El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El agua caliente había sido un bálsamo para los músculos doloridos de Felicity.

Permaneció bajo la ducha más tiempo del que normalmente se permitiría, dejando que la presión perfecta del agua (otra de las muchas ventajas inesperadas del apartamento de Azriel) deshiciera los nudos de tensión que se habían formado en su espalda y hombros durante su primer día en Reid Enterprises.

Ahora, envuelta en un albornoz de felpa de rayas de distintas tonalidades de turquesa («El negro y el blanco son aburridos para los albornoces, cariño.

La vida es demasiado corta para la ropa de baño monocromática», había declarado Azriel al prestárselo) y con una toalla enrollada en la cabeza al estilo turbante, Felicity se sentó en el borde de la cama de su nueva habitación.

Gatsby se había colado dentro y dormitaba plácidamente sobre la almohada, como si le estuviera reservando un lugar para cuando finalmente sucumbiera al agotamiento.

El reloj digital de la mesita de noche marcaba las 22:20 en un azul eléctrico.

No era tan tarde, pero considerando que tendría que levantarse a las 5:30 de la mañana para repetir la rutina de ese día, prácticamente ya estaba en déficit de sueño. Sin embargo, había una llamada que necesitaba hacer antes de permitirse atrapar por el Dios del Sueño.

Cogió el teléfono y marcó el número de su madre, recostándose contra el cabecero de la cama mientras esperaba.

Después de tres tonos, la voz cálida de Aurora Ashford llenó la línea.

—¡Felicity! Estaba empezando a preocuparme. ¿Qué tal el primer día con el señor Limón Amargo ?

La simple familiaridad de la voz de su madre hizo que Felicity se relajara aún más, como si fuera una manta reconfortante envolviéndola a través del teléfono.

—Hola, mamá —respondió, sin poder evitar un bostezo al final—. Perdona por no llamar antes, ha sido un día... intenso.

—Me lo imagino. ¿Es tan terrible como temías?

Felicity soltó una risa suave mientras acariciaba distraídamente a Gatsby, que había abierto un ojo ante el sonido de su voz.

—Peor —admitió—. Alexander Reid es básicamente una máquina perfeccionista con forma humana.

Algo parecido a un robot. Creo que hoy he completado más tareas que en tres meses en mi trabajo anterior, y todo bajo un escrutinio tan intenso que casi podía sentir mis neuronas incinerándose bajo su mirada.

—Oh, cariño… —Aurora chasqueó la lengua—. Suena como un auténtico desafío.

—Desafío es quedarse corto, mamá. —Felicity se ajustó la toalla que comenzaba a resbalarse de su cabeza—.

Es como si cada minuto fuera una prueba, y fallar no es una opción.

En serio. Hoy me ha dejado sola, sin la formación que se suponía que iba a recibir, para ver cómo me las arreglaba bajo «una presión extrema». Esas han sido sus palabras exactas.

—¿Y cómo te las has arreglado? —preguntó Aurora, con ese tono que sugería que ya conocía la respuesta.

Felicity no pudo evitar que una pequeña sonrisa de orgullo se dibujara en sus labios.

—Sorprendentemente bien, según él. Lo cual, traducido del idioma de Alexander Reid al humano normal, significa que no me ha despedido en mi primer día. Y te aseguro que eso ya es un logro.

La risa cálida de Aurora resonó a través del teléfono.

—Sabía que estarías a la altura, cariño. No has llegado hasta aquí para dejarte intimidar por un hombre vestido con un traje caro, sin importar cuántas empresas posea.

—Gracias por la confianza, mamá —respondió Felicity, sintiendo esa oleada de agradecimiento hacia la mujer que nunca había dejado de creer en ella—.

Aunque tengo que admitir que ha habido momentos hoy en los que me he preguntado si no debería haber aceptado ese trabajo en la imprenta de Pittsburgh.

Menos glamour, menos dinero, pero también menos probabilidades de desarrollar una úlcera antes de los treinta.

Aurora dejó escapar una risita.

—Pero no sería un desafío, ¿verdad? —señaló, conociendo bien a su hija—. Y tú nunca has sido de las que eligen el camino fácil.

Felicity suspiró, consciente de que su madre tenía razón.

Desde pequeña, siempre se había sentido atraída por los retos, las montañas aparentemente imposibles de escalar.

Era parte de lo que la había llevado desde su pequeña ciudad hasta la universidad con una beca completa, y ahora, a la Torre Reid en Manhattan.

—Supongo que tienes razón —admitió—. Además, el salario hace que valga la pena considerar la posibilidad de una úlcera temprana.

Ambas rieron, y durante un momento, a pesar de la distancia física, Felicity sintió como si estuvieran juntas en la pequeña cocina de su casa, compartiendo té y confidencias como tantas veces antes.

—Y hablando de cosas que valen la pena —continuó Aurora, cambiando sutilmente de tema—, ¿qué tal con tu nuevo compañero de piso? Azriel, ¿verdad? ¿Es tan encantador como me dijiste?

La sonrisa de Felicity se ensanchó automáticamente.

Ainsss Azriel.

—Azriel es... —buscó las palabras adecuadas— una fuerza de la naturaleza.

Imagina mezclar a un diseñador de moda brillante, con la energía de un presentador de concursos, el ingenio de un humorista, y la capacidad de escucha de un psicólogo.

Todo eso envuelto en ropa excéntrica y pelo teñido de azul eléctrico.

—Suena como una persona única —comentó Aurora. Una sonrisa se hizo audible en su voz.

—Lo es —confirmó Felicity, recordando la cena y la conversación de aquella noche—. Hoy ha preparado la cena y nos hemos bebido una copa de vino mientras me escuchaba narrarle mi primer y traumatizante día de trabajo. Es muy bueno tratando primeros días laborales infernales.

—Parece que has tenido suerte —observó Aurora—. Encontrar un buen compañero de piso en Nueva York debe ser tan difícil como hallar un taxi un día de lluvia.

—No tienes idea. —Felicity negó con la cabeza, aunque su madre no pudiera verla—. Antes de encontrar el anuncio de Azriel, visité cinco lugares que eran básicamente latas de sardinas, o tenían compañeros que parecían sacados de una película de terror de bajo presupuesto.

Felicity se detuvo un momento, pensando en lo afortunada que había sido en medio de todo el caos de su llegada a Nueva York.

—Es realmente genial, mamá. A veces nos reímos tanto que me duelen las mejillas. Es sincero, pero sin ser cruel, de una forma refrescante. Y cocina como un chef profesional. Sinceramente, me lo paso de puta madre con él.

—¡Felicity Joanne Ashford! —exclamó Aurora, aunque no había verdadera reprimenda en su tono—. Ese lenguaje.

—Lo siento —rio Felicity, sin sentirlo realmente—. Pero es verdad. Es como si lo conociera de toda la vida. Hay personas con las que conectas instantáneamente, ¿sabes? Como si el universo hubiera decidido que necesitaban encontrarse.

—Lo sé, cariño —respondió Aurora con suavidad—. Me alegra tanto que hayas encontrado a alguien así en esa gran ciudad. Siempre me ha preocupado que estuvieras allí sola.

—No estoy sola —aseguró Felicity, sorprendida por la repentina emoción que sentía—. Tengo a Azriel y a su gato, Gatsby, que aparentemente me ha adoptado como su humana favorita después de Azriel. Lo cual, según él, es prácticamente un milagro.

—Siempre has tenido un don con los animales —recordó Aurora—. Recuerdo cómo ese perro del vecino, el que gruñía a todo el mundo, solo movía la cola cuando tú te acercabas.

—Supongo que tengo afinidad con las criaturas que se hacen las difíciles —bromeó Felicity—. Lo cual explicaría por qué me seleccionaron para trabajar para Alexander Reid.

Aurora soltó una carcajada.

—Mi hija, la encantadora de bestias, ya sean felinas o humanas.

Felicity rio, pero después bostezó nuevamente. Fue inevitable. El cansancio finalmente le estaba alcanzando.

Gatsby, como si sintiera su agotamiento, se estiró perezosamente y se acomodó más cerca de ella.

—Debería dejarte descansar, cariño —dijo Aurora, notando el bostezo—. Necesitas dormir si vas a enfrentarte a tu jefe demonio mañana.

—Mmmm, tienes razón —murmuró Felicity, sintiendo los párpados cada vez más pesados—. Pero me alegra haberte llamado. Te echaba de menos.

—Yo también te echo de menos, mi niña valiente —respondió Aurora con ese tono que siempre había hecho sentir a Felicity que todo estaría bien, sin importar los obstáculos—.

Estoy tan orgullosa de ti. Siempre lo he estado, pero verte enfrentar estos nuevos desafíos, en una ciudad como Nueva York, con un trabajo tan duro... me llena el corazón.

Felicity sintió un nudo en la garganta.

Su madre siempre había sido su mayor admiradora, su apoyo más constante. Desde que su padre se marchó, habían sido ellas dos (y su abuela) contra el mundo. Un equipo inquebrantable.

—Gracias, mamá —logró decir—. Por creer siempre en mí, incluso cuando yo no lo hago.

—Es mi deber, cariño —respondió Aurora simplemente—. Y el deber más fácil del mundo, porque tú lo haces sencillo. Solo recuerda: has superado cosas mucho más difíciles que un jefe exigente. Tienes esto bajo control, Felicity. Solo necesitas encontrar tu ritmo.

—Lo intentaré —prometió ella, deslizándose bajo las sábanas, todavía con el albornoz puesto y la toalla en la cabeza. Estaba demasiado cansada para preocuparse por secarse el pelo o cambiarse—. Te llamaré pronto, ¿vale?

—Más te vale —advirtió Aurora, fingiendo severidad—. Y quiero todos los detalles sobre tu trabajo. Necesito material para presumir en el club de lectura.

Felicity sonrió, imaginando a su madre relatando versiones exageradas de sus aventuras en Reid Enterprises a sus amigas.

—Te quiero, mamá —dijo. La somnolencia ya nublando sus palabras.

—Y yo a ti, mi niña. Más de lo que nunca sabrás. Ahora duerme. Mañana será otro día para conquistar el mundo.

—O para ser devorada por él —murmuró Felicity.

—Recuerda: nosotras somos resistentes —afirmó Aurora.

—Resistentes… —repitió Felicity, ya casi dormida—. Como las cucarachas, pero más guapas.

La risa de Aurora fue lo último que escuchó antes de que la llamada terminara. Ni siquiera tuvo fuerzas para colocar el teléfono en la mesita de noche. Se quedó dormida con él aún en la mano, la toalla torcida sobre la cabeza, y Gatsby acurrucado contra su costado como un pequeño guardián nocturno.

Su último pensamiento consciente fue que, a pesar del día infernal, las intimidantes expectativas de Alexander Reid, y el agotamiento que sentía hasta en los huesos, había algo extrañamente satisfactorio en todo ello.

Como si, de alguna manera, estuviera exactamente donde debía estar: en un apartamento prestado, con un gato prestado, preparándose para otro día en un trabajo que parecía diseñado específicamente para llevarla al límite. (O hacerle bajar a los infiernos).

Y puede que ese límite fuera precisamente donde tenía que estar.