El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Alguien que trabajaba para Alexander Reid.

La noche anterior, después de la iluminadora y divertida sesión de «consejos para sobrevivir a Alexander Reid» que había tenido con Azriel, había programado no una, sino tres alarmas escalonadas, dos en el móvil y una en el despertador. El universo no iba a permitir que llegara tarde su primer día.

—Este sufrimiento es temporal —murmuró para sí misma mientras se arrastraba fuera de la cama, donde Gatsby se había instalado cómodamente durante la noche—. Solo hasta que te acostumbres a la rutina. El cuerpo es sabio y se terminará habituando —se animó.

Incluso el gato parecía mirarla con compasión mientras se dirigía a la ducha, tropezando con algo en la semipenumbra de la habitación.

Setenta minutos después, Felicity emergía del metro en Manhattan, impecablemente vestida con un traje sastre negro, bajo un abrigo ligero de paño.

Su rebelde pelo estaba domado en una coleta, y se había aplicado el maquillaje específicamente para disimular tanto el cansancio como los nervios.

En una mano sostenía un café (su segundo de la mañana).

La Torre Reid se alzaba frente a ella, imponente contra el cielo que apenas comenzaba a aclararse. Un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura matutina recorrió su espina dorsal.

«Puedes hacerlo —se dijo, enderezando los hombros—. Es solo un hombre. Un hombre extraordinariamente exigente, intimidante, y que casualmente conoce el sabor de tus labios, pero un hombre, al fin y al cabo.»

El pensamiento, lejos de reconfortarla, casi la hizo atragantarse con su propio café.

El vestíbulo estaba relativamente tranquilo a esa hora, con solo unos pocos madrugadores como ella dirigiéndose a sus respectivas oficinas. El guardia de seguridad la detuvo en el punto de control.

—Identificación, por favor —solicitó, con la eficiencia de quien ha repetido la misma frase centenares de veces.

—Es mi primer día —explicó Felicity, tratando de que no se le cayera el café mientras buscaba en su bolso—. Felicity Ashford, asistente personal del señor Reid.

El guardia alzó las cejas con interés.

—¿La nueva asistente personal del jefe? —Su tono adquirió un matiz de algo cercano a la simpatía, o a la indulgencia, o incluso a la compasión—. Buena suerte con él. Rebecca está esperándote arriba.

Tras escanear su identificación y entregarle una tarjeta de acceso, el guardia añadió en voz baja:

—Un consejo: el ascensor A siempre te lleva directamente al piso ejecutivo. Los otros se detienen en cada planta a esta hora.

Felicity sonrió de forma discreta, agradeciendo el pequeño acto de bondad. Incluso en la intimidante Torre Reid, existía una fraternidad silenciosa de empleados dispuestos a ayudarse mutuamente.

—Gracias —susurró.

El hombre asintió.

El ascensor A, tal como había prometido el guardia, la llevó sin paradas hasta el piso 70. Otra vez, como ya había sucedido el día anterior.

Las puertas se abrieron con un suave ding, que por alguna razón sonaba más elegante que los timbres de ascensores ordinarios. Todo en aquel edificio parecía estar diseñado para recordarte que estabas en un nivel diferente de existencia.

Apenas había puesto un pie fuera cuando Rebecca, que iba vestida con un traje gris perfectamente planchado se materializó frente a ella.

—Buenos días, Felicity —dijo, con una sonrisa—. Has llegado puntual, eso es un excelente comienzo.

Felicity sonrió.

—¿Tú crees que son «buenos días»? —le preguntó con buen humor.

Rebecca dejó escapar una risilla. Sabía a qué se refería.

—Te acostumbraras, tranquila —contestó.

—Espero no haber llegado demasiado temprano —dijo Felicity.

Rebecca consultó su reloj, un modelo elegante pero no ostentoso.

—6:37. Perfecto. El señor Reid generalmente llega a las 6:55, por lo que tenemos exactamente dieciocho minutos para que te dé las primeras instrucciones. Sígueme.

Sin esperar respuesta, Rebecca giró sobre sus talones y comenzó a caminar a paso rápido por un pasillo flanqueado por obras de arte moderno que probablemente costaban más que todo el edificio donde Felicity había crecido.

—Esta es tu oficina —indicó Rebecca, señalando un espacio sorprendentemente amplio con vistas panorámicas de la ciudad—. O más bien, la antesala de la oficina de Alexander. Tu escritorio funciona como segunda línea de defensa. La primera es la de recepción.

La metáfora bélica no pasó desapercibida para Felicity, que tragó saliva mientras depositaba su bolso en la elegante silla ergonómica.

—Como ya sabes, porque estuviste ayer, la puerta de la derecha es la oficina del señor Reid —continuó Rebecca, señalando sus imponentes puertas dobles de madera oscura—.

La de enfrente es una de las salas de reuniones y la de la izquierda es una pequeña sala de descanso para ti, con un baño privado.

Créeme, lo agradecerás en los días especialmente intensos.

Felicity asintió, intentando absorber toda la información mientras escaneaba el espacio.

El escritorio era de diseño minimalista pero claramente lujoso, con un ordenador de última generación, una tablet, y dos teléfonos: uno podría decirse que normal y otro con múltiples líneas etiquetadas con códigos de colores.

—El rojo es exclusivamente para llamadas del señor Reid —explicó Rebecca, mirando a Felicity—.

Cuando suena, todo lo demás pasa a segundo plano, sin importar qué.

El azul es para llamadas externas e internas de la empresa.

El funcionamiento del sistema está explicado en el manual que he preparado para ti.

Señaló un cuaderno de cuero negro sobre el escritorio, tan grueso que parecía contener la explicación de la evolución de la humanidad, incluido el eslabón perdido de Darwin.

—Doscientas cuarenta y dos páginas de protocolos, contactos, preferencias y procedimientos —añadió, con un toque de orgullo en la voz—. Todas las asistentes que hemos trabajo para Alexander Reid lo hemos ido actualizando religiosamente a lo largo de los años. Considéralo tu biblia.

«Puta madre.»

—Es... impresionante —murmuró Felicity, intimidada por el volumen.

—Es necesario —corrigió Rebecca con firmeza—.

El señor Reid opera en un nivel que la mayoría de las personas ni siquiera pueden comprender.

Parte de nuestro trabajo es anticiparnos a sus necesidades, filtrar las distracciones y asegurarnos de que su día transcurra con la precisión de un reloj suizo.

Se detuvo un momento, y por primera vez, su expresión perfectamente compuesta mostró un atisbo de algo más humano.

—Mira, voy a ser franca contigo porque no tenemos mucho tiempo. Alexander Reid es el jefe más exigente que jamás conocerás. Es brillante, implacable y no espera nada que no sea la perfección. He visto a empleados durar menos de un día.

Felicity sintió cómo su estómago se contraía.

«Genial —pensó con sarcasmo—. Solo espero no ser uno de esos empleados»

—Pero —continuó Rebecca. Su tono de voz se suavizó ligeramente—, también es increíblemente justo. Nunca pide algo que él mismo no esté dispuesto a hacer. Y si demuestras tu valía y tu lealtad, probablemente te recompense por ello, pero antes tienes que aguantar sus gruñidos —bromeó.

Felicity se echó a reír.

La revelación la sorprendió. En sus investigaciones sobre Alexander Reid lo había imaginado como un tirano, en el sentido clásico, aunque si era cierto lo que Azriel le había contado, al parecer también era un hombre muy generoso, aunque no alardeara de ello.

Quizá el diablo no fuera tan diablo, después de todo.

—¿Algún consejo para sobrevivir al primer día? —preguntó, intentando mantener el tono ligero, aunque la pregunta era mortalmente seria.

Rebecca esbozó una pequeña sonrisa.

—Sé proactiva, no reactiva. Anticípate. Y por el amor de Dios, no cometas el mismo error dos veces. —Consultó su reloj nuevamente—. Y ahora, tenemos exactamente dos minutos antes de que...

El suave ding del ascensor interrumpió sus palabras.

—Llega temprano —murmuró Rebecca, enderezándose automáticamente—. Respira profundo y recuerda: confianza, no arrogancia.

Felicity apenas tuvo tiempo de erguirse, antes de que su imponente figura apareciera en el umbral de la oficina.

Vestía un traje gris carbón que parecía haber sido cosido directamente sobre su cuerpo, camisa blanca inmaculada, y una corbata de seda en un tono azul oscuro que hacía que sus ojos parecieran aún más profundos.

Su pelo negro, con esas canas prematuras en las sienes que le daban un aire de autoridad innata, estaba perfectamente peinado. Sin ni un solo pelo fuera de lugar.

Por un breve y jodido traicionero momento, Felicity recordó lo que había sentido al besar esos labios que ahora estaban firmemente presionados en una línea dura.

El pensamiento la hizo sonrojarse, y rezó para que él atribuyera el color de sus mejillas a los nervios normales del primer día.

Felicity miró de reojo a Rebecca. ¿Qué pensaría si supiera que había besado a Alexander Reid? Seguro que fliparía mucho.

—Buenos días, señor Reid —lo saludó Rebecca con voz profesional.

—Buenos días.

—Buenos días, señor Reid —dijo Felicity.

Los ojos de Alexander Reid se posaron en ella. Su mirada era tan penetrante que casi pudo sentirla físicamente.

—Señorita Ashford —saludó con un breve asentimiento—.

Señorita Anderson, necesito que reprograme toda mi agenda de hoy —anunció sin preámbulo, dirigiéndose hacia su oficina—.

Acabo de recibir noticias de que el grupo Nakamura está considerando retirar su inversión en el proyecto de Singapur.

Necesito concentrarme exclusivamente en eso.

Rebecca intercambió una mirada rápida con Felicity, como diciendo «y así comienza».

—En realidad, señor Reid —intervino Rebecca—, tengo que bajar a Recursos Humanos para empezar con todo el papeleo del finiquito y demás. La señorita Ashford se encargará de su agenda hoy.

Alexander se detuvo en seco, girándose lentamente para mirar a Felicity con una expresión que claramente decía: «¿Está preparada para hacerlo?»

Felicity sintió que su corazón se aceleraba, pero mantuvo la compostura. Probablemente no estaba preparada. Claro que no, pero que iba a hacer, ¿decírselo? No, eso le mandaría directamente a la puñetera calle.

—Por supuesto —aseguró, sacando la tablet que Rebecca había mencionado como la herramienta principal para gestionar la agenda de Alexander Reid—. ¿Qué prioridad tienen las reuniones actuales? ¿Hay alguna que deba mantener a toda costa?

Un destello de algo (¿sorpresa? ¿aprobación?) cruzó el rostro de Alexander antes de que respondiera:

—La videoconferencia con Tokio no puede moverse. Todo lo demás es negociable, pero con tacto. No quiero enfadar a nadie… innecesariamente.

—Entendido —respondió Felicity, ya deslizando sus dedos por la pantalla para acceder al calendario—. ¿Prefiere que agrupe las reuniones canceladas para mañana o que las distribuya a lo largo de la semana?

Esta vez, la sorpresa en el rostro de Alexander Reid fue inequívoca, aunque duró apenas un instante.

—Distribúyalas. No más de tres reuniones adicionales por día —indicó, antes de dirigirse nuevamente hacia su oficina—.

Y necesitaré un análisis completo de los últimos informes financieros del proyecto de Singapur.

Todo lo que tenemos sobre Nakamura y sus patrones de inversión anteriores. Para las diez.

La puerta se cerró tras él con un suave clic que de alguna manera sonó como el sello en una sentencia de muerte.

—Bueno —murmuró Rebecca—, parece que tendrás un primer día interesante.

—¿Siempre es así? —preguntó Felicity, ya navegando frenéticamente por el calendario digital que era bastante complejo, todo hay que decirlo.

—Oh, no —respondió Rebecca con una sonrisa sardónica—. A veces es mucho peor.

Y con esas palabras tranquilizadoras (entiéndase la ironía), Rebecca consultó su reloj una vez más.

—Tengo que irme. Mi primera reunión en el departamento de Recursos Humanos es dentro de diez minutos. Volveré para el almuerzo si puedo, pero no sé si me dará tiempo. Todo lo que necesitas está en el manual. —Hizo una pausa en la puerta—. Y Felicity... buena suerte. La necesitarás.

«Pues qué bien», pensó ella con ironía.

Una sola vez, Felicity se permitió un breve momento de pánico (que fue bastante intenso). Tenía exactamente tres horas para:

Reorganizar por completo la agenda de un directivo con una vida aparentemente más compleja que la de un jefe de estado.

Cancelar reuniones con personas probablemente importantes sin que se enfadaran, y reprogramarlas de nuevo a lo largo de la semana, sin que se enfadaran también.

Preparar un análisis financiero sobre un proyecto que ni siquiera conocía.

Y todo esto en su primer día, sin la orientación y la formación que se suponía que iba a recibir, por que todo estaba en ese manual del demonio que permanecía sobre el escritorio.

—De puta madre —masculló.

Lanzó un suspiro.

«¿Está intentando hacerme fracasar a propósito? —se preguntó, recordando su primer encuentro en el tren—. ¿Es esta su forma de vengarse por el beso que le di? ¿Torturarme cada día que esté aquí?»

Pero no tenía tiempo para teorías de conspiración. Ni para casi ir al baño, a pesar de que ya se orinaba media vida por culpa de los nervios.

Respiró hondo y abrió el dichoso manual que Rebecca había dejado sobre el escritorio, y se sumergió en la sección de «Gestión de Calendario y Protocolos de Emergencia».