El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Azriel salió del despacho de Alexander Reid con la sensación de haber sobrevivido a una auditoría de Hacienda, un interrogatorio policial y una entrevista con Anna Wintour, todo simultáneamente.

Estrechó la mano de Reid con firmeza, manteniendo contacto visual directo a pesar del intimidante azul glacial que lo observaba como si pudiera leer hasta el último de sus pensamientos.

—No le decepcionaré, señor Reid —aseguró Azriel, sorprendiéndose a sí mismo por el tono profesional que había mantenido durante toda la entrevista—. Haré mis mejores diseños para el reportaje de Fortune. Cada prenda será digna de la reputación de Reid Enterprises.

Alexander se acercó levemente, el equivalente a un entusiasta aplauso en su economía de gestos.

—Eso espero, señor Fontaine. Mi equipo le facilitará toda la información necesaria sobre los ejecutivos que participarán en el reportaje. Necesito que los diseños estén listos para una revisión preliminar el próximo viernes.

—Estarán listos —prometió Azriel, resistiendo el impulso de añadir algo más dramático o extravagante. Pero con Alexander Reid había intuido rápidamente que menos era más.

Alexander lo acompañó hasta la puerta de su despacho, un gesto que Azriel interpretó como una señal de aprobación. Cuando la puerta se cerró tras él, soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

¡Joder!

Aflojó los hombros, que había mantenido tan rectos y tensos durante la última hora que le dolían.

El piso 70 era un lugar impecable, intimidante, con un silencio casi reverencial interrumpido solo por el discreto tecleo de asistentes y el murmullo bajo de llamadas telefónicas importantes.

Mientras caminaba hacia los ascensores, Azriel dejó que sus ojos vagaran por el espacio, aparentemente absorto en sus propios pensamientos creativos, pero registrando meticulosamente cada detalle.

Dos ejecutivos pasaron a su lado, enfrascados en una conversación sobre proyecciones financieras. Una mujer con un traje marrón discutía en voz baja por teléfono sobre plazos de entrega.

Nada particularmente interesante... hasta que captó un fragmento de conversación cerca de la zona de las secretarias.

—Te juro que nunca había visto al señor Reid tan furioso como cuando descubrió lo de BioGen —susurró una mujer joven a otra—. Dicen que la culpó directamente a ella, sin dudarlo ni un segundo.

—Siempre supe que esa chica no encajaba aquí —respondió la otra, ajustándose las gafas con un gesto pretencioso—. Demasiado... normal para estar en el círculo íntimo de Alexander Reid.

Azriel continuó caminando, manteniendo su expresión neutra mientras su cerebro archivaba cada palabra.

Su primer instinto fue dirigirse al piso 23 para ver a Felicity, contarle cómo le había ido en la entrevista con Alexander, lo que había escuchado y, asegurarle que no estaba sola en aquella batalla. Pero se contuvo.

Mientras esperaba el ascensor, pensó en las implicaciones. Si la gente los veía juntos en la empresa, podrían establecer conexiones que complicarían su investigación encubierta.

No, era mejor mantener distancia... al menos dentro de las paredes de Reid Enterprises.

Los viajes en metro a los distintos sitios a los que tenía que ir aquel día, y que le mantendrían fuera de casa hasta la tarde, le dio tiempo para procesar la entrevista.

Alexander Reid era exactamente como Felicity lo había descrito, y al mismo tiempo, completamente diferente. El hombre poseía una intensidad que Azriel no había experimentado antes con ninguna otra persona.

Alexander no solo conocía las tendencias actuales de moda, sino que tenía opiniones sorprendentemente acertadas sobre tejidos, cortes y estilos.

Cuando Azriel llegó al apartamento, a eso de las siete de la tarde, encontró a Felicity sentada en el sofá con Gatsby en su regazo, ambos contemplando desanimadamente una ensalada a medio comer que descansaba sobre la mesa auxiliar.

—¡Por fin! —exclamó Felicity al verlo entrar—. Llevo toda la tarde mordiéndome las uñas. ¿Cómo ha ido? ¿Te ha contratado?

Azriel dejó su portafolio de diseños sobre la mesa y se desplomó dramáticamente en el sillón que había frente a ella.

—Dios mío, Felicity —exhaló, llevándose una mano al pecho—. ¿Cómo has sobrevivido trabajando para ese hombre? Es como estar frente a un láser humano que escanea hasta la última de tus células en busca de defectos.

—Te lo dije —respondió ella con media sonrisa, la primera que Azriel vio en días—. Alexander Reid es una experiencia... intensa. O religiosa, como diría Enrique Iglesias.

—¿Intensa? —Azriel soltó una risa incrédula—.

Un huracán es intenso. Una ruptura amorosa es intensa.

Alexander Reid es... —Hizo un gesto con las manos, como si intentara atrapar la palabra adecuada del aire— sobrecogedoramente omnipresente incluso cuando está completamente quieto —dijo, de forma exagerada.

Felicity asintió, acariciando distraídamente a Gatsby.

—Y, sin embargo, de alguna manera, te acostumbras a esa intensidad —dijo en voz baja, en un tono que revelaba más de lo que probablemente pretendía—. Casi la echas de menos cuando ya no está.

Azriel la observó con atención, notando el leve rubor que apareció en sus mejillas al darse cuenta de lo que acababa de decir. Pero decidió no presionar sobre ese punto, al menos por ahora.

—Para responder a tus preguntas —continuó, inclinándose hacia delante—: Sí, me ha ido bien, y sí, me ha contratado oficialmente para hacer el reportaje.

—¡Bien! —exclamó Felicity, levantando los puños en un gesto de triunfo.

—Y todo ha sido gracias a ti, querida —dijo Azriel.

—Tonterías, es mérito tuyo y de todo ese talento que tienes —afirmó ella.

Azriel se dirigió a la nevera de la cocina, cogió una botella de agua y la abrió para dar un trago de agua.

—Por cierto, tenía pensado ir a verte después de la entrevista —confesó—. Pero luego he pensado que podría ser contraproducente que nos vieran juntos. Solo Alexander sabe que somos amigos y compañeros de piso, y es mejor mantenerlo así por ahora.

—Estoy totalmente de acuerdo. Si alguien nos relaciona, sería más difícil investigar. Es mejor que la gente crea que no nos conocemos de nada.

—Que es exactamente lo que estamos haciendo —añadió Azriel con una sonrisa traviesa.

—Exacto —sonrió Felicity a su vez.

Azriel se acercó nuevamente al sofá, esta vez sentándose junto a ella.

—Escuché a dos secretarias hablando sobre lo furioso que estaba Alexander Reid cuando descubrió lo de la filtración de BioGen —dijo en voz baja, como si incluso en su loft pudieron ser escuchados—.

Y también insinuaron que nunca creyeron que «encajarías» en el círculo cercano de Alexander Reid —añadió, haciendo el gesto de las comillas con los dedos.

Felicity hizo una mueca.

—Genial. Así que además de ser considerada una traidora, también era la intrusa que no pertenecía allí.

—Oye —Azriel tomó su mano—. Tú perteneces exactamente donde decidas pertenecer. Y esas arpías de oficina solo están celosas porque captaste la atención del jefe en más de un sentido.

Felicity soltó una risa que sonó más como un bufido.

—Pues mi atención ahora está en descubrir quién me tendió una trampa —declaró, enderezando los hombros—. ¿Cuál es tu siguiente paso?

Azriel se acomodó en el sofá, provocando que Gatsby lo mirara con desdén por perturbar su paz.

—Tengo que volver mañana para tomar las medidas de los ejecutivos que participarán en el reportaje. Y mis oídos van a estar en todas partes: oficinas ejecutivas, salas de reuniones, incluso en esa sagrada sala de conferencias donde aparentemente Alexander Reid hace llorar a la gente los martes.

—Sí, los martes de presupuestos —dijo Felicity automáticamente, con una pequeña sonrisa nostálgica en los labios—. Solía temer esos días. Bueno, yo y todo el mundo.

—Ahora estoy dentro —continuó Azriel, inclinándose hacia ella con expresión conspiratoria—.

Y nadie sospecha del extravagante diseñador de moda.

Soy inofensivo. ¿Sabes lo que eso significa?

Que puedo escuchar conversaciones, observar corrillos, captar cosas que tal vez pasarían desapercibidas para otros.

Estiró los brazos por encima de la cabeza, mostrando toda su altura, que efectivamente igualaba a la de Alexander Reid, aunque su constitución era más estilizada que la de él.

—Tengo algo que Alexander y sus sabuesos no tienen —añadió con un guiño.

—¿Qué? —preguntó Felicity, intrigada.

—Años de navegar por la industria de la moda —respondió Azriel con una sonrisa confiada—.

Un mundo donde las sonrisas ocultan puñaladas, donde las alianzas cambian más rápido que las tendencias de temporada, y donde he aprendido a detectar la falsedad a kilómetros de distancia.

Créeme, cariño, si hay un traidor en Reid Enterprises, lo encontraré.

Felicity lo miró, y por primera vez en días, Azriel vio un viso de esperanza (real) en sus ojos.

—Gracias por arriesgarte así por mí —dijo ella simplemente.

—Oh, no me estoy arriesgando —respondió Azriel, agitando una mano con despreocupación—. En realidad, esto es lo más emocionante que me ha pasado desde que ese modelo brasileño me dejó plantado en el altar de la Capilla Elvis en Las Vegas.

—¿Qué? —Felicity lo miró boquiabierta—. ¿Cuándo te ha pasado eso? ¿Por qué no me lo habías contado?

Azriel le guiñó un ojo.

—Es una historia para otra noche, querida. Una que requiere mucho más tiempo del que tenemos ahora mismo.

Se levantó con un movimiento fluido y extendiendo la mano hacia ella.

—Pero por ahora, necesitamos elaborar un plan. Tengo que parecer absolutamente fascinado con los trajes y vestidos para el reportaje, incluso embobado, mientras en realidad estoy desenmascarando a un espía. Prácticamente soy James Bond, pero con mejor gusto para la ropa.

Felicity tomó su mano y se levantó también, provocando un maullido indignado de Gatsby al ser desalojado de su regazo.

—James Bond nunca tuvo que lidiar con Alexander Reid —comentó con una sonrisa irónica.

—Cierto —admitió Azriel—. Pero tampoco tuvo un gato tan astuto como Gatsby. Seguro que si le llevara un día a Reid Enterprises olería al traidor y nos llevaría hasta él. Tiene más olfato que un sabueso. —Miró a Felicity a los ojos—. Y James Bond tampoco tenía una amiga tan brillante como tú.

Ella sonrió.

Azriel notó que los hombros de Felicity ya no estaban tan hundidos como cuando había llegado. Sus pasos parecían más firmes y su postura más erguida. La esperanza, por pequeña que fuera, estaba haciendo su magia.

—Vamos a limpiar tu nombre, Felicity Ashford —prometió en voz baja—. Y cuando terminemos, Alexander Reid tendrá que suplicar tu perdón. Preferiblemente de rodillas, con un gigantesco ramo de flores, y tal vez con un anillo.

—¡Azriel! —protestó ella, pero la risa que escapó de sus labios fue el sonido más reconfortante que había escuchado en días.

Gatsby los observaba desde el sofá con sus insondables ojos azules, como si él también estuviera planeando su propia venganza hacía los que habían hecho daño a Felicity. Después de todo, nadie se metía con su humana favorita y salía impune.