El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Azriel había reorganizado los cojines del sofá tres veces.

Había alimentado a Gatsby, aunque el gato tenía el cuenco medio lleno.

Había preparado té, lo había dejado enfriar, lo había tirado y había preparado café.

Luego recordó que Felicity prefería té cuando estaba estresada, así que volvió a empezar.

La espera lo estaba matando.

Cuando finalmente escuchó la llave en la cerradura, casi derramó la taza que sostenía. Gatsby, mucho más digno que su dueño humano, simplemente levantó la cabeza desde su posición privilegiada en el alféizar de la ventana, como diciendo «ya era hora».

—¡Felicity! —exclamó Azriel, antes incluso de que la puerta se abriera por completo.

Felicity entró con esa expresión de agotamiento que había llevado como accesorio permanente desde el incidente de BioGen. Su pelo, que había comenzado el día perfectamente recogido en una coleta alta, ahora había perdido altura y tenía mechones rebeldes enmarcando su rostro.

Dejó caer su bolso en el recibidor y se quitó los tacones con un suspiro de alivio que parecía venir directamente de su alma.

—Por favor, dime que hay comida o alcohol, preferiblemente ambos —murmuró, frotándose el puente de la nariz—. Ha sido un día interminable.

Azriel prácticamente vibró de impaciencia, como un perro que había estado esperando todo el día a que su dueño regresara.

—Tengo algo mejor que comida o alcohol —dijo, acercándose a ella con los ojos brillantes de excitación—. Tengo información.

Felicity lo miró con una mezcla de curiosidad y cautela, reconociendo el brillo febril en los ojos de su amigo. Era la misma expresión que tenía cuando descubría una tela nueva y revolucionaria, o cuando conseguía entradas para un espectáculo imposible de Broadway.

—¿Qué tipo de información? —preguntó, caminando descalza hacia la cocina. Necesitaba desesperadamente algo de líquido después de un día de tensión constante.

Azriel la siguió como una sombra.

—Del tipo que podría limpiar tu nombre y hundir a cierta arpía con un peinado de ciento treinta dólares y la moral de una hiena —respondió, incapaz de contener su emoción por más tiempo.

Felicity se detuvo en seco, una mano en la puerta de la nevera.

—Azriel —dijo, girándose para mirarlo directamente—, si esto es una broma...

—No es una broma —la interrumpió, levantando ambas manos como para calmarla—. Es una bomba informativa, querida. Una auténtica dinamita para tu defensa.

La seriedad en su tono, a pesar de su habitual dramatismo, hizo que Felicity cerrara la nevera y se apoyara contra la encimera, dándole toda su atención.

—Te escucho.

Azriel tomó aire, como un narrador a punto de revelar el giro crucial de la historia.

—Hoy, después de mi reunión con el Señor Limón Amargo —comenzó, refiriéndose a Alexander con el apodo que habían adoptado en privado—, esperaba el ascensor cuando apareció un tipo.

Traje caro, pero sin personalidad, pelo entrecano perfectamente peinado, complexión media, unos cincuenta y tantos años, gemelos de oro, un reloj que gritaba «gano más en un mes de lo que tú ganas en un año, plebeyo», zapatos italianos que ni siquiera intentaban ser discretos sobre su precio...

—Azriel —lo interrumpió Felicity con una sonrisa paciente—, ve al grano, por favor. Antes de que me jubile.

—Lo siento, lo siento —se disculpó él, haciendo un gesto con la mano como para borrar los detalles superfluos—.

Este tipo estaba hablando por teléfono, muy nervioso, aflojándose todo el rato el cuello de la camisa como si le estuviera estrangulando.

Claramente estaba teniendo una conversación que no quería que nadie escuchara.

Felicity asintió. Había olvidado por un momento su cansancio ante la intensidad de Azriel.

—Y entonces —continuó él, bajando dramáticamente la voz—, dijo, y cito textualmente: «Si descubren lo de Winters, no solo la asistente caerá». La asistente, Felicity. Tú. Y Winters. Isobel Winters. ¿Entiendes lo que significa?

Felicity se quedó inmóvil, sus ojos abriéndose más a medida que procesaba la información.

—¿Estás... estás completamente seguro, Azriel? —preguntó. Su voz salió como un susurro—. ¿Esas fueron sus palabras exactas?

—Tan seguro como que Chanel Nº5 nunca pasará de moda —afirmó él, apoyando las manos en la encimera—. Lo escuché claro como el agua. Estaba hablando con alguien sobre documentos que supuestamente habían sido destruidos, pero que alguien había encontrado. Estaba en pánico, Felicity.

Ella se llevó una mano a la boca. Su mente iba a mil por hora, igual que su corazón.

—¿Pudiste ver quién era? ¿Alguien lo llamó por su nombre?

—¡Sí! En el ascensor nos encontramos con dos ejecutivas. Una de ellas lo llamó «Morgan». Y mencionaron algo sobre el departamento legal y que hacía un gran trabajo simplificando las implicaciones fiscales de los proyectos.

El color abandonó el rostro de Felicity. Se tambaleó ligeramente, y Azriel rápidamente le acercó una silla.

—¿Felicity? ¿Estás bien? ¿Lo conoces?

—Morgan Hargrove —murmuró ella, como si el nombre fuera veneno en su lengua—. Es… director jurídico adjunto de Reid Enterprises. Especializado en derecho empresarial y... —su voz se quebró ligeramente—… un lameculos de primera categoría.

—¿Es uno de los peces gordos? —preguntó Azriel, sentándose frente a ella.

—No exactamente un pez gordo —respondió Felicity. Su cabeza estaba trabajando a toda velocidad—. Es el número dos del departamento legal, siempre a la sombra de Victoria Zimmerman, la Directora Jurídica. Pero tiene acceso a prácticamente todos los contratos importantes... incluido el de BioGen.

Sus ojos se encontraron con los de Azriel. La realidad la golpeó como un tren.

—Ese cabrón —masculló, apretando los puños sobre la mesa—. Por supuesto que tenía que ser él. Siempre tan servicial con Alexander, siempre merodeando por las reuniones importantes, aunque no se requiriera su presencia.

Azriel observó cómo la conmoción inicial de Felicity se transformaba en indignación, y luego en furia contenida.

—¿Crees que está trabajando para Isobel Winters? —preguntó, aunque la respuesta parecía obvia.

—No solo creo que está trabajando para ella —respondió Felicity, levantándose y comenzando a pasearse por la pequeña cocina—.

Estoy segura de que es el topo que ha estado filtrando información a Winters Corporation durante meses.

Tiene acceso a todo, la autoridad para moverse libremente entre departamentos, y nadie cuestiona su presencia en ninguna parte porque, bueno, es del departamento legal desde hace muchos años. Se supone que deben saber todo.

Azriel siguió sus movimientos con la mirada.

—Seguro que la perra de Isobel se lo está tirando para tenerle comiendo de su mano —comentó con desdén—. El clásico espionaje empresarial con beneficios adicionales.

Felicity hizo una mueca con la boca.

—A saber, de esa tía me espero cualquier cosa. Al parecer, tiene pocos escrúpulos, ya has visto el lío en el que me ha metido a mí —suspiró, apoyándose contra la encimera—. Pero no creo que sea solo sexo lo que motiva a Morgan. Debe de haber dinero de por medio. Mucho dinero.

—¿Tú crees? Alexander Reid paga muy bien a sus trabajadores y él es un alto ejecutivo —dijo Azriel, fascinado por esa faceta de detective privado que estaban desarrollando.

—Pero hay personas muy ambiciosas —dijo Felicity, sentándose de nuevo—. Tanto que incluso son capaces de traicionar a la mano que les da de comer. Solo le son leales al dinero y a su ambición.

—La verdad es que tienes razón. La ambición, y quizá cierto resentimiento hacia la empresa lo hacen ser el traidor perfecto.

—Exactamente —confirmó Felicity. Una chispa de su antigua energía regresó a sus ojos—.

Y ahora lo tenemos. Tenemos un nombre, tenemos un hombre, y lo más importante —enfatizó, inclinándose hacia adelante—, tenemos evidencias de que hay una conspiración.

«No solo la asistente caerá» significa que saben perfectamente que me tendieron una trampa y que caí como una idiota —dijo frustrada.

La expresión de Azriel se tornó seria.

—No te fustigues, Felicity, la culpa no es tuya, es de esa arpía de Isobel Winters.

Felicity apretó los labios.

—La pregunta es —continuó Azriel—: ¿qué hacemos con esta información?

No es exactamente algo que podamos llevar directamente a Alexander en plan: «Oye, escuché accidentalmente a tu director jurídico adjunto admitir que está vendiendo tus secretos empresariales».

No es muy convincente sin pruebas tangibles.

Es tu palabra contra la de ese mamarracho.

Felicity se mordió el labio inferior.

—Necesitamos más —murmuró, más para sí misma que para Azriel—. Necesitamos atraparlo en el acto, o encontrar pruebas concretas de su comunicación con Isobel Winters. Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo. No es como si pudiera entrar en su oficina y hurgar en sus cajones.

Una sonrisa lenta, casi peligrosa, se extendió por el rostro de Azriel.

—En realidad, Felicity, creo que esa es exactamente la estrategia que necesitamos.

Ella lo miró boquiabierta.

—Estaba bromeando, Azriel. No eres un espía. Eres un diseñador de moda con una tendencia al drama y una obsesión por los detalles. No eres James Bond.

—No necesito ser James Bond —respondió él—. Solo necesito ser yo mismo: el extravagante diseñador de moda al que nadie presta atención porque me ven inofensivo.

—No…

—Piénsalo, Felicity —la cortó.

Azriel comenzó a caminar de un lado a otro de la cocina, gesticulando con las manos mientras hablaba. La chispa de la conspiración prendió en sus ojos.

—Estoy diseñando los trajes de los ejecutivos más importantes de Reid Enterprises. Eso me da acceso a la Torre Reid por completo. Puedo averiguar cual es su despacho y entrar sin que nadie me vea…

—Es muy arriesgado Azriel —intervino Felicity.

—Pero es el único método que tenemos.

Felicity negó con la cabeza.

—Lo siento, pero no me convence.

—Pero podría funcionar —insistió Azriel, comenzando a visualizar el escenario—. Nadie sospecha del tipo creativo. Me subestiman porque visto «raro» y hablo de telas y colores. Es el camuflaje perfecto.

—No sé…

—Es nuestra mejor oportunidad.

—¿Tú crees? —le preguntó Felicity, cogiendo sus manos.

—Sí, puedo buscar cualquier cosa que pueda conectarlo con Isobel Winters. Un número de teléfono anotado, correos electrónicos en su pantalla, cualquier documento relacionado con BioGen o Winters Corporation.

Durante un momento, se quedaron así, mirándose a los ojos.

—Si me hubieran dicho hace un mes que estaría planeando espiar a un ejecutivo de Alexander Reid, habría pensado que estaban locos —dijo Azriel, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Pero la verdad es que suena como el argumento de una película que definitivamente iría a ver.

Felicity sonrió.

—«El diseñador que me salvó» —propuso, adoptando una voz de narrador de tráiler—. Una historia de moda, traición y venganza.

—Protagonizada por Timothée Chalamet como el irresistible y talentoso diseñador —añadió Azriel, posando dramáticamente.

—Y Jennifer Lawrence como la injustamente acusada asistente ejecutiva —continuó Felicity, siguiéndole el juego.

Los dos se echaron a reír, concediéndose un momento ligero en medio de la tempestad. Pero la seriedad volvió al rostro de Felicity.

—En serio, Azriel —dijo—. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Es arriesgado. Si te descubren...

—Si me descubren —la interrumpió él, levantando una ceja perfectamente depilada—, simplemente diré que me he perdido o que estaba buscando inspiración. Los artistas somos así de raros.

Su tono era liviano, pero sus ojos transmitían una determinación absoluta.

—Además —añadió, apretando ligeramente las manos de Felicity—, nadie jode a mi mejor amiga y se sale con la suya. Ni siquiera un abogado de Reid Enterprises con zapatos italianos obscenamente caros.

Felicity sintió una oleada de gratitud tan intensa que casi la abrumó. En un mundo que le había dado la espalda al primer signo de sospecha, Azriel había permanecido inquebrantable a su lado.

—Gracias —murmuró, luchando contra el nudo en su garganta—. No sé qué haría sin ti.

—Probablemente vestirías de forma aburridísima y beberías vino barato —respondió Azriel con una sonrisa, intentando aligerar el momento.

Funcionó. Felicity soltó una carcajada y le dio un pequeño empujón.

—Idiota.

—Tu idiota favorito —corrigió él, guiñándole un ojo—. Y ahora, creo que este momento requiere comida y definitivamente alcohol. No todos los días descubrimos una conspiración empresarial y planeamos nuestra contraofensiva.

Se dirigió al refrigerador y lo abrió, examinando su contenido con ojo crítico.

—¿Pedimos sushi? —sugirió, cerrando la puerta al confirmar que, efectivamente, no había nada digno de una celebración—. Necesitamos alimento ceremonial para nuestro pacto de espionaje.

Felicity asintió.

—Sushi suena perfecto —estuvo de acuerdo, sacando su teléfono del bolsillo para hacer el pedido—. Y abre esa botella de vino que hemos estado guardando para una ocasión especial. (Todo parecían ocasiones especiales para ellos).

—¿La de Pinot Noir ridículamente caro que compré cuando pensé que había conseguido el contrato con esa estrella del pop? —preguntó Azriel, dirigiéndose ya hacia la pequeña bodega improvisada que tenían en un armario de la cocina.

—Esa misma —confirmó Felicity—. Creo que desenmascarar a un traidor y limpiar mi nombre se puede calificar como ocasión especial, ¿no crees?

Azriel sacó la botella con reverencia teatral.

—Querida, puede calificarse como ocasión legendaria —declaró, buscando el sacacorchos—. Y cuando todo esto termine, y Alexander Reid se arrastre pidiendo tu perdón, abriré el champán francés que tengo en mi habitación.

Felicity levantó una ceja.

—¿Tienes champán en tu habitación?

—Sí —respondió Azriel con una sonrisa traviesa—. Nunca se sabe para qué puede venir bien, o con quien.

Mientras Azriel descorchaba el vino y Felicity ordenaba el sushi, Gatsby los observaba desde su posición privilegiada en la encimera, con esa expresión felina que parecía decir «los humanos son tan complicados».

Por primera vez desde el desastre de BioGen, Felicity sentía que tenía el control de nuevo.

Tenían un nombre, tenían un plan, y más importante aún, tenían la verdad de su lado.