El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Las reuniones importantes con clientes eran algo habitual en la vida de Felicity desde que había comenzado a trabajar para Alexander Reid. Sin embargo, en aquella ocasión había algo diferente.

Muy muy diferente.

El viaje a Boston representaba la primera vez que salía de Nueva York con él, y la perspectiva de pasar dos días completos en su órbita constante, le provocaba una mezcla de ansiedad (profesional) y una emoción que se negaba firmemente a examinar con demasiada profundidad.

El proyecto Quantum (nombre en clave para la adquisición de una prometedora empresa emergente de biotecnología) era potencialmente el negocio más importante del año para Reid Enterprises.

Y eso significaba presión.

Estrés.

Alexander le había pedido específicamente a Felicity que fuera con él, ya que «tiene un conocimiento único sobre el proyecto».

Traducción de Alexander Reid al idioma del resto de los mortales: la necesitaba allí y no iba a aceptar un «no» por respuesta.

Así que ahí estaba ella, un martes por la mañana, en la Terminal 4 del aeropuerto JFK, controlando que todos los documentos estuvieran perfectamente organizados en su tablet, mientras esperaban en la sala VIP para abordar su vuelo a Boston.

Reid estaba sentado frente a ella, absorto en su portátil, respondiendo emails con la eficiencia de un robot perfectamente programado.

Lo que era él, un robot.

A simple vista, parecía el mismo jefe exigente e impasible de siempre, pero durante las últimas semanas, Felicity había comenzado a notar sutiles cambios en su comportamiento hacia ella.

Pero eran tan ambiguos que no sabía cómo tomárselos.

—El pronóstico meteorológico para Boston no es bueno —comentó Alexander sin levantar la vista de su pantalla, interrumpiendo los pensamientos de Felicity—. Hay alertas de tormenta para esta noche. Por eso no me han permitido viajar en mi jet privado.

Felicity ya lo sabía, por supuesto.

Había revisado tres veces el pronóstico y había metido un pequeño paraguas en su maleta, junto con un impermeable ligero que podía plegarse hasta alcanzar el tamaño de un puño. Y es que odiaba las tormentas. Era una de las cosas que más odiaba en el mundo.

—Sí —respondió, consultando su tablet—. He confirmado con el hotel que nuestro transporte desde el aeropuerto esté listo.

Alexander levantó la mirada de su ordenador, y sus ojos la estudiaron con esa intensidad que le provocaba un cosquilleo en la base de la columna.

—Siempre un paso por delante, señorita Ashford —comentó, y algo en su tono sugería que no se refería únicamente a su eficiencia profesional.

Felicity sonrió brevemente, sintiendo un calor ascender por su rostro.

Esos intercambios, cargados de... algo... se habían vuelto cada vez más frecuentes, y nunca estaba segura de cómo responder sin parecer demasiado amigable o demasiado distante.

—Solo intento anticipar cualquier complicación —respondió finalmente, optando por el terreno seguro de la eficiencia profesional.

Alexander asintió, y sus ojos se demoraron en ella un segundo más de lo necesario antes de volver a su portátil, como pasaba muchas veces.

Felicity se peguntaba qué pasaría por su cabeza en esos momentos.

—Es una cualidad muy valiosa —murmuró Alexander, más para sí mismo que para ella.

«Especialmente con jefes impredecibles que parecen disfrutar desestabilizándote con cumplidos crípticos», pensó Felicity, aunque se limitó a asentir educadamente.

El anuncio de su vuelo interrumpió cualquier posible continuación de la conversación.

Ambos recogieron sus pertenencias para dirigirse a la puerta de embarque. Mientras caminaban por la terminal, Felicity no pudo evitar notar las miradas que Alexander Reid atraía a su paso.

No era solo su altura imponente o el traje impecable que parecía haber sido creado específicamente para realzar sus hombros anchos; era esa aura de poder contenido, de autoridad absoluta, que parecía emanar de él como un campo de fuerza invisible.

«Y tú pasarás los próximos dos días a solas con él —le recordó una vocecita traidora en su cabeza que sonaba sospechosamente como Azriel—. En una ciudad diferente. Con una tormenta aproximándose. Como en una de esas películas románticas donde los protagonistas se quedan atrapados juntos.»

«Es un viaje de negocios —se recordó con firmeza—. Totalmente profesional y dentro de los límites de jefe-empleada.»

Pero mientras subían al avión y se acomodaban en sus asientos de primera clase, una parte rebelde de su mente no pudo evitar preguntarse qué pasaría si esos límites (de jefe-empleada) comenzaran a desdibujarse, aunque fuera solo un poco.

El vuelo a Boston duró apenas una hora, transcurriendo sin incidentes notables.

Al aterrizar, el cielo de Boston los recibió con un gris plomizo que prometía cumplir los pronósticos meteorológicos.

Un conductor los esperaba en la terminal, sosteniendo discretamente un cartel con el logo de Reid Enterprises.

El viaje al hotel transcurrió mayormente en silencio, con Alexander revisando documentos en su tablet y Felicity confirmando los últimos detalles de la reunión con los representantes de BioGen, la empresa emergente que planeaban adquirir.

Ocasionalmente, Alexander le hacía una pregunta sobre algún aspecto específico del acuerdo, y ella respondía con la precisión que él esperaba.

Era una danza bien ensayada: él preguntaba, ella respondía.

Él solicitaba, ella cumplía.

Profesional, eficiente, predecible.

Y, sin embargo, había momentos (como cuando sus dedos se rozaron accidentalmente al pasarle un documento, o cuando sus ojos se encontraban brevemente sobre el borde de sus respectivas tablets) en que esa previsibilidad parecía tambalearse, dando paso a algo más complejo que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar.

El Four Seasons Boston los recibió con la elegancia discreta que caracterizaba a la cadena hotelera.

Tanto la suite de Alexander como la de Felicity estaban en el piso ejecutivo, con vistas al Public Garden.

Felcity no pudo evitar quedarse un rato frente a la ventana, disfrutando de la panorámica que tenía ante sus ojos. El Public Garden estaba precioso en otoño, con sus tonos ocres, marrones y amarillos en cada rincón que contemplara.

—Nos reuniremos en la recepción a las 14:00 para dirigirnos a las oficinas de BioGen —indicó Alexander mientras el botones dejaba su equipaje en la habitación—. Eso le da aproximadamente dos horas para almorzar y preparar los documentos finales.

—Estaré lista —aseguró Felicity.

Alexander asintió, y luego, con un gesto que la sorprendió, añadió:

—No se salte el almuerzo, señorita Ashford. Será una tarde larga y necesitará energía.

No era la primera vez que mostraba ese tipo de preocupación por su bienestar, pero seguía desconcertándola cada vez que ocurría.

¿Era simple consideración de un jefe hacia su asistente (desde luego no quedaría bien que se desmayara en plena reunión), o había algo más en esa atención a sus necesidades básicas?

¿Quién lo sabía?

Alexander Reid iba a volverla loca, pero loca de atar.

—No lo haré —prometió, recordando las múltiples ocasiones en que, efectivamente, había sacrificado comidas para cumplir con plazos imposibles.

Algo que podría haber sido una sonrisa cruzó brevemente los labios de Alexander antes de que asintiera una última vez y cerrara la puerta de su suite, dejándola sola en el pasillo.

Felicity exhaló lentamente, liberando una tensión que no sabía que había estado acumulando.

Dos días.

Solo tenía que mantener su compostura profesional durante dos días.

¿Cómo de difícil podía ser?