CAPÍTULO 38
Durante el descanso de la mañana, Felicity aprovechó para ir al baño de mujeres.
Se encerró en el último cubículo, el más alejado de la puerta, y se sentó en la tapa cerrada del inodoro.
Sus manos temblaban mientras sacaba su teléfono del bolsillo de su falda. Necesitaba hablar con alguien, alguien que la creyera sin cuestionarla, alguien cuyo amor fuera incondicional.
Necesitaba hablar con su madre.
Buscó su número entre la lista de las últimas llamadas realizadas y apretó el botón mientras trataba de controlar su respiración.
No podía permitirse un colapso emocional, no ahí, no ahora, cuando docenas de ojos curiosos del nuevo departamento en el que trabajaba la observaban como si fuera un espécimen particularmente interesante.
Su madre respondió al segundo tono.
—¿Felicity? ¿Estás bien, cariño? Es raro que me llames en horario laboral.
La voz cálida y ligeramente preocupada de Aurora Ashford actuó como un bálsamo inmediato.
Felicity sintió que su garganta se cerraba, las lágrimas que había estado conteniendo estoicamente durante toda la mañana amenazaban en ese momento con desbordarse.
—Mamá —logró articular. Su voz emergía como un susurro tembloroso—. Todo… Todo ha salido terriblemente mal.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, y luego:
—¿Qué ha pasado, cariño? ¿Estás bien? ¿Estás… herida?
Felicity soltó una risa acuosa. Era muy característico de su madre preocuparse primero por su bienestar físico.
—Estoy físicamente bien —aclaró—. Es... en el trabajo. Y también personal. Todo junto, supongo.
—¿Tiene que ver con el señor Reid? —preguntó Aurora, demostrando esa intuición maternal que a veces parecía rayar en lo sobrenatural.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Felicity, sorprendida.
—Cariño, cada vez que me has llamado alterada en las últimas semanas, ha sido por él —respondió Aurora con un toque de ironía—. Y por cómo suenas ahora, esto parece algo más serio que las habituales exigencias irracionales de tu jefe.
Felicity respiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos, para explicar la situación rápidamente. No podía permitirse una larga conversación escondida en el baño, no en su primer día en el nuevo puesto.
—Me ha acusado de filtrar información confidencial a la competencia, mamá, y me ha mandado al departamento de comunicaciones en el piso 23.
—¡¿Qué?! —la indignación en la voz de Aurora era palpable—. ¿Filtrar información? ¿Tú? ¡Eso es ridículo!
—Lo sé —respondió Felicity, reconfortada por la inmediata y absoluta confianza de su madre—. Pero cree que comí con su ex, Isobel Winters, que casualmente es vicepresidenta de la principal empresa competidora de Reid Enterprises, para revelarle detalles confidenciales de un acuerdo importante.
—¿Y lo hiciste? —preguntó Aurora, sin acusación en su voz.
—Sí, comí con ella, pero no para facilitarle información confidencial de la empresa —contestó Felicity, bajando inmediatamente la voz al darse cuenta de que podrían escucharla—.
Esa tía me manipuló, mamá. Me tendió una trampa perfecta, haciéndome creer que quería disculparse por unos rumores que había iniciado sobre mí.
¡Dios, he sido tan idiota! —se lamentó, pasándose la mano por las mejillas para enjugarse las lágrimas.
Rápidamente, en frases entrecortadas y susurros urgentes, Felicity le explicó a su madre los eventos de los últimos días: los rumores, la comida con Isobel, el enfrentamiento con Alexander, el cambio de puesto de trabajo.
—Y lo peor de todo —concluyó. La voz se le quebró ligeramente—, es que ni siquiera me ha dado el beneficio de la duda. Simplemente ha pensado lo peor de mí y ya.
Aurora guardó silencio durante unos segundos, digiriendo toda la información. Cuando habló, su voz tenía esa calidad de determinación tranquila que Felicity siempre había admirado.
—Escúchame bien, Felicity Joanne Ashford —dijo con firmeza—.
Te conozco muy bien. Sé que eres incapaz de traicionar a alguien a quien respetas, y menos para beneficio propio o por algún tipo de venganza.
Si Alexander Reid no puede ver eso después de haber estado semanas trabajando contigo tan estrechamente, entonces tal vez no es tan brillante como todos creen.
Felicity esbozó una pequeña sonrisa en los labios, a pesar de todo. La fe inquebrantable de su madre era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
—Gracias, mamá —murmuró—. Eso significa mucho para mí.
—No me des las gracias por decir la verdad —respondió Aurora—. Y ahora, ¿qué vas a hacer?
Felicity se enderezó ligeramente.
—No lo sé todavía —admitió—. Parte de mí quiere renunciar, dejar todo este desastre atrás. Mandarlo todo a la mierda. Pero otra parte...
—Otra parte quiere luchar y demostrar tu inocencia —terminó de decir Aurora, conociendo bien a su hija—. Y esa es la parte que deberías escuchar, cariño.
—¿Tú crees? —preguntó Felicity, dejando entrever la duda en su pregunta—. ¿No sería más fácil simplemente buscar otro trabajo?
—Más fácil, sí —afirmó Aurora—. Pero ¿es eso lo que realmente quieres? ¿Dejar que esa mujer, la tal Isobel, se salga con la suya? ¿Permitir que Alexander Reid te juzgue injustamente?
Felicity reflexionó sobre las palabras de su madre.
No, no quería eso en absoluto. La injusticia de la situación le dolía profundamente, y la idea de Isobel Winters riéndose de su caída en desgracia la llenaba de una determinación que no había sentido en mucho tiempo.
—Tienes razón —dijo—. No puedo dejar que esto acabe así.
—Esa es mi niña —respondió Aurora con evidente orgullo—. Recuerda lo que siempre decía tu abuela: «Las mujeres irlandesas no se doblegan ante la injusticia; la enfrentan de pie, con la frente alta y un plan en la manga», y tú tienes sangre irlandesa en tus venas.
Felicity sonrió, recordando a su abuela y su interminable repertorio de proverbios para cada ocasión.
—La abuela también decía que un buen whisky resuelve la mitad de los problemas de la vida y te ayuda a olvidar la otra mitad —comentó con un toque de humor.
Aurora rio, un sonido cálido y reconfortante.
—Y no estaba equivocada en eso tampoco —comentó—. Escucha, cariño, tengo que dejarte porque entro a trabajar, pero quiero que sepas esto: todo se arreglará. Quizás ahora no sabes cómo exactamente, pero se arreglará. Tú sabes la verdad, yo sé la verdad, y Alexander Reid también la sabrá.
—Gracias, mamá —respondió Felicity, sintiéndose ligeramente más centrada y más tranquila que unos minutos atrás—. Te quiero.
—Y yo a ti, mi valiente niña —respondió Aurora—. Llámame esta noche y cuéntame cómo ha ido el resto del día, ¿de acuerdo?
—Lo haré —prometió Felicity antes de finalizar la llamada.
Durante un rato más, permaneció sentada en el cubículo del baño, respirando profundamente.
La conversación con su madre había sido breve pero poderosa, recordándole quién era y de qué estaba hecha. Las mujeres de su familia no se rendían ante la adversidad. Y ella ciertamente no iba a ser la primera que lo hiciera.
Con una determinación nueva, Felicity se levantó, guardó su teléfono en el bolsillo de la falda y salió del cubículo.
Frente al espejo del baño, recompuso su apariencia: enderezó su blusa, ajustó su coleta y aplicó un poco de brillo en los labios.
La imagen que le devolvía el espejo era la de una profesional competente, no la de una mujer devastada por un montón de acusaciones injustas.
—Puedes hacer esto —se dijo a sí misma.
Con aquellas palabras de ánimo, salió del baño, lista para enfrentar el resto de su primer día en el exilio profesional del piso 23.