CAPÍTULO 21
El timbre sonó de nuevo, más insistente aquella vez, como si la persona al otro lado de la puerta tuviera un horario precisamente cronometrado que no admitía retrasos. Lo cual, considerando que se trataba de Alexander Reid, era exactamente el caso.
—¡Ya voy! —exclamó Azriel, guiñándole un ojo a Felicity mientras se apresuraba hacia la puerta—. Quédate aquí. Mereces una entrada dramática, como la diva que eres.
Felicity asintió, sintiendo cómo su corazón latía con tanta fuerza que temía que fuera visible a través de la delicada tela del vestido.
Se quedó en el pasillo que conectaba las habitaciones con la sala de estar, oculta de la vista inmediata, pero lo suficientemente cerca para escuchar.
El sonido de la puerta abriéndose fue seguido por un breve silencio.
—Buenas tardes —escuchó la voz de Alexander, profunda y controlada como siempre, pero con un leve matiz de sorpresa—. Busco a la señorita Ashford.
—Buenas tardes, soy Azriel Fontaine, compañero de piso de Felicity.
Otro breve silencio.
Felicity podía imaginar perfectamente la expresión de Alexander. La mezcla de desconcierto y ligera impaciencia que reservaba para las interacciones que consideraba innecesarias.
—Mucho gusto conocerle —respondió con cortesía, en un tono educado pero distante—. ¿Está la señorita Ashford lista? Tenemos un horario ajustado.
Felicity puso los ojos en blanco. ¿Qué problema tenía aquel hombre con los horarios y las horas?
—Oh, sí, está lista —aseguró Azriel. Giró un poco la cabeza por encima de su hombro—. Felicity, cariño, el señor Reid ha llegado.
Felicity respiró hondo, cuadró los hombros, y dio los dos pasos que la dejarían a la vista de Alexander.
Los pocos metros desde el pasillo hasta la sala de estar nunca le habían parecido tan largos.
Era como si caminara en cámara lenta, consciente de cada detalle: el suave susurro de la tela del vestido contra sus piernas, el leve tintineo de los pendientes al girar la cabeza, el peso desconocido del elegante peinado.
Y entonces lo vio.
Alexander Reid estaba de pie en el umbral de la puerta, impecable con un esmoquin negro que parecía haber sido confeccionado por los mismos dioses de la sastrería, si es que eso podía existir.
Su presencia llenaba el espacio de una manera que Felicity ya conocía bien de la oficina, con esa aura de autoridad y control absoluto que lo rodeaba como un campo de fuerza.
Pero había algo diferente en él aquella noche.
Quizás era la iluminación, o tal vez el contexto fuera de la oficina, pero parecía al mismo tiempo más formal y más humano.
Cuando sus ojos se posaron en ella, Felicity experimentó algo que nunca antes había sentido en su presencia: el poder de detener completamente sus pensamientos.
Porque Alexander Reid, el hombre que nunca perdía la compostura, el presidente y dueño de Reid Enterprises, cuya expresión controlada era legendaria en los círculos empresariales, se había quedado absolutamente inmóvil.
Sus ojos, esos penetrantes ojos azules con mirada acerada, que normalmente escaneaban todo con eficiencia clínica, se habían detenido por completo, fijos en ella con una intensidad que hizo que la temperatura de la habitación pareciera aumentar varios grados.
Fue apenas un momento, quizá tres segundos a lo sumo, pero a ella le parecieron una eternidad.
Felicity pudo ver, literalmente ver, cómo algo cambiaba en su mirada. Un parpadeo, un ajuste casi imperceptible, como una cámara enfocando de nuevo para captar algo inesperado en su campo de visión.
Y luego, tan rápido como había aparecido, se desvaneció, reemplazado por su habitual máscara de control. Pero no antes de que Felicity captara un breve destello de... ¿sorpresa? ¿Admiración? ¿Algo más que no podía nombrar?
—Señorita Ashford —la saludó finalmente. Su voz estaba perfectamente modulada, pero con una nota más grave de lo habitual—. Está... —una pausa casi imperceptible— apropiadamente vestida para la ocasión.
Desde el sofá, donde Azriel se había sentado para disfrutar del espectáculo, soltó un sonido que podría haber sido una risa ahogada o un bufido de incredulidad.
—Apropiadamente vestida —murmuró lo suficientemente alto para que lo escucharan—. Qué manera de subestimar una obra maestra.
Alexander lo ignoró completamente. Sus ojos aún estaban fijos en Felicity, con una intensidad que la hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio particularmente potente.
Pero no era la misma mirada evaluadora que usaba en la oficina.
Había algo más allí, algo que hacía que su piel hormigueara como si hubiera electricidad estática en el aire que flotaba entre ellos.
—Gracias, señor Reid —respondió Felicity, orgullosa de que su voz sonara firme y profesional, a pesar del caos que había desatado en su interior—. No sabía muy bien qué ponerme, pero Azriel se ha ofrecido a ayudarme. Es un diseño suyo y…
—El resultado es... espectacular —la cortó Alexander, y durante un momento sus ojos recorrieron la totalidad de su figura, desde el elegante peinado hasta las sandalias cuidadosamente seleccionadas.
Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de Felicity, ella podría haber jurado que vio algo parecido a la admiración en ellos.
—El coche nos espera —anunció Alexander, consultando brevemente su reloj—. ¿Tiene todo lo que necesita?
Felicity asintió, levantando ligeramente el pequeño bolso.
—Sí, señor.
—Excelente —asintió Alexander, dando un paso atrás para permitirle pasar—. Entonces, nos vamos.
Felicity lanzó una última mirada a Azriel, que le dedicó un guiño exagerado y dos pulgares hacia arriba desde el sofá.
—Diviértete, cariño —susurró él—. Y recuerda, el hechizo no se rompe a medianoche.
Ella le dirigió una mirada de advertencia, rezando para que Alexander no hubiera escuchado el comentario. Pero cuando se acercó a la puerta, notó que su jefe estaba inusualmente distraído, sus ojos nuevamente recorriendo su figura cuando creía que ella no lo notaba.
—¿Nos vamos, señor Reid? —preguntó, provocando que él volviera a centrar su atención.
—Por supuesto —respondió, y entonces hizo algo completamente inesperado: extendió levemente su brazo, ofreciéndoselo en un gesto caballeroso.
Felicity dudó un segundo, sorprendida por ese comportamiento tan diferente al de la oficina. Pero rápidamente se adaptó, colocando su mano ligeramente sobre su antebrazo. El contacto, incluso a través de las capas de tela, envió una descarga de calor por su brazo.
Mientras salían del apartamento, Felicity captó una última visión de Azriel en el espejo del pasillo, simulando un desmayo dramático (incluida la mano en el pecho, para enfatizarlo más). No pudo evitar sonreír.
—¿Pasa algo divertido, señorita Ashford? —preguntó Alexander, advirtiendo su expresión mientras esperaban el ascensor.
—Solo nervios —respondió ella, optando por una verdad a medias—. No todos los días asisto a un evento de premios con... —se detuvo, insegura de cómo describir su relación en aquel contexto.
—¿Con su jefe? —completó él, y por un instante, Felicity podría haber jurado que vio un destello de algo parecido a humor en sus ojos azules.
—Exactamente —asintió, agradecida por la salida fácil.
El ascensor llegó, y mientras entraban en él, Felicity no pudo evitar notar que Alexander mantenía su mano firmemente apoyada en la parte baja de su espalda.
Un toque ligero, pero presente. Era un gesto pequeño, probablemente mecánico, sin la mayor importancia, pero que enviaba ondas de calor a través de la delgada tela del vestido.
Mientras las puertas se cerraban, captó su reflejo en el espejo del ascensor.
Junto a Alexander Reid, con su espléndido esmoquin y con su imponente presencia, no parecía la asistente personal estresada que había sido aquella misma mañana. Parecía su igual. Una pareja. (En parte era gracias al trabajo de Azriel).
Y por la forma en que los ojos de Alexander se encontraron con los suyos a través del espejo, sosteniendo su mirada un segundo más de lo necesario, con una intensidad que no tenía nada de profesional, Felicity tuvo la repentina y desconcertante sensación de que quizás él estaba pensando exactamente lo mismo.