El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 46 #2
66%

CAPÍTULO 46 #2

—No ha sido durante años —intentó defenderse, cambiando de estrategia—. Solo últimamente, cuando las circunstancias financieras me...

—¡No me vengas con excusas patéticas! —explotó finalmente Alexander. Su voz se elevó hasta un volumen que Felicity nunca le había escuchado usar—. ¡Todos tenemos problemas, todos enfrentamos dificultades! ¡Pero no todos decidimos joder a las personas que confían en nosotros!

La cruda vulgaridad, tan impropia del refinado Alexander Reid, hizo que Felicity se sobresaltara.

Fuera del despacho, podía escuchar que las conversaciones habían cesado. La voz de Alexander, generalmente controlada, estaba atravesando las paredes, atrayendo la atención de toda la planta ejecutiva.

—¿Y sabes qué es lo peor? —continuó Alexander, demasiado consumido por la rabia para notar o importarle la audiencia que estaba acumulando al otro lado de la puerta—.

No solo me has traicionado a mí y a esta empresa.

También has estado a punto de destrozar la carrera de una persona inocente para cubrir tus mierdas.

Señaló a Felicity, que se enderezó en su asiento. De repente estaba en el centro del enfrentamiento.

—Felicity Ashford fue despedida de su puesto como asistente, porque tú y tu cómplice Isobel Winters la señalasteis como la traidora. La usasteis como chivo expiatorio mientras continuabais con vuestro pequeño y lucrativo arreglo.

Morgan Hargrove tuvo la decencia de parecer avergonzado, aunque rápidamente intentó recuperar el control.

—No fue idea mía usar a la señorita Ashford —dijo, como si eso, de alguna manera, mitigara su culpa—. Eso fue cosa de Isobel. Yo solo...

—¡¿Solo qué?! —lo desafió Alexander. Apoyó las manos en la mesa y echó el torso hacia adelante—.

¿Solo permitiste que una empleada inocente cargara con la culpa de tus acciones?

¿Solo te quedaste callado mientras su reputación se hacía pedazos?

¿Solo miraste hacia otro lado mientras yo cometía la injusticia de despedirla basándome en una evidencia que habíais prefabricado tú e Isobel?

Cada pregunta era como un latigazo, y Felicity podía ver que Morgan Hargrove se encogía ligeramente ante cada una. Pero había algo más en su expresión: resignación. Sabía que estaba acabado.

Alexander Reid no tendría piedad de él. Ninguna.

—¿Qué quiere que diga? —preguntó Morgan, con una calma que rayaba en lo siniestro—. ¿Que lo siento? Sí, lo siento. ¿Que fue un error? Por supuesto. Pero lo hecho, hecho está. Así que terminemos con esto de una vez. ¿Cuál es mi indemnización por despido?

La audacia de la pregunta dejó a Felicity boquiabierta. ¿Había escuchado bien?

Pero antes de que pudiera procesar la increíble desfachatez de Morgan Hargrove, Alexander soltó una risa breve, seca, ácida y completamente desprovista de humor.

—¿Indemnización? —repitió, como si la palabra fuera en un idioma extranjero que no comprendiera del todo—. No habrá indemnización, Morgan. No habrá paquete de salida, ni carta de recomendación. Estás despedido por una causa justificada, y se hará efectivo inmediatamente.

Se inclinó sobre el escritorio un poco más todavía. Sus ojos, entornados, estaban fijos en los de Morgan Hargrove con una intensidad que parecía física.

—Y me aseguraré personalmente de que no vuelvas a trabajar en ninguna firma legal o empresa respetable en esta ciudad. Para cuando termine contigo, el único lugar que podría contratarte sería Winters Corporation, y me pregunto si Isobel valorará tu lealtad tanto como despreciaba la mía.

Morgan se puso de pie, y entonces su fachada formal finalmente se desmoronó, para revelar la furia y el miedo que había estado conteniendo.

—No puedes hacer eso —dijo, tuteándolo. Su voz tembló ligeramente—. Tengo una reputación, contactos. No puedes simplemente...

—Acabo de hacerlo —lo interrumpió Alexander—. Y en cuanto a tu reputación, deberías haberla tenido en cuenta antes de venderla al mejor postor.

Presionó el intercomunicador.

—¿Sí? —respondió la asistente.

—Pida a seguridad que suba y que escolte al señor Hargrove fuera del edificio. Ya no es empleado de Reid Enterprises.

La respuesta de la asistente llegó casi inmediatamente, como si hubiera estado esperando la llamada.

—Seguridad ya está en camino, señor Reid.

Morgan Hargrove miró a Alexander con una mezcla de odio y desesperación. Luego, inesperadamente, se volvió hacia Felicity. Sus ojos negros echaban chispas.

—Esto es culpa tuya —le espetó—. Si no hubieras sido tan perfecta, tan dedicada a tu trabajo, tan… —Apretó los dientes—…, Isobel nunca te habría elegido como chivo expiatorio. Nadie habría cuestionado si la asistente mediocre filtraba información.

—¡Cuidado con lo que dices! —exclamó Alexander, señalándolo con el dedo de forma amenazadora.

Felicity sintió cómo su columna se enderezaba. Una calma helada había reemplazado la incomodidad que había sentido durante todo el enfrentamiento.

—Lo tomaré como un cumplido —respondió, mirándolo directamente a los ojos. Sin titubear. Sin dudar. Sin que le temblara la voz—. Y me aseguraré de mencionarlo en mi currículum: «Tan competente que los espías industriales me tienen miedo».

Por un momento, pareció que Morgan iba a responder algo más mordaz aún, pero la puerta se abrió para revelar a dos guardias de seguridad, ambos con expresiones serias y profesionales.

—Señor Hargrove —dijo uno de ellos—, por favor, acompáñenos.

Morgan miró una última vez a Alexander, como si quisiera grabar su rostro en la memoria.

—La lealtad —comenzó, con una amargura que parecía corroerlo desde dentro— siempre ha sido tu debilidad, Alexander —dijo, tuteándolo de nuevo—. Tu talón de Aquiles. La lealtad te hace vulnerable.

Alexander le sostuvo la mirada sin pestañear.

—Te equivocas, Morgan. La lealtad no es una debilidad. Es lo único que realmente importa. Y precisamente por eso nunca lo entenderás.

Sin añadir nada más, hizo un gesto con la mano a los guardias, que tomaron a Morgan Hargrove por los brazos y lo escoltaron fuera del despacho.

A través de la puerta abierta, Felicity pudo ver a varios empleados de pie, observando con una mezcla de shock y fascinación morbosa cómo el respetado director jurídico adjunto era conducido hacia los ascensores como un delincuente común.

Cuando la puerta se cerró nuevamente, un silencio espeso llenó el despacho.