El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

A media mañana, mientras Alexander estaba en una reunión con el Departamento de Finanzas, Felicity aprovechó para llamar a Azriel, que respondió al segundo tono.

—Dime por favor que llamas para contarme que Alexander Reid te ha convocado a su oficina para una sesión de sexo apasionado sobre su escritorio —fue su saludo, sin molestarse en fingir que no estaba esperando noticias jugosas.

—Buenos días a ti también, ser perturbado —respondió Felicity, asegurándose de que nadie pudiera escucharla—. Y no, no hay sesiones de sexo de ningún tipo. Pero tengo noticias que podrían interesarte.

—¿A mí?

—Sí, a ti. —Felicity iba a hacerle sufrir un ratito.

—No me dejes así, mujer cruel —dijo Azriel con voz impaciente.

Felicity miró a su alrededor una vez más para verificar que estaba sola.

—Alexander me ha dicho que quiere ver tu trabajo — explicó, manteniendo la voz baja—. Al parecer, la revista Fortune va a hacer un reportaje con los ejecutivos y ejecutivas más relevantes de Reid Entreprises, y que quizá tú te podrías encargar de diseñar el vestuario.

El grito que emitió Azriel fue tan agudo que Felicity tuvo que apartar el teléfono de su oreja.

—¡¡¡¿QUÉ?!!! —exclamó—. ¿Alexander Reid quiere ver mi trabajo? ¿Para un reportaje en Fortune? ¿Estamos hablando del mismo Alexander Reid que tiene acuerdos exclusivos con diseñadores de renombre mundial?

—El mismo —confirmó Felicity, sin poder evitar sonreír ante la reacción de Azriel—. Dijo que el vestido era excepcional, pero que la mujer que lo llevaba lo era aún más.

En aquella ocasión, el grito de Azriel debió ser audible en tres Estados diferentes.

—¡LO SABÍA! —chilló—. ¡Oh. Dios. Mío! Esto es mejor que cualquier telenovela. Es mejor que cualquier película de Nora Ephron. Es...

—Es un simple cumplido —interrumpió Felicity, aunque su corazón se aceleraba al recordar las palabras exactas de Alexander Reid y el tono en el que las había pronunciado—. No significa nada.

—¿Que no significa nada? —Azriel sonaba ofendido por su interpretación—.

Felicity, ese hombre no dice nada sin un propósito específico.

Si te hizo un cumplido personal, explícito, cuando podría haberse limitado a comentar tu desempeño profesional, es porque quería , y enfatizo lo de quería , que supieras que le resultas atractiva.

—O tal vez solo estaba siendo amable —rebatió ella.

—Alexander Reid no es «amable». La gente piensa que ese tío es el diablo —respondió Azriel—. Es estratégico, directo y preciso. Si dijo eso, es porque quería decirlo exactamente así. ¿Y cómo reaccionaste tú?

Felicity recordó su respuesta torpe, el calor en sus mejillas, la sorpresa evidente en su rostro.

—Me quedé como una idiota balbuceante —admitió—. Creo que solo dije «gracias» y me sonrojé como una colegiala.

—Perfecto —declaró Azriel, para su sorpresa—. La autenticidad es refrescante para alguien acostumbrado a respuestas calculadas. Probablemente lo encontró encantador.

—O patético —murmuró Felicity.

—Deja de sabotearte —la regañó Azriel—. Y volviendo al tema de esta llamada: Yo diseñando para el reportaje de Fortune.

—Felicity se echó a reír—. Necesito empezar a preparar mi portfolio inmediatamente.

¿Cuándo quiere verlo? ¿Debería incluir mis diseños más comerciales o los clásicos? ¿Crees que preferiría...?

—Respira —lo interrumpió Felicity, divertida por su entusiasmo—. Te enviaré un email con los detalles cuando los tenga. Por ahora, solo quería darte la noticia.

—Eres un ángel enviado de los cielos de la moda —dijo Azriel solemnemente—. Y cuando sea un diseñador mundialmente famoso gracias a esta oportunidad, mencionaré tu nombre en todas mis entrevistas.

—Qué generoso —respondió Felicity con ironía—. Tengo que colgar. Alexander saldrá de su reunión pronto y necesito terminar de organizar los documentos para la firma del contrato de los Chen.

—Ve, ve —la despidió Azriel—. Y mantén esos sonrojos adorables. Claramente están funcionando.

Felicity puso los ojos en blanco, aunque nadie podía verla.

—Adiós, lunático.

—Adiós, futura señora Re...

Colgó antes de que terminara la frase, pero no pudo evitar sonreír.

El entusiasmo de Azriel, aunque exagerado, era contagioso. Y la idea de que su amigo pudiera tener una oportunidad real para trabajar con Alexander Reid era emocionante.

Volvió a sus tareas, consciente de que, a pesar de sus protestas, una parte de ella seguía repitiendo las palabras de Alexander en su mente: «La mujer que lo llevaba lo era aún más.»

Empezaba a tener un problema serio.

El resto de la mañana transcurrió con la eficiencia habitual de la oficina de Alexander Reid. Reuniones, llamadas, documentos que revisar.

Felicity permaneció concentrada, respondiendo con profesionalidad cuando Alexander solicitaba algo, manteniendo una distancia apropiada que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper abiertamente.

Y, sin embargo, había algo diferente.

Pequeños momentos que, individualmente, podrían parecer insignificantes, pero que juntos formaban un patrón imposible de ignorar.

Como cuando Alexander le pidió su opinión sobre la presentación para el Departamento de Innovación y Desarrollo, algo que nunca antes había hecho.

O cuando, durante el almuerzo (que Felicity tomó en su escritorio como de costumbre), apareció con un café para ella de la cafetería que tenía la Torre Reid en la planta baja, mencionando casualmente que «le pillaba de paso, porque había bajado a por uno para él».

Alexander Reid nunca estaba de paso por ningún sitio. Cada uno de sus movimientos era deliberado, planificado, y eficiente.

Luego estaban las miradas. Breves, casi imperceptibles, pero innegables. Momentos en que sus ojos se encontraban y permanecían conectados un segundo más de lo estrictamente necesario. Instantes en que Felicity sentía un calor inexplicable bajo el escrutinio de su penetrante mirada azul.

A media tarde, mientras organizaba los documentos para la firma del contrato de los Chen, Alexander salió de su oficina para revisar personalmente los papeles, algo que normalmente delegaría en ella.

—¿Está todo en orden? —preguntó Felicity, observándolo mientras repasaba meticulosamente cada página.

—Parece correcto —respondió él, asintiendo con aprobación—. Es un buen trabajo, señorita Ashford.

—Gracias —dijo ella, notando que se había acercado más de lo habitual, lo suficiente para percibir la sutil fragancia de su colonia, una mezcla sofisticada de notas amaderadas y algo indefiniblemente masculino.

Alexander pareció darse cuenta, porque dio un paso atrás, creando una distancia más profesional entre ellos.

—Por cierto —dijo, en un tono deliberadamente casual—, ¿cree que su compañero de piso estaría interesado en una entrevista formal?

A Felicity se le iluminó el rostro.

—Sí —respondió con sinceridad—. Azriel estará encantado.

Alexander asintió, satisfecho con su respuesta.

—Bien. Programe una reunión para la próxima semana. Me gustaría ver su portfolio completo y mostrárselo al equipo de la revista Fortune.

—Lo haré —prometió Felicity—. Gracias por tenerlo en cuenta.

Alexander la miró con una expresión que era difícil de interpretar.

¿Por qué le resultaba tan difícil descifrarlo?, se preguntó Felicity. Por norma general, se le daba bien leer a la gente. Menos a Alexander Reid, que era como un jodido libro cerrado. Pero cerrado con veinte candados.

—No me lo agradezca, señorita Ashford. No ofrezco oportunidades por favoritismo o conexiones personales —dijo, erguido frente a ella—. Si estoy interesado en el trabajo de su amigo, es porque tiene mérito propio.

Había algo en su tono, una insistencia en dejar claro que esto no era un favor personal, que hizo que Felicity se preguntara si estaba estableciendo un límite entre ellos, recordándole a ambos que su relación era estrictamente profesional.

Él era el jefe y ella la empleada.

Nada más.

—Por supuesto —asintió, manteniendo una expresión neutral en el rostro—. Azriel entenderá que debe ganarse cualquier oportunidad por sus propios méritos, y estoy segura de que lo hará.

Alexander la estudió, como evaluando si había captado el mensaje subliminal. Luego, satisfecho, volvió a su modo de eficiencia habitual.

—La videollamada con Tokio comienza en veinte minutos. Asegúrese de que la sala de conferencias esté preparada.

—Ya está todo listo —respondió Felicity—. La prueba de conexión fue bien y los documentos están cargados en su tablet.

Alexander arqueó una ceja, claramente impresionado por su anticipación.

—Eficiente como siempre, señorita Ashford —comentó, en un tono que podría haber sido aprobación, o algo más complejo. A saber.

Y regresó a su oficina, dejando a Felicity con la sensación de haber participado en una especie de conversación codificada cuyas reglas no comprendía completamente.

No era raro viniendo de Alexander Reid.

El resto de la tarde continuó con la misma extraña mezcla de normalidad profesional y momentos de tensión indefinible.

Cuando llegó la hora de irse, Felicity se sentía mentalmente agotada, no tanto por el trabajo en sí, sino por el constante análisis de cada interacción, cada mirada, cada palabra.

Definitivamente, Alexander Reid era tan complicado como parecía.

Estaba recogiendo sus cosas cuando salió de su oficina, listo para marcharse, algo inusual, ya que él normalmente trabajaba hasta mucho más tarde.

—¿Se va a casa, señorita Ashford? —preguntó, deteniéndose delante de su escritorio.

—Sí —respondió ella, sorprendida por la pregunta obvia—. A menos que necesite algo más.

Alexander negó con la cabeza.

—No, ha sido bastante por hoy.

—Que tenga una buena noche, señorita Ashford.

—Igualmente, señor Reid.

Lo observó dirigirse hacia el ascensor, su postura tan impecable como siempre, su paso seguro y decidido. Solo cuando las puertas metálicas se cerraron tras él, Felicity dejó escapar el aliento que no sabía que estaba conteniendo.

Este nuevo territorio entre ellos, este espacio indefinido que no era completamente profesional pero tampoco cruzaba hacia lo personal, era desconcertante. Como caminar sobre hielo fino, sin saber exactamente dónde estaba el peligro, pero sintiendo su presencia constante.

Mientras se colgaba el bolso del hombro y se preparaba para marcharse, una pequeña parte de ella (la misma que había sentido ese hormigueo cuando sus ojos se encontraban, la que había memorizado el tono exacto de su voz al decir «la mujer que lo llevaba lo era aún más») se preguntaba si ese nuevo terreno era peligroso. Muy peligroso.

«Solo es admiración profesional —se recordó por enésima vez, esperando el ascensor—. Nada más. Y no puede pasar de ahí.»

Pero incluso para ella misma, esa afirmación sonaba cada vez menos convincente.