El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Dos semanas pueden parecer poco tiempo en la gran escala de la vida, pero en el universo de Reid Enterprises, equivalían prácticamente a un año, o a una década. O a la mismísima eternidad.

Felicity había descubierto que los días bajo el mando de Alexander Reid tenían una extraña cualidad elástica: se estiraban y estiraban interminablemente mientras transcurrían, pero después se comprimían en un borrón de actividad frenética que apenas podía recordar con claridad.

Durante aquellos catorce días, había desarrollado lo que ella denominaba «kit de supervivencia Reid».

Una combinación de rutinas meticulosas, preparación obsesiva y una resistencia al estrés que ni siquiera sabía que poseía.

Ya no necesitaba tres despertadores escalonados. Su cuerpo se había adaptado cruelmente al horario inhumano que imponía su jefe, despertándola automáticamente a las 5:20, diez minutos antes de que sonara la alarma. Era como estar en los Marines.

También había perfeccionado el arte de predecir las necesidades de Alexander, anticipándose a sus pedidos.

El café egipcio ya no era una fuente de ansiedad para ella sino una rutina bien ensayada.

Los informes que preparaba requerían menos correcciones. Incluso había comenzado a entender los sutiles matices del lenguaje corporal de Alexander Reid: la ligera inclinación de cabeza que indicaba aprobación, la casi imperceptible tensión en su mandíbula que presagiaba una tormenta inminente.

Aquella mañana de viernes, Felicity había llegado a la oficina especialmente temprano.

Alexander tenía una videoconferencia con inversores de Singapur a las 7:30, lo que significaba que todo debía estar configurado y probado con anticipación.

Mientras revisaba los documentos para la reunión, organizándolos meticulosamente en la tablet de Alexander, escuchó el familiar ding del ascensor que anunciaba su llegada.

«Temprano incluso para él mismo», pensó Felicity, consultando el reloj que marcaba apenas las 6:40 de la mañana.

Alexander Reid apareció en la entrada de la oficina, perfecto como siempre con un traje gris y una corbata negra. Pero algo en su expresión parecía diferente esa mañana. Una ligera arruga entre sus cejas, una tensión apenas perceptible en la línea de sus hombros.

—Buenos días, señor Reid —saludó Felicity, adoptando la compostura profesional que había perfeccionado día tras día—. Su café está listo y los documentos para la videoconferencia de Singapur están preparados. También he adelantado el análisis preliminar del proyecto Montgomery que solicitó ayer.

Alexander asintió distraídamente, algo inusual en él, que normalmente absorbía información con la eficiencia de un superordenador.

—Bien. Gracias, señorita Ashford.

Tomó el café egipcio que ella le ofrecía y se dirigió hacia su oficina, pero se detuvo abruptamente en la puerta.

Felicity casi pudo ver los engranajes girando en su cabeza mientras tomaba una decisión.

—Señorita Ashford —dijo, girándose para mirarla directamente—.

Esta noche se celebran los Premios Entrepreneur Of The Year de Ernst & Young .

Asistiré para recibir un reconocimiento, pero principalmente para finalizar las negociaciones con Lawrence Chen sobre la expansión en el mercado asiático.

Su esposa, Mei Lin, estará presente y su aprobación es crucial para cerrar el trato.

Felicity asintió, buscando ya en la tablet el archivo con los detalles del evento que había revisado la semana anterior.

—Sí, señor. El evento comienza a las 21:00 de la tarde en el Cipriani Wall Street. Su discurso está programado para las 22:15, seguido de la cena formal.

Alexander pareció sorprendido por su detallado conocimiento, pero continuó hablando sin hacer ningún comentario al respecto.

—He recibido una llamada esta mañana. Mi acompañante para el evento no podrá asistir. Tiene una gastroenteritis aguda.

Pronunció «gastroenteritis aguda» como si fuera una ofensa personal diseñada específicamente para complicarle la vida.

Felicity mantuvo una expresión neutra, aunque se preguntó quién sería esa acompañante. Alexander Reid rara vez mencionaba nada de su vida personal, y ella había aprendido a no preguntar.

Era uno de los consejos de Azriel.

—¿Desea que contacte con alguna otra persona en su nombre? —ofreció, preparándose mentalmente para la incómoda tarea de llamar a alguna mujer de la agenda personal de Alexander Reid, para invitarla a un evento con menos de doce horas de antelación.

Aunque no dudó de que todas estarían encantadas. De hecho, estaba segura de que matarían por ir con él a cualquier lado.

Él frunció el ceño ligeramente, como considerando la opción, pero luego negó con la cabeza.

—No hay tiempo para eso. Y francamente, no tengo energía para explicar los matices de la negociación con Chen a una nueva acompañante. —Hizo una pausa, y luego, como si acabara de tomar una decisión, añadió—: Asistirá usted conmigo, señorita Ashford.

Felicity parpadeó varias veces, segura de haber escuchado mal.

—¿Disculpe?

—Necesito que me acompañe al evento de esta noche —repitió Alexander, con el mismo tono de voz que usaría para pedir un informe o programar una reunión—.

Como mi asistente personal, ya está familiarizada con los detalles del negocio Chen.

Su presencia será más útil que la de una acompañante que no tenga ni idea de qué va el proyecto.

No era una petición. Era una orden, emitida con la expectativa de ser obedecida sin rechistar, sin cuestionar. Como todas sus órdenes.

—Por supuesto, señor —respondió Felicity de forma automática, mientras su cerebro intentaba procesar lo que acababa de suceder—.

¿Hay… hay alguna preparación específica que deba tener en cuenta?

—Empezó a ponerse nerviosa, consciente del papelón que le acababa de caer encima, aunque trataba por todos los medios de mantener la compostura. Pero no tenía más remedio que aceptar.

Alexander consultó su reloj, pensando ya en el siguiente punto de su agenda, como si asistir a ese dichoso evento no fuera para volverse locos. Para ella lo era.

—No. Pasaré a recogerla a las 20:15 por su casa. —Hizo una pausa, observándola brevemente—. ¿Alguna pregunta?

Felicity tenía aproximadamente mil preguntas rebotando en su cabeza, pero se conformó con una:

—¿Debería preparar algún material adicional sobre el acuerdo Chen para esta noche?

Algo que podría haber sido aprobación brilló un instante en los ojos de Alexander.

—Los puntos clave, resumidos en no más de dos páginas. Envíemelos antes de las 3 para revisarlos. —Y dicho eso, entró finalmente en su oficina, dando por terminada la conversación.

Aquel hombre era como un maldito robot.

Felicity se quedó inmóvil en su escritorio, asimilando la situación.

¿Alexander Reid acababa de invitarla, mejor dicho, ordenarle, que lo acompañara a una gala de premios? ¿Como su...? ¿Qué exactamente? ¿Su asistente? ¿Su reemplazo de emergencia para una cita? La situación era tan surrealista que casi soltó una carcajada histérica.

Porque iba a ponerse histérica de un momento a otro.

Su teléfono vibró con un WhatsApp, sacándola de su estupor.

Era de Rebecca, que, a pesar de haberse ido ya de la empresa, le enviaba algún que otro mensaje para ver cómo iba todo.

Rebecca: ¿Sobreviviendo al viernes?

Felicity respondió con dedos temblorosos:

Felicity: Alexander acaba de ordenarme que lo acompañe a los premios EY esta noche porque la mujer con la que iba a ir tiene una gastroenteritis aguda. ¿¿¿Es normal???

La respuesta llegó casi instantáneamente:

Rebecca: No. El tiempo que estuve yo, nunca me pidió que lo acompañara a un evento social. Interesante desarrollo. Usa Louboutins, si tienes. Sus ojos siempre se dirigen a los zapatos primero.

¡¡¿Qué?!!

Felicity miró fijamente el mensaje, notando cómo el pánico comenzaba a crecer en su pecho.

No solo no tenía unos Louboutins (¿quién cojones en su sano juicio se gastaba un mes de alquiler en unos zapatos, por muy Louboutins que fueran?), sino que no tenía absolutamente ningún vestido apropiado para un evento de esa categoría.

Y otra cosa: Si ninguna asistente lo había acompañado nunca a un evento, ¿por qué a ella se lo había pedido? ¿Era casualidad? ¿El universo se había confabulado para que se dieran las circunstancias exactas?

En menudo follón se había metido. Bueno, en menudo follón la había metido su jefe. ¡Maldita fuera!

Con un suspiro de impaciencia, comenzó a trabajar en los documentos para la videoconferencia de Singapur, intentando concentrarse en la tarea inmediata y no en el desastre que la esperaba esa noche. Ya tendría tiempo para entrar en pánico adecuadamente durante la hora del almuerzo.