azulada de la televisión bailaba sobre las paredes del loft , proyectando sombras que se movían al ritmo de la comedia romántica que Azriel había seleccionado para su noche de viernes (a falta de un plan mejor).

Vestido con un pijama de seda de color verde oliva, estaba perfectamente acomodado en el sofá, con un enorme cuenco de palomitas con mantequilla en su regazo y Gatsby hecho un ovillo contra su costado.

—Eso es, cariño, tú cuéntaselo —murmuró a la protagonista que confesaba su amor en la pantalla—. Aunque con ese peinado, sinceramente, no mereces ni un «buenos días».

Gatsby maulló suavemente, como si estuviera de acuerdo con la crítica estilística.

—Lo sé, es horrible —continuó Azriel, rascándole distraídamente detrás de las orejas—. La directora de vestuario debería ser procesada por crímenes contra la humanidad. ¿Quién pone un jersey ancho en tono mostaza con esa falda? Es una declaración de guerra contra mis retinas.

El sonido de una llave en la cerradura interrumpió su monólogo.

Azriel miró hacia la puerta, sin molestarse en pausar la película. Después de todo, ya la había visto tres veces y estaba firmemente convencido de que la protagonista merecía quedarse sola simplemente por sus elecciones de ropa.

—¡Bienvenida a casa, princesa! —exclamó cuando Felicity finalmente apareció en el umbral—. Llegas justo a tiempo para presenciar cómo Amanda se humilla ante un hombre que claramente no merece ni sus...

Se interrumpió, entrecerrando los ojos mientras observaba a su amiga.

Algo no encajaba.

Felicity estaba... diferente.

No era su ropa, que seguía siendo el mismo conjunto profesional con el que había salido esa mañana.

No era su peinado, que mostraba signos de haber pasado un día largo pero seguía siendo reconociblemente Felicity.

Era algo más, algo en su expresión, en la forma en que se movía, como si estuviera flotando ligeramente por encima del suelo.

—Espera un momento —dijo Azriel, pulsando el botón de pausa y enderezándose, causando que Gatsby le lanzara una mirada de reproche por la interrupción de su comodidad—. Pasa algo contigo.

Felicity parpadeó, como sorprendida por la observación.

—¿Qué? No pasa nada —respondió, colgando su abrigo en el perchero con movimientos que intentaban ser casuales, pero parecían ensayados—. Solo estoy cansada. Ha sido un día largo.

—Y tan largo, son más de las doce de la noche —comentó Azriel.

Entrecerró aún más los ojos, estudiándola como un científico examinaría un espécimen particularmente fascinante.

—Felicity Ashford —dijo lentamente, colocando el cuenco de palomitas en la mesa auxiliar—, te conozco desde hace dos meses, tres semanas y aproximadamente dos días.

Hemos compartido vino, charlas, anécdotas, y esa idea que tuviste el fin de semana que Alexander Reid te mandó al departamento de comunicación cuando pensaste que cortarte un flequillo por mitad de la frente era una buena idea.

—El flequillo no me hubiera quedado tan mal —protestó ella débilmente.

—Era un crimen, cariño, por eso me opuse firmemente a que lo hicieras, pero esa no es la cuestión que estamos discutiendo —continuó Azriel, levantándose del sofá para acercarse a ella—. La cuestión es que puedo distinguir entre la Felicity cansada y... lo que sea que está sucediendo ahora.

Se detuvo frente a ella, examinándola minuciosamente. Desde sus mejillas ligeramente sonrojadas hasta la forma en que evitaba el contacto visual directo.

Y entonces, como un detective que finalmente resuelve el caso, chasqueó los dedos.

—Tu pelo tiene aspecto de haber tenido sexo, hueles a sexo y tu cara grita sexo… ¡Oh-Dios-Mío! —chilló, elevando su voz varias octavas—. ¡Te has acostado con alguien!

Felicity abrió mucho los ojos, y el rubor en sus mejillas se intensificó.

—¡Shhh! —siseó, mirando a su alrededor como si las paredes pudieran estar escuchando—. ¿Podrías no anunciárselo a todo el edificio?

Su reacción fue toda la confirmación que Azriel necesitaba. Su expresión pasó de la sorpresa al deleite absoluto en cuestión de microsegundos.

—¡Lo sabía! —declaró triunfal, dando pequeños saltos de entusiasmo—. ¡Tienes esa mirada! ¡Ese brillo! ¡Ese no-sé-qué postcoital que es absolutamente inconfundible!

Felicity no pudo mantener más la fachada. Una amplia sonrisa, casi de oreja a oreja, se extendió por su rostro mientras dejaba caer su bolso en una silla cercana.

—Está bien, está bien —admitió, levantando las manos en señal de rendición—. Tienes razón. Ha... sucedido algo.

—«Algo» —repitió Azriel, haciendo comillas en el aire con los dedos—.

Voy a necesitar muchos más detalles que eso, querida.

Y los necesito ahora. —Tomó a Felicity por los hombros y la guio hacia el sofá—.

Siéntate. Cuéntamelo todo. No omitas nada.

Y si te atreves a usar eufemismos vagos como «algo», te juro que grito.

Felicity se dejó caer en el sofá, riendo a pesar de su nerviosismo.

Gatsby, aprovechando la nueva presencia, abandonó su lugar y saltó a su regazo, reacomodándose como si nada hubiera cambiado en su pequeño mundo felino. Como si Azriel y Felicity no estuvieran medio histéricos en aquel momento.

—No sé ni por dónde empezar —confesó ella, acariciando distraídamente el pelaje del gato.

Azriel se sentó a su lado, recogiendo sus piernas bajo él en una posición que habría sido incómoda para cualquier otra persona.

—Generalmente, el principio es un buen lugar —sugirió con una sonrisa alentadora—. Aunque dado tu estado actual, estoy bastante seguro de que puedo adivinar el final.

Felicity le dio un golpe juguetón en el brazo, pero no pudo contener otra sonrisa. Había algo liberador en finalmente poder hablar de lo que había sucedido, en compartirlo con la única persona en quien confiaba completamente.

—Pero a mí lo que más me interesa saber es con quién —añadió Azriel.

Felicity se mordisqueó el labio.

—Con… Alexander —soltó finalmente, observando cuidadosamente la reacción de su amigo.

—¡¿Te has follado a Alexander Reid?! —preguntó. Sin embargo, Azriel no la dejó responder—. Por supuesto que es Alexander —dijo, como si fuera la conclusión más obvia del mundo—. ¿Quién más podría ser? —Dejó escapar un suspiro exagerado y se recostó dramáticamente contra los cojines.

Felicity frunció el ceño.

—¿Tan obvio era? —preguntó.

Azriel la miró con una mezcla de afecto y exasperación.

—Cariño, como pasa algunas veces, las únicas personas sorprendidas son precisamente las implicadas —afirmó—. El resto de nosotros, meros mortales, éramos muy conscientes.

—¡No era tan obvio! —protestó Felicity.

—Oh, por favor. —Azriel puso los ojos en blanco tan dramáticamente que casi parecía que se le habían dado la vuelta—.

La última vez que te vi hablar de él antes de todo el drama de la filtración de información, prácticamente bailabas.

Y la forma en la que él actuaba... —Hizo un gesto con la mano como si estuviera espantando un exceso de calor—.

Era como ver el preludio de un documental de National Geographic sobre apareamiento.

Felicity se cubrió el rostro con las manos, mortificada pero también incapaz de contener la risa.

—Joder, eres terrible —murmuró a través de sus dedos.

—Soy observador —corrigió Azriel—. Y ahora, deja de evadir el tema y cuéntame exactamente cómo pasamos de «mi jefe no confió en mí, pero ahora estamos trabajando juntos de nuevo de forma estrictamente profesional» a «¡oh, Dios mío, acabo de ver a Alexander Reid desnudo!».

Felicity dejó caer las manos, resignándose a que no había forma de escapar del interrogatorio de Azriel.

—Fue... inesperado —comenzó.

—Sí, claro, inesperadísimo —se burló Azriel.

Felicity puso los ojos en blanco.

—Nos quedamos trabajando hasta tarde. Todos se habían ido ya. Coincidimos tomándonos un café y de repente... —Guardó silencio unos segundos, recordando el momento exacto en que todo cambió—. De repente estábamos hablando de lo que pasó en el tren.

Los ojos de Azriel se ensancharon con deleite.

—¿El beso que le plantaste en todos los morros como una maniobra de evasión? —dijo.

Felicity asintió.

—Sí.

—Déjame adivinar… —comenzó Azriel—. Resulta que no ha dejado de pensar en él.

—¿Cómo lo sabes?

—Creo que veo demasiadas películas románticas. ¿Y tú qué dijiste?

—La verdad, que yo tampoco había podido olvidarlo.

Azriel se llevó una mano al pecho, como si estuviera profundamente conmovido.

—Y entonces se lanzó sobre ti como un hombre hambriento ante un bufet, ¿verdad? —preguntó.

Felicity no pudo evitar reír ante la imagen.

—No exactamente —corrigió—. Fue más... gradual. Primero hablamos. Realmente hablamos —matizó—, sobre cómo nos sentíamos. Que si él era el jefe y yo la empleada, que si las líneas entre nosotros se habían vuelto borrosas, y bla, bla, bla… Y me preguntó que qué quería yo.

—¿Y qué le dijiste?

—Que lo que quería era que dejara de hablar y que hiciera algo al respecto.

Azriel silbó.

—¿Y luego? —preguntó, inclinándose tanto hacia adelante que estaba prácticamente cayéndose del sofá.

—Y luego... Nos besamos. Pero no como en el tren. Este beso ha sido... real. Como si finalmente estuviéramos admitiendo algo que ambos habíamos sabido durante mucho tiempo.

Azriel dejó escapar un suspiro soñador.

—Y una cosa llevó a la otra, y terminasteis profanando su sagrado despacho —completó, con una sonrisa pícara—. Apuesto a que nunca volverás a ver ese sofá de cuero de la misma manera.

Felicity le lanzó un cojín, que él esquivó sin problema.

—¡Azriel! —exclamó, aunque su risa traicionaba cualquier intento de indignación.

—¿Qué? Solo estoy conectando los puntos —se defendió él, recogiendo el cojín del suelo y abrazándolo contra su pecho—. Y por tu reacción, parece que mis puntos están bastante bien conectados.

Felicity sacudió la cabeza, pero no podía negar la verdad. Y era verdad.

El recuerdo de lo que había sucedido en ese despacho seguía fresco, vibrante, y enviando oleadas de calor a través de su cuerpo cada vez que lo revivía en su mente.