El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Felicity extendió el brazo para silenciarlo, golpeando accidentalmente a Gatsby, que emitió un maullido indignado antes de saltar elegantemente de la cama.

—Lo siento —murmuró, con la voz ronca por el sueño.

Se incorporó lentamente, notando que seguía envuelta en el albornoz de rayas de color turquesa de Azriel, con la toalla completamente desenrollada y su pelo formando ángulos imposibles que desafiarían a la física más elemental.

El teléfono había quedado atrapado entre las sábanas, milagrosamente aún con algo de batería.

—Cinco horas de sueño —calculó mientras se frotaba los ojos—. Mejor que nada.

Su reflejo en el espejo del baño la recibió con una imagen que oscilaba entre lo cómico y lo trágico: ojos hinchados por el cansancio, marcas de la almohada en la mejilla, y una melena que parecía haber sido peinada por un ventilador industrial.

—Perfecto —murmuró irónicamente—. Soy la imagen de la eficiencia profesional en persona.

Una ducha rápida y varios productos capilares después, Felicity emergió de su habitación luciendo considerablemente más humana, aunque las ojeras persistían como recordatorio de su intensa jornada anterior.

Se dirigió a la cocina, esperando prepararse un café rápido antes de salir, pero se detuvo en seco al encontrar a Azriel ya despierto, impecablemente vestido con un conjunto que combinaba piezas vintage y alta costura de una manera que solo él podía lograr.

—Buenos días, bella durmiente —saludó alegremente, extendiendo una taza humeante—. Café con un triple espresso, leche caliente y una pizca de canela. Lo que yo llamo «El Despertar del Zombie».

Felicity parpadeó, ligeramente desconcertada.

—¿Qué haces despierto a esta hora? —preguntó, aceptando la taza con una gratitud casi religiosa.

Azriel hizo un gesto elegante con la mano, las múltiples pulseras en su muñeca tintineando musicalmente.

—Tengo una presentación para compradores internacionales esta mañana. Horarios incompatibles con zonas horarias europeas y todo ese drama.

Felicity dio un sorbo del café, cerrando los ojos ante la perfección de la mezcla.

—Eres literalmente un ángel —murmuró—. Un ángel con pelo azul y gusto excéntrico para los albornoces, pero un ángel, al fin y al cabo.

—Técnicamente, Azriel es el ángel de la muerte en algunas tradiciones —corrigió él con una sonrisa traviesa—. Así que más bien soy el que te mantiene lo suficientemente viva para enfrentar tu muerte diaria en manos de Alexander Reid.

—Poético y aterrador —respondió Felicity, verificando la hora en su teléfono—. ¡Mierda, tengo que irme! No quiero llegar tarde y que su majestad me eche la primera bronca.

Azriel se acercó a la encimera donde había dispuesto varios recipientes.

—También he preparado un desayuno para llevar. Yogur griego con frutos rojos. Necesitarás proteínas para enfrentarte al señor Limón Amargo hoy.

Felicity se quedó mirándolo, conmovida por el gesto.

—No tenías que hacerlo.

—Lo sé —respondió él con un encogimiento de hombros—.

Pero somos amigos ahora. Y los amigos no dejan que otros amigos enfrenten a magnates empresariales aterradores sin estar adecuadamente alimentados.

Está en el manual de amistad, página 47, justo después de «Siempre miente sobre lo bien que le queda ese vestido».

Felicity rio, sintiendo cómo parte de la ansiedad por el día que le esperaba se disipaba.

—Te debo una. Una grande. —Se llevó la taza a los labios y se bebió el café que quedaba de un trago.

—Me lo cobraré —aseguró Azriel con un guiño—. Probablemente en forma de detalles jugosos sobre las excentricidades de Alexander Reid. Mi curiosidad es insaciable.

Felicity se despidió con un rápido abrazo y la bolsita con el desayuno en la mano, y enfiló los pasos hacia la puerta, sintiéndose considerablemente más preparada para enfrentar el día que apenas veinticuatro horas antes.

La Torre Reid parecía igualmente intimidante con la luz grisácea del amanecer, pero aquella vez Felicity avanzó con paso más decidido.

El mismo guardia de seguridad del día anterior la saludó con un asentimiento cómplice mientras le entregaba su nueva credencial permanente.

—Día dos —comentó con una sonrisa leve—. Ya has durado más que la última asistente temporal que estuvo antes que Rebecca.

—¿Cuánto duró? —preguntó Felicity mientras se colgaba la identificación.

—Cinco horas y veintiséis minutos —respondió el guardia—. Salió llorando después de que el señor Reid le pidiera reorganizar todos los archivos y clasificarlos por fecha y «posible utilidad potencial futura», sea lo que sea que eso signifique.

Felicity hizo una mueca divertida con la boca.

—Suena como algo que él pediría —dijo.

—Te deseo suerte hoy —añadió el guardia, mientras Felicity se dirigía al ascensor A—. La necesitarás. Es martes de presupuestos.

—Gracias —dijo ella.

Antes de que pudiera preguntar qué demonios significaba «martes de presupuestos», las puertas del ascensor se cerraron, llevándola hacia su destino en el piso 70.

Llegó a la oficina a las 6:45, diez minutos antes que Alexander, según su horario habitual. La luz ya estaba encendida, lo que la sorprendió hasta que vio a Rebecca organizando papeles en su escritorio.

—Buenos días —saludó Rebecca, luciendo tan impecable como siempre con un traje pantalón gris perla y un jersey rojo—. Llegas temprano. Bien.

—Buenos días —respondió Felicity, depositando sus cosas en el escritorio—. No esperaba verte hoy.

Rebecca esbozó algo parecido a una sonrisa.

—He estado revisando las notas que tomaste ayer.

Hiciste un impresionante trabajo bajo presión, debo decir.

Pero hoy es martes de presupuestos y el señor Reid me pidió específicamente que estuviera aquí para guiarte a través del proceso.

No es lo suficientemente sádico para dejarte enfrentar algo así sola en tu segundo día.

—¿Qué es exactamente «martes de presupuestos»? —preguntó Felicity, recordando la advertencia del guardia.

Rebecca adoptó una expresión que mezclaba diversión y compasión.

—Es el día en que Alexander Reid revisa personalmente los presupuestos de todas las divisiones de Reid Enterprises.

Básicamente, significa que pasará el día encontrando ineficiencias, cuestionando gastos, y haciendo que directores financieros con treinta años de experiencia se sientan como niños de primaria que olvidaron hacer los deberes.

—Y yo estaré...

—Tomando notas de cada reunión, registrando sus decisiones, preparando análisis comparativos en tiempo real, y básicamente corriendo entre su oficina y la sala de conferencias como si tu vida dependiera de ello —completó Rebecca.

Felicity tragó saliva.

—Suena... intenso.

—Intenso es un eufemismo —asintió Rebecca—. El último martes de presupuestos despidió a tres directores financieros y reorganizó completamente la estructura del departamento de marketing internacional. Mientras almorzaba.

—Dios mío —murmuró Felicity con cara de horror.

—Pero no te preocupes —continuó Rebecca, entregándole una tablet—. He preparado plantillas para todos los informes que necesitarás. Y estaré contigo durante las primeras reuniones para mostrarte el proceso.

Felicity aceptó la tablet.

—Gracias. Realmente lo agradezco.

Rebecca la miró con lo que parecía un verdadero interés.

—El señor Reid nunca ha pedido que se quede la asistente anterior para ayudar a la nueva asistente. Generalmente prefiere el enfoque de «nadar o ahogarse». Debes de haberle impresionado ayer.

Antes de que Felicity pudiera responder, el familiar ding del ascensor anunció la llegada de Alexander Reid. Como si hubieran ensayado la coreografía, tanto Felicity como Rebecca se enderezaron y adoptaron expresiones profesionales en sus rostros.

Alexander apareció en la entrada, vistiendo un traje azul marino tan perfectamente cortado que parecía una segunda piel. Su mirada se posó brevemente en Felicity antes de dirigirse a Rebecca.

—Buenos días —saludó escuetamente—. ¿Está todo listo para las reuniones?

—Sí, señor —respondió Rebecca—. La primera presentación comienza a las 8:00 con Finanzas Corporativas, seguida por Operaciones Internacionales a las 9:30. Su café egipcio está listo y he puesto al día a la señorita Ashford sobre los protocolos de los martes de presupuestos.

Alexander asintió, aparentemente satisfecho, y entonces fijó su atención en Felicity.

—Señorita Ashford, confío en que esté preparada para hoy.

No era una pregunta, sino una expectativa clara.

—Sí, señor —respondió Felicity—. Las notas preliminares de las presentaciones de hoy están ya en su escritorio.

Algo que podría haber sido aprobación brilló brevemente en los ojos de Alexander mientras asentía con la cabeza.

—Bien. Quiero verlas a las dos en mi oficina en diez minutos para revisar la estrategia del día.

Con eso, se dirigió hacia su oficina, cerrando la puerta tras él.

Rebecca se volvió hacia Felicity y consultó su reloj

—Tenemos nueve minutos para repasar los puntos clave de cada presentación y las preguntas que probablemente hará. ¿Lista para un curso intensivo en intimidación financiera estilo Reid? —dijo.

Felicity asintió, preparándose mentalmente.

—Tan lista como puedo estar —dijo.

«Vamos a por el segundo asalto», pensó para sus adentros.

Las siguientes horas transcurrieron entre números, gráficos y términos financieros que Felicity apenas podía procesar mientras tomaba notas frenéticamente.

Alexander Reid se transformaba durante esas reuniones.

Su habitual intensidad se amplificaba hasta niveles casi sobrehumanos.

Cada presentación seguía un patrón similar: los ejecutivos entraban confiados, presentaban sus números, y luego él comenzaba su disección metódica, encontrando errores que nadie más había notado y cuestionando decisiones que parecían perfectamente razonables hasta que señalaba sus deficiencias.

Era brutal y fascinante a la vez.