CAPÍTULO 33
—Isobel —La voz de Alexander había cambiado instantáneamente, regresando a ese tono frío y controlado que usaba en las negociaciones hostiles—. No recuerdo haber programado una reunión contigo —dijo con visible malhumor.
Isobel entró en la oficina como si fuera la dueña del lugar, cerrando la puerta tras ella con una calma estudiada y que a Felicity le puso de los nervios.
—No la programaste —respondió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, porque sus sonrisas nunca alcanzaban sus ojos—. Pero necesito hablar contigo. Tu asistente no estaba en su puesto para anunciarme, lo cual ahora tiene sentido.
Sus ojos se posaron en Felicity, evaluándola con una mirada que la hizo sentir como un insecto bajo un zapato. Diría que casi a punto de morir aplastada.
—Llamé a la puerta, por cierto —añadió Isobel, aunque su tono dejaba claro que era una mentira—. Supongo que estabais demasiado... concentrados como para oírme.
La insinuación era tan evidente que Felicity sintió que sus mejillas se encendían. Le iba a echar a arder la cara. Alexander, sin embargo, no mostró reacción alguna más allá de un ligero endurecimiento en la línea de su mandíbula.
—¿Qué necesitas, Isobel? —preguntó directamente, poniendo distancia física entre él y Felicity con un movimiento sutil pero definitivo.
Isobel sonrió, claramente disfrutando de la incomodidad que había creado.
—Tengo una propuesta de negocio que podría interesarte —respondió, dejando caer su elegante bolso Hermès sobre uno de los sillones, como si estuviera reclamando un territorio que le pertenecía.
—No es el momento —sentenció Alexander.
—Yo creo que sí —lo contradijo Isobel. Y siguió hablando—. Winters Corporation está considerando una expansión en el mercado asiático, específicamente en el sector tecnológico que tú dominas tan... hábilmente.
Alexander cruzó los brazos. Su postura indicaba claramente que no estaba impresionado.
—¿Y? Reid Enterprises y Winters Corporation son competidores directos en ese mercado desde hace años. Rivales. No veo cómo una colaboración sería beneficiosa para alguna de las dos.
—Ahí es donde te equivocas, querido —Isobel se acercó, moviéndose con la gracia felina de una depredadora. Joder, era como una puta pantera—. Una alianza estratégica nos permitiría establecer un duopolio muy efectivo. Controlaríamos conjuntamente más del sesenta por ciento del mercado.
Felicity observó el intercambio de palabras, sintiéndose invisible y, al mismo tiempo, jodidamente expuesta.
Debería excusarse, dar a Alexander e Isobel privacidad para aquella discusión, pero algo la mantenía clavada en el suelo, como si sus zapatos de pronto fueran de plomo y no le permitieran moverse, dar un solo paso.
—Lo que describes no es una alianza estratégica —respondió Alexander con frialdad—. Es una práctica comercial ilegal que viola al menos tres leyes antimonopolio internacionales.
—Solo si alguien lo descubre —replicó Isobel con una sonrisa calculadora—. Y ambos sabemos que hay formas de estructurar acuerdos para que parezcan completamente legales.
Alexander la miró con una expresión que Felicity nunca había visto antes en él: desprecio.
—¿Por eso estás realmente aquí, Isobel? ¿Para proponerme que participe en prácticas comerciales no éticas? ¿O quieres algo más?
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de significados y de una historia compartida que Felicity solo podía intuir.
Isobel rio, un sonido melodioso pero carente de autenticidad.
—Siempre tan directo, Alexander —comentó, lanzando una mirada evaluadora a Felicity—. Me pregunto si tu... asistente aprecia esa cualidad tanto como yo solía hacerlo.
El silencio que siguió fue tan tenso que prácticamente se podía cortar con un cuchillo.
Felicity se sentía como una intrusa en una obra de teatro para la que no tenía guion, captando solo fragmentos de un drama mucho más extenso.
—Señorita Ashford —dijo Alexander—, ¿podría dejarnos un momento a solas? Parece que la señorita Winters y yo necesitamos aclarar algunos puntos.
Felicity asintió, agradecida por la oportunidad de escapar de aquella atmósfera sofocante.
—Por supuesto, señor Reid —respondió, recobrando su propia formalidad como un escudo—. Estaré en mi mesa si me necesita.
—No creo que te necesite por ahora, querida —intervino Isobel con una dulzura venenosa—. Estos asuntos requieren cierto... historial compartido para comprenderlos de forma adecuada.
Alexander le lanzó una mirada de advertencia que Isobel ignoró completamente. A ella ya no había una mirada (ni nada) que la intimidara.
Felicity mantuvo su expresión formal mientras se dirigía hacia la puerta, consciente de las miradas de ambos siguiéndola.
Justo antes de salir, escuchó la voz de Alexander, tensa pero controlada:
—Eso ha sido innecesario, Isobel.
La respuesta de Isobel flotó hasta ella mientras cerraba la puerta:
—Oh, Alexander. Todo lo que hago tiene un propósito.
Una vez en su escritorio, Felicity se dejó caer en la silla. La adrenalina la abandonó de repente, dejando en su lugar una mezcla confusa de emociones.
Había estado a punto de besarse con Alexander Reid.
Su jefe.
El hombre del que absolutamente no debía enamorarse, según todas las reglas del sentido común y la supervivencia profesional.
Y luego, Isobel Winters, como la villana perfectamente oportuna de una película romántica, había aparecido para interrumpir el momento y recordarle exactamente por qué besarse con Alexander era una mala idea.
«Gracias, universo, por la sutil intervención», pensó con ironía mientras intentaba calmar su respiración agitada.
Desde la oficina de Alexander llegaban voces amortiguadas. A veces se elevaban lo suficiente para que captara fragmentos de la discusión.
No podía distinguir palabras específicas, pero el tono era inconfundiblemente tenso. En un momento dado, la voz de Alexander se elevó lo suficiente para que entendiera claramente:
—Eso es descabellado y lo sabes.
La respuesta de Isobel fue demasiado baja para escucharla, pero fuera lo que fuese lo que dijo, provocó un largo silencio.
Felicity intentó concentrarse en la presentación que había estado preparando, pero su mente se negaba a cooperar, reproduciendo una y otra vez el momento antes de la interrupción.
La dulzura en los ojos de Alexander sobre los suyos.
La forma en que había pronunciado su nombre.
La sensación de su aliento mezclándose con el suyo.
«Para, para, para —se ordenó mentalmente—. Esto es exactamente por lo que las relaciones en el lugar de trabajo son una mala idea. El drama. La complicación. Las exnovias que aparecen de la nada como brujas malvadas de un cuento.»
Estaba tan absorta en su diálogo interno que casi saltó cuando la puerta de la oficina se abrió abruptamente.
Isobel salió primero, su expresión era una máscara de furia apenas contenida. Alexander la seguía. Su rostro tenso.
—Esta conversación no ha terminado, Alexander —declaró Isobel, girándose para enfrentarlo una última vez.
—Por mi parte, sí lo ha hecho —respondió él con frialdad—. Mi respuesta es definitivamente no. Y la próxima vez, pide una cita como cualquier otra persona para verme.
Isobel sonrió, un gesto que no contenía ni un ápice de calidez. Ni de nada bueno.
—¿Es así como tratas a todos tus «potenciales socios»? —preguntó, con una mirada significativa hacia Felicity—. ¿O solo a los que ya han visto lo que hay detrás de esa fachada perfectamente controlada?
Alexander dio un paso hacia ella. Su voz bajó a un tono peligrosamente tranquilo.
—Suficiente, Isobel. No mezcles lo personal con lo profesional. No aquí. No ahora.
—¿No lo haces tú? —contraatacó ella, con una risa breve y amarga—. Qué moral más interesante, viniendo de alguien que claramente está difuminando esas líneas con su asistente personal.
Felicity sintió como si le hubieran arrojado una jarra de agua helada a la cara. No pudo evitar una inhalación brusca que atrajo la atención de ambos hacia ella.
—Señorita Winters —intervino, encontrando de algún lugar una voz firme que no sabía que poseía—, le aseguro que mi relación con el señor Reid es estrictamente profesional.
Isobel la miró con una mezcla de diversión y algo parecido a la lástima.
—Oh, querida —dijo suavemente—. Eso es lo que todas nos decimos al principio. —Se volvió hacia Alexander—. ¿No es cierto, Alexander? ¿No empezó así también conmigo? «Solo trabajo, Isobel» «Totalmente profesional, Isobel».
Alexander avanzó hasta colocarse entre Isobel y el escritorio de Felicity, como si estuviera físicamente protegiéndola de aquellas palabras venenosas.
—Es suficiente —dijo. Su mirada era cortante como el acero—. Esta conversación ha terminado. Te agradecería que te marcharas ahora mismo.
Durante unos instantes, pareció que Isobel iba a responder, pero finalmente asintió, alzando ligeramente la cabeza con un movimiento elegante.
—Como desees —concedió, dirigiéndose hacia el ascensor—. Pero recuerda, Alexander: siempre fuiste mejor en los principios que en los finales de juego. Es tu debilidad.
Con esas últimas palabras, presionó el botón del ascensor, que afortunadamente llegó casi de inmediato. Antes de entrar, lanzó una última mirada a Felicity.
—Un consejo gratuito, señorita Ashford: pregúntele cómo terminan sus «relaciones profesionales». Es una historia fascinante.
Las puertas se cerraron tras ella, dejando un silencio ensordecedor en forma de estela.
Alexander permaneció inmóvil durante varios segundos, con la espalda tensa y los puños ligeramente apretados a los costados.
Finalmente, se giró hacia Felicity, y la expresión en su rostro la alarmó. Era una mezcla de ira contenida, preocupación y algo más profundo, más complicado.
—Lamento que hayas tenido que presenciar todo esto —dijo. Su voz estaba controlada, pero en su mandíbula se agitaba un músculo—. Isobel puede ser... difícil.
Felicity asintió, insegura de qué responder.
El momento íntimo que habían compartido antes de la interrupción parecía ahora un sueño lejano, eclipsado por la confrontación que acababa de presenciar.
—No te preocupes —respondió—. Entiendo que hay... una historia complicada ahí.
Alexander la miró un rato, como si estuviera evaluando algo crucial.
—Sí, la hay —admitió—. Una que creía haber dejado atrás hace mucho tiempo.
Algo en su tono hizo que Felicity se preguntara si se refería solo a su relación personal con Isobel, o si había más en esa historia que ella desconocía.
—Alexander, sobre lo que pasó antes... —comenzó, sintiendo que debían abordar el casi-beso que habían estado a punto de darse.
Él levantó una mano, deteniéndola.
—Ha sido un error —dijo. Su voz de pronto sonaba distante—. Un desliz por mi parte. No debería haber permitido que la situación llegara a ese punto.
Las palabras cayeron como piedras en el estómago de Felicity.
«Un error.»
«Un desliz.»
Tan clínicas, tan frías.
Tan diferentes del Alexander que había visto antes de que Isobel apareciera. Pero esa figura parecía un fantasma, porque asomaba solo de vez en cuando. Muy de vez en cuando.
—Entiendo —respondió automáticamente, aunque no entendía nada. ¿Cómo podían pasar de un momento de conexión a ese otro en cuestión de minutos?
—No, no lo entiendes —habló de nuevo Alexander, pasándose una mano por el pelo en un gesto inusualmente de frustración—. Hay cosas que van más allá de lo personal. La compañía, la junta directiva, los accionistas... Mi posición no me permite el lujo de complicaciones personales.
Felicity sintió un dolor agudo en el pecho. ¿Eso era ella? ¿Una «complicación personal»?
Joder, lo estaba arreglando.
—Por supuesto, señor —respondió, regresando deliberadamente a la formalidad—. Comprendo perfectamente las implicaciones profesionales.
Alexander la miró, y por un instante fugaz, muy fugaz, algo parecido al arrepentimiento cruzó su rostro de rasgos angulosos y perfectos.
—Felicity, yo...
—No es necesario explicar más —lo interrumpió ella, incapaz de soportar cualquier justificación adicional (que iba a empeorar las cosas)—. Como le he dicho, lo entiendo. Y tiene razón. Fue un error que no se volverá a repetir.
Se puso de pie, reuniendo sus cosas con movimientos precisos para ocultar el temblor de sus manos.
—Si no me necesita para nada más, me gustaría irme. Es tarde y ha sido un día largo.
Alexander la observó durante un momento que pareció extenderse eternamente, como si estuviera librando alguna batalla interna. Finalmente, asintió.
—Por supuesto. Que tenga un buen fin de semana, señorita Ashford.
Y ahí estaba de nuevo.
«Señorita Ashford».
Las barreras fórmales perfectamente reconstruidas, como si los últimos treinta minutos nunca hubieran ocurrido.
—Igualmente, señor Reid —respondió ella, dirigiéndose hacia el ascensor sin mirar atrás.
Solo cuando las puertas se cerraron y comenzó a bajar, Felicity permitió que su fachada profesional se desmoronara.
Apoyó la frente contra el espejo frío del ascensor, respirando profundamente para controlar el nudo que tenía formado en la garganta.
—Estúpida, estúpida, estúpida —se reprendió en voz baja—.
¿En qué estabas pensando? Es Alexander Reid.
Tú eres su asistente. Esto no es un cuento de hadas.
Es la vida real, donde las asistentes no terminan con sus jefes multimillonarios, y donde las exnovias vengativas aparecen en el momento más inoportuno.
Cuando el ascensor llegó al vestíbulo, Felicity había recuperado su compostura, por lo menos la exterior.
Saludó con un gesto de la mano al guardia de seguridad y salió a la noche de Manhattan, ignorando la leve llovizna que había comenzado a caer.
«Perfecto —pensó con una ironía amarga—. El universo sincronizando el clima con mi estado de ánimo, como en una película romántica de bajo presupuesto.»
Lo que no sabía, mientras se alejaba de la Torre Reid, era que aquella noche marcaría solo el comienzo de una tormenta mucho más intensa que estaba a punto de desatarse, con Isobel Winters como su personaje principal.