CAPÍTULO 22
El barrio donde vivía Azriel, aunque era muy chulo, no era precisamente el tipo de lugar donde se veían cochazos negros metalizados estacionados frente a la entrada principal.
Una de las ancianas del edificio, que normalmente parecía adormilada, observaba el vehículo con una mezcla de recelo y fascinación, como si esperara que una estrella de cine emergiera de él en cualquier momento.
Cuando Alexander avanzó hacia la puerta trasera del coche, Felicity esperó instintivamente a que él entrara primero. Pero para su sorpresa, él extendió la mano y abrió la puerta, manteniéndola así mientras la miraba con expectación.
—Adelante, señorita Ashford —dijo, con ese tono formal que utilizaba incluso en las circunstancias más inusuales.
Felicity dudó un instante, desacostumbrada a ese trato caballeroso por parte de su jefe.
«Es solo educación básica —se recordó a sí misma—. No significa nada.»
Pero mientras se disponía a entrar, se encontró con un dilema inesperado: el vestido.
La elegante creación de Azriel, con su falda que fluía hasta el suelo, no estaba diseñada para entrar con gracia en un vehículo bajo la mirada atenta de Alexander Reid.
Felicity tomó la tela entre sus dedos, intentando recogerla discretamente para no tropezar, pero el movimiento resultó más complicado de lo previsto.
En un acto reflejo, Alexander extendió su mano libre, ofreciéndole apoyo.
Felicity la tomó automáticamente, sintiendo el calor en la piel de su palma.
—Gracias —murmuró, concentrándose a conciencia en no enredarse con el vestido y caer de bruces, mientras sentía sus mejillas arder.
Una vez dentro, el interior del coche la dejó sin palabras. Había esperado un vehículo lujoso, por supuesto, pero aquello era otro nivel.
Asientos de cuero en un tono crema que contrastaba elegantemente con la madera oscura de los paneles. Una pequeña nevera discreta en un lateral. Iluminación ambiental que creaba una atmósfera íntima sin resultar demasiado tenue.
Alexander entró después de ella, moviéndose con esa gracia felina que parecía inherente en él, y se sentó a una distancia prudencial.
El espacio entre ellos era respetable, pero en la intimidad del vehículo, parecía extrañamente cargado.
—James, al Cipriani, por favor —indicó Alexander al conductor, que respondió con un asentimiento antes de subir la pantalla de cristal.
Y de repente estaban solos, en un espacio confinado, vestidos como si fueran a protagonizar la portada de una revista de sociedad.
Felicity se aferró al pequeño bolso como si fuera un salvavidas en medio del océano. El silencio se extendió entre ellos, no exactamente incómodo, pero cargado de algo que no sabía definir.
—Debo admitir —dijo Alexander finalmente, rompiendo el silencio— que su compañero de piso tiene mucho talento.
Felicity lo miró, sorprendida por el inesperado cumplido.
—¿Perdón?
—El vestido —aclaró Alexander, con un gesto breve pero elocuente hacia su atuendo—. Es muy bonito. Dijo que era suyo. ¿Es diseñador?
—Sí —confirmó Felicity, repentinamente orgullosa de Azriel—. Azriel Fontaine. Diseñó una colección para una campaña publicitaria en la que salía usted.
Alexander frunció el ceño.
—¿En serio?
—Sí.
Alexander alzó ligeramente las cejas.
—Supongo que sería mi asistente personal la que se encargaría de hablar con él. Trabajo con tanta gente, que a veces no puedo recordar sus nombres.
—Bueno, es normal.
—Tampoco suelo seguir de cerca la moda emergente, pero reconozco el talento cuando lo veo.
¿Quién lo diría?, se preguntó Felicity, si siempre iba de punta en blanco.
Los ojos de Alexander se detuvieron brevemente en ella mientras pronunciaba esas palabras. La miró con tanta intensidad que hizo que Felicity sintiera un hormigueo en la piel.
—Le transmitiré sus palabras a Azriel —respondió, intentando mantener un tono ligero—. Le va a dar un infarto.
Un gesto que podría haber sido una sonrisa fantasma cruzó rápidamente el rostro de Alexander.
—Espero que no literalmente —dijo.
¿Acababa Alexander Reid de hacer una broma?
Felicity parpadeó, insegura de cómo responder a esa versión más relajada de su jefe. Le había pillado desprevenida.
—Sobrevivirá, no se preocupe —aseguró.
Para su sorpresa, Alexander soltó una risilla breve. Un sonido profundo y cálido que transformó completamente su rostro, suavizando las líneas duras de su mandíbula y encendiendo un brillo en sus ojos que Felicity encontró inexplicablemente cautivador.
El resto del trayecto transcurrió entre conversaciones breves sobre el evento, los asistentes clave y, principalmente, sobre Lawrence Chen y su esposa, con quienes tenían previsto compartir mesa.
Alexander le proporcionó detalles extras sobre el negocio que esperaba cerrar aquella noche, y Felicity agradeció volver a un terreno puramente profesional, donde se sentía más segura.
Sin embargo, no podía ignorar la extraña atmósfera que se había instalado entre ellos, como si las reglas habituales que regían su relación profesional se hubieran suspendido temporalmente, dejando un espacio ambiguo que ninguno de los dos sabía exactamente de qué manera navegar.
El Cipriani Wall Street, con su impresionante arquitectura neoclásica, resplandecía bajo las luces estratégicamente colocadas que realzaban sus majestuosas columnas.
Una alfombra roja se extendía desde la acera hasta la entrada, flanqueada por fotógrafos y miembros de la prensa especializada en negocios.
Cuando el coche se detuvo, Felicity sintió que su corazón se aceleraba.
Aquello era real.
Estaba a punto de entrar a un evento de élite del brazo de uno de los hombres más poderosos y reconocidos (y deseados) de Nueva York.
Alexander debió percibir su nerviosismo, porque antes de que el chófer abriera la puerta, se volvió hacia ella.
—Relájese, señorita Ashford —dijo. Su voz sonaba extrañamente suave—. Es solo otro tipo de negociación. Y usted ha demostrado ser excepcionalmente hábil para adaptarse a situaciones nuevas.
El cumplido, dicho con la misma naturalidad con la que habría comentado el clima, la tomó por sorpresa. Pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y el mundo exterior invadió su pequeña burbuja.
Alexander salió primero, con la elegancia de alguien acostumbrado a los focos, y luego se giró, extendiéndole la mano para ayudarla a salir.
Felicity la cogió, agradeciendo el apoyo mientras emergía cuidadosamente del vehículo, consciente de las miradas y los ocasionales flases.
—Mantenga la cabeza alta y no se detenga —murmuró Alexander, colocando su mano firmemente en la parte baja de su espalda, mientras comenzaban a caminar por la alfombra roja—. La mayoría están más interesados en parecer importantes que en quiénes somos realmente o qué hacemos aquí.
Felicity asintió, agradecida por el consejo.
Intentó canalizar la confianza que sentía en la oficina, donde conocía exactamente su papel y sus responsabilidades.
«Esto es solo otro tipo de trabajo —se dijo—. Solo que con mejor vestuario y más glamour.»
Al entrar al vestíbulo principal, fue como si se transportara a otra época.
El espacio era grandioso, con techos altísimos adornados con frescos, columnas majestuosas y candelabros que arrojaban una luz cálida y elegante sobre los asistentes.
Y qué asistentes.
Estaban por todas partes.
Felicity veía rostros que reconocía de revistas de negocios, periódicos económicos y ocasionales apariciones en televisión. Los titanes de la industria, vestidos con sus mejores galas, mezclándose como deidades modernas en su propio Olimpo empresarial
—Alexander Reid. —Una voz profunda interrumpió sus observaciones—. Puntual como siempre.
Un hombre de aspecto distinguido, quizás una década mayor que Alexander, se acercó con una sonrisa amable en los labios, pero que no llegaba completamente a sus calculadores ojos.
—Nathaniel —lo saludó Alexander con un asentimiento cortés—. No me perdería tu discurso de apertura por nada del mundo. Siempre encuentro... instructiva tu perspectiva sobre la innovación.
Había algo en su tono, una sutil inflexión, que sugería que «instructiva» no era precisamente un cumplido. El hombre pareció captarlo, porque su sonrisa se tensó ligeramente.
—Tan amable como siempre —respondió el tal Nathaniel, antes de dirigir su atención hacia Felicity—. ¿Y quién es esta encantadora joven?
—Felicity Ashford, mi asistente personal —la presentó Alexander, y Felicity notó que no utilizaba el «señorita» formal que normalmente precedía a su apellido—. Felicity, Nathaniel Harrington, CEO de Harrington Tech.
—Un placer, señor Harrington —respondió Felicity, extendiendo su mano con una sonrisa profesional en la boca.
—El placer es mío, sin duda —respondió Harrington, reteniendo su mano un segundo más de lo necesario—. Alexander siempre ha tenido buen ojo para el... talento.
Había algo en la forma en que lo pronunció que hizo que Felicity se sintiera un poco incómoda, como si estuviera insinuando algo más.
«Este tío tiene pinta de ave carroñera», pensó para sus adentros.
—El talento de la señorita Ashford va mucho más allá de su apariencia —intervino Alexander.
Su tono era repentinamente afilado como una navaja, como si no estuviera dispuesto a aguantar ninguna impertinencia hacia Felicity—.
Su análisis del mercado asiático fue muy importante en nuestra reciente expansión en Singapur.
Algo que, tengo entendido, Harrington Tech intentó sin éxito el año pasado.
«Joder», exclamó Felicity en silencio.
Alexander Reid no se andaba con chiquitas. Era directo, sin sutilezas ni indulgencias de ninguna clase.
Nathaniel Harrington soltó una risa que sonaba tan falsa como la cordialidad que había en sus ojos de ratón.
—Siempre a la ofensiva, ¿verdad, Alexander? —Se volvió hacia Felicity—. Un consejo: mantenga cerca su currículum. Trabajar para este hombre es como caminar por una cuerda floja… y sin red.
—Afortunadamente —respondió Felicity con una sonrisa dulce pero firme—, tengo un excelente sentido del equilibrio.