El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Cuando llegó el momento de la entrega de premios, el maestro de ceremonias llamó a Alexander Reid al escenario para recibir el reconocimiento al «Empresario del Año» en la categoría de Innovación Tecnológica.

La sala estalló en aplausos, mientras él se levantaba con gracia felina y se dirigía hacia el escenario.

Bajo las luces, parecía aún más imponente.

Su postura perfecta, su expresión controlada pero no fría, la forma en que aceptó el premio con una dignidad como si recibiera uno cada día.

—Gracias —comenzó, con su voz resonando clara y firme a través del sistema de sonido—. Es un honor recibir este reconocimiento de una institución que valora no solo el éxito financiero, sino también el impacto social y la innovación sostenible.

Mientras continuaba con su discurso, breve pero poderoso, Felicity no podía apartar la mirada de él.

Había algo hipnótico en verlo en su elemento, dominando el escenario como dominaba cada sala de conferencias, cada reunión, cada negociación.

Pero ahí, bajo esas luces, hablando sobre su visión de un futuro donde la tecnología sirviera para mejorar vidas, vislumbró una faceta de Alexander Reid que rara vez mostraba en la oficina.

Pasión.

Auténtica pasión por lo que hacía, por lo que construía. No era solo ambición o búsqueda de poder. Había algo más profundo, más humano.

—El verdadero liderazgo no se trata de acumular éxitos personales —continuó Alexander—. Se trata de crear estructuras donde otros puedan alcanzar su máximo potencial. Donde la excelencia no sea la excepción, sino la expectativa. Donde desafiarse a uno mismo y a los demás sea parte de la cultura.

Sus ojos recorrieron la audiencia y, por un instante, pareció que se detenían específicamente en ella.

Felicity sintió un extraño cosquilleo en el estómago, como si de alguna manera parte de ese discurso estuviera dirigido a ella.

Solo a ella.

—Este premio no es solo mío —concluyó Alexander—.

Es de cada persona en Reid Enterprises que se levanta cada día dispuesta a exigirse más, a cuestionar lo establecido, a buscar soluciones donde otros ven solo problemas.

Gracias por este reconocimiento, y prometo que seguiremos empujando los límites de lo posible.

Los aplausos resonaron nuevamente mientras descendía del escenario, y Felicity se encontró aplaudiendo con un entusiasmo que la sorprendió a ella misma.

—Impresionante, ¿verdad? —comentó Mei Lin a su lado—. La forma en que cautiva a la audiencia sin esfuerzo aparente.

—Es un orador nato —comentó Felicity.

—No es solo eso —continuó Mei Lin, con una mirada perspicaz—. Es auténtico. Muchos ejecutivos pueden pronunciar palabras bonitas, pero pocos las creen realmente. Alexander cree en cada palabra que dice. Es lo que lo hace peligroso como competidor y valioso como aliado.

Cuando Alexander regresó a la mesa, Lawrence fue el primero en felicitarlo, seguido por Mei Lin, quien lo sorprendió con un abrazo breve pero cálido.

—Excelente discurso, Alexander —dijo—. Has sellado mi decisión.

Él la miró con interés.

—¿Sobre?

—Sobre la expansión —respondió ella, intercambiando una mirada con su esposo—. Lawrence y yo hemos decidido llevar a cabo la alianza. Tus abogados pueden contactar con los nuestros mañana para concretar los detalles.

Alexander mantuvo su compostura profesional, pero Felicity, que había aprendido a leer los sutiles cambios en su expresión, reconoció la satisfacción en el casi imperceptible relajamiento de su mandíbula.

—Te aseguro que será una decisión que beneficiará a ambas compañías —respondió diplomáticamente.

—Y que celebraremos de forma adecuada —añadió Lawrence, levantando su copa—. Por alianzas fructíferas y visiones compartidas.

Mientras brindaban, Mei Lin se inclinó ligeramente hacia Felicity.

—También debo agradecértelo a ti —dijo en voz baja—. Conozco a Alexander desde hace años, pero nunca lo había visto tan... equilibrado como esta noche. Tu presencia parece tener un efecto positivo en él.

Felicity sintió que sus mejillas se calentaban.

—Solo hago mi trabajo, señora Chen.

—Mei Lin, por favor —corrigió ella con una sonrisa cómplice—. Y creo que ambas sabemos que hay más que solo trabajo en cómo lo miras cuando crees que nadie está observando.

¡¿Quéee?!

¿Qué acababa de decir aquella mujer?

Mierda, Felicity quería que la tragara la Tierra. Allí mismo.

¿Tan mal disimulaba?

No, tenía que estar equivocada. Ella no miraba a Alexander de ninguna manera en particular.

Antes de que pudiera responder a esa observación, Mei Lin había vuelto su atención hacia su esposo, dejándola con pensamientos confusos y el pulso acelerado.

Carraspeó, pasándose la mano por el cuello. Le ardía. Como si tuviera fuego en la piel.

Se volvió hacia Alexander.

—Enhorabuena, ha sido un discurso asombroso —dijo.

Era la única que no lo había felicitado, había preferido que tomaran la palabra el matrimonio Chen.

Alexander giró el rostro y la miró a los ojos.

—Gracias —respondió en tono medio, medido.

Felicity tuvo que carraspear de nuevo. El calor que sentía en el cuello, junto con la mirada que le dedicó Alexander, aumentó unos grados más la temperatura, si eso era posible.

El resto de la velada transcurrió entre conversaciones, música tranquila proporcionada por una pequeña orquesta, y encuentros con otros empresarios que se acercaban a felicitar a Alexander por su premio.

En cada ocasión, él la presentaba simplemente como «Felicity Ashford», sin el «mi asistente» que había utilizado al inicio de la noche, un detalle que no pasó desapercibido para ella.

Cuando finalmente la gala comenzó a disolverse, cerca de la medianoche, Alexander se inclinó ligeramente hacia Felicity.

—Ha sido una noche de éxitos —dijo en voz baja—. Gracias por su aportación.

—Solo hice lo que me pidió, señor Reid —respondió Felicity, aunque sabía que había hecho mucho más que simplemente acompañarlo.

—Ha hecho mucho más que eso —contradijo Alexander, como leyendo sus pensamientos—. Su conexión con Mei Lin ha sido clave. No habría cerrado el trato esta noche sin ello.

Era un cumplido directo, sin ambigüedades ni matices. Un reconocimiento claro de su valor.

Felicity sintió una oleada de orgullo que no pudo contener.

—Gracias. Ha sido un placer haber podido contribuir a que finalmente se cerrara el trato.

Alexander asintió, y luego consultó su reloj.

—Es tarde. La llevaré a casa.

El viaje de regreso en la limusina tenía un ambiente diferente al de ida. Había cierta relajación en el aire, como si ambos hubieran superado algún tipo de prueba no especificada, no escrita.

Alexander se había aflojado ligeramente la pajarita, un pequeño gesto que humanizaba su imagen habitual de perfección imperturbable.

—Debo confesar algo, señorita Ashford —dijo después de un momento de silencio cómodo.

Felicity lo miró, curiosa.

—Cuando la cita que iba a venir esta noche canceló la invitación, consideré asistir solo.

—¿Por qué no lo hizo? —preguntó ella, intrigada.

Alexander pareció considerar su respuesta cuidadosamente.

—Intuición, quizás. Se le da bien la gente, socializar —Hizo una pausa, mirándola directamente a los ojos grandes y de color avellana—. Mei Lin nunca había aceptado cerrar un trato durante un evento social. Es conocida por su cautela y por su largo proceso de deliberación.

—Tal vez solo estaba esperando el momento adecuado — sugirió Felicity.

—O la persona adecuada con quien hablar —respondió Alexander—. En cualquier caso, tomé la decisión correcta al pedirle que me acompañara.

Había algo en su tono, una nota de sinceridad que raramente mostraba, que hizo que Felicity sintiera un calor expandiéndose en su pecho.

Cuando finalmente llegaron a su edificio, Alexander bajó del coche y rodeó el vehículo para abrirle la puerta. Le ofreció su mano para ayudarla a salir, un gesto que ya no parecía tan sorprendente como al inicio de la noche.

—Gracias por esta noche, señorita Ashford —dijo mientras se detenían frente a la entrada. Un destello de algo cálido permanecía en sus ojos casi siempre con expresión acerada—. Ha sido... reveladora en varios aspectos.

—Gracias por darme la oportunidad, señor Reid —respondió ella, insegura de qué hacer.

¿Un apretón de manos sería apropiado? ¿O demasiado formal después de la velada que habían compartido?

Alexander pareció leer su indecisión, porque resolvió el dilema con un gesto inesperado

Sin previo aviso, se inclinó hacia ella. Su aliento cálido rozó su piel un instante antes de que sus labios se posaran suavemente en su mejilla. Fue un beso fugaz, escueto, pero que le dejó el corazón acelerado y la piel electrizada.

El rubor encendió el rostro de Felicity antes de que su mente pudiera procesar lo ocurrido. Cuando Alexander se apartó, le lanzó una mirada indescifrable

—Disfrute su fin de semana —dijo—. Se lo ha ganado.

Y con eso, volvió al coche, donde le esperaba su chófer, dejando a Felicity en la entrada, observando cómo el vehículo se alejaba bajo la noche de Manhattan.

Felicity entró en el edificio como en trance y subió en el ascensor de manera automática.

Al cerrar la puerta del apartamento, se detuvo frente al espejo del recibidor. Con la yema de los dedos, se tocó la parte de la mejilla donde aún parecía arder el contacto de los labios de Alexander Reid.

¿Por qué lo había hecho? ¿Y por qué ese simple gesto la tenía más confundida que mil palabras que hubiera dicho?

Una sonrisa pequeña, involuntaria, asomó en su reflejo.

Con un suspiro, intentó apartar cualquier pensamiento de su mente. Había sido una noche extraordinaria, un paréntesis glamuroso en su rutina diaria.

El lunes volvería a ser simplemente la asistente personal de Alexander Reid, y estas preguntas confusas serían solo un recuerdo borroso.

—Felicity, ¿eres tú? —La voz de Azriel llegó hasta ella.