El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

El lunes por la mañana, Felicity llegó a la oficina temprano como siempre, y con la determinación de mantener una profesionalidad absoluta.

El fin de semana había sido un ejercicio de autoflagelación mental, reviviendo una y otra vez el casi-beso, la interrupción, y la posterior retirada de Alexander.

Azriel, bendito fuera, había captado su estado de ánimo en cuanto había entrado por la puerta y no había presionado demasiado, limitándose a proporcionarle tarrinas de helado de tamaño XL y maratones de comedias románticas sin hacer las preguntas que claramente quería hacer.

Y se moría por hacer.

Y Felicity lo había agradecido, porque no le apetecía mucho hablar de lo que había sucedido.

La oficina estaba inusualmente silenciosa cuando salió del ascensor.

Normalmente, a esa hora ya había un zumbido de actividad mientras el personal se preparaba para enfrentar la jornada. Pero ese día, los pocos empleados presentes parecían ocupados en mantener conversaciones entre susurros que cesaban abruptamente cuando ella pasaba cerca.

Extraño, pero no lo suficiente para alarmarla realmente.

En todos los trabajos siempre había cotillas y chismosos.

No era nada nuevo… Hasta que Eliza, la chica de recursos Humanos que le había avisado de que la plaza de asistente personal de Alexander Reid quedaba vacante y con la que se encontraba de vez en cuando, se acercó a su escritorio con expresión preocupada.

—Hey, Felicity —saludó, mirando nerviosamente a su alrededor—. ¿Estás bien?

Felicity parpadeó, sorprendida por la pregunta.

—Sí, perfectamente. ¿Por qué no debería estarlo? —preguntó a su vez.

Eliza pareció incómoda, mientras jugueteaba con la tarjeta de identificación que colgaba de su cuello.

—Es solo que... hay algunos rumores circulando... Nada que debas tomar en serio, por supuesto —le advirtió—. Ya sabes cómo es la gente. Les encanta inventar historias.

Un presentimiento desagradable comenzó a formarse en el estómago de Felicity.

«No, no, no.»

—¿Qué tipo de rumores? —preguntó con cautela, aunque una parte de ella ya sospechaba la respuesta.

Eliza bajó la voz, inclinándose ligeramente sobre el escritorio.

—Sobre ti y el señor Reid. Sobre cómo conseguiste el trabajo. —Hizo una pausa, claramente incómoda—. Isobel Winters ha dejado caer algunos comentarios... sobre vosotros.

A Felicity le saltaron todas las alarmas. Todas.

¡¿Qué?!

¡¿Cómo?!

¿Qué mierda había ido diciendo aquella mujer?

Sintió que la sangre abandonaba su rostro, haciendo que palideciera.

Así que ese era el juego de Isobel. No podía obtener lo que quería de Alexander directamente, así que iba a atacarlo indirectamente. A través de ella.

—Entiendo —dijo, manteniendo su voz firme, a pesar del pánico que había comenzado a crecer en su interior—. Gracias por decírmelo, Eliza.

La chica asintió, apretando brevemente su hombro en un gesto de solidaridad antes de alejarse.

Felicity permaneció sentada, procesando aquella información.

Si Isobel estaba difundiendo rumores sobre que había obtenido su posición a través de medios poco profesionales, era solo cuestión de tiempo antes de que llegara a oídos de Alexander. Y conociendo su obsesión con la reputación de la empresa y su propia imagen pública...

¡Santa mierda!

Como si lo hubiera invocado con sus pensamientos, el ascensor se abrió y Alexander emergió de él, impecable como siempre con un traje gris oscuro.

Sus ojos azules se encontraron brevemente con los suyos mientras se acercaba, y Felicity notó inmediatamente que algo había cambiado. Su mirada era distante, formal, sin rastro de la calidez que había comenzado a mostrar en las últimas semanas.

—Buenos días, señorita Ashford —saludó con un tono neutral—. Necesito los informes financieros del último trimestre en mi escritorio en una hora. Y cancele mi almuerzo con Richardson; dígale que me surgió un asunto urgente del que me tengo que ocupar.

Sin esperar respuesta, continuó hacia su oficina, cerrando la puerta tras él con un ruido sordo.

Felicity se quedó mirando la puerta cerrada. El corazón se le hundió hasta el fondo del pecho. Alexander ni siquiera había dejado que le respondiera a los «buenos días».

Se mordió el labio.

Así que así iba a ser.

Distancia profesional.

Frialdad calculada.

Como si los momentos de conexión que habían vivido nunca hubieran existido.

Una parte de ella quería irrumpir en aquella maldita oficina y exigir una explicación, enfrentarlo sobre los rumores, sobre su repentino distanciamiento.

Pero otra parte, la parte práctica que la había mantenido a flote en situaciones difíciles antes, incluso en aquella misma empresa, sabía que eso solo empeoraría las cosas, y no la conduciría a ningún camino. O desde luego, a ninguno bueno.

Si Alexander Reid estaba retrocediendo, dando marcha atrás, alejándose de ella por temor a un escándalo, confrontarlo directamente solo confirmaría sus temores.

No, tendría que ser paciente. Estratégica. Demostrar con acciones, no con palabras, que era una profesional hasta la médula.

Con un suspiro que contenía más determinación que resignación, Felicity se giró hacia su ordenador y comenzó a trabajar en los informes financieros que le había solicitado.

Si Alexander quería distancia profesional, eso era exactamente lo que obtendría. Por ahora.

Pero una cosa tenía clara mientras tecleaba con rapidez: Isobel Winters había cometido un grave error al subestimarla. Porque si había algo que Felicity Ashford había aprendido de su abuela irlandesa, era que nunca, jamás, debías provocar a una mujer que no tenía nada que perder.

Y si Alexander Reid creía que podía simplemente descartarla y calificarla como una «complicación personal» después de todo, también tenía una lección que aprender.