CAPÍTULO 41
La cafetería de la Torre Reid, en la planta baja, era uno de esos lugares donde la arquitectura minimalista intentaba disimular el hecho de que se trataba, al fin y al cabo, de la simple cafetería de la empresa.
Cristal, acero inoxidable y madera creaban un ambiente acogedor y distendido, donde la gente hablaba mientras se tomaba unos minutos de descanso.
Alexander Reid ocupaba su mesa habitual, la del rincón con la mejor vista y la suficiente distancia del resto para que las conversaciones privadas permanecieran así: privadas. Frente a él, John Dalton, director de operaciones internacionales, repasaba los detalles de la expansión en Singapur.
—Los permisos están prácticamente asegurados —explicaba Dalton, deslizando un dedo por la pantalla de su tablet—. Aunque el equipo legal sugiere algunas modificaciones en la estructura para optimizar las ventajas fiscales.
Alexander asintió, tomando un sorbo de su café egipcio sin azúcar.
Su mente calculaba rápidamente las implicaciones de cada detalle que Dalton mencionaba, archivando mentalmente los puntos que requerirían su atención personal más tarde.
Fue entonces cuando la sintió antes de verla.
Una extraña vibración en el ambiente, como si el aire de la cafetería se hubiera reconfigurado sutilmente.
Alexander levantó la mirada de forma instintiva hacia la entrada, y allí estaba ella. Felicity Ashford, con su cabello castaño recogido en un moño improvisado pero elegante, con varios mechones rebeldes enmarcando su rostro.
Llevaba uno de esos vestidos sencillos que de alguna manera se veía más sofisticado que los trajes de diseñador de muchas ejecutivas, de un azul profundo que resaltaba el tono avellana de sus ojos.
Ojos que ahora se encontraban directamente con los suyos.
El tiempo pareció ralentizarse, como siempre ocurría en esos momentos en que sus miradas se cruzaban.
Alexander sintió un impulso casi físico de levantarse, de caminar hacia ella, de pronunciar su nombre. Pero permaneció inmóvil, atrapado en el limbo que él mismo había creado con sus acusaciones.
—... lo que nos lleva al siguiente punto sobre los costes de implementación —continuaba Dalton, ajeno al terremoto silencioso que sacudía a su jefe.
Felicity fue la primera en romper el contacto visual.
Alexander observó cómo su expresión cambiaba, cómo sus hombros se tensaban ligeramente, cómo tomaba una decisión en cuestión de segundos.
La vio dirigirse al mostrador en lugar de a una mesa, saludando a la camarera con una sonrisa educada pero tensa.
—Un latte para llevar, por favor —pidió con esa voz que Alexander había intentado, sin éxito, borrar de su memoria durante las últimas semanas.
Alexander se obligó a volver su atención a Dalton, quien seguía desglosando cifras y previsiones.
Asintió en algunos momentos, hizo una pregunta sobre los plazos de implementación, pero su mente permanecía completamente enfocada en la mujer que esperaba su café a pocos metros.
Felicity tamborileaba suavemente los dedos contra la superficie de mármol del mostrador.
Un gesto nervioso que él conocía bien. Durante sus primeras semanas como su asistente, ese tamborileo había sido constante, hasta que gradualmente desapareció a medida que ella ganaba confianza.
Verlo de nuevo era como recibir un golpe directo en el plexo solar.
—¿Considera entonces que deberíamos proceder con el plan A o reconsiderar las alternativas, señor Reid? —La pregunta de Dalton flotó hasta su conciencia.
—Procedamos con el plan original —respondió automáticamente, mientras su mirada traicionaba de nuevo su atención, desviándose hacia Felicity.
En ese momento apareció un chico y se colocó a su lado, apoyando su mano en su espalda mientras la saludaba con efusividad.
Alexander frunció el ceño.
¿Quién cojones era ese chico? ¿En qué departamento trabajaba?
—Hola, Jackson —lo saludó Felicity, con una sonrisa.
Felicity y Jackson, que trabajaba en el departamento de informática, empezaron a hablar, bajo la atenta mirada de Alexander, que no les quitaba ojo de encima. Sobre todo a él.
Después, cuando la camarera le entregó su latte , Felicity se despidió de Jackson y se giró hacia la salida.
Durante un instante sus ojos volvieron a encontrarse con los de Alexander. Aquella vez, la mirada de Felicity contenía algo que hizo que él sintiera una punzada de remordimiento.
No era miedo, ni rabia, ni siquiera resentimiento.
Era algo más visceral, más honesto. Como si por un segundo, ella hubiera bajado todas sus defensas.
Y entonces, Felicity bajó la mirada, y un rubor suave tiñó sus mejillas. Sujetó su café con ambas manos, como buscando un ancla, y salió de la cafetería con pasos rápidos.
Alexander se quedó mirando el espacio vacío que ella había dejado, la estela invisible de su perfume (vainilla y algo cítrico) que su imaginación insistía en detectar a pesar de la distancia.
—¿Señor Reid? —La voz de John Dalton sonaba confusa—. ¿Sobre el presupuesto adicional para el equipo tecnológico?
Alexander no respondió.
Su mente había viajado a la primera vez que vio a Felicity Ashford. Fue en un tren, se coló en su compartimento, y para que el revisor no se enterara de que no llevaba billete, le dio un beso. Un beso.
Era curioso que encontrara el incidente más divertido que irritante. Contra todo pronóstico.
—¿Señor Reid? —insistió John Dalton, en aquella ocasión elevando ligeramente el tono.
Alexander pestañeó un par de veces seguidas.
—Dime, John. —Finalmente regresó al presente, centrando su atención en el hombre que tenía frente a él—. Estaba considerando las implicaciones a largo plazo. Apruebo el presupuesto adicional, pero quiero una revisión semanal de los gastos.
John Dalton asintió, visiblemente aliviado por haber recuperado la atención de su jefe.
—Por supuesto. Lo organizaré con el equipo financiero inmediatamente.
La conversación continuó, pero algo había cambiado.
Alexander mantuvo su fachada profesional impecable, pero por dentro, un torbellino de pensamientos desafiaba su legendario autocontrol.
¿Había hecho lo correcto con Felicity? La evidencia había parecido tan concluyente en su momento... pero ahora, semanas después, las dudas comenzaban a erosionar su certeza.
El equipo de seguridad no había encontrado pruebas definitivas, solo circunstanciales. Y conociendo a Felicity, su lealtad, su integridad...
—Si me disculpa, señor Reid —John Dalton comenzó a recoger sus documentos—, tengo una videoconferencia en diez minutos.
—Claro —respondió Alexander, volviendo a la realidad—. Mantenme informado sobre cualquier desarrollo.
Cuando John Dalton se marchó, Alexander permaneció sentado un rato más en la mesa, contemplando su taza de café egipcio, ya frío.
Sus dedos acariciaron distraídamente el borde de la taza, mientras su mente volvía una y otra vez a la imagen de Felicity saliendo de la cafetería, a ese instante.
—¿Le traigo otro café, señor Reid? —preguntó uno de los camareros.
Alexander negó con la cabeza.
—No, gracias. Ya me marcho.
Se levantó, ajustó su corbata con un gesto automático, y salió de la cafetería con paso decidido.
Felicity había entrado en el ascensor minutos antes con el corazón martilleando contra su caja torácica como si intentara escapar. Había presionado el botón del piso 23 y luego había cerrado los ojos, apoyándose contra la pared mientras el ascensor iniciaba su ascenso.
«Respira —se ordenó a sí misma—. Solo ha sido un cruce de miradas, nada más. No es como si hubiera confesado un crimen o declarado amor eterno.»
El problema era que, con Alexander Reid, un simple cruce de miradas nunca era solo eso.
Había algo en la intensidad de sus ojos azules que hacía que Felicity se sintiera completamente expuesta, como si pudiera ver cada pensamiento, cada emoción, cada secreto que intentaba ocultar.
Incluido el hecho de que, a pesar de todo, no había logrado extirparlo completamente de su cabeza.
—Patético —murmuró, tomando un sorbo de su latte , que de repente le pareció demasiado amargo—. Absolutamente patético.
El ascensor se detuvo en el piso 15 y dos ejecutivos de marketing entraron, enfrascados en una discusión sobre la mejor estrategia en redes sociales.
Felicity se enderezó, componiendo su mejor expresión profesional. Había perfeccionado aquella máscara en las últimas semanas, cuando volver a Reid Enterprises después de que Alexander la hubiera despedido como su asistente personal, había requerido cada gramo de su dignidad y fortaleza.
Cuando finalmente llegó al piso 23, Felicity salió del ascensor con pasos decididos, intentando proyectar una confianza que estaba lejos de sentir.
El departamento de comunicación era un hervidero de actividad.
Felicity se dirigió a su cubículo, saludando con un gesto a quienes levantaban la vista a su paso.
Su escritorio era una isla de orden en medio del caos organizado del departamento: cada documento perfectamente alineado, cada bolígrafo en su lugar. Había aprendido de Alexander la importancia del orden externo cuando el caos interno amenazaba con desbordarse.
—Felicity. —La voz de Leila Patel, una de las estrategas de comunicación, la alcanzó antes de que pudiera refugiarse en su cubículo—. ¿Estás bien? Pareces un poco... alterada.
Felicity se giró, forzando una sonrisa que esperaba que fuera convincente.
—Sí, estoy bien —mintió, levantando su vaso de café—. Solo necesitaba una dosis de cafeína extra para enfrentar el resto del día.
—Ok —concedió Leila, aunque su tono sugería que no estaba convencida del todo—. Pero si necesitas hablar, estoy a solo tres cubículos de distancia.
—Te lo agradezco —respondió Felicity—. Es solo que tengo pendiente el análisis de medios y el plazo vence mañana.
—Joder, ese monstruo. —Leila asintió con comprensión—. Te dejo con ello, entonces. Pero la oferta sigue en pie.
Con un último asentimiento, Felicity finalmente alcanzó la relativa privacidad de su cubículo.
Se dejó caer en su silla ergonómica y colocó su café sobre el posavasos (porque incluso en medio de una crisis emocional, no iba a arriesgarse a dejar marcas de café en su escritorio).
Su ordenador mostraba varias notificaciones de correos sin leer, y el documento del análisis de medios la esperaba.
La barra de progreso detenida en el mismo punto donde la había dejado antes de irse al descanso. Pero en lugar de retomar su trabajo, Felicity se quedó mirando la pantalla sin verla realmente, mientras la escena de la cafetería se reproducía en su mente una y otra vez.
¿Qué había visto exactamente en los ojos de Alexander?
¿Frialdad? No, no era eso.
¿Arrepentimiento? Quizás.
¿O era simplemente su imaginación, proyectando lo que deseaba ver?
Seguramente fuera lo último.
—Concéntrate, Ashford —se reprendió en voz baja, frotándose las sienes—. Los análisis de medios no se hacen solos, y definitivamente no se terminan pensando en los ojos de tu jefe.
Tomó un sorbo de su café, ahora tibio, y se obligó a mirar la pantalla.
Números. Los números eran seguros. Predecibles. No como las personas. No como Alexander Reid, que podía pasar de ser el jefe más brillante y considerado a un juez implacable en cuestión de segundos.
Sus dedos se movieron mecánicamente sobre el teclado, pero su mente seguía dividida. Una parte analizaba meticulosamente los datos del impacto en los medios que había tenido Reid Enterprises ese mes, mientras otra repasaba obsesivamente cada detalle de su breve encuentro con Alexander.
La forma en que sus ojos se habían suavizado ligeramente al verla. El casi imperceptible enderezamiento de su postura. La manera en que sus dedos habían apretado levemente la taza de café.
Detalles que nadie más habría notado, pero que para Felicity eran tan evidentes como si estuvieran escritos en neón.
Detalles que había aprendido a interpretar durante semanas de trabajar estrechamente con él, de anticipar sus necesidades, de leer su humor en la tensión de sus hombros o en el ritmo de sus pasos.
—¿Seguro que estás bien? —La voz de Phillip, otro trabajador del departamento cuyo cubículo estaba junto al suyo, la sobresaltó—. Has suspirado como cinco veces en los últimos dos minutos.
Felicity se giró, encontrándose con la expresión preocupada de su compañero asomándose por encima del panel divisorio.
—Estoy bien —insistió, esa vez con más firmeza—. Solo estoy lidiando con algunos gráficos complicados.
—Bueno, si tú lo dices —respondió Phillip—. Pero suenas como mi perro cuando le escondo sus juguetes favoritos.
A pesar de su estado de ánimo, Felicity no pudo evitar sonreír ante la comparación.
—Te aseguro que todos mis juguetes favoritos están a la vista —bromeó, agradecida por la distracción—. Ahora, si me disculpas, tengo que terminar esto antes de que el gerente venga a reclamar mi cabeza.
Phillip hizo un gesto de comprensión y desapareció de nuevo tras el panel.
Felicity volvió a prestar atención a su pantalla, con la determinación de no pensar en Alexander Reid durante al menos los próximos treinta minutos, y a dejar de lanzar suspiros.
Falló miserablemente.
Su mente volvía constantemente a la cafetería, a esa fracción de segundo en que sus miradas se habían encontrado por segunda vez, justo antes de que ella bajara la cabeza y huyera.
Había visto algo en sus ojos, algo que no había estado allí durante su despido. Una grieta en la armadura de hielo, un destello de... ¿qué? ¿Duda? ¿Remordimiento?
—No importa —murmuró para sí misma, obligándose a teclear más rápido, como si la velocidad de sus dedos pudiera ahuyentar los pensamientos no deseados de su cabeza—. No cambia nada.