CAPÍTULO 37
Felicity sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Era una degradación, un exilio profesional apenas disfrazado.
—¿El departamento de comunicaciones? —repitió incrédula—. Eso ni siquiera está remotamente relacionado con mis habilidades o experiencia.
—Es lo que hay disponible —respondió Alexander, todavía sin mirarla—. A menos que prefiera presentar su renuncia.
La implicación era clara: era un castigo, no una reubicación basada en sus capacidades.
—No voy a renunciar —declaró Felicity, enderezando los hombros a pesar del dolor que sentía expandiéndose en su pecho—. No he hecho nada que justifique mi renuncia. —Trató por todos los medios de que la voz no le temblara.
Alexander finalmente se volvió hacia ella, y durante un instante, Felicity creyó ver un destello de algo parecido al remordimiento en sus ojos. Pero si estuvo en ellos en algún momento, desapareció con tanta rapidez que seguramente se lo habría imaginado.
—Una directora de Recursos Humanos la espera abajo para mostrarle su nuevo puesto —dijo, dando por concluida la conversación—. Puede recoger sus pertenencias personales de su escritorio ahora. La persona que la sustituirá comienza mañana.
Felicity se quedó sin palabras y a punto de echarse a llorar. La velocidad con la que su mundo profesional se estaba desmoronando la dejó aturdida. ¿Ya tenía una sustituta lista? ¿Cuánto tiempo había estado considerando deshacerse de ella?
Al final, Alexander Reid sí era el diablo que todos decían.
—Entonces así es como termina —dijo, encontrando su voz en algún rincón de las cuerdas vocales—. Semanas de trabajo impecable, de dedicación absoluta, de ir más allá de mis responsabilidades... Todo eso no significa nada frente a una acusación sin pruebas concretas.
—Hay pruebas suficientes —respondió Alexander.
Su tono nuevamente frío, profesional, incólume—.
La comida con Isobel, la filtración de información específica que solo usted conocía, el momento perfecto para sabotear nuestro acuerdo...
Si fuera a presentar cargos formales, cualquier tribunal lo vería como un caso claro de espionaje industrial.
Felicity frunció el ceño con gravedad.
—¿Cargos? —repitió, horrorizada—. ¿Realmente cree que soy capaz de hacer algo así? ¿Después de todo lo que hemos...? —se detuvo, reconsiderando sus palabras—. ¿Después de demostrarle mi lealtad como trabajadora?
Alexander la miró directamente, y había algo en sus ojos, una lucha interna que no lograba descifrar completamente.
—Lo que creo —dijo lentamente—, es que Isobel Winters es excepcionalmente hábil manipulando a las personas. Lo que no puedo determinar es si usted fue una víctima inocente o una participante voluntaria.
Eso le dolió a Felicity más que cualquier otra acusación. La idea de que Alexander pudiera creer, aunque fuera por una décima de segundo, que ella había traicionado deliberadamente a Reid Enterprises, que lo había traicionado a él...
—¿Cómo puedes siquiera considerar que yo haría algo semejante? —preguntó, abandonando toda pretensión de formalidad. Ya todo le daba igual—. ¿Qué podría ganar yo filtrando información a Isobel Winters? ¿Dinero? ¿Un mejor puesto en su empresa? ¿Realmente crees que eso es lo que me motiva?
—No sé qué la motiva, señorita Ashford —respondió Alexander—. Está claro que no la conozco tan bien como pensaba.
Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso.
Felicity sintió que algo se rompía dentro de ella. No solo su corazón por la injusticia de la situación, sino algo más fundamental: su fe en que Alexander Reid era el hombre que había llegado a admirar, a respetar, a…
—No, está claro que no me conoces en absoluto —respondió. Su voz salió firme a pesar del nudo que tenía en la garganta—. Porque si lo hicieras, sabrías que jamás, bajo ninguna circunstancia, traicionaría tu confianza o la de esta empresa. Ni por dinero, ni por venganza, ni por nada.
Tomó una respiración profunda, reuniendo lo que quedaba de su dignidad.
—Pero tal vez yo tampoco te conozco realmente a ti — continuó—. Porque el Alexander Reid que creí conocer en Boston, el hombre que me mostró su humanidad durante aquella tormenta, no me juzgaría ni me condenaría tan rápidamente sin darme la oportunidad de defenderme.
Algo se agitó en el rostro de Alexander ante la mención de Boston. Un recuerdo que parecía causarle casi un dolor físico.
—Boston fue... —comenzó, pero se detuvo, recomponiéndose—. Esto no tiene nada que ver con Boston. Esto es algo estrictamente profesional.
Felicity soltó una risa breve, amarga.
—Por supuesto que lo es —respondió con mordacidad—.
Todo contigo siempre es «estrictamente profesional».
Excepto cuando no lo es. Excepto cuando casi me besas en esta misma oficina y luego reculas como si hubiera sido algún tipo de error provocado por un momento de enajenación mental transitoria.
Excepto cuando me llevas a galas y viajes de negocios y me tratas como algo más que una simple asistente, solo para distanciarte completamente cuando unos rumores totalmente falsos comienzan a circular por la empresa.
Las palabras salían de la boca de Felicity como un torrente imposible de contener.
—Y ahora, a la primera señal de problemas, a la primera insinuación de que podría ser menos que perfectamente leal, me descartas sin pestañear.
—Sacudió la cabeza. La decepción era casi palpable en su voz—.
Así que sí, tal vez esto es lo mejor. Tal vez necesito estar lo más lejos posible de ti y de esta oficina.
Alexander la miraba fijamente. Su rostro era una máscara impenetrable que no revelaba nada de lo que pudiera estar sintiendo.
Joder, era tan desesperante, pensó Felicity.
—Sus pertenencias personales —dijo, tomando de nuevo la palabra. Su voz estaba completamente desprovista de emoción—. Debería recogerlas ahora.
Felicity lo miró durante un largo rato, buscando algún signo, cualquier indicio de que el hombre con el que había conectado en Boston aún existía detrás de aquella fachada fría. No encontró nada.
—Bien —respondió sin más.
Dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.
—Señorita Ashford…
Felicity giró la cabeza por encima del hombro.
—¿Sí?
—De gracias a que no la haya despedido, es lo que me ha pedido la junta directiva, y lo que yo mismo haría en este tipo de casos.
Felicity negó con la cabeza en silencio.
El diablo estaba siendo más diablo que nunca. ¿Acaso se creía que le estaba haciendo un favor?
Joder, qué humillante.
Se giró y salió de la oficina con la cabeza alta, ignorando las miradas curiosas y compasivas de los pocos empleados que se habían aventurado a la planta ejecutiva tan temprano.
Recogió las pocas posesiones personales que mantenía en su escritorio: un pequeño cactus, una taza de café, un bolígrafo con un pompón amarillo.
Todo cabía en una sola caja de cartón, un testimonio deprimente de lo poco que había permitido que su vida personal se filtrara en aquel espacio.
Mientras esperaba el ascensor, se permitió una última mirada hacia la oficina de Alexander.
Él estaba de pie junto al ventanal, su espalda hacia ella, la luz de la mañana creando un halo alrededor de su silueta que lo hacía parecer casi etéreo, inalcanzable.
Como era: inalcanzable. Frío. Distante.
«Adiós, Alexander», pensó mientras las puertas del ascensor se cerraban, separándola físicamente del piso 70, del mundo de los ejecutivos, del hombre que había llegado a significar mucho más para ella de lo que jamás admitiría.
Mientras el ascensor descendía, llevándola hacia su nuevo y rebajado nivel en la jerarquía de Reid Enterprises, Felicity se permitió un momento de debilidad, una única lágrima que se deslizó por su mejilla antes de eliminarla rápidamente con el dorso de la mano.
El piso 23 la esperaba.
Un nuevo trabajo.
Un nuevo comienzo.