CAPÍTULO 15 #2
—¿Vengarse? ¿Qué podrías haberle hecho tú a Alexander Reid antes de trabajar para él? —Su expresión cambió repentinamente a una de comprensión dramática—. ¡No me digas que eres la hija secreta de su archienemigo empresarial!
Felicity soltó una risa nerviosa, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.
—No, no es tan emocionante como eso. Es solo que... —Respiró hondo, reuniendo valor—. Puede que hayamos tenido un encuentro previo. Uno bastante... inesperado.
La expresión de Azriel era la de un niño el día de Navidad.
—Oh-Dios-Mío. Necesito más vino para esto —declaró, rellenando ambas copas hasta el borde—. Estoy preparado. Suéltalo.
Felicity tomó un largo sorbo de vino, como buscando coraje a través del líquido.
—¿Recuerdas que te conté que me robaron la cartera en la estación? —comenzó, sintiendo que sus mejillas ardían—. Bueno, eso me dejó sin dinero y sin el billete del tren que había comprado. Y realmente necesitaba llegar a Nueva York para la entrevista, así que...
—¿Te colaste? —susurró Azriel, inclinándose más cerca, con los ojos abiertos de par en par—. ¡Felicity Ashford, delincuente ferroviaria! Quién lo hubiera pensado.
—Eso no es lo peor —continuó ella, tapándose la cara con las manos—. El revisor estaba inspeccionando los billetes, acercándose a mí, y entré en pánico. Completamente. Y entonces...
Se detuvo, incapaz de pronunciar las palabras. Azriel prácticamente vibraba de anticipación.
—¿Entonces qué? ¿Saltaste del tren en marcha? ¿Te escondiste en el baño? ¿Te disfrazaste de azafata? Joder, dime ya qué hiciste.
Felicity negó con la cabeza. Respiró hondo y finalmente confesó:
—Besé a un desconocido. Para que el revisor pensara que estábamos... ya sabes, distraídos, a nuestras cosas, y que así pasara de largo.
La boca de Azriel formó una perfecta «O» de asombro.
—Eso es brillante. Desesperado, pero brillante. ¿Y funcionó?
—Funcionó —confirmó Felicity, antes de añadir en un susurro casi inaudible—: El desconocido era Alexander Reid.
Hubo un momento de silencio absoluto mientras Azriel procesaba la información. Luego, como si alguien hubiera presionado un interruptor, estalló en una carcajada tan fuerte que Gatsby, que se había acomodado en un cojín que había en un rincón de la cocina, saltó alarmado.
—¡NO! —exclamó entre risas—. ¡Me estás tomando el pelo! ¡NO PUEDE SER!
Felicity asintió con una expresión de pena, apretando los labios, aunque no pudo evitar que una sonrisa se filtrara a través de su vergüenza.
—Le planté un beso a mi futuro jefe para evitar que me echaran del tren, o que me pusieran una multa que en ese momento no podía pagar. Ese es el nivel de toma de decisiones que aportaré a Reid Enterprises.
Azriel se secó las lágrimas de risa que corrían por sus mejillas, intentando componerse sin mucho éxito.
—Espera, espera… —dijo, levantando una mano temblorosa —. ¿Lo reconociste durante la entrevista?
Felicity gimió, dejando caer su frente sobre la encimera de la cocina con un suave golpe.
—Pues claro que lo reconocí. ¿Cómo no iba a reconocerle? Medio discutimos en el tren cuando dejé de besarle —respondió—. Lo que no sabía era que se trataba de Alexander Reid y que al día siguiente tenía una entrevista de trabajo con él.
—¡Madre mía! —exclamó Azriel, que estaba encantado con aquella historia—. ¿Y él te reconoció a ti?
Felicity levantó la cabeza.
—Por supuesto. Es Alexander Reid. Probablemente tiene una base de datos mental de cada persona que se ha cruzado en su camino desde el jardín de infancia.
—Joder. ¿Y cómo fue la conversación? «Hola, soy la chica que te asaltó sexualmente en el tren, ¿me darías un trabajo?»
—No lo digas así, que suena… —Felicity agitó la mano en el aire—. No sé cómo suena, pero no muy bien.
Azriel no podía parar de reír. Se llevó la mano a la tripa. Le dolía. Trataba de recuperar la compostura, pero le era imposible.
—Felicity…
—Sí, lo sé. Seguro que piensa que estoy loca, y probablemente tenga razón. Solo a mí se me ocurre besar a un desconocido en un tren para que el revisor no se dé cuenta de que he subido sin billete.
—Como superviviente eres un diez —comentó Azriel.
Felicity negó con la cabeza.
—Por eso hoy, cuando le dije que pensaba que estaba intentando hacerme renunciar como venganza por el beso que le di, me dijo que «no era tan mezquino».
Azriel se reclinó en su asiento, visiblemente impresionado.
—Así que, no solo sobreviviste a ese beso, sino que además Alexander Reid te contrató sabiendo que eras tú.
—Hizo una pausa dramática—. Felicity Ashford, eres oficialmente mi heroína.
Y la mejor compañera de piso que podría haber encontrado.
Este nivel de drama es exactamente lo que necesitaba en mi vida.
Gatsby, que se había recuperado del sobresalto, saltó sobre la encimera y se acercó a Felicity, frotando su cabeza contra su brazo como en señal de aprobación felina.
—Incluso Gatsby está impresionado —señaló Azriel—. Y te aseguro que es un crítico exigente. Mi último novio intentó ganarse su afecto durante seis meses y solo recibió desprecio y pelos negros en su ropa de diseño exclusivo.
Felicity no tuvo más remedio que reír. Lo de Azriel no tenía nombre. Y lo de Gatsby tampoco. Estiró la mano y acarició al gato, que ronroneaba contento.
—Al menos alguien no me juzga por mis cuestionables decisiones bajo presión.
—Oh, yo tampoco te juzgo —aseguró Azriel, levantando su copa en un nuevo brindis—. Al contrario, te admiro. Se necesita valor para hacer lo que hiciste. Y aún más para enfrentarte a él al día siguiente como si nada hubiera pasado.
Chocaron las copas nuevamente, esta vez con más entusiasmo.
—Hay algo que necesito saber —dijo Azriel, inclinándose hacia adelante con expresión conspiratoria—. ¿Cómo besa? Es puramente por curiosidad, no te voy a mentir.
Felicity casi se atragantó con su vino, tosiendo mientras Azriel le daba palmaditas en la espalda, riendo.
—¡No puedo creer que me preguntes eso! —exclamó cuando recuperó el aliento.
—Oh, vamos —insistió él—. Estamos construyendo una amistad. Los amigos comparten información vital sobre la forma de besar de magnates empresariales misteriosos y atractivos.
Felicity puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.
—Fue un beso de pánico, no exactamente el escenario ideal para una evaluación exhaustiva.
—Evades la pregunta —señaló Azriel, agitando un dedo acusador frente a ella—. Lo cual me dice todo lo que necesito saber.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Felicity, sintiendo que sus mejillas volvían a encenderse.
—Significa que no fue terrible y que, a pesar del pánico, fuiste más consciente del beso de lo que quieres admitir —Azriel la miró con ojos perspicaces—.
Si hubiera sido un mal besador, lo habrías dicho inmediatamente, incluso hubieras dado todo lujo de detalles sobre su deficiente técnica.
Tu evasión sugiere que fue, como mínimo, aceptable. Posiblemente mejor que eso.
Felicity abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. No hubo forma. Porque, aunque odiaba admitirlo, incluso para sí misma, en ese breve y desesperado momento, los labios de Alexander Reid habían sido sorprendentemente... perfectos.
Firmes pero suaves, inicialmente vacilantes por la sorpresa, pero rápidamente... ¿se habían adaptado? Y esa no era una frase que asociaría con el rígido y controlador presidente de Reid Enterprises.
—¡Lo sabía! —exclamó Azriel triunfante, interpretando correctamente su silencio—. Debería dedicarme a la psicología en lugar de al diseño. Claramente tengo un don para leer a las personas.
—Eres imposible —rio Felicity, arrojándole una servilleta que él esquivó con gracia.
—Soy fabuloso —corrigió Azriel—. Y tú, mi nueva amiga besucona de CEOs, eres exactamente la dosis de caos que necesitaba en mi ordenada existencia.
Felicity sonrió, sorprendida por lo cómoda que se sentía en presencia de aquel hombre que apenas conocía desde hacía un día.
Pero había algo en Azriel, su honestidad descarada, su humor irreverente, su amabilidad apenas disimulada bajo capas de dramatismo, que hacía que pareciera que se conocían desde siempre.
—Gracias —dijo de repente, con sinceridad—. Por la cena, el vino, y por escucharme sin pensar que soy una completa lunática.
—Oh, definitivamente pienso que eres una lunática —respondió Azriel con una sonrisa cálida—. Pero del tipo que me gusta. Además, ¿quién soy yo para juzgar? Una vez le pedí a un amigo que se hiciera pasar por mi pareja en un evento al que iba a acudir un ex. Imagínate cómo está mi cabeza —bromeó.
Ambos rieron, y Gatsby, como si quisiera unirse a la conversación, maulló sonoramente desde su posición privilegiada junto a Felicity.
—Creo que Gatsby piensa que somos almas gemelas platónicas —comentó Azriel—. Y él nunca se equivoca en estas cosas.
Mientras la noche avanzaba entre risas, confesiones y una segunda botella de vino («solo un poco más, mañana lo compensaremos con café extrafuerte», había dicho Azriel), Felicity sintió que algo importante estaba tomando forma.
No solo había sobrevivido a su primer día con Alexander Reid, sino que había encontrado un amigo, un confidente, un cómplice en aquella ciudad que hasta hace poco parecía tan fría e intimidante como su nuevo jefe.
Y pensó, mientras escuchaba a Azriel relatar una historia para desternillarse de risa sobre un desfile de moda que salió terriblemente mal, que eso era exactamente lo que necesitaba para enfrentar lo que fuera que Alexander Reid tuviera preparado para ella al día siguiente.