CAPÍTULO 45
Cuando Felicity introdujo la llave en la cerradura, le sorprendió que sus manos aún temblaran ligeramente. La adrenalina de su confrontación con Alexander seguía corriendo por sus venas, provocándole una mezcla extraña de agotamiento y euforia.
Después de todo, no todos los días una empleada irrumpía en el despacho del presidente y dueño de la compañía para acusar a un alto ejecutivo de espionaje industrial.
Pero es que no había podido contenerse.
Al abrir la puerta, el familiar aroma de té chai y el sonido de música relajante a bajo volumen la recibieron como un abrazo.
Hogar. Seguridad. Normalidad.
Tres cosas que había estado anhelando desesperadamente durante semanas.
—¿Azriel? —llamó, dejando caer su bolso en el recibidor y quitándose los tacones con un suspiro de alivio.
—En el estudio —respondió la voz de su amigo desde la habitación que había convertido en un taller de diseño.
Felicity se dirigió hacia allí, encontrando a Azriel rodeado de un caos organizado de telas, bocetos y muestras de color.
Estaba inclinado sobre su mesa de dibujo, con lápices de colores esparcidos a su alrededor, y Gatsby acurrucado estratégicamente encima de lo que parecía ser una pila de notas.
—Hola —saludó Felicity.
—Esa voz —comentó Azriel, sin levantar la vista de su boceto— solo puede significar que has tenido un día interesante. ¿O debería decir dramático?
Felicity se dejó caer en el pequeño sofá que había instalado en el estudio, un lugar para cuando Azriel necesitaba descansar o simplemente para tener compañía mientras trabajaba.
—Interesante, dramático y posiblemente épico —respondió, estirando las piernas, como si fuera el diván de un psicólogo—. Todo en un día de trabajo de Felicity Ashford, antigua asistente ejecutiva, actual empleada del departamento de comunicación y a ratos detective aficionada.
Eso captó la atención de Azriel, que finalmente levantó la vista de sus bocetos. Su rostro mostró alarma al notar la intensidad en la expresión de Felicity.
—Oh, Dios mío, ¿qué has hecho? —preguntó, dejando su lápiz y girando completamente hacia ella—. Conozco esa mirada. Es la misma que tenías cuando me contaste que habías besado a un desconocido en un tren para salvar tu culo frente al revisor, y que después había resultado ser tu jefe.
Felicity se mordió el labio de abajo, repentinamente consciente de lo impulsiva que había sido su acción.
—Me encontré con él —confesó—. Con Morgan Hargrove. Esta mañana, en el ascensor.
Azriel se enderezó de golpe, y abrió los ojos como platos.
—¿Con el topo? ¿Y qué pasó? ¿Te enfrentaste a él? ¿Lo tiraste por el hueco del ascensor en plan película de acción?
—Por desgracia, no, pero no fue por falta de ganas —suspiró Felicity—. Te aseguro que pocas veces he necesitado tanto autocontrol. Tuve que morderme la lengua para no gritarle en la cara todo lo que sabía.
—Una muestra de madurez que yo probablemente no habría tenido —admitió Azriel, inclinándose hacia adelante con interés—. ¿Y entonces qué pasó?
—Me saludó como si nada, Azriel —continuó Felicity. La indignación volvió a su voz—. Me preguntó cómo me iba en el departamento de comunicación, como si él no fuera el responsable directo de que me exiliaran allí. Como si no hubiera destrozado mi carrera y casi mi vida.
Felicity se levantó, incapaz de permanecer sentada mientras revivía la rabia que había sentido.
—Se me revolvieron las tripas, literalmente. Sentí náuseas al tener que responderle con educación cuando lo que quería era arrancarle la cabeza.
—Comprensible —asintió Azriel—. Yo habría sentido el impulso de «accidentalmente» derramar café hirviendo sobre pecho… o su cara.
—Y esa habría sido una actitud más controlada que lo que hice después —admitió Felicity, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Llegué a mi cubículo, intenté trabajar, pero no podía concentrarme. La rabia me estaba comiendo viva. Y entonces... —hizo una pausa dramática.
—Entonces, ¿qué? Habla, mujer —la instó Azriel, completamente enganchado a la historia.
—Entonces, llevada por un impulso que probablemente parecerá una locura, subí al piso 70 y entré directamente al despacho de Alexander.
Azriel dejó escapar un silbido de sorpresa.
—¿Irrumpiste en el despacho de Alexander Reid? ¿El mismo Alexander Reid que hace que ejecutivos con años de experiencia se orinen en sus pantalones de Armani con solo una mirada?
—El mismo —confirmó Felicity. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios ante la descripción que había hecho su compañero de piso. Azriel y sus exageraciones—. Pasé junto a su asistente como si fuera invisible y entré sin llamar.
—Oh-Dios-Mío —articuló Azriel—. Continúa, por favor, mientras proceso mentalmente la imagen de ti irrumpiendo en el sagrado santuario de Alexander Reid.
—Le dije que sabía quién era el verdadero topo —prosiguió—. Le conté todo lo que descubrimos sobre Morgan Hargrove, lo que escuchaste en el ascensor. Todo.
—Qué arriesgado —murmuró Azriel, sentándose a su lado en el sofá—. ¿Y qué dijo él? ¿Te creyó? ¿Se disculpó de rodillas? ¿Lloró lágrimas de arrepentimiento mientras juraba compensarte?
Felicity soltó una risa breve.
—Alexander Reid no haría algo así —contestó—. Al principio parecía... cauteloso. Incluso condescendiente, como si pensara que solo estaba resentida y buscando excusas.
—Típico —bufó Azriel—. Los hombres en posiciones de poder nunca admiten sus errores a la primera.
—Pero luego… —continuó Felicity.
—Oh —Azriel levantó una de sus cejas perfectamente depilada.
—Llegó a la conclusión de que quizá Isobel me había tendido una trampa al invitarme a comer, para crear una conexión entre nosotras.
Y aunque pudiera parecer algo descabellado quedar con ella, o demasiado obvio, yo lo único que quería era que dejara de esparcir rumores sobre mí en Reid Enterprises.
¡Joder, estaba desesperada! —exclamó Felicity—.
Y no he podido callarme y le he dicho que acepté porque él no hizo nada al respecto, excepto distanciarse de mí y de la situación.
—Los tienes bien puestos —comentó Azriel.
—Estaba tan cabreada, que ya me daba igual todo.
—Está claro que esa arpía te tendió una trampa —concluyó Azriel—. Te invitó a comer con la excusa de pedirte perdón por lo de los rumores y así crear un vínculo que pudiera usar en tu contra cuando la información se filtrara.
—Exactamente —asintió Felicity—. Y lo peor es que Alexander cayó en la trampa, como yo. Vio las fotos, vio la filtración, y conectó los puntos que Isobel había dispuesto cuidadosamente para él.
—Qué zorra más calculadora —murmuró Azriel—. Aunque tengo que admitir, de mala gana que quede claro, que su idea fue brillante.
Felicity suspiró ruidosamente.
—Lo fue. Y por eso, cuando Alexander me dijo que no podía acusar a Morgan Hargrove sin pruebas concretas, casi pierdo la cabeza. Le eché en cara que, con esa misma lógica, nunca debería haberme acusado a mí.
—¡Bien dicho! —la animó Azriel—. ¿Y entonces qué? ¿Se derrumbó ante la lógica aplastante de tu argumento?
—No exactamente —Felicity esbozó una sonrisa irónica—. Pero pude ver que empezaba a dudar. No de mí, sino de sus propias conclusiones. Y entonces se me ocurrió una idea.
—¿Qué idea? —preguntó Azriel, inclinándose hacia adelante con interés.
—Un plan para atrapar a Morgan con las manos en la masa —explicó Felicity—.
Le propuse a Alexander que creáramos información falsa, pero convincente, sobre algo importante del acuerdo con BioGen.
Algo lo suficientemente jugoso como para que Isobel no pueda resistirse.
Luego nos aseguraríamos de que solo Morgan Hargrove tenga acceso a esa información específica.
—Y si la información llega a Winters Corporation... —comenzó Azriel, captando inmediatamente la estrategia.
—Tendremos una prueba irrefutable de que Morgan es el topo —completó Felicity con una sonrisa de satisfacción.
Azriel se recostó en el sofá, contemplando el plan.
—Es un poco arriesgado, pero es una idea jodidamente buena —reconoció, impresionado—. Y Alexander estuvo de acuerdo, supongo.
—Sí —confirmó Felicity.
—Vaya. —Azriel la miró de reojo con una sonrisa pícara—. Qué interesante giro de los acontecimientos.
Felicity le lanzó una mirada de advertencia, aunque no pudo evitar que un ligero rubor subiera a sus mejillas.
—Es algo estrictamente profesional. Se trata de limpiar mi nombre y descubrir al verdadero traidor.
—Por supuesto —asintió Azriel con exagerada seriedad—. No hay nada romántico en conspirar juntos para desenmascarar a un espía de la empresa. Ni hay nada sexy en la intriga y el peligro que se comparte en estos casos.
—Eres incorregible —suspiró Felicity. Sin embargo había una sonrisa jugando en las comisuras de sus labios.
Azriel se rio, pero luego hizo un puchero dramático.
—Y yo que quería hacer de espía —bromeó—. Tenía todo planeado: me iba a infiltrar en el despacho de Morgan Hargrove, y a rebuscar entre sus documentos. Iba a ser mi gran momento de James Bond.
Felicity tomó su mano.
—Lo siento, no me he podido aguantar las ganas —dijo con sinceridad—. Cuando vi a Morgan Hargrove en el ascensor, algo dentro de mí simplemente... explotó. Pero es mejor así, Azriel. El otro plan era muy peligroso para ti, y te podía meter en un problema serio.
—Sí, tienes razón —afirmó Azriel, apretando su mano—. Aunque admito que una parte pequeña de mí está decepcionada por no poder usar mis habilidades de espionaje.
—Tus habilidades para diseñar moda son mucho más valiosas —le aseguró Felicity—. Y además, tu intención ha servido para darme cuenta de todo lo que estabas dispuesto a hacer por mí, y de lo buen amigo que eres. No lo voy a olvidar nunca, Azriel.
Azriel la miró, conmovido durante un instante, antes de que su instinto de quitarle hierro a cualquier situación emocional tomara el control.
—Oh, cariño —dijo, atrayéndola para darle un abrazo—.
Por supuesto que no lo olvidarás. Te lo recordaré en cada cumpleaños, Navidad y cualquier ocasión que requiera un regalo caro.
«¿Recuerdas cuando estuve dispuesto a arriesgar mi carrera, mi reputación y posiblemente mi fabuloso trasero por ti? Creo que eso merece al menos un Rolex».
Felicity se echó a reír a carcajadas contra su hombro, agradecida por el humor que siempre aliviaba sus momentos más tensos.
—Te compraré dos Rolex cuando todo esto termine —prometió, separándose del abrazo, pero manteniendo sus manos sobre los hombros de Azriel—. Y pagaré tu terapia con el psicólogo cuando tengas pesadillas sobre altos ejecutivos persiguiéndote con sus maletines.
—Trato hecho —sonrió Azriel. Los dos rieron—. ¿Y cuándo va a llevar a cabo Alexander el plan? —preguntó.
—Esta misma semana —respondió Felicity, sorprendida por la rapidez con la que todo se estaba moviendo—. Alexander quiere resolver esto lo antes posible. Creo que una parte de él teme que haya sido injusto conmigo, aunque sea demasiado orgulloso para admitirlo abiertamente.
—Se va a montar una buena cuando salga a la luz —comentó Azriel, recostándose en el sofá con una expresión entre fascinada y preocupada—. Un alto ejecutivo vendiendo secretos empresariales, nada más y nada menos que de Reid Enterprises... Es el escándalo del año.
—Sí —asintió Felicity. Su rostro se puso serio—. Los cimientos de Reid Enterprises van a temblar. No solo por la traición en sí, sino por cómo fue manejada inicialmente la situación.
Se hizo un breve silencio mientras ambos contemplaban las implicaciones. Finalmente, Azriel se incorporó y volvió a su mesa de dibujo, recogiendo un boceto.
—Bueno, mientras tú y Alexander jugáis al policía y al ladrón con el topo —dijo, mostrándole el diseño en el que había estado trabajando—, yo estaré creando obras maestras para unos ejecutivos que probablemente no saben la diferencia entre lino egipcio y poliéster barato.
Felicity examinó el boceto: un elegante traje sastre para una de las directoras que aparecería en el reportaje de Fortune.
—Es precioso, Azriel —dijo con sinceridad—. Realmente capturas la esencia de cada persona en tus diseños.
—Es mi superpoder —respondió él con una sonrisa satisfecha—. Mientras que el tuyo parece ser meterte en el despacho de CEOs temibles y salir con vida para contarlo.
Felicity río.
—Voy a cambiarme —dijo, levantándose del sofá—. Y luego podríamos pedir comida tailandesa y elaborar teorías conspirativas sobre quién más podría estar involucrado en este desastre.
—Suena como el plan perfecto para una noche de miércoles —asintió Azriel, volviendo a sus bocetos—. Espionaje industrial y pad thai . ¿Qué más podría pedir un chico?
Mientras Felicity se dirigía a su habitación, no pudo evitar preguntarse qué le depararía el futuro cuando desenmascararan al verdadero traidor.
¿Podría recuperar su antiguo puesto? ¿Querría hacerlo?
¿Y qué pasaría con Alexander?, ¿con esa complicada mezcla de atracción, admiración y ahora resentimiento que sentía hacia él?