CAPÍTULO 36
El lunes amaneció con un cielo gris plomizo que parecía presagiar la tormenta que se avecinaba, aunque Felicity, al observarla brevemente desde la ventana del loft de Azriel mientras se preparaba para ir a trabajar, no tenía forma de saber que el verdadero temporal la esperaba dentro de la Torre Reid.
El fin de semana había transcurrido con una inquietud rara y persistente alojada en su pecho. Un presentimiento incómodo que no lograba sacudirse desde el almuerzo con Isobel.
Había repasado mentalmente la conversación docenas de veces, tratando de identificar exactamente qué información podría haber revelado inadvertidamente, pero el intercambio había sido tan hábilmente orquestado por Isobel que resultaba difícil separar lo que había dicho de lo que había implicado.
«Debería contárselo a Alexander», había pensado repetidamente, pero algo la detenía.
Su distanciamiento tras los rumores, la frialdad con que la trataba últimamente... No parecía el momento adecuado para admitir que había comido con su ex, precisamente la mujer que había iniciado toda aquella incómoda situación.
Así que había optado por el silencio, confiando en que la oferta de Isobel de detener los rumores fuera real, y que cualquier información que pudiera haber filtrado no fuera lo suficientemente específica como para causar un daño real.
Un error de cálculo, como descubriría muy pronto.
Al llegar a la Torre Reid, el ambiente en el vestíbulo ya parecía extrañamente tenso.
El guardia de seguridad, que normalmente la saludaba con una sonrisa cálida, apenas levantó la vista cuando pasó su tarjeta por el lector.
En el ascensor, dos ejecutivos de nivel medio interrumpieron abruptamente su conversación cuando ella entró, lanzándole miradas furtivas que oscilaban entre la curiosidad y algo parecido a la lástima.
Algo estaba pasando.
Cuando las puertas se abrieron en el piso 70, la sensación de que algo estaba fundamentalmente mal se intensificó.
El habitual zumbido de actividad matutina había sido reemplazado por un silencio antinatural, como si toda la planta estuviera conteniendo la respiración.
Felicity avanzó hacia su escritorio. Sus tacones resonaban en el silencio.
A través de las paredes de cristal de la sala de conferencias principal, pudo ver a Alexander de pie, rodeado por lo que parecía ser todo el equipo legal y ejecutivo de la empresa.
Su lenguaje corporal, incluso a distancia, irradiaba una furia apenas contenida: hombros tensos, mandíbula apretada, manos que gesticulaban con brusquedad mientras hablaba…
Felicity apenas tuvo tiempo de dejar su bolso y encender su ordenador cuando la puerta de la sala de conferencias se abrió y los ejecutivos comenzaron a salir.
Las expresiones de sus rostros variaban entre la preocupación y la determinación. Ninguno la miró directamente mientras pasaban junto a su escritorio. Otro signo alarmante.
Pero alarmante de cojones.
¿Qué mierda pasaba?
Finalmente, solo quedó Alexander en la sala.
Durante un rato permaneció inmóvil, mirando por el ventanal hacia el horizonte de Manhattan como si buscara respuestas en la línea de rascacielos.
Luego, con deliberada lentitud, se giró y caminó hacia la puerta.
Sus ojos se encontraron con los de Felicity a través del cristal con una intensidad que la dejó sin aliento.
No era la intensidad que había llegado a conocer en Boston, o durante aquellos breves momentos antes del casi-beso.
Era algo completamente diferente. Una intensidad fría, acusatoria, peligrosa.
—Señorita Ashford… —Su voz cortó el silencio como un cuchillo cuando salió de la sala—. A mi oficina. Ahora.
Alexander no esperó respuesta, simplemente se giró sobre sus talones y se dirigió hacia su despacho, sabiendo que ella lo seguiría.
Felicity se levantó. De pronto le temblaban las piernas.
Había visto a Alexander enfadado antes, por supuesto. Había presenciado su frustración en negociaciones difíciles, su irritación con la incompetencia de algunos empleados, incluso algún que otro destello de ira.
Pero en ese momento era diferente.
Había algo en su tono, en la tensión de su espalda mientras caminaba delante de ella, que sugería que estaba haciendo un esfuerzo por controlarse.
Al entrar en la oficina tras él, notó inmediatamente los documentos esparcidos sobre su escritorio.
Documentos que reconoció con un escalofrío de alarma: eran los contratos finales para la adquisición de BioGen.
Los mismos que habían sido meticulosamente negociados durante semanas y que estaban listos para ser firmados aquella misma tarde.
Alexander cerró la puerta tras ella, y luego rodeó su escritorio, manteniendo aquella barrera física entre ellos como si necesitara contención.
—¿Tiene alguna idea de por qué he convocado una reunión de emergencia con todo el equipo ejecutivo a las siete de la mañana? —preguntó. Su voz era engañosamente tranquila.
Felicity negó con la cabeza, mientras un nudo se formaba en su garganta.
—No, señor —respondió, odiando el ligero temblor en su voz.
Alexander la estudió unos segundos, como si estuviera buscando algo en su rostro. Lo que fuera que esperaba encontrar, aparentemente no lo vio.
—Marcus Vaughn me ha llamado a las cinco de la madrugada —dijo finalmente—. Para informarme que está reconsiderando los términos de nuestro acuerdo. Según parece, ha recibido una oferta mejor. De Winters Corporation.
El suelo pareció tambalearse bajo los pies de Felicity.
Winters Corporation.
Isobel.
La comida.
Las preguntas aparentemente casuales sobre el acuerdo con Vaughn.
—Eso… no puede ser —logró articular.
Su mente se aceleró de golpe, tratando de procesar las implicaciones.
—¿No? —preguntó Alexander, endureciendo el tono—. Porque lo verdaderamente extraordinario es que la oferta de Winters incluye exactamente las mismas cláusulas de autonomía creativa que nosotros propusimos, con un ligero ajuste en la estructura de royalties que lo hace más atractivo para BioGen.
Dio un paso alrededor del escritorio, acortando la distancia entre ellos.
—Lo más interesante —continuó, cada palabra más cortante que la anterior—, es que esos términos tan específicos no eran de conocimiento público. De hecho, estaban contenidos en documentos confidenciales que solo unas pocas personas en esta empresa han visto.
Felicity sintió que el color abandonaba su rostro. Se sentía incluso mareada. La trampa de Isobel había funcionado perfectamente.
—Alexander, yo…
—Para ti soy el señor Reid —la cortó Alexander con brusquedad.
—Señor Reid, yo no…
—¡No he terminado! —volvió a interrumpirla Alexander.
Sus palabras fueron como un látigo—. Esta mañana, cuando cuestioné a nuestro equipo legal sobre posibles filtraciones, mi personal de seguridad me mostró algo fascinante.
—Tomó su tablet y la giró hacia ella, mostrando lo que claramente era una imagen de ella e Isobel—.
A usted, señorita Ashford, comiendo con Isobel Winters. El viernes pasado.
La imagen era inequívoca: Felicity e Isobel sentadas en la mesa del restaurante Petit Jardin. Sus rostros eran perfectamente visibles para las cámaras.
—Puedo explicarlo —dijo Felicity en un susurro.
—Por favor, ilústreme —respondió Alexander, cruzando los brazos por delante del pecho—.
Explíqueme cómo mi asistente personal, alguien con acceso a información confidencial y crucial para esta empresa, se reunió en secreto con la vicepresidenta de nuestro principal competidor, un día antes de que misteriosamente obtuvieran detalles exactos de un acuerdo que nosotros hemos tardado semanas de trabajo y millones de inversión en llevar a cabo.
La forma en que lo planteaba hacía que sonara exactamente como lo que temía: espionaje industrial. Traición.
—No fue en secreto —se defendió Felicity.
Su propia indignación había comenzado a superar el fuerte shock inicial—.
Ella vino aquí y me invitó a comer. Dijo que quería disculparse por los rumores que había lanzado sobre mí, que había actuado impulsivamente porque...
—se detuvo, dudando si mencionar la supuesta confesión de Isobel.
—¿Porque qué? —presionó Alexander, con su mirada implacable.
Felicity exhaló lentamente, y decidió que la verdad completa era su única opción.
—Porque dijo que aún sentía algo por usted —respondió—. Dijo que los rumores surgieron porque estaba celosa, que ver que estaba iniciando algo con alguien más la había desestabilizado.
Una risa breve, amarga, escapó de los labios de Alexander. Felicity lo miró.
—Y usted la creyó —no era una pregunta, sino una acusación—. Creyó que Isobel Winters, una mujer conocida por su astucia despiadada en los negocios, repentinamente estaba consumida por unos sentimientos románticos no correspondidos.
Dicho así, ciertamente sonaba ingenuo. Felicity se irguió, negándose a ser tratada como una tonta.
—Parecía sincera —se defendió—. Y sí, quizás fue ingenuo por mi parte acceder a comer con ella, pero estaba desesperada por detener los rumores que estaban destruyendo mi reputación profesional. Rumores que, debo añadir, usted eligió ignorar completamente.
Alexander pareció sorprendido por su respuesta directa, pero se recuperó rápidamente.
—Mis decisiones sobre cómo manejar los asuntos internos de la empresa no justifican que usted revele información confidencial a la competencia —respondió fríamente.
—¡No he revelado nada! —exclamó Felicity. La frustración finalmente se estaba desbordando dentro de ella. Joder, aquello era demasiado—. Isobel mencionó detalles muy específicos del acuerdo, afirmando que usted se los había contado, que vosotros aún hablabais.
Alexander entrecerró los ojos. Su expresión se volvió aún más dura, si eso era posible.
—¿Y usted creyó eso también? ¿Que yo estaría discutiendo detalles confidenciales de una adquisición pendiente con la vicepresidenta de nuestra principal competencia? ¿Cómo puede ser tan ingenua? —Se pasó la mano por la cabeza.
—No lo creí —respondió Felicity, aunque sabía que no era completamente cierto.
La insinuación que había hecho Isobel sobre su relación con Alexander había despertado en ella una inseguridad (y unos celos) que ni siquiera sabía que tenía.
Pero eso no se lo podía decir—. Pero ella sabía muchas cosas, detalles específicos...
—continuó—. Mencionó lo del control compartido por ambas empresas, las cláusulas sobre las aplicaciones…
—¿Y en lugar de preguntarse cómo Isobel Winters podría saber esos detalles y alertarme inmediatamente, usted decidió continuar la conversación?
—Alexander sacudió la cabeza. La incredulidad se mezclaba con la decepción en su rostro—.
Dígame, señorita Ashford, ¿qué más discutieron durante esa inocente comida? —le preguntó con mordacidad.
Felicity intentó recordar cada detalle de la conversación, cada posible punto donde podría haber confirmado inadvertidamente información que Isobel estaba pescando.
—Ella mencionó a Marcus Vaughn, dijo que lo conocía de conferencias de biotecnología —recordó—. Habló sobre su reputación de que era un hombre difícil de persuadir. Y mencionó sus preocupaciones sobre la propiedad intelectual.
—Toda esa información podría haberla obtenido a través de una investigación básica o simples contactos en la industria —señaló Alexander con burla—. ¿Qué más?
Felicity tragó con dificultad, recordando el momento en que Isobel había mencionado la solución que ella había propuesto.
—Isobel dijo que admiraba cómo habíamos manejado el tema de las aplicaciones —respondió—. Mencionó lo de compartir el control, casi palabra por palabra como yo se lo había descrito a usted.
Alexander se quedó inmóvil. Su expresión se volvió ilegible.
—¿Y cuál fue su respuesta? —preguntó.
—Le pregunté cómo sabía eso —dijo Felicity—. Ella insinuó que usted se lo había contado, que había mencionado que la idea había sido mía originalmente.
—Lo cual es absurdo —espetó Alexander—. ¿Cómo voy a contarle yo algo a la competencia? ¿Y menos si esa competencia es Isobel Winters? —Sacudió la cabeza. La incredulidad era evidente en su rostro—. ¿Y usted confirmó que la idea había sido suya?
Felicity quería poder decir que no, que había mantenido una discreción absoluta, pero los recuerdos de la conversación eran borrosos, manipulados expertamente por Isobel para extraer confirmaciones sutiles.
—No explícitamente —respondió con sinceridad—. Pero... es posible que mi reacción lo confirmara implícitamente.
Alexander la miró como si nunca la hubiera visto realmente antes. Una mezcla de decepción y algo más profundo, más personal, llenó sus ojos azules, que en aquel momento tenían el color del acero líquido.
—Confié en usted, señorita Ashford —dijo finalmente. Su voz era más baja pero no menos intensa—. Le di acceso a información que podría arruinar esta empresa. Hacernos perder millones de dólares. La llevé a reuniones cruciales, valoré su opinión; la traté como a una igual en muchos aspectos.
Cada palabra era como un puñal para Felicity, precisamente porque contenían verdad. Pura y dura. Él había confiado en ella, la había valorado profesionalmente de una manera que pocos jefes hacían con sus asistentes.
—Lo sé —respondió, con la voz quebrada—. Y nunca, jamás, traicionaría esa confianza intencionalmente. Isobel me manipuló. Me tendió una trampa y caí en ella.
Durante unos segundos, algo pareció vacilar en la expresión de Alexander, un destello de duda, quizá. Pero fue rápidamente suprimido, reemplazado por la máscara dura que Felicity había llegado a conocer tan bien.
—Sus intenciones son irrelevantes en este caso —aseveró Alexander—. El hecho es que una información confidencial y crucial de la empresa, ha sido filtrada a nuestra competencia directa a través de usted. El daño está hecho.
Se giró, mirando nuevamente por el ventanal, como si no pudiera soportar seguir viéndola.
Felicity sintió que el alma se le caía a los pies.
No la creía.
Alexander no la creía.
—Obviamente, no puede continuar como mi asistente personal —siguió hablando Alexander, con una voz carente de emoción—. He hablado con Recursos Humanos. Será transferida al departamento de comunicaciones en el piso 23, con efecto inmediato.