El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 46 #3
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CAPÍTULO 46 #3

Alexander permaneció de pie, inmóvil, como si la explosión de rabia lo hubiera dejado temporalmente vacío. Felicity lo observó, insegura de qué decir o hacer en ese momento que parecía suspendido entre el pasado y el futuro.

Finalmente, Alexander se pasó una mano por el rostro, un gesto sorprendentemente vulnerable para un hombre que rara vez mostraba debilidad.

—Lo siento —dijo.

Felicity parpadeó, desconcertada por la disculpa.

—No tienes que disculparte por perder los estribos con él —respondió—. Se lo merecía.

—No me disculpo por eso —aclaró Alexander, volviendo a sentarse—.

Me disculpo contigo, Felicity. Por no haber confiado en ti.

Por no haberte dado la oportunidad de defenderte.

Por permitir que Isobel Winters y Morgan Hargrove me manipularan para que dudara de la persona que nunca me había dado motivos para hacerlo.

La sinceridad en su voz dejó a Felicity sin palabras. Había imaginado ese momento de tantas maneras diferentes durante las últimas semanas…, pero ahora que había llegado, estaba descubriendo que sus sentimientos eran mucho más complejos de lo que había pensado.

—Gracias —dijo—. Significa mucho escucharlo.

Alexander la miró directamente, de una manera que hizo que Felicity se sintiera extrañamente expuesta.

—Quiero que vuelvas —dijo sin preámbulos—. A tu antiguo puesto. Como mi asistente personal.

La oferta, aunque esperada hasta cierto punto, la tomó por sorpresa por su rapidez.

—Alexander, yo...

—Entenderé si no quieres —continuó él, interpretando correctamente su vacilación—.

Tienes todo el derecho a estar resentida, a no querer trabajar para alguien que dudó de ti.

Pero eres la mejor asistente que he tenido, Felicity.

Y más que eso, eres la única persona en esta empresa en quien confío plenamente.

La ironía de esa última afirmación no pasó desapercibida para ninguno de los dos.

—La confianza es complicada —respondió Felicity con cautela—. Una vez que se rompe...

—Se puede reconstruir —completó Alexander—. Con tiempo, con esfuerzo, con honestidad. Estoy dispuesto a poner todo eso y más. La pregunta es: ¿lo estás tú?

Felicity consideró la pregunta seriamente. ¿Estaba dispuesta a volver a confiar en Alexander Reid? ¿A poner su carrera, su reputación, su bienestar emocional nuevamente en sus manos?

La respuesta no era sencilla.

No, no lo era.

—Necesito pensarlo —dijo finalmente—. Han sido semanas difíciles, Alexander. No puedo simplemente olvidarlas y fingir que no ha sucedido nada.

Él asintió, aceptando su respuesta sin presionarla más.

—Por supuesto. Tómate el tiempo que necesites.

Se produjo otro silencio, menos tenso que el anterior, pero también cargado de cosas no dichas.

Fuera del despacho, Felicity podía escuchar que la actividad normal comenzaba a reanudarse, aunque sin duda, el rumor del enfrentamiento entre Alexander y Morgan Hargrove y su posterior despido, ya estaría extendiéndose por todo el edificio como un incendio forestal.

—¿Sabes qué es lo que más me dolió? —dijo de repente, sorprendiéndose incluso a sí misma con la pregunta.

Alexander la miró expectante, dispuesto a escuchar cualquier cosa que necesitara decir.

—No fue perder el puesto, ni siquiera que mi reputación profesional estuviera en entredicho —continuó—. Fue que tú no confiaras en mí lo suficiente como para al menos escuchar mi versión. Que una simple fotografía bastara para hacerte dudar de mí.

La confesión quedó suspendida entre ellos, cruda y honesta.

Alexander no intentó defenderse, no ofreció excusas ni justificaciones. En cambio, asintió lentamente, aceptando la verdad de sus palabras.

—Si regreso —dijo Felicity después de unos segundos—, las cosas tendrán que ser diferentes. No puedo trabajar con alguien que podría volver a dudar de mí al primer indicio de problemas.

—Si regresas —respondió Alexander—, te prometo que cualquier problema, cualquier duda, cualquier preocupación, la discutiremos abiertamente. No más suposiciones, no más conclusiones precipitadas.

Felicity lo miró, buscando cualquier señal de manipulación. Pero todo lo que vio fue sinceridad, arrepentimiento y algo más, algo que no estaba del todo lista para nombrar o reconocer.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Volveré. Pero con una condición.

—La que sea —respondió él, quizás demasiado rápido.

—La próxima vez que haya postre, yo elijo —dijo, permitiéndose una pequeña sonrisa—. En Boston casi me muero por tu culpa.

La tensión en el rostro de Alexander se disipó visiblemente, reemplazada por una sonrisa que lo hizo parecer más joven, más accesible, más humano.

—Trato hecho —acordó, extendiendo la mano en un gesto cómplice.

Felicity la tomó, sintiendo la firmeza de su apretón, la calidez de su piel contra la suya.

No era un nuevo comienzo, exactamente. Era más bien la continuación de algo que había sido interrumpido.

La confianza, como Alexander había dicho, podía reconstruirse. El camino probablemente fuera largo, pero Felicity sentía que estaban avanzando en la dirección correcta.