El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Alexander se enderezó, pasándose una mano por el pelo en un gesto de frustración.

—Esto va a complicar nuestros planes —murmuró—. La reunión con BioGen tendrá que posponerse, y tengo reuniones programadas en Nueva York para mañana por la tarde.

—Puedo intentar reprogramar todo —ofreció Felicity, ya entrando en modo «solución de problemas»—. Y podríamos convertir las reuniones en videoconferencias si es necesario.

Alexander la miró.

—Sí, vale —comentó, y había algo en su tono, una calidez inusual, que hizo que Felicity sintiera un cosquilleo en el estómago—. Parece que estaremos en Boston al menos un día más.

Felicity bajó la cabeza y se centró en la tablet para ocultar el rubor que sentía de pronto ascender por sus mejillas. ¿Por qué se había vuelto tan hipersensible a Alexander Reid?

La perspectiva de pasar otro día completo en Boston, confinados en el hotel debido a la tormenta, le provocaba un cosquilleo en el pecho que se negaba a examinar.

Era mejor ignorarlo.

O tratar de ignorarlo.

Mientras enviaba emails y hacía llamadas para reorganizar sus compromisos, de vez en cuando levantaba la vista para encontrar a Alexander mirando por los ventanales, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, observando la furia de la tormenta con una expresión pensativa.

Había algo diferente en él allí, lejos de la Torre Reid y de su reino habitual. Como si la distancia física de Nueva York también creara cierta distancia de la persona que debía ser, permitiendo ver los reflejos de alguien más... humano.

O tal vez solo era el efecto de la tormenta, pensó Felicity. Las tormentas tenían esa cualidad extraña de hacer que todo pareciera más intenso, más íntimo, más melancólico.

—Todo arreglado —anunció finalmente, después de casi una hora de reorganización logística.

Alexander se volvió hacia ella.

—Buen trabajo —dijo, y luego, para su sorpresa, añadió—: ¿Le gustaría beber algo? Creo que nos lo hemos ganado después de este día.

Felicity parpadeó, desconcertada por la oferta.

—Yo... sí, gracias —respondió. Un trago era inofensivo y, francamente, muy necesario después del estrés del día y de la mierda de tormenta que no se iba.

Alexander se dirigió al minibar de la suite, lo abrió y examinó las opciones disponibles.

—¿Whisky? —ofreció—. ¿O prefiere algo más ligero?

«¿Whisky? Vaya la cosa se pone fuerte», pensó Felicity.

—Whisky está bien —respondió, sorprendiéndolo. Felicity sonrió ante su reacción—. Mi abuela creía firmemente en que una pequeña dosis de whisky curaba prácticamente cualquier mal.

Una expresión de curiosidad cruzó el rostro de Alexander, mientras servía dos vasos con hielo y un generoso dedo del líquido ámbar que, Felicity estaba segura, era carísimo.

—Su abuela parecía una mujer interesante —comentó, entregándole uno de los vasos antes de sentarse en el sillón opuesto al sofá donde ella se encontraba.

—Lo era —confirmó Felicity, tomando un sorbo y sintiendo el agradable ardor del alcohol deslizándose por su garganta—. Irlandesa hasta la médula, con opiniones firmes sobre todo y un arsenal de refranes para cada situación.

Alexander parecía casi relajado, por primera vez desde que Felicity trabajaba para él.

—¿Era cercana a ella? —preguntó.

—Muy cercana —respondió Felicity—. Ella y mi madre me criaron juntas después de que mi padre se marchara de casa cuando yo tenía cinco años.

Las palabras habían salido de su boca antes de que pudiera filtrarlas, y de repente se dio cuenta de que había compartido algo profundamente personal con su jefe (algo que a lo mejor ni le interesaba). Algo de lo que no hablaba ni siquiera con sus amigos.

Alexander no mostró pena ni incomodidad, solo un interés que la desarmó por completo.

—Se crio en un matriarcado, entonces —observó, pero su voz carecía de juicio.

—Supongo que sí —asintió Felicity, jugueteando con su vaso—. Mi abuela siempre decía que los hombres eran prescindibles pero convenientes en ocasiones, como los paraguas: útiles cuando llueve, pero un estorbo el resto del tiempo. —Se encogió de hombros.

Para su absoluta sorpresa, Alexander dejó escapar una risa breve. El sonido fue tan inesperado, tan humano, que Felicity no pudo evitar sonreír en respuesta.

—¿Comparte usted esa opinión? —preguntó. Sus ojos brillaban con un punto de diversión.

—No exactamente —dijo—. Creo que las personas son individuos, no categorías.

Algunos son confiables, otros no, independientemente de su género.

—Hizo una pausa, y tomó otro sorbo de whisky antes de añadir—: Aunque debo admitir que crecer sin una figura paterna te hace ver las relaciones de manera diferente.

A mi abuela le dolió mucho que mi padre abandonara sin ningún miramiento a su hija y a su nieta.

—Las ausencias moldean tanto como las presencias —murmuró Alexander, casi para sí mismo, antes de tomar un largo trago de su whisky.

—¿Habla por experiencia propia? —preguntó Felicity, aventurándose en un terreno quizá peligroso, y olvidándose de los consejos que le había dado Azriel al principio.

Alexander la miró, y durante unos instantes, Felicity temió haber cruzado alguna línea roja. Pero entonces, para su sorpresa, asintió lentamente con la cabeza.

—Mis padres fallecieron cuando yo tenía veinte años — comenzó. Su voz estaba controlada, pero con una tensión subyacente que Felicity nunca había escuchado antes—. Tuvieron un accidente de avioneta mientras regresaban de la casa de verano en los Hamptons.

—Lo siento mucho —respondió Felicity, conmovida por aquella revelación.

Sabía que Alexander Reid había heredado la compañía cuando apenas era un joven, se lo había comentado Azriel, pero no conocía los detalles exactos.

Alexander hizo un gesto desdeñoso con la mano, como apartando su compasión.

—Fue hace mucho tiempo —dijo, aunque algo en sus ojos contradecía la ligereza que le había dado a sus palabras—.

De la noche a la mañana, pasé de ser un estudiante de economía preocupado por los exámenes finales a ser el presidente de una empresa multinacional con miles de empleados dependiendo de mis decisiones.

Felicity intentó imaginar esa transición, el peso aplastante de esa responsabilidad cayendo sobre alguien tan joven.

—Eso debe haber sido una carga inmensa —comentó con voz suave.

—Lo fue —admitió Alexander—. Y lo sigue siendo, en cierto modo. Mi padre tenía grandes planes para Reid Enterprises, visiones que nunca llegó a realizar. Transformar esas visiones en realidad se convirtió en mi propósito.

—Y lo ha logrado con creces —observó Felicity—. Reid Enterprises ha crecido mucho bajo su liderazgo.

—Sí —asintió Alexander, pero no había orgullo en su voz, solo una extraña resignación—. Pero a veces me pregunto si lo que he construido es realmente mío, o si solo soy el ejecutor del testamento y las expectativas de mi padre.

La honestidad brutal de aquella declaración dejó a Felicity sin palabras. Nunca había imaginado que Alexander Reid, el epítome de la confianza y el control, albergara ese tipo de dudas existenciales.

—Eso suena como una pesada carga —dijo finalmente, eligiendo sus palabras con cuidado—. Vivir a la sombra de unas expectativas que ni siquiera son realmente suyas.

Alexander la miró intensamente, como si estuviera viendo algo en ella que no había notado antes.

—Es interesante que lo vea así —comentó—. La mayoría de la gente solo ve el privilegio de heredar un imperio, no el peso de las cadenas invisibles que lo acompañan.

—Las expectativas pueden ser prisiones tan reales como las de barrotes —respondió Felicity, recordando cómo las ambiciones de su madre para ella a veces habían sido como una jaula—. Especialmente cuando vienen de alguien a quien ya no puedes complacer o decepcionar directamente.

Alexander afirmó lentamente, pero sin que sus ojos abandonaran los de Felicity.

—Mi padre está muerto —dijo con una franqueza que la sorprendió—, pero es como si estuviera omnipresente cada día de mi vida. Cada decisión que tomo la evalúo a través del prisma de lo que él habría hecho. Es... agotador.

—Y adictivo —añadió Felicity. De pronto lo entendió todo, o por lo menos una parte—. Por eso trabaja como lo hace. No es solo ambición o perfeccionismo. Es una forma de comunicación con alguien que ya no está.

La expresión de Alexander cambió, y su rostro se llenó de sorpresa, como si ella hubiera puesto palabras a algo que él mismo nunca había articulado completamente. O no se había atrevido.

—Sí —admitió—. Supongo que tengo un problema con el trabajo. Soy adicto a él. Siempre estoy buscando la siguiente meta, el siguiente logro, como si alguno de ellos pudiera finalmente ser suficiente.

—¿Suficiente para qué? —preguntó Felicity.

—Para justificar que fui yo quien sobrevivió y no él —respondió Alexander con una honestidad que cortaba como un cuchillo—. Para demostrar que la empresa no sufrió por tenerme a mí al mando en lugar de a él.

El silencio que siguió a esa declaración fue profundo, roto solo por el constante golpeteo de la lluvia contra los ventanales y el retumbar de un trueno distante.

Felicity sintió un nudo en la garganta, conmovida por la manera en que Alexander Reid se había abierto a ella. Él, que era tan serio, tan hermético, tan inalcanzable.

—No creo que eso sea algo que pueda demostrarse con logros empresariales —dijo—. Algunas preguntas no tienen respuestas que puedas mostrar en un gráfico de una presentación de PowerPoint.

Para su sorpresa, Alexander sonrió. El leve sonido resonó en la habitación como algo precioso y raro.

—¿Está sugiriendo que hay problemas que no puedo resolver con una hoja de cálculo, señorita Ashford? —preguntó. Había un brillo de humor en sus ojos—. Eso es poco menos que una herejía para alguien como yo.

Felicity también sonrió, aliviada por el cambio en el ambiente. No le gustaba ver a Alexander Reid triste.

En ese momento, sintió la vibración de su teléfono en el bolsillo de su falda.

Lo ignoró, consciente de que interrumpir aquel momento con Alexander sería un error. Sin embargo, cuando el teléfono volvió a vibrar insistentemente, no pudo evitar lanzar una mirada furtiva a la pantalla.

Era Azriel. Por supuesto que era Azriel.

—Me temo que sí, señor Reid —respondió, siguiéndole el juego mientras deslizaba discretamente el teléfono bajo su pierna en el sofá—. Algunas cosas en la vida no se dejan cuantificar —bromeó.

—Como las emociones —sugirió él, volviendo a un tono más serio. Aunque el brillo no abandonó completamente sus ojos.

—Especialmente las emociones —asintió Felicity—. Mi abuela solía decir que intentar racionalizar los sentimientos era como intentar peinar a un gato: técnicamente posible, pero con resultados impredecibles, y probablemente con derramamiento de sangre.

—Su abuela tenía un don para las metáforas —comentó Alexander—. Me habría gustado conocerla.

—Le habrías caído bien —respondió Felicity, y solo después de decirlo se dio cuenta de que había utilizado el «tú» informal en lugar del habitual «usted» respetuoso.

El whisky debía estar afectándola más de lo que creía. ¿Cuántos tragos había dado?

Bastantes, a juzgar por lo vacío que se encontraba el vaso.

Alexander pareció notar el desliz, porque una de sus cejas se arqueó ligeramente, pero no comentó nada al respecto. En cambio, volvió a llenar sus vasos con un movimiento fluido y elegante, como todo lo que hacía.

—Por tu sabia abuela irlandesa, aunque ya no esté entre nosotros —dijo, levantando su vaso y utilizando deliberadamente el informal «tu», como estableciendo un nuevo equilibrio entre ellos—. Y por ti —añadió.

Felicity sintió un calor que no tenía nada que ver con el whisky expandiéndose por su pecho (o quizás un poco sí), mientras chocaba su vaso contra el de Alexander.

—Y por ti —respondió, aceptando tácitamente este nuevo territorio en el que se aventuraban—. Y… por encontrar respuestas para las preguntas que realmente importan.

Alexander la miró por encima del borde de su vaso. Sus ojos tenían una calidez en el fondo que rara vez permitía que otros vieran.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo después de dar un trago—. Esta es probablemente la conversación más honesta que he tenido en años. Y está ocurriendo con mi asistente, en un hotel de Boston, durante una tormenta que prácticamente ha paralizado la ciudad.

—La vida tiene un extraño sentido del humor —respondió Felicity, sintiéndose inexplicablemente valiente. Tal vez por el whisky—. A veces nos da exactamente lo que necesitamos en el momento y lugar más inesperados.

—¿Y crees que yo necesitaba esta conversación? —preguntó Alexander.

—Creo que todos necesitamos momentos en los que podamos ser simplemente humanos —respondió Felicity, sorprendiéndose a sí misma con su sinceridad—. Sin títulos, sin expectativas, sin el peso de quienes se supone que debemos ser.

Alexander la miró unos segundos.

—Eres sorprendente, Felicity Ashford —dijo, y el uso de su nombre completo, sin el formal «señorita», envió un escalofrío por la columna de Felicity.

—Tomaré eso como un cumplido —respondió ella, notando cómo sus mejillas se calentaban bajo su mirada.

—Como lo que es —dijo él, y luego, con un suspiro, miró hacia las ventanas, donde la tormenta continuaba desatando su furia—. La tormenta va para largo.

—Parece que sí.

Felicity dejó el vaso de whisky en la mesa y se levantó para echar un vistazo por la ventana. Aquella maldita tormenta parecía que no iba a acabar nunca.

Cogió aire.

Al girarse, vio que había unas cajas de juegos encima de uno de los armarios. Se acercó y las hojeó.

—Hey, tienen el Jenga —dijo, con una pequeña caja en las manos.

Caminó hacia el sofá con la expresión de quien acaba de descubrir un tesoro pirata y depositó la caja en la mesa auxiliar.

Alexander la miró con una mezcla de curiosidad y recelo.

—¿Jugamos? —le preguntó de pronto Felicity.

Al parecer, el whisky le estaba dando valor.

—¿Al Jenga? —repitió Alexander, enarcando una ceja.

—Sí, ese juego donde apilamos bloques y luego los vamos sacando hasta que la torre se derrumba —explicó Felicity, abriendo la caja y sacando las pequeñas piezas de madera.

—Sé lo que es el Jenga.

Felicity se detuvo a medio sacar las piezas y lo miró.

—¿Se anima?

—¿Realmente considera que este es un uso apropiado de nuestro tiempo?

El rostro de Felicity mostró una expresión entre desafiante y juguetona.

—¿Tiene miedo de perder, señor Reid? —preguntó, utilizando deliberadamente su título formal en un tono que no tenía nada de formal.

Definitivamente el whisky le estaba dando un valor que no tendría en circunstancias normales.