El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

—Y apenas estamos empezando —declaró Azriel, acercándose con la cinta métrica en la mano—. Necesito hacer algunos ajustes mínimos en la cintura y el largo, y luego pasaremos a los zapatos y accesorios. Para cuando termine contigo, serás la visión que perseguirá Alexander Reid en sus sueños.

—No quiero que me persiga en sus sueños —protestó débilmente Felicity—. Solo quiero sobrevivir a esta noche sin hacer el ridículo, o ser despedida.

—Ya, bueno… —murmuró Azriel con poco entusiasmo, arrodillándose para marcar el dobladillo—. Y yo no quiero que Jean Paul Gaultier me llame para ofrecerme ser su sucesor. Los dos sabemos que hay más en juego aquí.

Felicity decidió no argumentar, por un lado porque sabía que sería inútil y por otro porque una pequeña y traicionera parte de ella se preguntaba si a lo mejor había algo de verdad en lo que Azriel insinuaba.

Durante la siguiente hora, se sometió pacientemente a los ajustes y modificaciones que su compañero de piso realizaba con la precisión de un cirujano y la pasión de un artista.

Finalmente, cuando el vestido estuvo perfectamente adaptado a su cuerpo, pasaron a la siguiente fase: zapatos y accesorios.

—No tengo Louboutins —confesó Felicity, recordando el mensaje de Rebecca—. Según parece, Alexander Reid siempre mira los zapatos primero.

Azriel sonrió enigmáticamente.

—¿Quién necesita Louboutins cuando tienes esto?

—De una caja cuidadosamente guardada, sacó un par de sandalias de tacón en un tono que complementaba perfectamente al vestido, con detalles de cristal que captaban la luz como diminutas estrellas—.

Diseño exclusivo, hechas a mano en Milán.

Nunca fabricadas en masa. Y, casualmente, de tu número. —Chocó ligeramente las punteras.

Felicity miró las sandalias con asombro.

—¿Cómo es posible que tengas zapatos de mi número?

—El universo conspira a favor de los estilísticamente bendecidos —respondió Azriel, encogiéndose de hombros—. O tal vez compré varios pares de diferentes números porque sabía que algún día encontraría a alguien a quien poder ponérselas. Los detalles no importan.

Mientras Felicity se probaba las sandalias, que le quedaban perfectas, Azriel continuó su búsqueda de los accesorios ideales.

—Minimalismo elegante para las joyas —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Nada ostentoso que compita con el vestido. El vestido es la estrella, tú eres la galaxia que lo contiene.

Seleccionó unos pendientes largos y finos con pequeños cristales que hacían juego con los de las sandalias, y un brazalete delicado pero llamativo para su muñeca derecha.

—Sin collar —decidió—. Ese escote barco merece ser admirado sin distracciones.

Para cuando terminaron con los accesorios, era hora de pasar al maquillaje y peinado. Azriel resultó ser tan hábil con los cosméticos como con la aguja, aplicando productos con mano experta para crear un look que realzaba sus rasgos naturales sin parecer excesivo.

—Un smokey eye sutil, labios en un tono rosado-nude, y mejillas con un toque de luminosidad —explicó mientras trabajaba—. Queremos que parezcas la versión más glamurosa de ti misma, no una persona diferente.

—No, por favor —comentó Felicity.

El peinado fue igualmente estudiado: un recogido bajo que dejaba algunos mechones sueltos alrededor de su rostro. Elegante pero no severo.

Cuando finalmente Azriel dio un paso atrás para admirar su obra, su expresión era de pura satisfacción.

—Perfecto —declaró—. Absolutamente perfecto.

Felicity se miró en el espejo una última vez, casi sin reconocerse.

La mujer que le devolvía la mirada parecía salida de las páginas de una revista de moda: elegante, sofisticada, segura de sí misma. Tan diferente de la asistente perpetuamente estresada en la que se había convertido durante las últimas dos semanas.

—Azriel, yo... —se volvió hacia su amigo. Las palabras se resistían a salir—. No sé cómo agradecerte esto.

Sin pensarlo dos veces, se acercó y lo envolvió en un abrazo, cuidando de no arruinar su maquillaje ni su peinado. Luego, en un arrebato de gratitud, plantó varios besos rápidos en sus mejillas.

—¡Eres mi ángel de la guarda! ¡Me has salvado el culo! —exclamó—. No sé qué habría hecho sin ti.

Azriel rio, agradecido por sus palabras.

—Es lo que hacen los amigos —dijo—. Además, esto es puro egoísmo de mi parte. ¿Te imaginas el impulso que dará a mi carrera cuando todo el mundo pregunte quién diseñó tu vestido y tú puedas decir mi nombre? Es publicidad que no podría pagar.

—Lo gritaré a los cuatro vientos —prometió Felicity. Consultó la hora—. Oh, Dios. Alexander estará aquí en diez minutos.

—Justo a tiempo —afirmó Azriel, entregándole un pequeño bolso que combinaba perfectamente con el conjunto—.

Todo lo esencial cabe aquí: tu teléfono, un pintalabios para retoques, una mini botella de perfume, y un par de tiritas por si las sandalias resultan ser menos cómodas de lo que parecen después de unas horas.

Felicity tomó el bolso, sintiéndose repentinamente nerviosa.

—¿Y si me ve y piensa que es demasiado? ¿Que no parezco una asistente profesional?

Azriel la tomó por los hombros, mirándola directamente a los ojos.

—Escúchame bien. Esta noche no eres solo la asistente de un ejecutivo. Eres su acompañante en un evento de gala. —Levantó el dedo índice—. Y un evento muy importante —matizó—. Se espera que vayas así. Y créeme, cuando te vea, lo último que pensará es que pareces una asistente.

—Eso es lo que me preocupa —murmuró Felicity.

—No debería preocuparte —rebatió Azriel—. Debería emocionarte. Alexander Reid podría haber elegido a cualquiera para acompañarlo esta noche. Sin embargo, te eligió a ti.

—Porque la supermodelo con la que seguro iba a acudir se está yendo por la pata abajo, y yo estaba convenientemente disponible —le recordó Felicity. Necesitaba mantener las cosas en perspectiva—. No te emociones demasiado con ello. Es una solución práctica a un problema logístico, nada más.

Azriel puso los ojos en blanco.

—Sigue diciéndote eso si te hace sentir mejor. Mientras tanto, yo viviré felizmente en mi mundo, donde Alexander Reid finalmente ha visto el diamante escondido detrás del escritorio y ha encontrado una excusa perfecta para explorar la química que obviamente existe entre vosotros.

Felicity lanzó un suspiro.

—Eres imposible —dijo, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa se formara en sus labios.

—Soy un romántico —corrigió Azriel—. Y tú eres una heroína de novela romántica esperando que su historia se desarrolle. Solo recuerda: pase lo que pase esta noche, quiero todos los detalles mañana. Y me refiero a TODOS.

El timbre del apartamento sonó, sobresaltándolos a ambos.

—Es él —susurró Felicity, sintiendo cómo su corazón comenzaba a acelerarse—. Dios, es él. —Había una nota de pánico en su voz.

—Respira —le aconsejó Azriel, ajustando un último mechón de su pelo—. Estás deslumbrante, estás preparada, y vas a dejar a Alexander Reid sin palabras. Ahora ve y conquista a todo el mundo en ese evento.

Con un último vistazo al espejo y una respiración profunda para calmar los nervios, Felicity se dirigió hacia la puerta, preparándose para la reacción de Alexander Reid ante su transformación.

Fuera cual fuera el resultado, al menos sabía una cosa con certeza: esa noche no sería como ninguna otra en su breve carrera como asistente personal del hombre más intimidante de Manhattan.