El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

La segunda semana después del «incidente» (como Felicity había empezado a referirse al casi-beso y la posterior interrupción de Isobel) transcurrió con una formalidad irritantemente cortés entre ella y Alexander.

Las conversaciones se limitaban estrictamente a asuntos profesionales (ni más ni menos), los intercambios de miradas eran casi inexistentes, y el espacio físico entre ellos parecía haberse expandido a kilómetros, aunque apenas estuvieran separados por un escritorio.

Los rumores, mientras tanto, habían florecido por toda la Torre Reid como champiñones después de la lluvia.

Felicity los percibía en las miradas furtivas que le dirigían, en las conversaciones que se interrumpían cuando entraba en la sala de descanso o en la cafetería, en la exagerada formalidad con que algunos empleados habían empezado a tratarla.

«La asistente que consiguió su trabajo de rodillas.»

«El señor Reid la contrató después de una noche en un hotel.»

«Parece que ahora el requisito principal para ser asistente ejecutiva es tener una cara bonita.»

Felicity iba a volverse loca.

Las variaciones eran infinitas, cada una más desagradable que la anterior.

Pero lo peor, lo que realmente le dolía hasta el punto de estar toda la noche en vela, era la forma en que Alexander había elegido manejar la situación: ignorándola.

Actuando como si no estuviera ocurriendo nada, como si la cosa no fuera con él, como si ella fuera simplemente un mueble de oficina, que no sentía el veneno que impregnaba el aire a su alrededor.

Era viernes por la mañana, y Felicity estaba lidiando con una incipiente jaqueca, mientras organizaba la agenda de Alexander para la próxima semana.

El proyecto Quantum (la adquisición de BioGen) estaba en su fase final, con los contratos listos para ser firmados el lunes siguiente después de semanas de negociaciones meticulosas y un viaje a Boston.

Era un triunfo personal para Alexander y una victoria significativa para Reid Enterprises, que se posicionaría estratégicamente en el emergente mercado de la biotecnología.

Felicity había estado casi en cada paso del proceso, desde las primeras reuniones hasta los ajustes finales en las cláusulas más delicadas. Era, de muchas maneras, tanto su logro como el de Alexander, aunque dudaba que alguien más lo viera así.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no notó la figura que se acercaba a su escritorio, hasta que una sombra cayó sobre su pantalla.

Levantó la mirada para encontrarse con la última persona que esperaba (y deseaba) ver: Isobel Winters, tan impecable como siempre con un vestido camisero de color crema.

—Señorita Ashford —la saludó Isobel, con una sonrisa que pretendía ser cálida, pero que no llegaba ni por asomo a su mirada verde—. Espero no estar interrumpiendo nada importante.

Felicity enderezó la espalda instintivamente, como un animal pequeño preparándose para enfrentar a un gran depredador, y se preguntó qué hacía aquella arpía allí otra vez.

—Señorita Winters —respondió con toda la neutralidad que pudo reunir—. El señor Reid no está disponible en este momento. Tiene una videoconferencia con Tokio que durará al menos otra hora.

Isobel agitó una mano con las uñas perfectamente pintadas de rojo pasión, como si estuviera espantando un moscardón.

—No estoy aquí para ver a Alexander —aclaró, y algo en la forma familiar en que pronunció su nombre hizo que Felicity sintiera una punzada de irritación—. De hecho, he venido a verte a ti.

Eso sí que era inesperado.

Felicity parpadeó, desconcertada.

—¿A mí? —repitió, incapaz de imaginar qué podría querer la elegante vicepresidenta de Winters Corporation de ella, más allá de atormentarla o esparcir más rumores.

—Sí —confirmó Isobel, inclinándose ligeramente para crear una falsa sensación de intimidad—. Me gustaría invitarte a comer. Hay algunas cosas que me gustaría discutir contigo. En privado.

Si Isobel hubiera anunciado que planeaba adoptar un unicornio, Felicity no habría estado más sorprendida.

Una invitación a almorzar era lo último que esperaba de la mujer que aparentemente se había dedicado a destruir su reputación profesional durante las últimas dos semanas.

—Yo... no estoy segura de que sea una buena idea —respondió con cautela.

Isobel suspiró. Algo teatral pero efectivo.

—Mira, entiendo tu recelo —dijo, bajando la voz como si compartiera un secreto—. No empezamos con el pie derecho, y lo reconozco. Es por eso por lo que quiero esta oportunidad para aclarar las cosas. Creo que hay algunos... malentendidos que necesitamos resolver.

Felicity la estudió, buscando signos de engaño.

Había algo en la expresión de Isobel, una fragilidad tal vez fingida, que activaba todas sus alarmas internas.

Y, sin embargo, la curiosidad y la posibilidad, por remota que fuera, de detener el flujo de rumores que la rodeaban, eran tentadoras. Solo ella podía frenarlos.

—¿Qué tipo de malentendidos? —preguntó, manteniendo su tono neutro.

Los labios de Isobel se curvaron en una sonrisa triste, tan perfectamente ejecutada que casi parecía de verdad.

—El tipo de malentendidos que surgen cuando las emociones nublan el juicio —respondió enigmáticamente—. Por favor, solo una hora. Conozco un lugar discreto cerca de aquí donde podemos hablar sin interrupciones. Te prometo que valdrá la pena.

Felicity sabía que probablemente era una mala idea. Todo en su instinto gritaba precaución.

Pero también sabía que la situación actual era insostenible.

Los rumores estaban afectando su capacidad para trabajar, y Alexander se estaba distanciando cada vez más.

Si había alguna posibilidad, por pequeña que fuera, de resolver aquel desastre, tenía que intentarlo.

Y todo estaba en manos de Isobel. Ella se había convertido en su única salvadora.

—De acuerdo —accedió finalmente. Miró su reloj de pulsera—. Pero solo tengo una hora. El señor Reid espera que esté disponible a primera hora de la tarde.

La sonrisa de Isobel se amplió. Un destello de triunfo apenas disimulado cruzó sus ojos.

—Perfecto. Te esperaré en el Petit Jardin a la una.

Y sin decir nada más, se giró y se marchó con la misma confianza con la que había llegado, dejando tras de sí un rastro de perfume denso y alguna que otra duda en la mente de Felicity.

El Petit Jardin era exactamente el tipo de restaurante que Felicity habría esperado que Isobel frecuentara: francés, elegante, sofisticado, con manteles de lino blanco inmaculado y camareros que se movían con la silenciosa eficiencia de unos bailarines.

Estaba lo suficientemente lejos de la Torre Reid para evitar encuentros casuales con trabajadores de la empresa, pero lo bastante cerca para que la comida no se extendiera demasiado.

Isobel ya había ordenado una botella de agua mineral y estaba estudiando la carta de vinos cuando Felicity llegó, apenas cinco minutos después de la hora acordada.

—Ah, Felicity —saludó, utilizando su nombre de pila con una familiaridad que no se habían ganado y que a ella tampoco le hacía mucha gracia—. Justo a tiempo. Estaba considerando un Chablis. ¿Te parece bien?

—Preferiría no beber alcohol durante la comida —respondió Felicity, sentándose y colocando cuidadosamente la servilleta sobre su regazo—. Tengo una tarde ocupada por delante.

Isobel asintió, como si aprobara su decisión.

—Sensato —comentó, cerrando la carta de vinos—. Agua estará bien, entonces.

Hubo un breve momento de incómodo silencio mientras ambas mujeres se estudiaban mutuamente.

Felicity notó que, a pesar de su aparente confianza, había una tensión subyacente en los hombros de Isobel, como si estuviera realizando un esfuerzo consciente para mantener la compostura.

—Entonces —comenzó Felicity finalmente—, mencionaste que querías aclarar algunos malentendidos.

Isobel tomó un sorbo de agua, como si estuviera ganando tiempo para organizar sus pensamientos.

—Sí —confirmó, colocando el vaso con precisión sobre el mantel—. Primero, quiero disculparme por mi comportamiento el viernes pasado. Fue... inapropiado.

Felicity mantuvo la expresión del rostro indiferente, esperando.

—Y también quiero aclarar —continuó Isobel. Su voz bajó a un tono confidencial—, que si se han propagado ciertos... rumores sobre ti en la empresa, no fue mi intención directa. A veces hablo sin pensar cuando estoy… No sé cómo decirlo… emocionalmente saturada.

«Emocionalmente saturada.»

Las palabras quedaron suspendidas entre ellas como una cortina de humo elegantemente dispuesta.

—¿Y por qué estarías emocionalmente saturada con respecto a mí? —preguntó Felicity directamente—. Apenas nos conocemos.

Un camarero apareció para tomar nota, interrumpiendo la conversación. Isobel pidió una ensalada niçoise y Felicity optó por un risotto de hongos. Cuando el camarero se retiró, Isobel suspiró dramáticamente.

—No es con respecto a ti, realmente —explicó, jugueteando con el borde de su vaso—. Es... Alexander.

Ahí estaba.

El elefante en la habitación que al final nombraba.

—¿Qué pasa con el señor Reid? —preguntó Felicity, manteniéndose parcial. No iba a darle el gusto de que notara algo en la expresión de su rostro.

Isobel sonrió con tristeza, una actuación tan convincente que, si Felicity no hubiera estado tan alerta, podría haberla creído.

—Verás, mi historia con Alexander es... complicada —comenzó. Su voz estaba teñida de nostalgia—. No sé qué te habrá contado sobre nosotros.

—Nada —respondió Felicity con franqueza—. El señor Reid mantiene su vida personal estrictamente separada del trabajo.

Una risa suave, casi incrédula, escapó de los labios de Isobel.

—Claro —murmuró—. Típico de Alexander. Siempre tan reservado.

—Respiró hondo antes de continuar—. Estuvimos juntos casi dos años.

No solo como pareja, sino como socios en muchos sentidos.

Yo entendía su visión para Reid Enterprises.

Él respetaba mis ambiciones en Winters Corporation. Era... perfecto. Hasta que no lo fue.