CAPÍTULO 44
El destino decidió que la mañana siguiente al gran descubrimiento sería perfecta para un encuentro casual.
Felicity había dormido sorprendentemente bien, impulsada por una mezcla de esperanza y determinación.
Se había vestido con especial cuidado: un vestido verde botella estructurado que la hacía sentir como si llevara una armadura elegante, tacones lo suficientemente altos para intimidar, pero no tanto como para impedir una huida rápida si fuera necesario, y un maquillaje impecable que ocultaba las huellas de noches insomnes.
Entró en el vestíbulo de la Torre Reid con la barbilla en alto, saludando con una sonrisa profesional al personal de seguridad que, después de semanas de miradas incómodas post-escándalo, finalmente había vuelto a tratarla con normalidad. O algo parecido.
—Buenos días, señorita Ashford —saludó el guardia que más a menudo hablaba con ella—. Parece que hoy hace mejor tiempo.
Felicity asintió, agradeciendo el comentario banal que, sin embargo, representaba un retorno a la normalidad que tanto anhelaba.
—Sí, parece que las nubes finalmente se están disipando.
No se refería únicamente al clima, pero el guardia no necesitaba saber eso.
Se dirigió hacia los ascensores, consultando distraídamente los correos en su teléfono. Tenía una reunión a las 10:30 con el gerente del departamento de comunicación.
El ascensor llegó con un suave ding , y Felicity levantó la vista de su teléfono justo cuando las puertas se abrían. Entró distraídamente, seleccionando el botón del piso 23 mientras seguía desplazándose por su bandeja de entrada.
—Buenos días —murmuró automáticamente al notar que no estaba sola.
—Buenos días, señorita Ashford.
La voz hizo que su sangre se congelara instantáneamente.
Felicity levantó la mirada y se encontró cara a cara con él.
Morgan Hargrove.
El hombre que había arruinado su carrera, destrozado su reputación y, lo más doloroso, destruido la confianza que Alexander tenía en ella.
Allí estaba, con su traje impecable y su corbata perfectamente anudada, sosteniendo un maletín de cuero que probablemente costaba más que su alquiler mensual. Su pelo canoso perfectamente peinado, su postura erguida, su expresión de educada neutralidad.
Felicity sintió que una oleada de furia subía por su garganta, amenazando con salir en forma de gritos o, peor aún, de un puñetazo directo a su cara perfectamente afeitada.
«Si descubren lo de Winters, no solo la asistente caerá». Las palabras que Azriel había escuchado resonaron en su mente como un martillo golpeando un yunque.
«Hijo de puta», dijo para sus adentros.
—Señor Hargrove —logró responder, sorprendida de que su voz sonara tan normal, cuando por dentro estaba a punto de entrar en combustión espontánea.
El silencio que siguió fue denso, cargado con todo lo que Felicity quería decir, pero no podía.
Tú lo hiciste.
Tú me tendiste una trampa.
Tú le mentiste a Alexander sobre mí.
Tú destruiste todo por lo que había trabajado.
Morgan carraspeó, visiblemente incómodo con el silencio.
—¿Cómo va todo en el departamento de comunicación? —preguntó con esa cordialidad que ahora, sabiendo lo que sabía, a Felicity le sonaba tan falsa como un billete de tres dólares.
Apretó su teléfono con los dedos, temiendo que, si lo soltaba, sus manos podrían actuar por voluntad propia.
—Bastante bien —respondió escuetamente—. Con mucho trabajo.
—Me imagino —asintió Morgan, consultando su Rolex, como si realmente le importara la hora y no fuera solo un gesto para evitar el contacto visual.
El ascensor se detuvo en el piso 23, y Felicity nunca había estado tan agradecida de llegar a su destino.
—Que tenga un buen día, señor Hargrove —dijo al salir, inyectando un toque de dulzura venenosa en su voz—. Espero que encuentre todo en orden.
Antes de que las puertas se cerraran, captó la expresión de desconcierto en el rostro insulso de Morgan, como si intentara descifrar si había algún mensaje oculto en sus palabras.
Bien.
Que se preocupara.
Felicity caminó hacia su cubículo con pasos medidos, controlando la tormenta interior que amenazaba con desbordarla.
Saludó mecánicamente a sus compañeros, dejó el bolso en el cajón inferior de su escritorio, encendió el ordenador, y solo entonces, cuando estuvo sentada frente a la pantalla con la espalda hacia el resto de la oficina, permitió que su rostro mostrara la rabia que sentía.
«Maldito bastardo hipócrita —pensó, abriendo y cerrando archivos sin realmente verlos—. Tan cómodo con su traje caro, tan seguro de que saldrá impune mientras yo cargo con toda la culpa.»
Intentó concentrarse en el trabajo, realmente lo intentó.
Abrió el documento Word con el informe que tenía que entregar al gerente, pero las palabras parecían flotar ante sus ojos. Su mente seguía volviendo al ascensor, a la cara de Morgan Hargrove, a lo injusto que era todo.
A la impotencia de no haberle podido dar un puñetazo.
Quince minutos después de haber llegado a su cubículo, Felicity se dio cuenta de que había estado leyendo el mismo párrafo durante al menos diez minutos.
La rabia seguía burbujeando en su interior, mezclada con una frustración creciente. Tenían el nombre del culpable, tenían prácticamente una confesión (aunque indirecta), pero no tenían pruebas concretas que pudieran presentar a Alexander.
Alexander.
Su imagen hizo que su estómago se contrajera.
Alexander, que la había condenado sin un juicio justo.
Alexander, que había confiado en las «pruebas» fabricadas en su contra, pero que probablemente exigiría evidencias irrefutables antes siquiera de considerar que Morgan Hargrove pudiera ser el verdadero traidor.
Y entonces, como si un interruptor se hubiera activado en su cerebro, Felicity tomó una decisión.
No podía seguir sentada allí, fingiendo trabajar, mientras el verdadero culpable se paseaba libremente por la empresa, probablemente filtrando más información a Isobel Winters.
Se levantó abruptamente, sobresaltando a Phillip, cuya cabeza apareció por encima del panel divisorio como un topo curioso.
—¿Todo bien, Felicity? —preguntó, entre preocupado y cauteloso.
—Perfectamente —respondió ella, alisando inexistentes arrugas de su vestido—. Solo necesito consultar algo con... recursos humanos.
La mentira salió con sorprendente facilidad, pero Felicity ya no tenía tiempo para sentirse culpable por pequeñas mentiras cuando había verdades mucho más grandes en juego.
Cogió su móvil y su tarjeta de acceso, y se dirigió hacia los ascensores con paso decidido.
No tenía un plan concreto, solo la certeza de que no podía pasar un minuto más sin confrontar aquella situación.
Presionó el botón del ascensor y, mientras esperaba, respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos.
¿Qué iba a decir exactamente? ¿Cómo iba a presentar su caso sin sonar como una exasistente resentida buscando venganza?
El ascensor llegó, vacío esa vez, y Felicity entró, presionando el botón del piso 70 antes de que su sentido común pudiera intervenir y decirle que lo que iba a hacer era una mala idea.
Pero mientras el ascensor ascendía, su determinación creció.
Aquello no era solo por ella. Era por la verdad, por la justicia, y sí, también por Alexander.
Porque por mucho que quisiera odiarlo por no confiar en ella, una parte obstinada de su corazón se negaba a creer que el hombre que había conocido, el líder brillante y justo, pudiera estar completamente equivocado.
El viaje hasta el piso 70 pareció a la vez eterno y demasiado corto. Cuando las puertas se abrieron, Felicity salió con la barbilla en alto, ignorando las miradas sorprendidas de los empleados que claramente no esperaban verla en ese piso nunca más.
Se dirigió directamente hacia el despacho de Alexander, pasando junto a su nueva asistente sin ni siquiera reducir la velocidad.
—Disculpe, señorita, no puede entrar sin cita —comenzó la joven, levantándose apresuradamente de la silla.
Felicity la ignoró completamente, abriendo las puertas del despacho de Alexander sin llamar, impulsada por una adrenalina que hacía que sus oídos zumbaran y su corazón latiera como un tambor de guerra.
Alexander estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono. Su silueta se veía recortada contra el cielo de Nueva York. Se giró bruscamente al escuchar la puerta abrirse, y la expresión de sorpresa absoluta que cruzó su rostro habría sido digna de fotografiarla.
—Te llamaré después —dijo rápidamente a la persona que estaba al otro lado de la línea telefónica, sin apartar los ojos de Felicity.
La asistente apareció detrás de ella, visiblemente mortificada.
—Lo siento mucho, señor Reid, intenté detenerla, pero...
—Está bien —la interrumpió Alexander, con voz controlada—. Déjenos solos, por favor.
La joven asintió nerviosa, y cerró la puerta al salir, dejándolos en un silencio cargado de electricidad.
Felicity se quedó de pie en mitad del despacho, repentinamente consciente de lo impulsiva que había sido su acción, pero demasiado tarde ya para retroceder.
De todas formas, su comportamiento tampoco podía sorprenderle mucho a Alexander, había sido un impulso lo que la había guiado a besarlo en un tren para burlar al revisor. Y sin ni siquiera conocerlo.
—Felicity —dijo Alexander, rompiendo el silencio—. ¿Qué haces aquí?
Había tantas emociones mezcladas en su tono y en su mirada que Felicity no podía descifrarlas todas: sorpresa, confusión, cautela, y algo más, algo que parecía casi como... Lo mejor era no pensar en ello.
—Sé quién es el topo —soltó sin preámbulos. La mejor estrategia era ir directamente al grano—. Sé quién ha estado filtrando información a Winters Corporation, y no soy yo.
Alexander se quedó inmóvil con una expresión indescifrable en el rostro.
—Felicity —comenzó, con ese tono cuidadosamente medido que usaba en negociaciones delicadas—, entiendo que las últimas semanas han sido difíciles...