El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Cuando Felicity finalmente llegó a casa aquella noche, se sentía como si un tren de mercancías hubiera pasado por encima de ella una y otra vez.

El día en el departamento de comunicaciones había sido exactamente tan terrible como había anticipado: tareas que nada tenían que ver con sus capacidades, miradas curiosas y susurros apenas disimulados de sus nuevos compañeros (joder, ¡qué cotilla era la gente!), y la constante sensación de estar atrapada en algún tipo de pesadilla de la que no podía despertar. Ni escapar.

Apenas había girado la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió abruptamente desde dentro, revelando a Azriel, vestido con unos pantalones negros y una camisa de seda de color burdeos.

La expresión de dramática preocupación de su rostro habría sido cómica en cualquier otra circunstancia.

—¡Por fin! —exclamó, tirando de ella para que entrara—. He estado a punto de llamar a la policía, a los hospitales y posiblemente a la Guardia Nacional. ¿Sabes qué hora es?

Felicity miró su reloj, confundida.

—Son las 19:30 —respondió.

—¡Exactamente! —exclamó Azriel, como si acabara de dar con la clave de algo—.

Nunca llegas después de las siete, a menos que estés siendo retenida contra tu voluntad en esa torre de cristal y acero por un tirano obsesionado con el trabajo.

Lo cual, según los mensajes crípticos que me has estado enviando durante todo el día, parece que es lo que ha sucedido.

Felicity dejó caer su bolso en el sofá y se desplomó junto a él, el agotamiento finalmente la alcanzó de pleno ahora que estaba en la seguridad del hogar.

—Es peor que eso —murmuró, cerrando los ojos—. Mucho, mucho peor.

Sintió un peso cálido en su regazo y abrió los ojos para encontrarse con Gatsby, mirándola con sus intensos ojos azules como si pudiera percibir su angustia.

—Incluso Gatsby está preocupado —comentó Azriel, sentándose junto a ella—. Y ya sabes que normalmente solo se preocupa por su siguiente comida y por si su cama está lo suficientemente mullida.

Como para demostrar que Azriel tenía razón, Gatsby comenzó a ronronear, masajeando suavemente el muslo de Felicity con sus patas delanteras. Era un gesto inusualmente afectuoso del altivo y esquivo felino.

—Al menos alguien en este mundo aún confía en mí —dijo Felicity con amargura, acariciando al gato agradecida.

—Oye, eso me ofende profundamente —protestó Azriel, llevándose las manos al pecho con un gesto teatral—. Yo también confío en ti. Ciegamente. Con mi vida, si es necesario. Y con la contraseña de mi cuenta de Netflix, y eso, francamente, es de un nivel de confianza de otro mundo.

A pesar de todo, Felicity no pudo evitar sonreír. La capacidad de Azriel para hacerla reír incluso en sus peores momentos era uno de los motivos por los que su amistad se afianzaba día tras día.

—Gracias, Azriel —dijo sinceramente—. Lo necesitaba.

—Ya veo —asintió él—. Ahora, voy a servir dos copas enormes de ese Merlot que he estado guardando para una ocasión especial, y tú vas a contarme exactamente qué ha hecho el Señor Limón Amargo para merecerse esa expresión de «podría cometer un asesinato y disfrutarlo» que tienes.

Sin esperar respuesta, Azriel se dirigió a la cocina. Regresó momentos después con dos copas generosamente llenas de vino tinto.

Le entregó una a Felicity y se sentó en el sillón frente a ella, cruzando elegantemente las piernas.

—Muy bien, suéltalo todo —ordenó.

Durante los siguientes veinte minutos, al igual que había hecho con su madre, Felicity relató toda la historia: los rumores, la comida con Isobel, el enfrentamiento con Alexander, su cambio de puesto de trabajo al departamento de comunicaciones. Todo.

A medida que hablaba, las emociones que había mantenido bajo estricto control durante todo el día comenzaron a desbordarse. Para cuando llegó a la parte en que Alexander prácticamente la había acusado de espionaje industrial, las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.

—Y lo peor de todo —concluyó, limpiándose furiosamente las lágrimas con el dorso de la mano—, es que ni siquiera me creyó.

Después de todo lo que hemos trabajado juntos, después de Boston, después de...

todo. Simplemente se ha creído que yo lo he traicionado por...

¿qué? ¿Dinero? ¿Venganza? ¿Un mejor puesto en Winters Corporation? ¡Joder, es una locura!

Azriel, que había permanecido en silencio durante todo el relato, finalmente habló:

—Es un imbécil —declaró con firmeza—. Un imbécil con un excelente gusto para los trajes, y probablemente sea buenísimo en la cama, pero un imbécil, al fin y al cabo.

Felicity soltó una risilla.

—No puedo discutir eso en este momento —admitió, tomando un gran sorbo de vino.

—Sin embargo —continuó Azriel. Su expresión se tornó más seria—, tengo que decir que no me sorprende del todo. Alexander Reid tiene fama de ser absolutamente implacable con lo que percibe como deslealtad o traición. Hay historias legendarias en Nueva York sobre ello.

—Pero yo no le he traicionado —protestó Felicity. Su voz se quebró de nuevo—. Nunca lo haría.

—Yo lo sé, cariño —aseguró Azriel, inclinándose para apretar su mano—. Cualquiera que te conozca realmente lo sabría. El problema es que Alexander Reid, a pesar de toda vuestra... conexión..., no te conoce tan bien como cree.

Felicity sintió una punzada en el pecho ante esas palabras, porque reflejaban exactamente lo que Alexander había dicho durante su discusión: «No la conozco tan bien como pensaba.»

—Además —continuó Azriel. Su mente parecía estar trabajando a toda velocidad—, hay algo que no encaja en todo esto. La Isobel esa suena como una manipuladora de libro, pero incluso aun eso, parece demasiado conveniente que tú seas la única que cae en la trampa.

Felicity lo miró, intrigada.

—¿Qué quieres decir?

Azriel se levantó, y comenzó a caminar por la sala en lo que Felicity reconoció como su modo «detective aficionado», algo que hacía cuando estaba desarrollando una teoría jugosa.

—Piénsalo —dijo, gesticulando con su copa de vino—.

Isobel Winters, vicepresidenta de una empresa rival, de repente aparece delante de tu escritorio ofreciéndote comer juntas para reconciliarse contigo.

Te manipula hábilmente para que confirmes información que ella, de alguna manera, ya parece conocer.

Y luego, ¡voilà! De la noche a la mañana, Winters Corporation tiene exactamente la información necesaria para sabotear el acuerdo de Alexander Reid con BioGen.

Se detuvo, lanzando a Felicity una mirada significativa.

—No te parece... ¿demasiado perfecto?

Felicity frunció el ceño, procesando sus palabras.

—¿Estás sugiriendo que Isobel quería cargarme el muerto a mí? —preguntó.

—Estoy sugiriendo —respondió Azriel, señalándola con el dedo índice —que alguien en Reid Enterprises está pasando información a la competencia.

Y que tal vez, ese alguien vio una oportunidad perfecta para desviar la atención hacia la asistente personal del presidente y dueño de la compañía, especialmente una persona que ya estaba en una posición vulnerable debido a ciertos rumores esparcidos por ahí.

Y así de paso, Isobel te quita de en medio de un plumado.

Estoy seguro de que está celosa perdida.

Felicity también tenía esa teoría, pero en aquel momento, que Isobel estuviera celosa de ella era lo que menos le importaba.

Gatsby, como si sintiera la intensidad del momento, saltó del regazo de Felicity y se estiró lánguidamente antes de sentarse a observarlos con interés felino.

—Pero ¿quién? —preguntó Felicity—. ¿Y por qué?

Azriel se encogió de hombros con un gesto elegante.

—El «quién» y el «por qué» son exactamente lo que necesitamos descubrir —declaró—. Pero piensa en quién más tenía acceso a esa información específica. No puede ser mucha gente, ¿verdad?

Felicity sacudió la cabeza, escéptica.

—Eso suena demasiado a película de espías, Azriel —comentó Felicity.

Azriel la miró con los ojos entornados.

—Eres muy ingenua, Felicity, cariño. No se me ha ido la cabeza, te lo aseguro —habló de nuevo—. Este tipo de cosas, como sobornos, chantajes, compraventa de información, etcétera, están a la orden del día en empresas de la envergadura de Reid Enterprises.

Felicity reflexionó durante unos segundos.

—Quizás tengas razón —dijo.

—Por supuesto que la tengo. Las cloacas de la ciudad están infectadas de tiparracos que se venden al mejor postor. Y ahora dime quiénes tienen acceso a esa información confidencial.

Felicity hizo un repasando mental de todos los involucrados en el proyecto.

—El equipo legal, obviamente, el departamento de adquisiciones, algunos ejecutivos de alto nivel... —enumeró—. Todas personas de confianza de Alexander.

—Pues alguna de esas personas de su confianza se la está metiendo doblada —atajó Azriel.

A pesar de su escepticismo inicial, Felicity no pudo evitar sentirse intrigada por la teoría de su compañero de piso. Había algo, una pieza del rompecabezas que no encajaba completamente en el relato que Alexander había aceptado tan rápidamente.

—Incluso si tienes razón —dijo Felicity finalmente—, ¿cómo podríamos probarlo? No tengo acceso a nada importante ahora. Estoy relegada a escribir comunicados de prensa sobre iniciativas de responsabilidad empresarial que nadie lee.

Azriel sonrió, una sonrisa que Felicity conocía demasiado bien: la sonrisa de alguien a punto de sugerir algo temerario.

—Ahí es donde entra mi brillantez innata y tu conocimiento interno de Reid Enterprises —dijo—.

Vamos a investigar. Vamos a encontrar pruebas.

Y cuando tengamos suficientes evidencias para demostrar tu inocencia y desenmascarar al verdadero traidor, se las presentaremos al señor Limón Amargo en una bandeja de plata.

—¿Y cómo exactamente planeas que hagamos eso? —preguntó Felicity, dividida entre el escepticismo y una chispa de esperanza—. No puedo simplemente irrumpir en el piso 70 y empezar a hurgar en los archivos confidenciales.

—No, pero conoces a gente allí, ¿verdad? —dijo Azriel—. Personas que podrían estar dispuestas a ayudarte, que saben que no eres el tipo de persona que traicionaría a la empresa.

Felicity lo consideró un momento.

Era cierto que había cultivado buenas relaciones con algunos empleados durante su tiempo como asistente de Alexander.

Eliza, por ejemplo, había sido lo suficientemente amable como para advertirle sobre los rumores.

Solo la conocía de la Universidad, pero era una buena tía.

Y con Jackson, del departamento de informática, se había echado unas buenas risas cuando coincidían en la cafetería de la Torre Reid.

—Tal vez —admitió cautelosamente—. Pero estarían arriesgando sus propios trabajos.

—No si somos discretos —argumentó Azriel—.

Además, no estamos hablando de pedirles que roben documentos clasificados.

Solo necesitamos información: quién más sabía sobre los detalles específicos del acuerdo, quién podría tener motivaciones para sabotearlo, quién tiene conexiones con Winters Corporation.

Gatsby, aparentemente aburrido de la conversación, saltó al regazo de Azriel y comenzó a masajear sus piernas, preparándose para tomar una siesta sobre ellas.

—Incluso Gatsby está de acuerdo conmigo —declaró Azriel, interpretando convenientemente el comportamiento del gato—. Y ya sabes que tiene un sexto sentido para las conspiraciones. A parte de siete vidas, aunque creo que ya ha perdido tres.

A pesar de todo, Felicity notó que una sonrisa se formaba en sus labios. La idea era arriesgada, potencialmente desastrosa si algo salía mal... pero también era lo único que le daba un propósito, una esperanza de limpiar su nombre.

—Está bien —dijo finalmente, tomando la decisión de seguir adelante—. Intentémoslo.

Azriel levantó su copa en un brindis triunfal.

—¡Por la operación «Demostrar que Alexander Reid es un imbécil que no merece a Felicity Ashford, pero aun así vamos a limpiar su nombre porque somos más nobles que él»! —declaró.

—Ese nombre es demasiado largo —señaló Felicity, chocando su copa con la de él a pesar de todo—. ¿Qué tal «Operación Verdad»?

—Aburrido, pero funcional —dijo Azriel—. Lo acepto…

En aquel momento, el teléfono de Azriel sonó, interrumpiendo la conversación. Cuando lo cogió de encima de la mesa, frunció el ceño.

—Es un número desconocido —dijo. Descolgó y se llevó el móvil a la oreja.

—¿Dígame?

—…

—Sí, soy yo.

—

Los ojos se le abrieron de par en par cuando supo de parte de quién estaba recibiendo la llamada.

—Sí, claro, mañana a primera hora estaré allí.

Colgó y se quedó mirando a Felicity.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —le preguntó ella.

—Era del Departamento de Recursos Humanos de Reid Enterprises, Alexander Reid quiere entrevistarme mañana para lo del reportaje de la revista Fortune —respondió.

—¡Eso es genial!

—¿No te importa?, ahora que…

Felicity no le dejó terminar.

—¡No, por supuesto que no! Al contrario, tienes que aprovechar la oportunidad que te está dando.

El rostro de Azriel se iluminó.

—¡Hey! Ahora que yo también voy a estar merodeando por Reid Enterprises de vez en cuando, puedo tratar de obtener información. No sabes el oído que tengo —dijo.

—Vale, pero ten cuidado —advirtió Felicity, sintiendo por primera vez en todo el día algo parecido a la esperanza.

Mientras terminaban de beber sus copas de vino, Felicity notó como la opresión que había tenido todo el día en el pecho se aliviaba.

Tal vez su madre tenía razón.

Tal vez todo se arreglaría.

O tal vez no. Tal vez Alexander Reid nunca sabría la verdad, nunca reconocería lo injusto que había sido, nunca volvería a mirarla con esa calidez que había vislumbrado durante la tormenta en Boston, ni cuando casi se habían besado.

Pero una cosa era cierta: Felicity Ashford no iba a desaparecer silenciosamente en la oscuridad. No sin luchar. No sin buscar la verdad.

Y si en el proceso demostraba a Alexander Reid lo que había perdido al no confiar en ella, bueno, eso sería simplemente un beneficio adicional.

—Azriel… —dijo de repente—. Gracias. Por creer en mí. Por estar aquí.

Azriel la miró con una dulzura que rara vez mostraba bajo su exterior melodramático.

—Siempre, Felicity —respondió—. Siempre.