El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Azriel Fontaine extendió los bocetos sobre el imponente escritorio de Alexander Reid con la precisión de un cirujano preparando sus instrumentos.

Su corazón latía con un ritmo ligeramente acelerado, aunque su rostro mantenía una expresión de serena profesionalidad.

Presentar diseños a editores de revistas de moda era una cosa; presentarlos al presidente y dueño de Reid Enterprises, cuya mirada podía congelar el infierno, era un desafío completamente distinto.

—Como puede ver, señor Reid —explicó, señalando el primero de los bocetos—, para la directora financiera he optado por un traje pantalón en color burdeos. El corte es clásico pero contemporáneo, con detalles sutiles en los hombros que le dan un aire de autoridad sin sacrificar la elegancia.

Alexander observaba cada diseño con la misma intensidad meticulosa que aplicaba a los contratos multimillonarios. No era simplemente una mirada; era un análisis exhaustivo, como si pudiera ver cada puntada invisible, cada decisión de diseño que Azriel había tomado.

—Para el director de operaciones internacionales —continuó Azriel, deslizando otro boceto hacia él—, un traje azul marino con un tejido de micropuntos casi imperceptibles. Conservador a primera vista, pero con personalidad cuando se observa de cerca.

Alexander asintió levemente, lo que Azriel ya había aprendido a interpretar como una aprobación en su reducido vocabulario gestual.

Seis diseños más tarde, llegaron al que Azriel había guardado para el final: el traje diseñado para el propio Alexander Reid.

—Y para usted... —Azriel desplegó el último boceto con un movimiento fluido—.

Un traje de tres piezas en un tono azul medianoche, con un sutil patrón de espiga apenas perceptible que le da textura sin resultar llamativo, con un corte que respeta la tradición británica, pero con detalles que lo anclan firmemente en el presente.

Sutil, pero inconfundiblemente poderoso.

Los ojos azul glacial de Alexander estudiaron el diseño con una expresión indescifrable.

Transcurrieron varios segundos en los que Azriel podría jurar que no respiró. Finalmente, Alexander pasó los dedos por el boceto.

—El corte de la solapa —dijo, con ese tono bajo y controlado que lo caracterizaba—. Me gustaría que fuera ligeramente más pronunciado. Apenas un centímetro, no más.

Azriel contuvo una sonrisa.

Un centímetro.

Por supuesto que Alexander Reid notaría un detalle tan minúsculo. Por supuesto que tendría una opinión específica sobre ello.

—Por supuesto, señor Reid —asintió, sacando inmediatamente su lápiz para anotar la modificación—. Un centímetro exacto. Lo ajustaré en el patrón final.

—Por lo demás —continuó Alexander, reclinándose ligeramente en su silla—, los diseños son perfectos.

—Me alegra que sean de su gusto —respondió Azriel, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Comenzaré con la confección inmediatamente. Para la próxima semana podríamos programar la primera prueba de vestuario.

Alexander consultó brevemente su agenda digital.

—El miércoles. Once de la mañana. Mi asistente coordinará con los demás ejecutivos para sus respectivas pruebas.

Asunto zanjado.

La eficiencia de Alexander Reid era casi sobrehumana.

Azriel comenzó a recoger sus bocetos, guardándolos cuidadosamente en su portafolios de cuero italiano.

—Una cosa más, señor Fontaine —añadió Alexander, justo cuando Azriel cerraba su portafolios.

—¿Sí, señor Reid?

—Su interpretación de la identidad y de la marca de Reid Enterprises a través de estos diseños es... muy sagaz. No es fácil traducir valores empresariales en tejido y corte.

Azriel parpadeó, sorprendido por el comentario. Había esperado alguna que otra crítica, pero no aquello. No un cumplido que demostraba que Alexander Reid había captado exactamente lo que había intentado transmitir con sus diseños.

—Gracias, señor Reid —respondió con sinceridad—. Es exactamente lo que he intentado conseguir.

Alexander asintió brevemente y volvió su atención a su ordenador, la señal universal de que la reunión había concluido.

Azriel recogió sus cosas y salió del despacho con la extraña sensación de haber pasado algún tipo de prueba que no sabía que estaba realizando.

La antesala del despacho de Alexander Reid estaba vacía. La nueva asistente había salido a almorzar.

Azriel se dirigió hacia los ascensores, repasando mentalmente los ajustes que necesitaba hacer en los diseños.

Mientras esperaba frente a las puertas cromadas, abrió nuevamente su portafolios para revisar el boceto del traje de Alexander.

Un centímetro en la solapa.

Sonrió para sí mismo, imaginando lo que diría Felicity cuando se lo contara.

«Típico de Alexander», probablemente respondería, con esa mezcla de exasperación y admiración que siempre teñía su voz cuando hablaba de él.

El sonido de pasos apresurados interrumpió sus pensamientos.

Un hombre de mediana edad, con el rostro tenso por el estrés (o la ansiedad), se acercó a la zona de los ascensores mientras hablaba acaloradamente por teléfono.

Azriel lo miró de reojo, aparentando estar absorto en sus diseños, pero registrando cada detalle con precisión: cabello con canas perfectamente peinado, gemelos de oro discretos pero caros, zapatos italianos de primera calidad. Era un alto ejecutivo.

—No, no he podido hablar con él todavía —decía el hombre, con un tono bajo pero intenso—. El señor Reid ha estado en reuniones toda la mañana.

Azriel fingió ajustar algo en su boceto con el lápiz, pero sus oídos estaban completamente sintonizados con la conversación.

El hombre parecía no reparar en su presencia más allá de una breve mirada de reconocimiento. Para él, Azriel era simplemente parte del mobiliario creativo, un artista extravagante absorto en su mundo de colores y formas.

El hombre se aflojó el cuello de la camisa con un dedo, como si de repente la corbata le estuviera estrangulando.

—¿Cómo que han encontrado el documento? —Su voz bajó aún más, pero la tensión la hizo más nítida—. Se suponía que no quedaba ningún rastro.

El ascensor seguía sin llegar, y Azriel comenzó a agradecerlo.

Mantuvo su expresión neutra, garabateando distraídamente en el margen de su boceto mientras sus sentidos captaban cada palabra.

—Escúchame bien —continuó el hombre, pasándose la mano por el pelo en un gesto de ansiedad—. Si descubren lo de Winters, no solo la asistente caerá.

Azriel sintió que su corazón daba un vuelco, pero años de moverse en el despiadado mundo de la moda le habían enseñado a mantener una cara de póker perfecta. Sus dedos, sin embargo, apretaron ligeramente el lápiz que sostenía.

«La asistente». Felicity.

Y «Winters» solo podía referirse a Isobel Winters.

Esto no era una coincidencia. No, por supuesto que no. Era la confirmación que había estado buscando.

El hombre comenzó a pasearse en el reducido espacio frente a los ascensores, visiblemente agitado.

—Necesito que borres todo. Y por el amor de Dios, deja de llamarme a mi teléfono del trabajo.

Azriel se permitió una breve mirada al hombre, captando su perfil tenso y su mandíbula apretada.

No lo reconocía específicamente, pero estaba seguro de que Felicity sabría quién era.

Tenía que memorizar cada detalle: la altura, la complexión, el pequeño tic nervioso en su ojo izquierdo, el reloj de lujo que consultaba compulsivamente.

Por fin, el ascensor anunció su llegada con un suave timbre. Las puertas se abrieron para revelar que estaba parcialmente ocupado. Dos ejecutivas elegantemente vestidas estaban al fondo, enfrascadas en su propia conversación. El hombre del teléfono dio un respingo casi imperceptible al verlas.

—Tengo que colgar —dijo rápidamente—. Te llamaré más tarde.

Azriel entró primero en el ascensor, colocándose estratégicamente para poder observar al hombre sin parecer obvio. El sospechoso entró detrás de él, guardando apresuradamente su teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta.

—¡Morgan! —saludó una de las ejecutivas con una sonrisa profesional—. Justo estábamos hablando del informe que presentaste en la reunión de esta mañana. Brillante análisis sobre las proyecciones del tercer trimestre.

Morgan. Un nombre. No era mucho, pero era un comienzo.

—Gracias, Christine —respondió él, componiendo rápidamente una sonrisa (falsa, por supuesto)—. Solo hice mi trabajo.

—Siempre tan modesto —intervino la otra mujer—. El departamento legal debería agradecerte por simplificar siempre las implicaciones fiscales de los proyectos.

Departamento legal.

Cada palabra era otra pieza del rompecabezas.

Azriel mantuvo su expresión distraída, enfocado en el portafolios abierto, pero mentalmente no dejaba de tomar notas.

El ascensor se detuvo en el piso 45, y las dos mujeres se despidieron con una sonrisa cortés antes de salir.

Azriel y el tal Morgan se quedaron solos en el cubículo, que descendía silenciosamente.

La tensión en el aire era casi palpable, aunque solo Azriel parecía ser consciente de ella.

Los pisos pasaban en silencio. 44, 43, 42...

Azriel comenzó a calcular cuánto tiempo tenía para memorizar más detalles sobre ese «Morgan» del departamento legal. El hombre había sacado su teléfono nuevamente, pero solo lo miraba.

Cuando finalmente llegaron al vestíbulo, Azriel esperó que Morgan saliera primero, observando su espalda mientras se alejaba apresuradamente hacia la salida. Complexión mediana, ligeramente encorvado, caminar rápido pero inseguro. Un hombre bajo presión, sin duda.

Apenas consciente de lo que hacía, Azriel casi corrió hacia la salida, levantando la mano para detener un taxi que pasaba.

La adrenalina corría por sus venas como si estuviera a punto de presentar una colección en la Semana de la Moda de París.

Tenía una pista, una pista real, y no veía la hora de compartirla con Felicity.

—¿Adónde? —preguntó el taxista cuando Azriel se deslizó en el asiento trasero.

—Brooklyn Heights —respondió, dando la dirección del apartamento que compartía con Felicity—. Y si puede llegar en menos de treinta minutos, le duplico la propina.

Mientras el taxi se sumergía en el tráfico de Manhattan, Azriel apretó su portafolios contra el pecho, como si contuviera no solo sus diseños, sino también el secreto que acababa de descubrir.

«Morgan, departamento legal», repetía mentalmente.

Dos pistas con las que, junto con la frase reveladora que había escuchado, podrían empezar a desmantelar la conspiración contra su amiga.

Sacó su teléfono, tentado de llamar inmediatamente a Felicity, pero se contuvo.

Aquella conversación necesitaba ser en persona. Necesitaba ver su cara cuando le contara lo que había descubierto. Necesitaba ayudarla a procesar aquella información y planificar su siguiente movimiento.

El tráfico de Nueva York, por una vez, parecía conspirar a su favor, moviéndose con una fluidez inusual.

O quizás era solo su percepción alterada por la emoción.

En cualquier caso, veinte minutos después, el taxi se detenía frente al edificio de apartamentos.

—Quédese con el cambio —dijo, entregando al conductor bastante más de lo que marcaba el taxímetro.

Subió las escaleras de dos en dos, sin detenerse a esperar al ascensor. Cuando por fin llegó a la puerta del loft , tuvo que tomarse un momento para recuperar el aliento. No solo por la carrera (que ya no era un chaval), sino por la magnitud de lo que estaba a punto de compartir.

Metió la llave en la cerradura, esperando encontrar a Felicity en casa.

Necesitaba contarle que acababa de conocer a «Morgan», el hombre que podría ser la clave para limpiar su nombre. El hombre que había pronunciado las palabras que cambiaban todo el juego:

«Si descubren lo de Winters, no solo la asistente caerá».

—¡Felicity! —la llamó al entrar, dejando su portafolios sobre la mesa del salón—. ¡No vas a creer lo que acabo de descubrir!

Gatsby apareció inmediatamente, frotándose contra sus piernas como si entendiera la importancia del momento. Pero del apartamento no llegó respuesta humana alguna. Felicity aún no había llegado a casa.

Azriel se dejó caer en el sofá, con su entusiasmo momentáneamente frustrado.

Gatsby saltó a su regazo, exigiendo atención con un maullido imperioso.

—Lo sé, lo sé —murmuró Azriel, rascando al gato detrás de las orejas—. Estoy impaciente. Pero tenemos que esperar a Felicity para nuestra gran revelación.

Gatsby ronroneó como si estuviera de acuerdo, y Azriel sonrió, imaginando ya la expresión de Felicity cuando le contara lo del tal Morgan y su desliz telefónico.

Por primera vez desde que había comenzado aquella misión encubierta, sentía que realmente tenían algo sólido. Una grieta en la armadura del culpable, una entrada al laberinto de engaños que había atrapado a Felicity.

—Paciencia, Sherlock —se dijo a sí mismo, mientras acariciaba metódicamente a Gatsby—. Watson estará en casa pronto, y entonces podremos resolver este caso.

El gato lo miró con sus penetrantes ojos azules, como si entendiera perfectamente la referencia y estuviera evaluando cuál de ellos merecía realmente el título de Sherlock en esa investigación. Azriel se rio de la expresión casi ofendida del felino.

—De acuerdo, de acuerdo. Tú eres Sherlock, yo soy Watson, y Felicity es... bueno, Felicity es la mente maestra detrás de ambos. ¿Contento?

Gatsby cerró los ojos con satisfacción, aparentemente aprobando aquella nueva distribución de roles.

Azriel sonrió.