CAPÍTULO 32
El regreso a Nueva York había traído consigo una extraña atmósfera entre Felicity y Alexander.
Durante los tres días posteriores, habían mantenido una apariencia de normalidad profesional que engañaría a cualquier observador casual, pero que para ellos era como una elaborada obra de teatro.
Las formalidades de «señor Reid» y «señorita Ashford» habían regresado, por supuesto.
Era lo apropiado en el entorno de la oficina.
Pero ahora, cada vez que Alexander pronunciaba «señorita Ashford», había un matiz en su voz, casi imperceptible pero innegable, como si estuviera recordando el momento en que la había llamado simplemente «Felicity» en la intimidad de aquella suite de hotel durante la tormenta.
Felicity movió el cuello de un lado a otro para desentumecerlo, notando la tensión acumulada en sus hombros después de horas frente al ordenador.
A través de la puerta entreabierta de la oficina de Alexander, podía verlo trabajando, su perfil recortado contra el ventanal que ofrecía una vista panorámica de Manhattan bañada por la luz crepuscular del atardecer.
«Debería irme», pensó, consciente de que era viernes, y que, técnicamente, su jornada había terminado hacía un par de horas.
Pero había algo reconfortante en esos momentos tranquilos al final del día, cuando el ajetreo de la oficina se calmaba y solo se quedaban ellos dos, cada uno absorto en su trabajo, pero extrañamente conectados por la presencia del otro.
Alexander levantó la vista de sus documentos, como si hubiera presentido su mirada, y sus ojos se encontraron a través de la distancia. Ninguno dijo nada, simplemente se sostuvieron la mirada en silencio, como si no fuera necesario nada más.
Finalmente, Alexander rompió el contacto visual y habló:
—Señorita Ashford, ¿podría venir un momento? Hay algo en estos contratos que me gustaría discutir.
Felicity asintió, ignorando el pequeño salto que dio su corazón.
—Por supuesto.
Se levantó, alisando inconscientemente su falda lápiz gris antes de dirigirse hacia su oficina.
Al entrar, notó que Alexander se había aflojado ligeramente la corbata, un pequeño signo de cansancio que raramente se permitía mostrar. Porque él, ante todo, guardaba las formas.
—Cierre la puerta, por favor —le pidió, y Felicity obedeció, advirtiendo la intimidad que creaba ese simple acto en un edificio prácticamente vacío.
—¿Qué necesita revisar? —preguntó, acercándose al escritorio con su tablet lista.
Alexander se levantó, rodeando la mesa para detenerse junto a ella. Su proximidad era repentinamente abrumadora en la espaciosa oficina.
—Los términos de la adquisición de BioGen —respondió, señalando hacia los documentos desplegados en su pantalla—. Vaughn ha introducido algunas cláusulas en el último borrador que podrían comprometer nuestra posición.
Felicity se inclinó para examinar la pantalla, demasiado consciente de la presencia de Alexander Reid a escasos centímetros de ella.
Podía percibir su colonia, esa mezcla sofisticada de notas amaderadas y algo indefiniblemente masculino que ya había catalogado mentalmente como «el aroma de Alexander».
—Puedo ver el problema —dijo, señalando un párrafo específico y tratando de mantener la voz profesional, a pesar de la distracción que suponía para ella su jefe—. Esta cláusula les daría control sobre cualquier aplicación de la tecnología, incluso después de la adquisición.
Alexander asintió, acercándose un poco más para ver el lugar que ella señalaba.
—Exactamente. Y es inaceptable.
Felicity cada vez era más y más consciente de lo cerca que estaban. Los brazos casi se tocaban mientras ambos miraban la pantalla. Si giraba ligeramente la cabeza, solo ligeramente, su rostro quedaría a centímetros del de él.
Joder.
—Podríamos contraproponer con una estructura de control compartido —sugirió, luchando por mantener su mente centrada en el trabajo y no en la proximidad física de Alexander—.
Preservar su autonomía creativa, como prometimos, pero manteniendo la autoridad final de Reid Enterprises sobre las decisiones estratégicas de mercado.
Reid se pasó la mano por la barbilla.
—Es una solución elegante —comentó. Su tono de voz parecía de pronto ligeramente más bajo que de costumbre—. Mantiene el espíritu de nuestra propuesta original mientras protege nuestros intereses.
—Vaughn parece valorar más el reconocimiento de su visión que el control absoluto —opinó Felicity, consciente de que estaba hablando más de lo necesario para combatir su nerviosismo.
Pero es que le empezaba a faltar hasta el aire—.
Si reformulamos esto como una alianza en lugar de como una simple adquisición, podríamos...
Se interrumpió cuando notó que Alexander no estaba mirando la pantalla sino a ella, con una expresión que nunca había visto antes en su cara. Era una mezcla de curiosidad, admiración y algo más profundo, más peligroso.
Felicity entreabrió los labios.
—¿Señor Reid? —preguntó, en un susurro.
—Alexander —corrigió él suavemente—. Creo que después de Boston, cuando estemos solos, podrías llamarme Alexander.
Felicity sintió que su corazón se aceleraba.
Boston.
El whisky.
El Jenga.
La tormenta.
La conversación que había cambiado algo entre ellos.
—Alexander —repitió, probando el nombre de nuevo, saboreándolo.
Él sonrió. Una sonrisa que de repente le hacía más accesible. Como en Boston.
—Me gusta cómo suena en tu voz —admitió, y Felicity se quedó sin palabras.
Reid... No, Alexander... dio un pequeño paso hacia ella, eliminando la ya escasa distancia entre los dos.
Felicity contuvo la respiración, incapaz de moverse, incapaz de pensar con claridad mientras él levantaba una mano y, con delicadeza, apartaba un mechón de pelo de su rostro.
—Felicity —murmuró. Su nombre era como una caricia en sus labios—. Creo que los dos sabemos que esto va más allá de contratos y adquisiciones.
Ella asintió débilmente, demasiado abrumada para formar alguna palabra coherente.
Una parte distante de su cerebro gritaba advertencias sobre líneas profesionales y dinámicas de poder que quizá era mejor no traspasar, pero esa voz se desvanecía rápidamente bajo la intensa mirada de Alexander.
Él se inclinó ligeramente, y Felicity supo con certeza absoluta que iba a besarla.
Pero lo que realmente resultaba alarmante, era que ella quería que lo hiciera.
Quería sentir esos labios perfectamente definidos contra los suyos, descubrir si fuera de la sorpresa del tren cuando lo besó ella, él besaba con la misma intensidad controlada con la que hacía todo lo demás, o si, tal vez, ahí también existía un Alexander Reid diferente, más impulsivo, más libre.
Sus rostros estaban tan cerca que podía sentir su aliento cálido mezclándose con el suyo. Sus ojos se encontraron una última vez. Una pregunta silenciosa en los de él, una respuesta igual de silenciosa en los de ella, y entonces...
La puerta de la oficina se abrió de golpe. El sonido fue tan abrupto en el silencio que ambos se separaron como si hubieran recibido una descarga eléctrica.
—Alexander, necesitamos hablar sobre... Oh.
Isobel Winters estaba en el umbral, rotunda como siempre con un traje blanco que contrastaba con su pelo rubio platino.
Sus ojos verdes se movieron entre Alexander y Felicity, absorbiendo la escena con una comprensión aguda que hizo que Felicity quisiera hundirse en el suelo, que la tragara.