CAPÍTULO 25
El fin de semana transcurrió con una rapidez sospechosa, como si el tiempo hubiera decidido acelerarse específicamente para llevar a Felicity de vuelta a la Torre Reid lo antes posible.
El domingo por la noche, mientras preparaba meticulosamente su atuendo para el día siguiente (un traje sastre gris perla con una blusa blanca, impecable, profesional y absolutamente anodino), se encontró analizando obsesivamente cada posible escenario para su reencuentro con Alexander Reid.
¿Actuaría él como si la gala nunca hubiera ocurrido? ¿Habría un reconocimiento tácito de la extraña intimidad que habían compartido? ¿O peor aún, se arrepentiría de haberla llevado y establecería nuevas barreras profesionales?
Con él nunca se sabía.
«Es solo otro día de trabajo —se recordó mientras programaba la alarma—. No es diferente a cualquier otro lunes.»
Excepto que sí lo era, y ambos lo sabían.
El lunes amaneció con una llovizna fina y persistente que convertía las calles de Manhattan en un laberinto de paraguas y charcos traicioneros.
Felicity llegó a la Torre Reid a las 6:45, apenas unos minutos más tarde de lo habitual debido a un retraso en el metro.
El guardia de seguridad del vestíbulo, que ya la reconocía, la saludó con una inclinación de cabeza.
—Madrugando como siempre, señorita Ashford —comentó mientras ella pasaba su tarjeta por el lector—. ¿Ha pasado un buen fin de semana?
—Tranquilo —respondió Felicity con una sonrisa cortés, omitiendo convenientemente la parte donde había asistido a una gala de élite con el jefe—. ¿Y el suyo?
—Lo normal. Mi hijo pequeño tuvo un partido de béisbol. Perdieron, pero hizo una buena jugada —dijo con orgullo paternal, antes de inclinarse ligeramente como si fuera a compartir un secreto—. Por cierto, el señor Reid ya está arriba. Llegó hace una hora.
Felicity sintió un pequeño sobresalto.
¿Alexander había llegado a las 5:45? Eso era temprano incluso para sus meticulosos horarios. Quizá había estado en el gimnasio privado que tenía en el edificio.
—Gracias por avisarme —dijo, dirigiéndose hacia el ascensor A con un nudo formándose en su estómago.
Durante el ascenso hasta el piso 70, Felicity repasó mentalmente su agenda de aquel día.
Había tres reuniones programadas, dos llamadas internacionales y la revisión trimestral del departamento de Innovación y Desarrollo. Nada extraordinario, nada que requiriera interacciones especialmente prolongadas con Alexander.
«Profesional, eficiente y discreta —se recordó mientras las puertas del ascensor se abrían—. Como cualquier otro día.»
La recepción exterior estaba silenciosa y perfectamente iluminada. La puerta de la oficina de Reid estaba cerrada, pero la luz que se filtraba por debajo confirmaba su presencia.
Felicity dejó su bolso y su paraguas en el armario que había detrás de su escritorio, encendió el ordenador y se dirigió a la pequeña cocina para preparar el café egipcio de Alexander, siguiendo el ritual que había perfeccionado durante las últimas semanas.
Eso le permitía no tener que desviarse para ir a la cafetería del SoHo a recogerlo, y ganar unos minutos.
Mientras el café se preparaba, revisó rápidamente sus emails en la tablet.
Había varios mensajes urgentes, incluido uno de Lawrence Chen confirmando los detalles finales del acuerdo que habían discutido en la gala. Al final del email, había una nota personal:
«Mei Lin envía sus saludos y espera que podamos cenar todos juntos la próxima vez que visitemos Nueva York. Fue un placer conocerla.»
Felicity no pudo evitar sonreír ante el mensaje.
La conexión con Mei Lin había sido auténtica, desde luego, no solo una estrategia de negocios.
Con el café perfectamente preparado y los documentos para la primera reunión bien organizados, Felicity respiró hondo y se dirigió hacia la oficina de Alexander Reid.
Llamó suavemente a la puerta, como hacía cada mañana.
—Adelante —respondió su voz desde el interior.
Felicity abrió la puerta, manteniendo su expresión cuidadosamente neutral mientras entraba.
Alexander estaba sentado tras su escritorio, revisando documentos en su portátil con la concentración absoluta que lo caracterizaba. Vestía un traje negro que resaltaba el color de sus ojos, y su postura era tan impecable como siempre.
Durante un instante fugaz, la imagen se superpuso con la de Alexander dándole un beso en la mejilla al despedirse. Felicity desterró rápidamente el recuerdo.
—Buenos días, señor Reid —saludó, avanzando para dejar el café en el posavasos de su escritorio—. Espero que haya tenido un buen fin de semana.
Alexander levantó la mirada de la pantalla, y durante un momento, tan breve que Felicity casi creyó que había sido producto de su imaginación, sus ojos la recorrieron de arriba abajo, como evaluando el contraste entre la asistente profesionalmente vestida que estaba frente a él y la mujer deslumbrante en verde esmeralda de la noche del viernes.
—Buenos días, señorita Ashford —respondió finalmente, su voz tan controlada como siempre—. Mi fin de semana fue productivo, gracias.
Tomó un sorbo del café, y Felicity contuvo instintivamente la respiración, esperando su aprobación silenciosa. Alexander asintió levemente, el equivalente a un entusiasta pulgar arriba en su economía de gestos y de palabras.
—El señor Chen ha enviado la confirmación final para el acuerdo —informó Felicity, pasando directamente a los asuntos profesionales—. Los documentos estarán listos para su firma esta tarde. También incluyó una nota personal, agradeciendo la velada.
—Excelente —respondió Alexander, y luego añadió, tras una breve pausa—: Lawrence Chen también me envió un mensaje personal. Según me cuenta, su esposa quedó muy impresionada con usted.
Felicity sintió un calor inesperado en las mejillas.
—La señora Chen fue muy amable —dijo, intentando mantener un tono profesional—. Es una mujer fascinante.
—Lo es —estuvo de acuerdo Alexander—. Y no se impresiona fácilmente. —Hizo una pausa, como considerando sus siguientes palabras—. Ya se lo dije, pero su labor el viernes fue... notable, señorita Ashford. Más allá de lo que cabría esperar de alguien en su puesto.
—Gracias, señor —respondió Felicity, insegura de cómo manejar ese reconocimiento directo—. Solo cumplía con mi trabajo.
—Ambos sabemos que fue más que su trabajo —dijo él, sosteniéndole la mirada con una intensidad que hizo que el aire entre ellos pareciera cargarse de electricidad—. Y me gusta reconocer la excelencia cuando la veo.
Hubo un momento de silencio, saturado de algo indefinible, antes de que Alexander volviera a su modo profesional habitual.
¿Cómo no?
Para él todo era trabajo.
¿Se daba un respiro alguna vez?
—Necesito que reorganice mi agenda para incluir una videollamada con Tokio esta tarde —continuó, como si el momento anterior nunca hubiera existido—. Y contacte con el Departamento Legal para revisar los últimos cambios en el contrato de los Chen antes de la firma.
—Por supuesto —asintió Felicity—. ¿Algo más para esta mañana?
Alexander pareció considerar algo durante un momento.
—Sí. Contacte con su compañero de piso.
Felicity parpadeó, visiblemente desconcertada.
—¿Con Azriel? —preguntó, olvidando la formalidad.
—Sí —confirmó Alexander—. Me gustaría ver más detenidamente su trabajo.
El vestido que llevó usted en la gala mostró su talento.
La revista Fortune va a hacer un reportaje con todos los ejecutivos y ejecutivas más relevantes de la empresa, y quizá su compañero de piso pueda encargarse del vestuario.
¿Qué?
¿Cómo?
Felicity se quedó sin palabras. ¿Alexnader estaba considerando a Azriel para un proyecto de ese calibre? Era la clase de oportunidad que podía catapultar la carrera de un diseñador emergente.
—Sí, claro se lo diré —respondió finalmente, intentando mantener su voz neutra y ligera a pesar de la emoción que sentía por dentro—. Estoy segura de que estará encantado de mostrarle su portfolio.
¡Dios, Azriel iba a volverse loco cuando se lo dijera!
—Bien —asintió Alexander, devolviendo su atención a la pantalla en un claro gesto de despedida—. Eso es todo por ahora.
Felicity asintió y se dirigió hacia la puerta, consciente de que sus manos temblaban ligeramente. Estaba a punto de salir cuando la voz de Alexander la detuvo.
—Señorita Ashford.
Se giró, encontrándose con su mirada azul.
—¿Sí, señor Reid?
—El vestido era excepcional —dijo finalmente—. Pero la mujer que lo llevaba lo era aún más.
Felicity sintió que su corazón daba un vuelco inesperado. ¿Acababa Alexander Reid de hacerle un cumplido personal? ¿Deliberadamente?
Si hubiera tenido una silla cerca, hubiera tenido que agarrarse al respaldo, o haberse sentado en ella.
—Gracias —respondió, sin saber qué más decir, solo sintiendo cómo un intenso calor ascendía por su cuello.
Iba a entrar en combustión.
Alexander asintió brevemente, con la templanza que le caracterizaba, como si hubiera tomado nota de su reacción, y volvió nuevamente a prestarle atención a su ordenador.
—Eso es todo —murmuró.
Felicity salió de la oficina con la sensación de haber vivido algún tipo de experiencia extracorporal.
Cerró la puerta tras ella y se apoyó contra la madera, intentando procesar lo que acababa de ocurrir.
«No significa nada —se dijo firmemente—. Solo está reconociendo un buen trabajo. Es lo que haría cualquier jefe.»
Excepto que Alexander Reid no era cualquier jefe, y ese no había sido cualquier cumplido.
Con un suspiro que contenía demasiadas emociones para analizar, Felicity volvió a su escritorio y comenzó a reorganizar la agenda de Alexander para incluir la llamada con Tokio.
El trabajo. Lo único seguro, lo único predecible en ese terreno cada vez más inestable entre ellos.