CAPÍTULO 46
El documento falso era una obra maestra de desinformación.
Alexander y Felicity habían pasado dos días diseñándolo meticulosamente, asegurándose de que cada detalle fuera lo suficientemente creíble como para engañar incluso al ojo más entrenado.
La supuesta ampliación del acuerdo con BioGen incluía cláusulas exclusivas de distribución en mercados asiáticos, lo que habría dejado completamente fuera a Winters Corporation de un sector extremadamente lucrativo.
—Es el cebo perfecto —había comentado Alexander mientras revisaban la versión final—. Lo bastante jugoso para que Isobel no pueda resistirse, pero no tan extraño como para levantar sospechas.
Sentado en su despacho en la tarde del viernes, Alexander contemplaba el monitor donde un pequeño punto rojo parpadeaba.
El rastreador que el equipo informático había instalado en el documento digital mostraba que Morgan Hargrove lo había abierto exactamente diecisiete minutos después de recibirlo.
Lo había mantenido abierto durante veintiséis minutos y cuarenta y dos segundos —tiempo más que suficiente para leerlo por completo y probablemente tomar algunas capturas de pantalla.
Había mordido el anzuelo.
Alexander sintió una mezcla peculiar de satisfacción y disgusto. La trampa estaba funcionando exactamente como habían planeado, pero confirmar la traición de alguien en quien había confiado durante quince años dejaba un sabor amargo.
Cogió el teléfono que tenía encima de la mesa y llamó a Felicity.
—Dime.
—Morgan ya ha leído el documento —le informó—. Solo nos queda esperar.
Al otro lado de la línea, Felicity sintió un cosquilleo en el estómago. De que aquello saliera bien dependía su futuro.
—¿Crees que tardará mucho en decírselo a Isobel? —preguntó.
—No, ya sabes que el documento se firmaría supuestamente mañana. No creo que pase de esta tarde —respondió Alexander.
—Avísame cuando sepas algo —dijo Felicity.
—Vale.
No tuvieron que esperar mucho.
Exactamente seis horas y veinte minutos después de que Morgan Hargrove abriera el documento, el teléfono de Alexander sonó. Era su asistente.
—Señor Reid, la señorita Winters está en la línea dos. Dice que es urgente.
—Gracias. La atenderé —dijo—. Llame a la señorita Ashford y dígale que suba a mi despacho —añadió antes de colgar.
—Ahora mismo, señor.
Alexander pulsó el botón del altavoz para que Felicity pudiera escuchar la conversación, y respiró hondo antes de contestar con su tono más neutral.
—Isobel, qué sorpresa.
La voz de Isobel Winters surgió del altavoz, melosa, pero con un innegable filo de ansiedad.
—Alexander, espero… no interrumpir nada importante.
—¿Qué quieres? —respondió él directamente.
Hubo una breve pausa, como si Isobel estuviera reconsiderando su estrategia.
—Me ha llegado un rumor bastante interesante sobre tu acuerdo con BioGen —dijo—. Algo sobre una expansión a mercados asiáticos. Pensé que quizás podríamos hablar sobre una posible colaboración en lugar de competir directamente en ese territorio.
En ese momento, Felicity entró la oficina. Alexander se llevó el dedo a los labios para silenciarla. Ella captó el gesto de inmediato. Sin hacer ruido, se dirigió a una de las sillas situadas frente a la mesa de Alexander.
—Es Isobel —vocalizó él.
En ese momento, Felicity supo que la trampa había funcionado a la perfección. Levantó el pulgar en señal de victoria, mientras Alexander mantenía su voz perfectamente controlada.
—Qué curioso —respondió—. Ese documento era estrictamente confidencial. Me pregunto cómo podría haberte llegado tal información.
Otro silencio, más tenso esa vez.
—Los rumores vuelan en nuestro sector, Alexander. Ya lo sabes.
—En efecto —dijo él—. Especialmente cuando alguien les da alas. Te agradezco la llamada, Isobel. Ha sido... esclarecedora.
—¿Entonces no estás interesado en discutir una posible asociación? —insistió ella, claramente desconcertada por la brevedad de la conversación.
—Estoy muy interesado en muchas cosas en este momento —respondió Alexander, su tono endureciéndose ligeramente—. Pero me temo que las asociaciones con Winters Corporation no están entre ellas. Te lo he dicho mil veces. Buenas tardes, Isobel.
Y colgó, dejando a Isobel Winters con la palabra en la boca, algo que probablemente pocas personas se habían atrevido a hacer.
Felicity exhaló lentamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante toda la conversación.
—Funcionó —dijo con alivio—. Funcionó.
Alexander asintió. Su cara adoptó una expresión severa.
—Ahora viene la parte desagradable —murmuró, presionando el intercomunicador.
—Sí, señor Reid —contestó la asistente al otro lado.
—Por favor, localice a Morgan Hargrove y dígale que venga a mi despacho inmediatamente. Es urgente.
—Enseguida, señor Reid.
Felicity se levantó, alisando su falda.
—Supongo que debería marcharme —dijo, dirigiéndose hacia la puerta.
—No —la detuvo Alexander con firmeza—. Quiero que te quedes. Quiero que escuches todo lo que tengo que decirle.
Algo en su tono hizo que Felicity se detuviera y lo mirara con más atención. Había una intensidad en sus ojos azules que no había visto antes, una dureza que iba más allá de su habitual frialdad.
—¿Estás seguro? —preguntó—. La situación podría ponerse... incómoda.
—Cuento con ello —respondió Alexander, y había algo casi peligroso en la forma en que lo dijo.
Felicity volvió a su asiento, sintiéndose extrañamente nerviosa.
En las semanas que había trabajado para Alexander, lo había visto en innumerables situaciones tensas: negociaciones hostiles, confrontaciones con la junta directiva, crisis que habrían hecho temblar a ejecutivos menos templados.
Pero nunca lo había visto verdaderamente furioso.
Sin embargo, en ese momento, mientras esperaban a Morgan Hargrove, podía sentir la rabia contenida emanando de él como el calor de una plancha encendida.
Unos minutos después, un golpe en la puerta anunció la llegada de Morgan Hargrove.
—Adelante —dijo Alexander.
Entró con su habitual aire de confianza profesional, aunque Felicity notó que sus ojos se detuvieron brevemente en ella, con una chispa de sorpresa que rápidamente enmascaró.
—¿Quería verme, señor Reid? —preguntó, como si fuera una reunión rutinaria más.
Alexander no respondió de inmediato. En cambio, se levantó lentamente de su silla y caminó hacia el ventanal, dándole brevemente la espalda a Morgan Hargrove. Cuando se giró, su expresión era inescrutable.
—Siéntate, Morgan —dijo- Su voz sonaba engañosamente tranquila.
Él obedeció, lanzando otra mirada confusa hacia Felicity.
—No entiendo por qué la señorita Ashford está presente —comentó, con una ligera nota de fastidio en la voz—. ¿No se trata de un asunto legal?
—Oh, se trata de un asunto legal, sin duda —afirmó Alexander, regresando a su escritorio, pero sin sentarse—. De hecho, podría decirse que se trata de varios delitos, incluyendo espionaje industrial y violación de confidencialidad.
El rostro de Morgan palideció ligeramente, pero mantuvo la compostura.
—No estoy seguro de entender a qué se refiere.
Alexander abrió un archivo en su ordenador y giró la pantalla para que Morgan Hargrove pudiera verla. Era el documento sobre BioGen, con varios marcadores que indicaban cuándo y por quién había sido abierto.
—¿Te resulta familiar? —preguntó Alexander.
Morgan asintió, claramente desconcertado por la pregunta.
—Por supuesto. Es el nuevo acuerdo con BioGen que me ha enviado esta mañana para la revisión legal.
—Exactamente —Alexander presionó otra tecla, mostrando un registro de llamadas telefónicas—. Y estas son las llamadas que has realizado inmediatamente después de leerlo. Tres llamadas a un número no registrado, que curiosamente se conecta a una torre cercana a las oficinas de Winters Corporation.
El rostro de Morgan Hargrove comenzó a mostrar las primeras señales reales de alarma.
—Señor Reid, si esto es algún tipo de acusación...
—No es una acusación, Morgan —lo interrumpió Alexander, con un filo cortante—.
Es una constatación de hechos. Hace aproximadamente un cuarto de hora, Isobel Winters me ha llamado para discutir una información que solo podía haber obtenido de ese documento.
Un documento que, debo añadir, es completamente falso.
Lo hemos creado específicamente para identificar al topo dentro de Reid Enterprises.
Felicity observó cómo la realidad golpeaba a Morgan Hargrove como una avalancha. Sus ojos se ensancharon, una vena comenzó a pulsar visiblemente en su sien, y sus manos, que había mantenido relajadas sobre sus rodillas, se tensaron en puños involuntarios.
—Esto es un malentendido —dijo, pero incluso a sus propios oídos debió sonarle débil.
—¿Un malentendido? —repitió Alexander, y fue entonces cuando Felicity vio que la fachada de calma comenzaba a resquebrajarse, poco a poco, como una presa a la que le empiezan a salir grietas por la que se escapa el agua—.
¿Llamas malentendido a quince años de traición?
¿A vender los secretos de esta empresa a nuestra principal competidora?
¿A poner en riesgo el trabajo y el sustento de cada empleado de Reid Enterprises?
Su voz había ido aumentando gradualmente, no tanto en volumen como en intensidad, hasta que cada palabra parecía tallada en hielo.
—Señor Reid, por favor. —Morgan se aferró a su último vestigio de dignidad profesional—. Tratemos esto como adultos razonables. Estoy seguro de que podemos llegar a algún tipo de acuerdo.
Fue la palabra equivocada.
«Acuerdo».
Como si la deslealtad fuera una simple disputa contractual que podía resolverse con una cláusula adicional y un apretón de manos.
—¿Un acuerdo? —Alexander golpeó el escritorio con la palma de la mano, un sonido que reverberó por todo el despacho—. ¿Qué tipo de acuerdo sugieres para alguien que ha estado vendiendo información confidencial durante años? ¿Qué cláusula propones para la traición, Morgan?
Hargrove miró rápidamente hacia la puerta, como calculando las posibilidades que tenía de escapar de la situación. Pero estaba atrapado, y lo sabía.