CAPÍTULO 30
Alexander cerró lentamente el portátil.
Sus ojos azules estaban fijos en los de Felicity con una intensidad que hizo que ella contuviera la respiración durante unos segundos. Quizá se había pasado de la raya.
—La última vez que jugué a esto —comenzó él con voz pausada—, tenía dieciocho años y le gané a mi compañero de habitación de la universidad tres veces seguidas.
Una pequeña sonrisa comenzó a formarse en la comisura de sus labios.
—Nunca más quiso jugar conmigo —añadió, y había algo casi infantil en la manera en que lo dijo, un atisbo del niño que había sido.
—Bueno —respondió Felicity, con una sonrisa que iluminaba toda su cara—, prepárese para romper esa racha invicta, porque soy imbatible en el Jenga.
Alexander entrecerró los ojos, aceptando el desafío.
Con un movimiento deliberado, dejó el portátil a un lado y se levantó del sofá. Luego, para sorpresa de Felicity, se quitó la chaqueta del traje, colgándola cuidadosamente en el respaldo de una silla. Le siguió la corbata, que deshizo con movimientos precisos y que colocó junto a la chaqueta.
—Si vamos a hacer esto —dijo, comenzando a remangarse las mangas de la camisa blanca, exponiendo unos antebrazos tan tonificados que Felicity se quedó pasmada—, hagámoslo bien.
Había algo hipnótico en la visión de Alexander Reid deshaciéndose literalmente de las capas de su armadura profesional. Cada prenda que se quitaba parecía llevarse consigo un poco de la rigidez que normalmente lo caracterizaba.
Felicity se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente y apartó la vista, sintiendo un inexplicable calor en las mejillas.
A Alexander también le había afectado el whisky. Estaba volviéndose humano.
—En ese caso —respondió, intentando recuperar la compostura—, yo también me pondré cómoda.
Sin pensarlo demasiado, se quitó los tacones de 10 centímetros que había estado llevando todo el día, dejando escapar un pequeño gemido de alivio cuando sus pies tocaron la mullida alfombra.
Alexander la observó con una expresión indescifrable.
—¿Qué? —preguntó ella, notando su mirada.
—Nada —respondió él, con una pequeña sonrisa en los labios.
Felicity también se remangó la camisa.
—Muy bien —dijo, arrodillándose junto a la mesa auxiliar y comenzando a apilar las piezas—. Veamos quién de los dos sale victorioso.
Mientras Felicity construía meticulosamente la base de la torre, Alexander se sentó en el suelo frente a ella, algo que jamás habría imaginado ver: Alexander Reid, dueño y presidente de Reid Enterprises, el hombre cuyos trajes costaban más que el alquiler anual de su apartamento, sentado con las piernas cruzadas a estilo indio sobre la alfombra de un hotel, preparándose para jugar al Jenga.
—Las reglas son simples —comenzó Felicity, colocando el último bloque—. Sacamos piezas por turnos. Si la torre se cae, perdemos. Y... —dudó un momento antes de añadir— para hacerlo más interesante, quien pierda responderá una pregunta, cualquier pregunta, con total sinceridad, al otro.
Alexander frunció el ceño.
—Eso no está en las reglas originales —observó.
—Considerémoslo una variante para adultos atrapados en un hotel —respondió Felicity con una sonrisa traviesa—. Esta tormenta es un aburrimiento —añadió—. A menos que tema perder y revelar demasiado, claro.
Felicity solo se dio cuenta de lo que había dicho cuando ya era demasiado tarde. ¿Qué le pasaba? ¿Acaso no era consciente de que podía jugarse su puesto de trabajo? ¿Cómo retaba a Alexander Reid de aquella manera? No estaban en los boys scouts .
Pero entonces él asintió ligeramente con la cabeza y con una expresión de divertida resignación en el rostro.
—Muy bien, señorita Ashford. Acepto sus términos. Las damas primero.
Felicity estudió la torre unos segundos, luego extrajo con cuidado un bloque del centro, colocándolo triunfalmente sobre la cima.
—Su turno —dijo, recostándose sobre sus muslos.
Alexander se inclinó hacia adelante.
Sus ojos azules evaluaban la estructura con la misma intensidad con la que analizaba los informes financieros. Esos en los que siempre encontraba mil errores.
Después de un momento de reflexión, seleccionó una pieza del lado derecho y la retiró con un movimiento sorprendentemente delicado para unas manos tan grandes.
—Impresionante —comentó Felicity, observando cómo colocaba la pieza en la parte superior sin que la torre se inmutara—. No sabía que tenía dedos tan ágiles.
Alexander le dirigió una mirada que contenía un destello de picardía.
—Hay muchas cosas que no sabe de mí —contestó.
El juego continuó, turno tras turno.
La tensión aumentaba con cada pieza que retiraban.
Para asombro de Felicity, Alexander no solo era bueno, también estaba sorprendentemente relajado (para lo que era él). Con cada movimiento parecía desprenderse un poco más de la rigidez que lo caracterizaba en la oficina.
—¿Sabe? —comentó Felicity en tono despreocupado, mientras pensaba en su próximo movimiento—. Nunca le había visto sonreír tanto como en la última media hora —se atrevió a decir.
—Quizás no había tenido motivos para hacerlo —respondió él, observándola con atención mientras ella extraía cuidadosamente una pieza del centro.
La torre se tambaleó peligrosamente, y Felicity contuvo la respiración hasta que se estabilizó. Con cuidado colocó la pieza en la cima con un pequeño suspiro de alivio.
—¿Está sugiriendo que soy graciosa, señor Reid? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Estoy sugiriendo —respondió él, estudiando la torre — que es... refrescante.
Antes de que Felicity pudiera procesar el cumplido, Alexander extrajo una pieza del nivel inferior con una confianza que rayaba en la arrogancia. La torre ni siquiera se movió.
—Impresionante —admitió ella.
—Tengo encima años de práctica firmando contratos con manos firmes —explicó él con una pequeña sonrisa.
Felicity se echó a reír.
Mientras el juego avanzaba, la torre se volvía cada vez más inestable, y la conversación fluía con una naturalidad que ninguno de los dos habría esperado.
Hablaron de trivialidades al principio, comidas favoritas, películas, lugares que habían visitado, pero gradualmente, entre risas y exclamaciones de tensión cuando la torre amenazaba con venirse abajo, las conversaciones se volvieron más personales.
—Mi turno —dijo Felicity, después de que Alexander lograra hacer un movimiento bastante arriesgado—. Nunca me imaginé que estaría así con usted.
—Así ¿cómo? —preguntó él, observándola mientras ella evaluaba sus opciones.
—Sentados en el suelo, jugando al Jenga, teniendo una conversación del tipo que estamos teniendo —respondió Felicity, seleccionando cuidadosamente un bloque—. En la oficina siempre es tan... —buscó la palabra adecuada mientras extraía la pieza con infinito cuidado.
—¿Intimidante? —sugirió él, con una ceja arqueada.
—Iba a decir distante —aclaró ella, colocando la pieza en la cima—, pero intimidante también vale.
Alexander observó la torre, que se balanceaba precariamente, como si fuera una metáfora de algo más grande.
—Tengo una reputación que mantener —dijo.
—Claro, su reputación de señor Limón Amargo .
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Felicity se congeló, dándose cuenta demasiado tarde de que acababa de revelar el apodo secreto que le había puesto.
¡Mieeerda!
—Yo… no quería decir… Yo… —Las palabras se le atascaron en la garganta.
«Tierra, trágame. Tierra, Trágame. Tierra, trágame.»
Para su sorpresa, Alexander no pareció ofendido.
—¿Señor Limón Amargo? —repitió—. ¿Ese es el apodo que me han puesto en la oficina?
Felicity sintió que sus mejillas ardían.
—No, solo... solo yo —admitió, encogiéndose ligeramente de hombros—. Por la manera en que frunce el ceño cuando algo no le gusta. Como si hubiera chupado un limón muy amargo. Así.
Para demostrárselo, Felicity imitó la expresión, frunciendo exageradamente los labios y entrecerrando los ojos.
Alexander la observó y luego, para su absoluto asombro, estalló en una carcajada. Era como una niña pequeña.
Aquella vez, la risa de Alexander fue más plena, más libre, como si algo se hubiera desatado dentro de él.
El sonido era cálido, rico, completamente incongruente con la imagen de director ejecutivo implacable que proyectaba en la oficina (y que era), y Felicity se descubrió cautivada por esa faceta de él.
Tan nueva.
Tan insólita.
Tan rara.
Algunas barreras habían caído, al menos temporalmente, y había vislumbrado al hombre detrás del traje, al Alexander detrás del señor Reid.
—Es realmente única, señorita Ashford —dijo Alexander cuando finalmente recuperó la compostura.
Ella sintiendo una inexplicable calidez expandiéndose en su pecho ante el cumplido.
—Su turno —dijo, señalando la torre—. ¿No… está enfadado? —le preguntó
Alexander estudió la estructura tambaleante. Casi todas las piezas fáciles ya habían sido movidas, dejando solo las más comprometidas. Con una concentración absoluta, identificó una pieza en el segundo nivel y comenzó a empujarla suavemente.
—No —respondió, mientras trabajaba con cuidado—. No soy el monstruo que cree.
La pieza se deslizó unos milímetros.
Felicity lo miró.
—Hay personas que aseguran que usted es el diablo.
—¿En serio? —dijo él, empujando la pieza un poco más.
—Vamos, no me diga que no lo sabe.
La sonrisa que esbozó Alexander le dio a entender que era muy consciente de qué tipo de fama tenía.
—Es lo que quiero que piensen mis enemigos. —La pieza se liberó y Alexander la tomó con cuidado.
—¿Es solo un rol? ¿Un papel? —indagó Felicity.
Justo cuando estaba a punto de colocar la pieza en la cima, la torre comenzó a tambalearse. Alexander intentó estabilizarla, pero era demasiado tarde. Con un ruido sordo, la estructura se derrumbó, esparciendo bloques por toda la mesa y algunos cayendo sobre la moqueta.
—¡He ganado! —exclamó Felicity, levantando los brazos en señal de victoria.
Alexander observó los restos de la torre con una expresión de incredulidad que rápidamente se transformó en una sonrisa resignada.
—Felicidades, señorita Ashford —dijo, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de reconocimiento—. Parece que mi racha invicta ha llegado a su fin.
Felicity lo miró con una sonrisa traviesa.
—No parece que sea un hombre muy acostumbrado a perder.
—No lo estoy —admitió Alexander—. En los negocios, perder no es una opción.
—¿Y en la vida? —preguntó Felicity, comenzando a recoger las piezas esparcidas por la mesa.
—Todos perdemos algo a lo largo de la vida —respondió Alexander.
Sus ojos se encontraron a través de los restos dispersos de la torre, y durante unos segundos, ninguno de los dos habló. El sonido de la lluvia contra los ventanales parecía amplificarse en el silencio de la habitación.
—Bueno —dijo Felicity finalmente, rompiendo el hechizo—, según nuestras reglas, le toca responder una pregunta con total sinceridad.
Alexander se recostó, apoyando la espalda en la parte baja del sofá, en una postura tan relajada que parecía pertenecer a otra persona, no al siempre tenso y controlado hombre que ella conocía.
—Adelante —la invitó—. Soy un hombre de palabra. —Alexander cogió los bloques que habían caído en la moqueta y los fue metiendo en la caja.
Felicity pensó en sus opciones.
Quería hacerle tantas preguntas, había tantas cosas que siempre había querido saber pero que nunca se había atrevido a preguntar.
Podría interrogarlo sobre su infancia, sobre la relación con sus padres, y más concretamente con su padre; sobre si alguna vez se arrepentía de las decisiones que tomaba.
O cuántas novias había tenido aparte de Isobel Winters.
Pero en lugar de eso, lo que salió de sus labios fue otra cosa muy distinta.
—¿Es feliz? —dijo, y su voz se escuchó más suave de lo que pretendía.
La pregunta tomó por sorpresa a Alexander. Sus ojos se abrieron ligeramente, y durante un instante, Felicity vio algo frágil en ellos, algo crudo y honesto que normalmente mantenía cuidadosamente oculto.
—Esa es probablemente la pregunta más difícil que me han hecho en muchos años —dijo Alexander.
Felicity esperaba, sin presionarlo, dándole el espacio para encontrar su respuesta. Fuera, la tormenta continuaba sin dar una tregua.
—Creo —dijo Alexander después de lo que parecía una eternidad— que hasta hace una hora, habría respondido automáticamente que sí. Tengo éxito, respeto, poder, más dinero del que podría gastar en diez vidas...
Hizo una pausa. Sus ojos estaban fijos en un punto distante, indeterminado.
—Pero sentado aquí, en el suelo, jugando al Jenga contigo, riendo más de lo que me he reído en meses... —Su mirada volvió a encontrarse con la de Felicity, y parecía sorprendido por sus propios sentimientos—… me doy cuenta de que quizás no sé realmente qué significa ser feliz.
La sinceridad de su respuesta dejó a Felicity sin palabras.
—Bueno —dijo finalmente, con una pequeña sonrisa—. Algún día se dará cuenta de qué le hace realmente feliz, y lo perseguirá hasta conseguirlo.
—Seguro —comentó él, sin apartar los ojos de ella.
Felicity consultó su reloj de pulsera, ajena a la mirada de Alexander.
—Es tarde, y mañana será un día complicado con todos los cambios de planes. Debería irme a mi habitación —dijo, poniéndose de pie y recogiendo los zapatos del suelo.
—Sí, va a ser un día largo —dijo Alexander.
Él se levantó también, y durante un segundo, o dos, o tres, se quedaron ahí, de pie, más cerca de lo que normalmente estarían, mientras la tormenta rugía fuera.
—Gracias por la compañía —dijo Alexander—. Y por... escuchar.
—Gracias por compartirlo conmigo —respondió Felicity.
Alexander movió la cabeza, asintiendo, y por un instante, Felicity tuvo la extraña sensación de que podría hacer algo impulsivo, algo que cambiaría todo.
Pero el momento pasó, y él simplemente dio un paso atrás, poniendo distancia entre ellos.
—Buenas noches, Felicity —dijo, usando su nombre de pila, como si estuviera probando cómo se sentía en su boca, cómo sabía. Y la verdad era que sonaba delicioso.
—Buenas noches, Alexander —respondió ella, antes de dirigirse hacia la puerta con los zapatos en la mano. Por nada del mundo se los iba a volver a poner aquella noche, aunque tuviera que recorrer descalza todo el hotel.
Mientras regresaba a su habitación, con el sonido de la tormenta como única compañía, Felicity tuvo la sensación de que algo había cambiado entre Alexander y ella.
No era solo que hubieran compartido whisky, confidencias y Jenga, o que hubieran abandonado puntualmente las formalidades de «señor Reid» y «señorita Ashford».
Era algo más profundo, más significativo.
Habían visto fragmentos del otro, más allá de los roles de jefe y empleada, más allá de las máscaras profesionales que ambos llevaban.