El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La reunión en BioGen fue exactamente como Felicity había anticipado: larga, detallada, y en ocasiones entre tensa y muy tensa.

El CEO de la empresa emergente, un brillante bioquímico de treinta y tantos años llamado Marcus Vaughn, no estaba completamente convencido de vender su «bebé» a una corporación como Reid Enterprises, a pesar de las evidentes ventajas financieras y logísticas.

Durante tres horas, Felicity observó a Alexander desplegar todo su arsenal de persuasión.

—Entiendo sus reservas, señor Vaughn —dijo Alexander en un momento particularmente crítico de la negociación—. Créame, sé lo que significa construir algo desde cero, verlo crecer bajo su cuidado, y temer que pierda su esencia al ser absorbido por una entidad mayor.

—Con todo respeto, señor Reid —respondió Vaughn, ajustándose las gafas con gesto nervioso—, dudo que alguien que heredó un imperio empresarial comprenda realmente lo que significa crear algo desde la nada, con solo una idea y pura determinación.

Un silencio tenso descendió sobre la sala de conferencias.

Felicity contuvo la respiración, esperando la reacción de Alexander ante lo que claramente era una provocación, quizás incluso una falta de respeto.

Para su sorpresa, Alexander no se mostró enfadado. En lugar de eso, una expresión reflexiva cruzó su rostro, como si estuviera considerando seriamente las palabras de Vaughn.

—Tiene razón, señor Vaughn —admitió finalmente—. No comencé desde cero. Pero le aseguro que comprendo el peso de la responsabilidad sobre algo valioso. La diferencia es que usted teme perder lo que ha creado, mientras que yo he vivido con el temor de arruinar lo que se me confió.

Hubo algo tan inesperadamente sincero en esa declaración que Felicity se encontró mirándolo con nuevos ojos.

Y en ese momento, vislumbró algo que Alexander Reid rara vez permitía que otros vieran: una vulnerabilidad real, un reconocimiento de sus propias dudas, de sus propios miedos.

Pero fue algo que pasó tan rápido como llegó.

Alexander volvió inmediatamente a los aspectos prácticos de la adquisición, pero Felicity no pudo dejar de pensar en esas palabras durante el resto de la reunión.

¿Cuánto peso llevaba realmente sobre sus hombros? ¿Qué significaba para él ser el heredero de Reid Enterprises?

Cuando finalmente salieron del edificio de BioGen, tres horas y media después, habían logrado un avance significativo. No era un acuerdo cerrado aún, pero Vaughn había accedido a considerar seriamente la oferta y a continuar las negociaciones.

Mientras subían al coche que los llevaría de vuelta al hotel, Felicity notó que la lluvia había comenzado a caer, primero como una llovizna suave, pero rápidamente se había intensificado hasta convertirse en cortinas de agua que distorsionaban la vista de la ciudad a través de las ventanillas.

El resplandor de los relámpagos iluminaba el cielo y el ruido ensordecer de los truenos llenaba el aire con un sonido amenazador.

Felicity apretó los labios.

—Parece que el pronóstico era acertado —comentó, observando cómo las calles comenzaban a inundarse en ciertos puntos y tratando de distraerse.

Alexander asintió, consultando su teléfono.

—Y va a empeorar. Han emitido una alerta por tormenta severa para esta noche y mañana. —Frunció el ceño ligeramente—. Podría afectar nuestro vuelo de vuelta.

«Genial», pensó Felicity.

El trayecto de regreso llevó casi el doble de tiempo debido a que el tráfico se había intensificado por la lluvia.

Cuando llegaron, ambos estaban ligeramente mojados a pesar del breve trayecto desde el coche hasta la entrada del hotel, pero es que llovía a mares.

—Trabajaremos en mi suite —decidió Alexander mientras entraban en la recepción—. Necesitamos revisar los puntos clave de la reunión y preparar nuestra estrategia para mañana. Pediré algo de comer al servicio de habitaciones para ambos.

—Vale —asintió Felicity, intentando no pensar demasiado en el hecho de que estarían solos en su suite, posiblemente durante horas.

Profesional.

Todo era estrictamente profesional.

Sin embargo, mientras subían en el ascensor, no pudo evitar notar lo diferente que se veía Alexander con el pelo ligeramente húmedo y desordenado por la lluvia. Había algo casi... humano en esa imperfección, que contrastaba con su habitual perfección inmaculada.

Y por alguna razón, ese pequeño detalle la perturbaba más que cualquier otra cosa.

Tres horas más tarde, Felicity estaba sentada en el sofá de la elegante sala de estar de la suite de Alexander Reid, con documentos esparcidos sobre la mesa de café y su tablet en el regazo.

Habían comido algunos sándwiches, mientras revisaban meticulosamente cada aspecto de la reunión con BioGen,

Fuera, la tormenta se había intensificado hasta convertirse en un vendaval furioso.

La lluvia golpeaba contra los ventanales con tanta fuerza que parecía querer entrar, mientras un montón de relámpagos iluminaban el cielo de Boston, seguidos por truenos que hacían vibrar los cristales.

—Creo que es hora de comernos el postre —dijo Alexander, estirando ligeramente los hombros. Colocó la bandeja sobre la mesa, apartando cuidadosamente algunos documentos—. Especialidad del chef, según me han dicho —explicó.

Felicity observó con curiosidad cómo destapaba los platos, revelando dos porciones idénticas de un postre presentado con mucha elegancia. Una especie de mousse de color oscuro, decorada con hojas de menta y lo que parecían ser trozos minúsculos de fruta confitada.

—Se ve... interesante —comentó, tomando la cucharilla que Alexander le ofrecía.

Había algo en la expresión de su rostro, una chispa apenas contenida en sus ojos azules, que debería haberle servido como advertencia. Pero Felicity, confiada, tomó una generosa cucharada del postre y se la llevó directamente a la boca.

El sabor la golpeó como un tren de carga.

Amargo.

Intensa y brutalmente amargo.

Tan amargo que sentía como si todas sus papilas gustativas estuvieran protestando.

—¡Oh, Dios!, ¡está… muy amargo! —exclamó.

Su rostro se contorsionó en una mueca involuntaria de asco absoluto, mientras luchaba por no escupir el bocado.

Alexander, que había estado observándola atentamente (sabía qué tipo de reacción podía tener), no pudo contener una sonrisa, que rápidamente se convirtió en risa.

—Sí, no es un postre para todos los paladares —comentó.

Sus ojos brillaban con una diversión mal disimulada, mientras Felicity seguía con la misma expresión de horror.

—Joder, ¿aquí los chefs cocinan a sus familiares muertos? —dijo.

La risa de Alexander se intensificó al ver cómo Felicity intentaba, con toda la dignidad que podía reunir, tragar aquel bocado del infierno.

Era una risa sorprendentemente cálida y sonora, tan diferente de su habitual comportamiento controlado.

—Lo siento —dijo Alexander entre risas, ofreciéndole un vaso de agua—. Debí advertirle… Es mousse de chocolate negro al noventa por ciento con esencia de café amargo y piel de naranja confitada. Un postre para... paladares muy específicos.

Felicity bebió agua como si acabara de cruzar el desierto, mirando a Alexander con una mezcla de indignación y sorpresa.

Nunca lo había visto reír así, con aquella libertad despreocupada que transformaba completamente su rostro, suavizando sus rasgos y haciéndolo parecer más joven.

—¡Lo sabía! —lo acusó, señalándolo con la cucharilla mientras él seguía riendo—. ¡Sabía que esto era prácticamente veneno y me ha dejado probarlo!

—Te juro que no esperaba una reacción tan dramática —se defendió él, aunque su sonrisa de oreja a oreja desmentía cualquier arrepentimiento real—. Es uno de mis postres favoritos, precisamente porque no es excesivamente dulce.

—¿Que no es excesivamente dulce? —repitió Felicity, incrédula—. Esto no es que sea «no excesivamente dulce», esto es como lamer una batería de coche mientras masticas aspirinas.

La comparación solo provocó que Alexander riera con más fuerza, hasta el punto de tener que secarse una lágrima que se había escapado de la comisura de su ojo.

Verlo así, completamente abandonado a la risa, era tan inesperado y contagioso que Felicity, a pesar de su indignación inicial, comenzó a notar cómo sus propios labios se curvaban en una sonrisa.

—Su cara —logró decir Alexander entre risas—. Debería haber visto su expresión. Como si acabara de descubrir que alguien había reemplazado su café por agua de mar.

Felicity intentó mantener su expresión ofendida, pero fue inútil. La risa de Alexander era demasiado contagiosa, y pronto se encontró riendo también, sacudiendo la cabeza ante lo absurdo de la situación.

—Podría haber muerto de un shock —bromeó.

—Una muerte trágica pero elegante —respondió él, sirviendo dos copas del vino—. Tome, esto ayudará a eliminar el sabor. Es mucho más dulce que la mousse.

Felicity lo miró de reojo, recelosa.

—Se lo prometo —dijo Alexander.

Felicity aceptó finalmente la copa con cautela, olfateándola sospechosamente antes de dar un pequeño sorbo.

—Tranquila —insistió Alexander.

Para su alivio, el vino era efectivamente dulce, con notas de miel y frutas maduras que contrarrestaban el sabor amargo que aún persistía en su boca.

—Esto está mucho mejor —admitió, tomando un trago largo—. Aunque no sé si puedo volver a confiar en sus recomendaciones culinarias.

Alexander sonrió. Una sonrisa más suave ahora que las carcajadas habían disminuido.

—Lo siento —dijo, y esa vez sonaba sincero—. Debí advertírselo. Es solo que... —Hizo una pausa, como si estuviera sopesando sus palabras—. No muchas personas reaccionan con tanta honestidad en mi presencia. La mayoría fingen disfrutar de cosas que claramente detestan, solo para complacerme.

Felicity lo miró, consciente de la rareza del momento. Alexander Reid, el hombre casi de hielo, estaba compartiendo algo personal.

—Bueno, nunca he sido muy buena fingiendo —respondió con una pequeña sonrisa en los labios—. Especialmente cuando se trata de comida que sabe cómo si hubiera sido hecha por un chef con un rencor personal contra los comensales.

Alexander volvió a reír. Y Felicity descubrió que su sonido le gustaba mucho más de lo que debería.

—Me gusta su negativa a pretender ser algo que no es, incluso cuando sería más fácil —dijo. Su voz adquirió un tono más serio.

Felicity dio otro sorbo de vino, permitiendo que el dulzor se extendiera por su lengua mientras procesaba el casi cumplido.

—La honestidad no siempre es conveniente —respondió—. A veces puede ponerte en situaciones complicadas.

Un enorme relámpago iluminó la habitación, seguido por un trueno ensordecedor que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Felicity dio un pequeño respingo, sorprendida por la violencia del sonido.

La cosa se estaba poniendo fea.

—¿Está bien? —le preguntó Alexander.

—Sí —mintió Felicity.

—Deberíamos volver a verificar el estado de nuestro vuelo de mañana —sugirió Alexander, mirando hacia las ventanas con el ceño fruncido—. Esta tormenta no parece que vaya a terminar pronto.

Felicity asintió, buscando la información en su tablet.

—Oh, oh —dijo, trascurrido un minuto. Su rostro adoptó una expresión preocupada—. Tengo malas noticias.

—¿Qué sucede? —preguntó Alexander, acercándose para mirar por encima de su hombro, tan cerca que Felicity pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Han cancelado todos los vuelos de salida de Logan para mañana hasta el mediodía, como mínimo —explicó, intentando ignorar su proximidad.

Lo cual le estaba costando bastante—. Y hay inundaciones en varias zonas de la ciudad.

Las autoridades recomiendan no desplazarse a menos que sea absolutamente necesario.