CAPÍTULO 44 #2
—No me vengas con condescendencia, Alexander —lo interrumpió ella, dando un paso adelante, y por supuesto sin hacer uso del tratamiento de «usted», porque no estaba para tonterías—.
No estoy aquí porque esté resentida o porque no pueda superar lo que pasó.
Estoy aquí porque tengo información concreta sobre quién te ha traicionado realmente.
Alexander la miró durante un largo rato, y luego, para sorpresa de Felicity, le indicó que se sentara en uno de los sillones frente a su escritorio.
—Te escucho —dijo, tomando asiento frente a ella.
—El topo es Morgan Hargrove —soltó Felicity sin rodeos.
—Espero que tengas argumentos para respaldarlo —dijo Alexander, serio.
Felicity respiró hondo y le contó todo: cómo Azriel había escuchado accidentalmente a Morgan Hargrove hablando por teléfono, la frase incriminatoria sobre «la asistente» y «Winters», el nerviosismo…
Mientras hablaba, observó el rostro de Alexander.
Vio cómo su expresión pasaba de la incredulidad inicial a estar considerando lo que estaba diciendo, y finalmente a algo que parecía cercano a la duda.
—Felicity —dijo, cuando ella terminó su relato—, agradezco que compartas esta información conmigo, pero...
—Pero ¿qué? —lo desafió, sintiendo que la frustración volvía a crecer en su interior—. ¿Pero no tienes pruebas? ¿Es eso?
Alexander se pasó una mano por el rostro, un gesto raro en él que revelaba su conflicto interno.
—No puedo acusar a un alto ejecutivo basándome únicamente en una conversación que tu amigo dice haber escuchado —respondió—. Morgan Hargrove lleva quince años en esta empresa. Su lealtad nunca ha sido cuestionada.
—¡La mía tampoco hasta que decidiste que era culpable! —exclamó Felicity, incapaz de contener su indignación—. ¿Qué pruebas tenías contra mí, Alexander? ¿Qué evidencia irrefutable te llevó a destrozar mi carrera sin ni siquiera darme la oportunidad de defenderme?
Un silencio tenso siguió a sus palabras. Alexander se levantó y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. Cuando se giró, su expresión era sombría.
—Las fotografías —dijo finalmente—. Había fotografías tuyas e Isobel Winters comiendo juntas en el Petite Jardin, dos días antes de que la información sobre el acuerdo de BioGen se filtrara.
—¿Me despediste, me humillaste y destruiste mi reputación porque me vieron comiendo con una mujer de negocios en un restaurante público? ¿ Público ? —enfatizó.
—No era solo eso —se defendió Alexander, aunque su tono había perdido algo de su seguridad habitual—. La cronología, el hecho de que no mencionaras ese encuentro hasta que yo te lo dije…
—No te dije nada, porque tú pusiste distancia conmigo. Había mil rumores sobre mí circulando por la empresa y tú no hiciste absolutamente nada —le reprochó Felicity, interrumpiéndolo.
Alexander continuó.
—… Que justo después se filtrara información a la que solo un círculo muy reducido tenía acceso...
—Eso no prueba nada, excepto que me tendió una trampa —argumentó Felicity, poniéndose de pie—.
Isobel Winters me invitó a comer con el pretexto de ofrecerme una disculpa por haber lanzado sobre mí esos rumores.
Pero toda la información que se filtró, ella ya la sabía.
Y no te lo mencioné porque tú no me hacías ni puto caso.
Alexander la miró fijamente, y por primera vez, Felicity vio algo que nunca esperó ver en sus ojos: duda. No sobre ella, sino sobre sus propias conclusiones.
Ella tenía razón, él había tomado distancia cuando aparecieron los rumores.
—Si lo que dices es cierto —comenzó Alexander—, entonces Isobel orquestó todo meticulosamente. Te invitó a comer a propósito para crear una conexión entre tú y ella, sabiendo que cuando se filtrara la información...
—Yo sería la cabeza de turco perfecta —completó Felicity—. Joven, relativamente nueva en la empresa, con acceso a información confidencial debido a mi posición como tu asistente. Mientras tanto, el verdadero topo sigue operando libremente.
Alexander se pasó una mano por el pelo.
—Aun así, Felicity, necesitamos pruebas concretas contra Hargrove. Una conversación escuchada a medias no es suficiente para acusar a un director jurídico adjunto de espionaje industrial. Sería su palabra contra la mía.
Felicity sintió que la frustración volvía a crecer en su interior, pero esa vez, en lugar de explotar, su cabeza tomó el control. Si Alexander necesitaba pruebas, entonces tendría que proporcionárselas.
Y entonces, como un relámpago, una idea surgió en su mente.
—Hay una manera —dijo—. Podemos crear una elaborada trampa con información falsa pero convincente, asegurándonos de que solo Hargrove tenga acceso a ella.
Alexander la miró con interés.
—Continúa —la animó, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Creamos un documento falso sobre una supuesta adquisición o fusión —explicó Felicity—. Algo lo suficientemente jugoso como para que Isobel Winters no pueda resistirse, pero no tan extremo que resulte inverosímil, y limitamos el acceso a ese documento a Morgan Hargrove.
—Y luego esperamos —continuó Alexander, captando inmediatamente la estrategia—. Si la información aparece en Winters Corporation...
—Sabremos sin duda que Morgan Hargrove es el topo —concluyó Felicity.
—Es arriesgado —murmuró Alexander—. Si Hargrove sospecha que es una trampa...
—No lo hará —aseguró Felicity—. No si la información parece lo suficientemente verosímil y valiosa. Su codicia, o lo que sea que lo motive a traicionar a Reid Enterprises, hará el resto.
—Podría funcionar —admitió Alexander finalmente—. Pero tendría que estar perfectamente ejecutado. La información tendría que ser creíble y Morgan Hargrove estar muy controlado.
—¿Entonces estamos de acuerdo? —preguntó Felicity, extendiendo su mano formalmente, como si estuvieran cerrando un trato de negocios y no planeando una elaborada trampa corporativa.
Alexander miró su mano extendida y luego, sin dudar, la estrechó con la suya. Su contacto envió una corriente eléctrica por el brazo de Felicity.
Había cosas que no habían cambiado.
—Estamos de acuerdo —confirmó él.