CAPÍTULO 24
—Sí, soy yo —respondió Felicity.
Se encontró a Azriel sentado en el sofá con las piernas cruzadas al estilo indio, vistiendo un pijama de seda azul eléctrico que combinaba sospechosamente con su pelo.
Sobre su regazo descansaba Gatsby, hecho un ovillo perfecto, y en la mesita auxiliar había una tarrina de helado del tamaño de un pequeño planeta junto a dos cucharas grandes. No cucharillas, no. Cucharas soperas.
—¡Por fin! —exclamó Azriel, levantando las manos dramáticamente hacia el techo—. Pensé que tendría que enviar un equipo de rescate. O mejor, que habías decidido continuar la fiesta en la mansión de Alexander Reid. —añadió, moviendo las cejas arriba y abajo.
Felicity cerró la puerta tras ella, descalzándose con un gemido de alivio que rozaba lo indecente. Sus pies, atrapados durante horas en aquellas preciosas, pero implacables sandalias, suplicaban misericordia.
—¿Me has estado esperando todo este tiempo? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.
—¿Esperando? —Azriel se llevó una mano al pecho con falsa indignación—.
Por favor. Simplemente estaba disfrutando de una noche tranquila con Gatsby y esta tarrina de Ben & Jerry's.
Pura coincidencia que esté despierto a la una de la madrugada de un viernes, vestido para la ocasión y con provisiones de emergencia para interrogatorios largos.
Felicity no pudo evitar sonreír mientras se acercaba al sofá.
Gatsby levantó la cabeza perezosamente, evaluó su presencia, y decidió que merecía la pena abandonar el regazo de Azriel para investigar el vestido que seguramente olía a comida cara y perfumes desconocidos.
—Estoy muerta —declaró Felicity, dejándose caer junto a Azriel con la gracia de un saco de patatas. Es decir, con ninguna—. Estoy completa, absoluta y totalmente muerta. Creo que mis pies nunca volverán a ser los mismos.
—Ya tendrás tiempo de descansar en la tumba, querida —respondió Azriel, apartando a Gatsby con gentileza y extendiendo una cuchara hacia ella como quien ofrece un micrófono—.
Ahora, empieza por el principio y no omitas ni un solo detalle jugoso, o juro por la última colección de Valentino que te despertaré cada media hora durante el fin de semana.
Felicity tomó la cuchara con resignación, consciente de que no había escapatoria posible. Azriel era implacable cuando se trataba de cotilleos, especialmente aquellos que involucraban a Alexander Reid.
—Dame eso —dijo, señalando la tarrina de helado—. Si voy a ser interrogada, al menos necesito calorías.
Hundir la cuchara en aquel helado de crema y pepitas de chocolate fue casi tan satisfactorio como quitarse las sandalias. Felicity cerró los ojos un momento, saboreando la suave textura mientras intentaba organizar sus pensamientos.
—¿Y bien? —insistió Azriel, prácticamente vibrando de anticipación—. ¿Le gustó el vestido? ¿Te presentó como «mi asistente» o como «Felicity»? ¿Viste cómo te miraba cuando creía que no lo notabas? ¿Bailasteis? Por favor, dime que bailasteis.
—No bailamos —aclaró Felicity, con la boca aún medio llena de helado—. Era una gala de premios empresariales, no un baile de graduación.
La decepción en el rostro de Azriel fue tan teatral que casi parecía ensayada.
—Qué desperdicio de vestido —murmuró, metiéndose una cucharada de helado en la boca—. Continúa.
—Bueno, para empezar, sí le gustó el vestido —admitió Felicity, intentando sonar casual, aunque no pudo evitar cierto orgullo en su voz—. Dijo que tenías talento.
Azriel dejó escapar un chillido agudo que sobresaltó a Gatsby.
—¿Dijo eso? ¿Con esas palabras exactas? —Su expresión se transformó en una de pura satisfacción—. Eso es prácticamente una propuesta de matrimonio viniendo de Alexander «Solo-Uso-Adjetivos-Si-Es-Absolutamente-Necesario» Reid.
Felicity se echó a reír con la boca llena de helado.
—Y te aseguro que no solo estaba siendo educado, le gustó de verdad.
—¡No me lo puedo creer! Alexander Reid no hace cumplidos por educación —dijo Azriel, hundiendo su propia cuchara otra vez en el helado—.
Según parece, solo hace cumplidos cuando algo le ha impresionado de verdad, lo cual, ocurre aproximadamente con la misma frecuencia que los avistamientos del cometa Halley.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo, es poco dado a los halagos.
Azriel dejó escapar un sonido que estaba entre gemido y grito ahogado.
—Esto es enorme. Tengo que llamar a mi madre. —Su voz había subido al menos una octava de la emoción.
—Es la una de la madrugada —le recordó Felicity.
—Tienes razón. La llamaré mañana —dijo Azriel, recuperando la compostura.
La miró y entornó ligeramente los ojos—.
Pero no creas que me has distraído. Quiero saber todo sobre lo que ha pasado.
Y cuando digo todo, me refiero a todo. Especialmente las partes en las que te miraba como si quisiera devorarte.
—¡No me miraba así! —protestó Felicity, sintiendo que el calor en sus mejillas se intensificaba.
—Mmmm —murmuró Azriel, claramente no convencido—. Continúa. ¿Qué pasó cuando llegasteis a la gala?
Durante los siguientes veinte minutos, Felicity le contó todo sobre el evento, el impresionante Cipriani, los empresarios que había conocido, el discurso de Alexander al recibir el premio.
Azriel escuchaba con atención, haciendo preguntas ocasionales mientras daban buena cuenta de la tarrina de helado, pero claramente esperando algo más sustancioso. Su oportunidad llegó cuando Felicity mencionó a Isobel Winters.
—Espera, espera, espera —interrumpió, enderezándose como si le hubieran inyectado cafeína directamente en las venas—. ¿Exnovia? ¿Te presentó a su exnovia?
Felicity asintió, frunciendo ligeramente el ceño al recordar el encuentro.
—Isobel Winters. Vicepresidenta de Winters Corporation, destinada a ser presidenta algún día. Y posiblemente la mujer más arrogante que he conocido en mi vida.
—Detalles —exigió Azriel—. Necesito una descripción completa. Altura, peso, color de pelo, qué llevaba puesto, y por qué la odias.
—No la odio —protestó Felicity, aunque su tono carecía de convicción.
—Claro que la odias.
Felicity hizo una mueca con los labios.
—Es solo que... había algo en ella… Era como una pantera elegante pero letal. Alta, rubia platino, ojos verdes tan claros que parecían irreales, y un vestido rojo que parecía pintado sobre ella.
—Suena impresionante —comentó Azriel, estudiando la expresión de Felicity con interés.
—Lo era —admitió ella, recordando la presencia imponente de Isobel—.
Pero no era solo su apariencia. Era la forma en que miraba, como si estuviera diseccionando cada gesto, cada palabra.
Especialmente entre Alexander y yo. ¿Quién coño vigila así a su ex?
—dijo con una ligera nota de desdén en la voz.
—Oh, oh —exclamó Azriel, sonriendo con malicia—. ¿Celos?
—¿Por qué tendría yo celos? —Felicity atacó el helado con repentina vehemencia—. Solo soy la asistente personal de Alexander Reid.
—Una asistente a la que llevó como su cita a un evento importante, a la que presentó a todos los peces gordos…
—Porque la tía con la que iba a ir se estaba cagando por la pata abajo, no lo olvides —lo interrumpió Felicity, apuntándole con la cuchara, pero Azriel no le hizo caso y continuó hablando.
—… Y con la que, según parece, compartió miradas que hicieron que su ex notara algo.
—No hubo miradas, deja de flipar —insistió Felicity, aunque el recuerdo de los ojos de Alexander sobre ella durante la cena la contradecía.
—Claro, claro… —concedió Azriel con un gesto desdeñoso con la mano—. ¿Y qué pasó con los Chen? ¿Cerró ese trato tan importante?
Felicity asintió, notablemente más entusiasmada con ese tema.
—¡Sí! Mei Lin anunció que aceptaban la propuesta después del discurso de Alexander. Aparentemente, yo fui clave en el proceso —añadió, sin poder ocultar el orgullo en su voz.
—¿Alexander te dijo eso? —preguntó Azriel. Sus cejas se dispararon hacia arriba.
—Sus palabras exactas fueron que mi conexión con Mei Lin había sido clave y que no habrían cerrado el trato esta noche sin eso —citó Felicity, sintiendo nuevamente esa calidez en el pecho que había experimentado cuando Alexander le había hecho el cumplido.
—Vaya, vaya… —murmuró Azriel, estudiándola como si fuera un texto fascinante que intentaba descifrar—. Alguien está brillando de orgullo. —Sonrió—. ¿Algo más que deba saber? ¿Quizás sobre el viaje de vuelta? ¿O la despedida?
Felicity bajó la mirada hacia el helado. De repente parecía muy interesada en encontrar el trozo perfecto de chocolate.
—Fue... normal —dijo, intentando sonar casual, pero estuvo lejos de lograrlo—. Me trajo a casa, me dio las gracias por haberlo acompañado, me deseó buen fin de semana...
—¿Y? —insistió Azriel, inclinándose hacia ella para buscar su mirada—. Estás omitiendo algo, Felicity Ashford. Lo veo en tu cara.
Felicity suspiró, sabiendo que era inútil intentar ocultarle algo a Azriel.
—Me dio un beso en la mejilla —admitió finalmente. Las palabras salieron atropelladamente de sus labios—. Al despedirse. Fue breve. Apenas un roce.
Azriel la miró boquiabierto durante tres segundos completos antes de estallar:
—¿UN BESO EN LA MEJILLA? —exclamó, con tanta fuerza que Gatsby, que se había vuelto a acomodar en el sofá, saltó al suelo con un bufido ofendido. Quizá harto de los sobresaltos de su dueño—. ¿Alexander Reid te dio un beso en la mejilla? ¿Solo?
—¿Qué esperabas? —le preguntó Felicity—. Fue un gesto cortés, nada más.
—Esperaba un… no sé… un beso con lengua mínimo —respondió Azriel con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
Felicity casi se atragantó con el helado.
—¡Por Dios, Azriel! ¿Cómo me iba a dar un beso con lengua? ¡Joder, es mi jefe!
Negó con la cabeza, como si no pudiera creer lo que había escuchado.
—Bueno, vale, quizás he exagerado un poco.
Felicity lo miró de reojo.
—¿Solo un poco? —dijo, en un tono que dejaba entrever, tal vez, una nota de anhelo.
—Pero te hubiera gustado, ¿eh?
—Deja de decir tonterías —saltó Felicity, sin embargo su cara enrojeció.
Azriel abrió los ojos de par en par.