CAPÍTULO 20
—¡¿QUE ALEXANDER REID HA HECHO QUÉ?!
El grito de Azriel resonó en el pequeño loft , sobresaltando a Gatsby, que estaba echándose su siesta vespertina en el sofá.
Felicity había llegado al apartamento dispuesta a enfrentar su crisis de vestuario, solo para encontrar a Azriel trabajando en casa, rodeado de bocetos y muestras de tela.
—Baja la voz —suplicó Felicity, dejándose caer dramáticamente junto a Gatsby—. Ya estoy lo suficientemente estresada sin que me rompas los tímpanos.
—Disculpa mi reacción completamente apropiada ante la noticia de que Alexander Reid, el mismo hombre con el que la mitad de las mujeres de Nueva York están obsesionadas, te ha invitado a ser su cita para los premios Ernst & Young —respondió Azriel, agitando una regla de medir como si fuera una batuta—.
¡Esto es enorme! ¡Es prácticamente un capítulo de novela romántica materializado en nuestra sala de estar!
—No es una cita —corrigió Felicity, frotándose las sienes—.
Es una solución de emergencia práctica, porque la modelo o quien sea la mujer con la que iba a acudir, se está yendo por la pata abajo, y encima de manera aguda.
—Azriel empezó a carcajear—. Literalmente me ordenó asistir, como si me estuviera pidiendo que programara una llamada telefónica. Fue neutro. Formal. Frío.
Azriel puso los ojos en blanco tan dramáticamente que Felicity temió que se le quedaran atascados en esa posición.
—Cariño, ningún hombre ordena a su asistente que lo acompañe a un evento de gala si no hay otras implicaciones.
Por mucho que su cita haya perdido el control de los esfínteres a última hora —dijo con sorna—.
Podría haber llamado a cualquier mujer de su larga, larguísima lista de contactos.
Créeme, hay una fila de aspirantes a socialités que matarían por ser vistas del brazo de Alexander Reid.
—Dijo que no tenía tiempo para explicarle los detalles del negocio a alguien nuevo —argumentó Felicity, aunque una parte traicionera de su mente encontraba la lógica de Azriel perturbadoramente plausible—.
Soy prácticamente una extensión de su agenda electrónica.
No significo nada más que eficiencia operativa.
—Mmmm… —murmuró Azriel, no convencido en absoluto—. Y supongo que también es eficiencia operativa que te venga a busca a casa personalmente.
Felicity se pasó la mano por la frente.
—Da igual si viene a recogerme él mismo o no, no tengo ningún vestido apropiado que ponerme. Dios, va a ser un puto desastre.
—He de decir que en estos momentos me siento muy ofendido —dijo Azriel.
Felicity alzó la vista.
—¿Por qué? —le preguntó.
—¿Qué clase de amigo diseñador de moda sería si permitiera que no fueras vestida como una reina a ese evento?
A Felicity se le iluminó el rostro.
—¡Claro, tú eres diseñador de moda!
Azriel rodó los ojos hasta el techo.
—¿Te acabas de dar cuenta ahora, cariño? —dijo con su habitual sentido del humor.
Felicity chasqueó la lengua.
—No, lo que pasa es que todo esto me tiene super estresada. ¿No tenía otro momento esa mujer de cagarse viva? En menudo follón me ha metido.
Azriel agitó la mano en el aire.
—Ningún follón. Aquí tienes un diseñador a tu disposición.
—Ya estaba recogiendo sus muestras de tela y bocetos, apilándolos apresuradamente—.
Un diseñador cuya colección, por cierto, fue presentada en la Semana de la Moda de Nueva York el año pasado y recibió críticas estelares de Vogue.
No es por presumir, pero sí, estoy presumiendo.
—¿Harías eso por mí? —le preguntó Felicity, haciendo un puchero.
—Eso y más cosas —dijo Azriel, sonriendo.
Se dirigió hacia el estudio—. Vamos. Tenemos exactamente…
—consultó su reloj—… tres horas y cuarenta y dos minutos antes de que tu Cenicienta tenga que estar lista para el baile.
Y a diferencia de los ratones de Disney, yo necesito tiempo para hacer mi magia.
Felicity se echó a reír.
—Azriel, eres lo mejor que me ha pasado últimamente —afirmó, agarrándole del brazo por detrás.
—Lo sé, cariño —dijo él en tono de broma, guiñándole un ojo, y tirando de ella hacia el estudio.
Lo que vio Felicity al entrar la dejó sin palabras y con la mandíbula a punto de caérsele al suelo.
Azriel había transformado el espacio en lo que parecía una boutique de alta costura.
En un lado de la habitación había varios vestidos de gala en diferentes tonos y cortes, cada uno más impresionante que el anterior. En el otro, abrió un armario que Felicity nunca había visto antes, revelando una colección de zapatos y accesorios que haría llorar a cualquier estilista.
—¿De dónde ha salido todo esto? —preguntó, acercándose con cautela a un vestido de seda de color esmeralda que parecía brillar con luz propia.
—Es mi colección personal —respondió Azriel con orgullo, acariciando la tela de un vestido negro con detalles de encaje—.
Diseños que he creado pero que todavía no han sido producidos o mostrados públicamente.
Prototipos, si quieres llamarlos así. Cada diseñador tiene su reserva secreta de piezas especiales esperando el momento y a la persona adecuados.
Felicity tocó reverentemente la tela del vestido esmeralda, sintiendo su suavidad entre los dedos.
—Son... extraordinarios, y preciosos —murmuró, impresionada—. ¿Y estás dispuesto a prestarme uno? ¿No deberían estar en una bóveda o algo así?
Azriel rio, un sonido brillante y contagioso.
—Cariño, la moda no está hecha para ser encerrada en bóvedas ni museos.
Está hecha para ser usada, admirada, para hacer que la persona que la lleve se sienta como la mejor versión de sí misma.
—Se acercó, examinándola con ojo crítico—.
Y tú, mi pequeña asistente estresada, estás a punto de convertirte en la mujer más deslumbrante de esa gala.
Azriel comenzó a moverse por la habitación, seleccionando vestidos y colocándolos sobre un sofá para una mejor inspección.
—Necesitamos algo que grite «soy asistente personal pero también podría ser una modelo de portada» —dijo—.
Algo que haga que Alexander Reid se pregunte por qué demonios te ha tenido escondida detrás de un escritorio en lugar de presumirte en cada evento social.
—Levantó un vestido azul noche con un corte asimétrico—. ¿Qué opinas de este?
Felicity observó el vestido con una mezcla de admiración y terror.
—Es precioso, pero... ¿no es un poco atrevido para una asistente? Se supone que debo parecer profesional, no como si estuviera intentando robarle el protagonismo a Alexander.
Azriel resopló.
—Ninguna persona podría robarle el protagonismo a ese hombre, aunque se presentara desnuda.
Tiene una presencia que consume toda la habitación.
—Dejó el vestido azul y tomó uno burdeos con detalles de pedrería en los hombros—.
Quizás este sea más adecuado. Elegante, sofisticado, pero con ese toque que dice «no soy solo una empleada».
Felicity echó un vistazo al vestido. Ladeó la cabeza.
—Me gusta, pero... —No terminó la frase, sus ojos se sintieron atraídos irresistiblemente hacia un vestido en el fondo de la colección, apenas visible entre los demás.
Azriel siguió su mirada y sonrió con un brillo de aprobación en los ojos.
—Ah, tienes buen ojo. —Se acercó y sacó el vestido en cuestión: una creación en un tono profundo de verde que no era exactamente esmeralda ni jade, sino algo indescriptible entre ambos.
El corte era aparentemente simple pero ingeniosamente diseñado, con un escote barco que revelaría elegantemente sus clavículas sin ser demasiado atrevido, una cintura ceñida, y una falda que caía en pliegues fluidos hasta el suelo.
—Este —declaró Azriel con certeza absoluta—. Este es el vestido que hará que Alexander Reid tropiece con sus propias palabras cuando te vea.
Felicity extendió una mano para tocar la tela, que resultó ser un satén con la fluidez del agua.
—Es... perfecto —afirmó con contundencia, imaginándose ya cómo se sentiría al llevarlo—. Pero ¿y si no me queda bien? No tenemos tiempo para hacer ningún arreglo de última hora.
Azriel la miró con una expresión que mezclaba ofensa y diversión.
—¿Estás cuestionando mis habilidades como diseñador? Puedo ajustar cualquier vestido a cualquier cuerpo en menos tiempo del que tardas en decir «Alexander Reid es un dictador, pero tiene un culo jodidamente espectacular».
—¡Azriel! —exclamó Felicity, sonrojándose un poco—. ¡Nunca he dicho nada sobre su... culo!
—Pero lo piensas —lanzó Azriel—. De todas formas, no necesitabas decirlo, cariño. Es un hecho empírico a la vista de todo el mundo. ¿O no?
—La verdad es que sí —admitió Felicity, con la cabeza baja.
Azriel volvió a guiñarle un ojo y le tendió el vestido.
—Ahora, a probártelo. El tiempo apremia y tenemos una transformación digna de película por delante.
Felicity tomó el vestido y se dirigió al baño para cambiarse, sintiendo una mezcla de nerviosismo y emoción que no había experimentado desde el baile de graduación.
Mientras se deslizaba dentro de la suave tela, no pudo evitar preguntarse cómo reaccionaría Alexander al verla con algo tan diferente a sus habituales y serios trajes sastre.
Cuando salió del baño, la expresión de Azriel fue toda la confirmación que necesitaba.
—Oh. Dios. Mío. —Su amigo se llevó dramáticamente las manos al pecho—. Es como si hubiera diseñado este vestido específicamente para ti. El color va perfectamente con tu tono de piel, y la forma en que se ajusta a tu cintura... es perfecto.
Felicity se acercó al espejo de cuerpo entero que había situado en la esquina del estudio, y casi no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.
El vestido era, efectivamente, perfecto. La transformaba de una manera sutil pero innegable, destacando sus mejores rasgos sin parecer que lo estaba intentando a propósito.
—Es... increíble —murmuró, girando ligeramente de costado para ver cómo la tela se movía con ella—. Nunca he tenido nada parecido.