CAPÍTULO 14
Las siguientes horas transcurrieron en un borrón de actividad frenética.
Felicity descubrió rápidamente que reprogramar las reuniones de Alexander Reid no era simplemente cuestión de enviar emails impersonales. Cada contacto tenía un protocolo específico, que estaba meticulosamente detallado en el manual.
Definitivamente Rebecca tenía razón, aquel dosier era como la Biblia.
Era como jugar al ajedrez en tres dimensiones, mientras intentabas recordar las preferencias de cada pieza. Surrealista total. Y una puta locura.
—¿Puedo ayudarle en algo más, señor Al-Farid?
—preguntó Felicity con su voz más profesional al asistente de un jeque de Dubái, habiendo logrado reprogramar exitosamente su reunión con Alexander Reid para la semana siguiente—.
Por supuesto, transmítale mis mejores deseos a la pequeña Amira por su recital de piano.
Tras colgar, tachó otro nombre de su lista cada vez más corta.
Once reuniones reprogramadas, solo quedaban tres. El sudor perlaba su frente a pesar del eficiente sistema de aire acondicionado del edificio.
El teléfono rojo sonó, provocándole un sobresalto tan violento que casi derramó su tercer café (frío y olvidado) sobre los documentos financieros que había estado revisando.
—Dígame, señor Reid —respondió. Su voz era profesional, aunque su corazón galopaba en su garganta.
—¿Cómo va la reprogramación? —La voz de Reid sonaba distante, fría, como si estuviera concentrado en algo más mientras hablaba.
—Once reuniones confirmadas para nuevas fechas, tres pendientes —resumió Felicity, recordando el consejo de Azriel sobre la aversión de su nuevo jefe a las divagaciones—. Espero completar el proceso en los próximos treinta minutos.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—Impresionante —dijo finalmente Alexander, con un tono que no revelaba si estaba sorprendido, satisfecho o simplemente constatando un hecho—. ¿Y el análisis?
Felicity miró los múltiples documentos abiertos en la pantalla del ordenador, el pánico amenazando con abrumarla.
—En proceso, señor. Estoy relacionando los datos de los últimos tres trimestres con los patrones de inversión históricos de Nakamura.
Otro silencio, más largo.
—¿Tiene acceso a los archivos confidenciales del proyecto? —preguntó finalmente Alexander.
—No, señor —admitió Felicity, con la sensación de que acababa de fallar una prueba crucial—. Rebecca no ha tenido tiempo de configurar mis credenciales de seguridad para esa base de datos.
Alexander dejó escapar un suspiro apenas audible.
—En mi escritorio hay una carpeta azul con acceso de emergencia. Úselo. Y señorita Ashford...
—¿Sí, señor Reid?
—El análisis para las 9:30, no para las 10. La situación ha escalado.
El teléfono enmudeció antes de que pudiera responder.
—¡Maldita sea! —murmuró Felicity.
Miró su reloj. Eran las 8:17.
Tenía poco más de una hora para completar un análisis que normalmente requeriría un equipo entero y varios días.
«Definitivamente está haciendo todo esto para que me vaya por mi propia voluntad —pensó para sus adentros, dirigiéndose apresuradamente hacia su oficina—. Es más cabrón que el diablo.»
Al abrir la puerta, se encontró a Alexander de pie frente a uno de los ventanales, hablando en japonés por teléfono, con una fluidez que añadía otra capa a su ya intimidante persona. ¿Hablaba japonés? ¿Cuántos idiomas más sabía? ¿Indio suajili? ¿Esperanto?
Apenas reconoció su presencia con un breve asentimiento mientras continuaba su conversación.
Felicity localizó rápidamente la carpeta azul mencionada y se retiró discretamente y sin hacer ruido, consciente de estar invadiendo su espacio. Su santuario.
Una vez de vuelta en su escritorio, ingresó las credenciales temporales y se sumergió en un océano de datos financieros.
A las 9:28, Felicity golpeó suavemente la puerta de la oficina de Alexander Reid, sosteniendo una carpeta con su análisis completo y una presentación digital respaldada en la tablet.
Su blusa, impecable dos horas y media antes, mostraba signos de estrés, y un mechón rebelde había escapado de su coleta, pero había completado la tarea.
—Adelante —respondió la voz firme de su jefe.
Entró y lo encontró revisando una pila de documentos en su escritorio, con la misma concentración de un cirujano examinando radiografías antes de una operación delicada.
—El análisis financiero del proyecto Singapur y los patrones de inversión de Nakamura, señor —anunció, colocando la carpeta sobre el escritorio—. También he preparado una presentación digital con los puntos clave, en caso de que prefiera ese formato para su videoconferencia.
Alexander levantó la mirada, estudiándola con esos ojos azules imposiblemente penetrantes.
—Siéntese, señorita Ashford —indicó, señalando una de las sillas frente a su escritorio.
Felicity obedeció, intentando no mostrar su nerviosismo mientras Alexander hojeaba el informe.
Cada página que pasaba sin un comentario aumentaba su ansiedad. No tenía ni idea de si su silencio era bueno o malo. Aquel hombre era tan impredecible. Tan serio. Tan reservado.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, cerró la carpeta y la miró directamente a los ojos.
—¿Advirtió el patrón en los retiros de inversión de Nakamura en el sector tecnológico el año pasado? —preguntó en un tono neutral.
Felicity asintió, agradeciendo mentalmente las horas extra que había dedicado a estudiar finanzas corporativas en la universidad.
—Sí, señor. Nakamura tiende a amenazar con retirarse aproximadamente seis semanas antes de cada renegociación de términos. Es una táctica para obtener mejores condiciones. Lo han hecho en tres proyectos anteriores, y en ningún caso se retiraron realmente.
Por primera vez desde que había entrado en la oficina, algo parecido a una expresión (humana) cruzó el rostro de Alexander Reid. No era exactamente una sonrisa, pero sus ojos mostraron un destello de... ¿aprobación?
Sí, tal vez fuera aprobación.
—Correcto —confirmó—. La mayoría de los analistas no captan ese patrón sin meses de familiaridad con sus operaciones. ¿Cómo lo identificó tan rápidamente?
Era una trampa o una oportunidad para impresionarlo, Felicity no estaba segura. Optó por la sinceridad. Azriel le había dicho que nunca mintiera, que Alexander Reid tenía un radar para las mentiras.
—El manual de la señorita Anderson incluye un apéndice sobre los principales inversores internacionales y sus tácticas de negociación habituales. Conecté esa información con los datos financieros y el patrón emergió.
Alexander asintió lentamente.
—Utilizó los recursos disponibles y aplicó un pensamiento crítico. Bien.
No era exactamente un elogio efusivo, pero en el universo de Alexander Reid, aquello parecía equivalente a una ovación de pie.
—¿Necesita algo más para la videoconferencia, señor? —preguntó Felicity, manteniendo una voz totalmente profesional a pesar del pequeño destello de orgullo que sentía.
—Sí. Necesito que asista y tome notas detalladas. La señorita Anderson normalmente... —Se detuvo, como si acabara de recordar que Rebecca ya no estaba disponible para esas tareas—. La videoconferencia será en japonés. ¿Habla el idioma?
El corazón de Felicity se hundió. En lo más profundo de su pecho. Ahí estaba, la prueba imposible que finalmente la haría caer, que haría que la despidiera. El japonés.
—No, señor —admitió, preparándose para la inevitable expresión de decepción de su jefe.
Para su sorpresa, Alexander simplemente asintió.
—No esperaba que lo hiciera. Usaremos el sistema de traducción simultánea. Familiarícese con él antes de la llamada. —Consultó su lujoso reloj de pulsera—. Tiene exactamente diecisiete minutos.
Y con eso, volvió a prestarle atención a sus documentos, dando por terminada la conversación.
Felicity se levantó de la silla y salió de la oficina.
Joder, iba a darle un ictus, un infarto, o las dos cosas. ¿Quién cojones aguantaba ese ritmo aparte de Alexander Reid?
El resto del día transcurrió en una sucesión igualmente frenética de tareas urgentes, toma de decisiones rápidas y nuevos desafíos.
La videoconferencia con Tokio fue tensa pero productiva, con Alexander Reid demostrando una habilidad diplomática que Felicity no habría esperado de alguien con su reputación de chico duro.
Rebecca nunca volvió para el almuerzo como había sugerido, dejando a Felicity navegando sola por las complejidades de ordenar el almuerzo adecuado para Alexander Reid (salmón a la parrilla, espárragos al vapor, sin salsas, y agua de mineralización débil), gestionar una crisis menor con el departamento de marketing y publicidad, y continuar reprogramando reuniones adicionales que seguían apareciendo mágicamente en el calendario.
A las 18:43, exhausta pero extrañamente satisfecha, Felicity estaba concluyendo los últimos detalles del día cuando el teléfono rojo sonó una vez más.
—Puede retirarse, señorita Ashford —anunció Alexander sin preámbulo, como siempre—. Mañana a las 7 en punto.
—Sí, señor. ¿Necesita algo más antes de que me vaya?
—Una pregunta —dijo. Su tono de voz era indescifrable—. ¿Por qué cree que le he asignado tantas tareas diferentes hoy?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Felicity consideró durante unos segundos dar una respuesta diplomática, pero el cansancio había erosionado sus filtros.
—Sinceramente, señor, en algún momento durante el día he pensado que estaba intentando hacerme renunciar en mi primer día. Tal vez como venganza por... nuestro primer encuentro. Ya sabe… por el beso —se atrevió a decir.
El silencio que siguió a su declaración fue tan largo que Felicity temió haber cometido un error fatal con su franqueza.
—Interesante teoría —respondió finalmente Alexander—. Incorrecta, pero interesante. No soy tan mezquino, señorita Ashford.
Felicity no estaba muy segura de eso, pero no se lo dijo, por supuesto. No iba a inmolarse en directo.
—No quise decir…
—Las pruebas de hoy —interrumpió con firmeza Alexander—, han sido para establecer su línea base. Necesitaba saber de qué es capaz bajo presión extrema.
Felicity parpadeó, procesando aquella revelación. ¿Y decía que no era tan mezquino?
Que la gente afirmara que era como el Diablo se quedaba corto. Era peor.
—¿Todo fue una prueba? —repitió.
—Todo en Reid Enterprises es una prueba, señorita Ashford. La diferencia es que usted la ha pasado.
Con esas enigmáticas palabras, la línea se cortó.
Felicity se reclinó en su silla, físicamente agotada.
Alexander Reid era, sin duda, el jefe más exigente, severo y misterioso que jamás había tenido. Trabajar para él iba a ser un desafío constante, un ejercicio de resistencia mental y emocional.
Pero mientras recogía sus cosas para marcharse, Felicity se sorprendió a sí misma sonriendo. Porque por debajo del agotamiento y la frustración, había algo más: la certeza de que ese trabajo la empujaría más allá de límites que ni siquiera sabía que tenía.
Y quizá descubriría qué se escondía realmente detrás de la fachada impenetrable de Alexander Reid, el hombre cuyos labios había probado en un tren, y cuya mente parecía más intrincada que cualquier rompecabezas que hubiera intentado resolver.
—Mañana a las 7 en punto —se recordó en su susurro, dirigiéndose hacia el ascensor. El día uno había terminado, pero la verdadera prueba apenas acababa de comenzar.