CAPÍTULO 15
Felicity arrastró los pies por el pasillo del edificio, cada paso más pesado que el anterior.
Las llaves tintinearon en su mano mientras intentaba acertar con la cerradura, fallando dos veces antes de finalmente introducir la correcta.
Su cerebro estaba tan agotado que hasta las acciones más básicas parecían requerir un esfuerzo hercúleo.
Cuando por fin consiguió abrir la puerta, el aroma a comida recién preparada la recibió como un abrazo cálido. Su estómago rugió en respuesta, recordándole que su almuerzo había consistido en un sándwich devorado de pie mientras reorganizaba la maldita agenda de Alexander Reid.
—¿Hola? —llamó débilmente, dejando caer el bolso junto a la entrada.
—¡En la cocina! —respondió la voz cantarina de Azriel—. ¡Estoy preparando la cena!
Felicity se quitó los tacones con un gemido de alivio, dejándolos abandonados junto a la puerta.
Estaba demasiado cansada para preocuparse por el orden.
Avanzó descalza hacia la cocina, donde encontró a Azriel moviéndose con habilidad entre ollas y sartenes.
Llevaba un delantal negro con la frase «Demasiado caliente para manipularlo» escrita en brillantes letras plateadas, y su pelo estaba recogido en un pequeño moño que de alguna manera lograba parecer tanto despreocupado como perfectamente estudiado.
—¡Por fin! La bella durmiente ha regresado —exclamó al verla, agitando una cuchara de madera a modo de saludo—. Aunque, si me permites la observación, pareces más un «zombie agotado» que «una princesa de cuento».
Felicity intentó sonreír, pero el gesto se transformó en un bostezo a mitad de camino.
—Me siento como si me hubiera atropellado un tren —murmuró, dejándose caer en uno de los taburetes de la isla de la cocina—. Un tren de alta velocidad llamado Alexander Reid.
Azriel la estudió con los ojos entornados, mientras reducía el fuego bajo una olla que desprendía un aroma delicioso.
—¿Un primer día largo? —preguntó, aunque la respuesta era evidente en cada línea de expresión del rostro de Felicity.
—Un primer día eterno —respondió ella, apoyando la frente contra la fría superficie de mármol de la isla—. Creo que he vivido varias vidas desde esta mañana.
Azriel rio. Le gustaba el sentido del humor de Felicity.
Gatsby apareció como convocado por el sonido de su voz, saltando ágilmente sobre la encimera e ignorando completamente la regla no explícita que le había impuesto Azriel de «nada de gatos en las superficies de la cocina».
Frotó su cabeza contra el brazo de Felicity en un gesto sorprendentemente reconfortante.
—Al menos a alguien le caigo bien —murmuró Felicity, acariciando agradecida el suave pelaje negro del felino.
—Aparta esa negatividad, cariño —le reprendió Azriel, moviendo la cuchara como un director de orquesta—.
El primer día siempre es horrible. En todos los empleos.
No puedes juzgar un trabajo por sus primeras ocho horas.
O en tu caso... —consultó el reloj de pared que había en la cocina—…
¿doce horas? ¡Santo cielo! ¿Alexander Reid te ha tenido esclavizada hasta ahora?
Ah, por cierto, a mí me caes de puta madre —añadió Azriel como coletilla, con una sonrisa de oreja a oreja.
Felicity le devolvió el gesto, aunque no con tanta euforia.
—No exactamente. —Se incorporó, pasando una mano por su coleta despeinada—. Técnicamente me dejó salir a las seis y cuarenta y tres, con precisión milimétrica, por supuesto. El resto del tiempo lo he pasado en el metro, mirando a la nada y cuestionando todas mis decisiones de vida.
Azriel soltó una carcajada mientras servía en dos platos el arroz tres delicias que había hecho.
—Bueno, has llegado al refugio seguro. Tengo arroz tres delicias, ese vino exquisito que sobró de ayer, y oídos dispuestos a escuchar todos los detalles jugosos.
—Colocó un plato humeante frente a ella—.
Come primero. Pareces a punto de desmayarte, y preferiría no tener que explicarles a los médicos de urgencias por qué mi nueva compañera de piso colapsó antes de pagar su primer mes de alquiler.
El aroma del arroz recién hecho hizo que Felicity se diera cuenta del hambre que tenía. Tomó el tenedor y probó un bocado, cerrando los ojos involuntariamente ante la explosión de sabores.
—Esto esta... divino —murmuró con la boca medio llena, abandonando toda pretensión de modales—. Podría llorar de felicidad.
Azriel volvió a carcajear.
—Las lágrimas son el mejor condimento —bromeó, sentándose frente a ella con su propio plato—. Aunque prefiero la salsa agridulce, personalmente.
—Te adoro —dijo Felicity.
—Y yo a ti, princesa —respondió él.
Comieron en un silencio cómodo durante unos minutos, con Felicity devorando el arroz como si fuera su última comida. Solo cuando su plato quedó casi vacío se permitió respirar profundamente y relajar los hombros por primera vez en el día.
—¿Mejor? —preguntó Azriel, observándola con una sonrisa satisfecha.
—Mucho mejor —admitió ella—. Creo que ahora puedo formar oraciones completas sin riesgo de desplomarme.
Azriel se levantó con un movimiento fluido, dirigiéndose hacia una pequeña bodega empotrada en la pared.
—Entonces es el momento perfecto para esto —anunció, sacando la botella de vino medio vacía de la noche anterior—. Un buen prosecco para acompañar el drama laboral que estoy seguro de que estás a punto de compartir.
Felicity dudó, mordiéndose el labio inferior.
—No debería... Mañana tengo que estar en la oficina a las siete otra vez, y mi cerebro ya está funcionando al diez por ciento de su capacidad.
—Una copa pequeña —insistió Azriel, sirviendo ya el líquido rubí en dos copas de cristal—. Por razones medicinales. Lo recetaría cualquier médico que haya pasado doce horas con Alexander Reid.
Felicity soltó una risa cansada.
—En ese caso, debería recetar algo más fuerte. Whisky, tal vez. O tequila. Posiblemente ambos, en una mezcla intravenosa.
—Tengo un Macallan de 18 años que guardo para emergencias —ofreció Azriel con seriedad fingida, señalando hacia un mueble bar en la esquina del salón—. Solo digo que la opción está disponible.
—El vino será suficiente —respondió Felicity entre risas, aceptando la copa que le ofrecía—. Prefiero no presentarme mi segundo día de trabajo con resaca. Algo me dice que Alexander Reid puede oler la debilidad como un tiburón detecta la sangre.
Azriel levantó su copa en un brindis.
—Por sobrevivir al primer día con el depredador alfa del mundo empresarial neoyorquino.
Chocaron suavemente sus copas y Felicity dio un sorbo de vino, sintiendo cómo el calor del alcohol comenzaba a desenredar algunos de los nudos de tensión en su espalda.
—Ahora —Azriel se acomodó en su taburete, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes—, quiero todos los detalles sucios.
¿Es tan intimidante en persona como dicen?
¿Realmente tiene esa mirada que puede congelar el infierno?
¿Llevaba Tom Ford o Brioni? Ya te conté que yo trabajé con él, pero no de una manera tan directa como tú.
Felicity no pudo evitar sonreír ante el entusiasmo de su nuevo amigo.
—Tom Ford —respondió—, gris carbón con una corbata azul que hacía que sus ojos parecieran... —se detuvo, consciente de que estaba entrando en un territorio peligroso.
—¿Qué parecieran qué? —presionó Azriel, captando su vacilación.
—Más intensos —concluyó Felicity, tomando otro sorbo de vino para ocultar su repentino sonrojo—. Y sí, tiene esa mirada. Es como si pudiera ver a través de ti, catalogando cada uno de tus defectos mientras simultáneamente calcula la forma más eficiente de reemplazarte.
—Fascinante —murmuró Azriel, claramente encantado con la descripción. Dio un sorbo de su copa—. ¿Y te hizo llorar? Las apuestas siempre giran en torno a cuánto tiempo tardan los nuevos empleados en romperse.
Felicity enderezó los hombros con un orgullo inesperado.
—Ni una lágrima —afirmó—. Aunque hubo un momento, mientras intentaba descifrar el complejo sistema de archivo, al mismo tiempo que preparaba una videoconferencia con Tokio y ordenaba su almuerzo específicamente libre de salsas, en que casi me escondo en el baño para gritar en una toalla.
Azriel soltó una carcajada.
—¿Libre de salsas? Por supuesto que es uno de esos hombres. Déjame adivinar, ¿salmón a la plancha con espárragos al vapor?
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Felicity, verdaderamente sorprendida.
—Es el plato universal de los poderosos obsesionados con el control —explicó Azriel con un gesto de su mano enjoyada—. Predecible, saludable, y tan emocionante como una conferencia sobre contabilidad fiscal.
Felicity rio, sintiendo cómo la tensión del día comenzaba a disolverse bajo la influencia del vino, la cena deliciosa y la compañía reconfortante de Azriel.
—Bueno, al menos sus asistentes anteriores han dejado un manual del tamaño de Guerra y Paz detallando todas sus preferencias y manías.
Aunque no tuve tiempo de leerlo completamente porque, según parece, mi primera prueba fue sobrevivir sin ayuda.
Rebecca, la asistente personal que se va, pasó todo el día en Recursos Humanos.
Por estrategia, según me informó Alexander Reid al final del día.
—¿Te tendió una trampa deliberadamente? —Azriel parecía escandalizado y deleitado a partes iguales.
—Una especie de «prueba de estrés», según sus palabras. —Felicity hizo comillas en el aire—. Yo qué sé, el tío es tan raro. Quería ver de qué soy capaz bajo presión extrema.
—Dios mío, es un sádico empresarial —declaró Azriel, sirviéndole más vino sin preguntar—. Me encanta. En el sentido más platónico y objetivo posible, por supuesto. Lo que no sé es por qué sus empleados no saltan por la ventana.
Felicity jugueteó con el tallo de su copa, dudando un momento antes de decidir que necesitaba desahogarse con alguien.
—La verdad es que... he pensado que estaba intentando vengarse de mí.
Azriel arqueó una de sus cejas perfectamente delineada.