CAPÍTULO 12
Más tarde esa noche, después de que Felicity recogiera sus escasas pertenencias del hostal y se instalara en su nueva habitación, se encontró de nuevo en la cocina con Azriel.
Compartían un plato de pasta sencillo pero delicioso que él había preparado («La carbonara es mi comida reconfortante de emergencia», explicó mientras cascaba huevos con destreza sobre la pasta caliente), y Gatsby estaba sentado majestuosamente en un taburete cercano, lanzando de vez en cuando miradas críticas sobre sus hábitos alimenticios.
—Entonces —dijo Felicity, haciendo girar la pasta en su tenedor—, ¿mencionaste que tenías consejos de supervivencia para trabajar con Alexander Reid?
Los ojos de Azriel se iluminaron mientras llenaba las copas de vino.
—Ay, cariño, abróchate el cinturón. Este va a ser tu curso intensivo de REIDología.
A Felicity le hizo gracia el juego de palabras.
Azriel dejó la botella en la mesa y se inclinó hacia delante con aire conspirador.
—Primera y más sagrada regla: el horario de este hombre se considera un texto religioso. Si tiene una reunión a las 9:03, ni a las 9:00, ni a las 9:05, empieza exactamente a las 9:03. Se rumorea que una vez despidió a un ejecutivo por llegar cinco minutos tarde a una revisión trimestral de gastos.
—Estás bromeando —dijo Felicity, sintiendo una punzada de ansiedad.
—Ojalá estuviera bromeando —respondió Azriel, tomando un sorbo de vino—.
Un amigo mío trabaja en relaciones públicas para Vogue, y al parecer Reid llegó puntual a una sesión de fotos, mientras que Anna Wintour llegó quince minutos tarde.
Esperó exactamente cinco minutos y se fue.
Anna tuvo que reprogramar la sesión según su disponibilidad.
Felicity casi se atraganta con la pasta.
—¿Dejó plantada a Anna Wintour?
—Sí. El mundo de la moda prácticamente sufrió un aneurisma colectivo.
—Los ojos de Azriel brillaron con la alegría de compartir buenos chismes—.
Lo que me lleva al consejo número dos: ese hombre no tiene paciencia para lo que él llama «cortesías sociales».
Nada de charlas triviales, nada de preguntarle por su fin de semana, y definitivamente nada de halagarle la corbata a menos que quieras una mirada tan fría que congele el rio Hudson —enumeró con sus dedos, impecablemente cuidados.
—Tercer consejo: el café. Alexander Reid importa sus granos de Turquía, donde se hace el mejor café egipcio.
Los tuestan monjes en Italia, o algo igual de pretencioso.
Hay una cafetería especial en el SoHo que lo vende, te mando la dirección por mensaje.
El café debe estar a 23 grados, servido en una taza de porcelana, sin papel ni plástico.
Se lo toma sin azúcar, aunque de vez en cuando le echa un chorrito de leche entera; nunca leche semidesnatada, nunca leche desnatada, y Dios no quiera que le sugieras leche de avena.
Felicity no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—Venga ya, eso tiene que ser un bulo —dijo.
—¿Un bulo?
—Sí, como el de los famosos en los hoteles, que si Jennifer López exige que toda la decoración de la habitación sea de color blanco, que si Shakira solicita 30 botellas de agua sin gas, 29 bebidas gaseosas, leche desnatada y muchas pajitas, o que Madonna pide que rompan el wáter que usó en su habitación.
Todo el mundo lo hemos oído, pero es mentira. Son solo leyendas.
Azriel la miró por debajo de la línea de pestañas.
—¿En serio crees que esas cosas son solo una leyenda?
—Sí.
—Qué ingenua eres mi querida Felicity. En esas leyendas hay más verdad que en la Biblia.
—Joder, entonces necesito tomar notas —masculló Felicity, catalogando mentalmente las peculiaridades de Alexander Reid.
—Pues apenas estoy empezando —sonrió Azriel—.
Número cuatro: ese hombre tiene memoria fotográfica, sobre todo para los errores.
Nunca, y quiero decir nunca, cometas el mismo error dos veces.
La primera vez, te mirará como si lo hubieras decepcionado no solo a él, sino a todos tus antepasados.
¿La segunda vez? Mejor que recojas todas tus pertenencias de tu escritorio.
Felicity sonrió, fue inevitable. Le entusiasmaba la manera que tenía Azriel de contar las cosas. Aquel tío era todo un descubrimiento.
Él hizo una pausa y volvió a llenar los platos.
—Número cinco: a pesar de toda la evidencia que hay en su contra, el tío es humano.
Dicen que dona cantidades ingentes de dinero a hospitales infantiles de forma anónima.
Paga el seguro médico de todo su personal con sus cuentas personales, no con las de la empresa.
Y una vez suspendió una reunión de la junta directiva porque el hijo de uno de sus consejeros delegados tuvo un accidente de coche y lo llevó personalmente al hospital».
Felicity parpadeó sorprendida.
—Eso... no encaja con la imagen del señor Limón Amargo .
Azriel detuvo el tenedor en mitad de camino hacia la boca.
—¿Señor Limón Amargo? —repitió.
—Sí, es así como le llamo —respondió Felicity.
Azriel se llevó la mano a la boca y comenzó a reír.
—Eres buena, Ashford —dijo—. Es casi mejor que el CEO de corazón de hielo.
Felicity sonrió.
—Bueno, como estaba diciendo —continuó Azriel—. Alexander Reid cultiva con esmero su reputación de tirano empresarial despiadado, y que conste que lo es —matizó—, pero hay grietas en su armadura si sabes dónde buscar.
Se recostó, removiendo el vino de su copa, pensativo.
—Siguiente consejo —lo animó Felicity.
—Número seis: sus trajes están hechos a medida por Brioni o Tom Ford, nada más y nada menos.
Si alguna vez ocurre algo con su traje y necesitas ayuda urgente, y sí, parece que puede darse el caso, solo esos dos te sacarán del apuro —aseveró Azriel—.
Sus camisas también están hechas a medida, siempre con sus iniciales bordadas en el puño izquierdo, pero nunca visibles para los demás.
Es como un club secreto que solo él conoce.
—¿Cómo coño sabes todo esto? —preguntó Felicity, asombrada por el nivel de detalle de Azriel. Se llevó el tenedor a la boca lleno de pasta.
Él se encogió de hombros con elegancia.
—Diseñé una colección para una campaña publicitaria en la que salía él. Es un hombre meticuloso. Revisó personalmente cada boceto, muestra de tela y plan de producción. Hizo preguntas que ningún presidente de una empresa debería saber hacer. Fue aterrador e impresionante —respondió.
Azriel tomó otro sorbo de vino antes de continuar.
—Consejo número siete: nunca le mientas. Jamás. Pero jamás de los jamases. Tiene una especie de detector de mentiras incorporado en su cerebro. Si cometes un error, admítelo de inmediato. Si no sabes algo, dilo en lugar de adivinarlo. Respeta la honestidad por encima de casi todo».
—Eso sí que ayuda —admitió Felicity—. ¿Y qué hay de su vida personal? ¿Tiene familia? ¿Novia?... ¿Novio?
Azriel arqueó las cejas en un gesto pícaro.
—¿Ya te interesa?
Felicity sintió que se le encendían las mejillas.
—Solo para fines profesionales —dijo, tratando de sonar despreocupada—. Debería saber si necesito comprar regalos de cumpleaños, flores de aniversario o lo que sea.
—Mmmm —tarareó Azriel con escepticismo—.
Bueno, la vida privada de Alexander Reid es más reservada de lo que en su día lo fue la cárcel de Alcatraz.
Nunca se ha casado. No se le conoce ninguna relación seria en los últimos años, aunque de vez en cuando se deja ver en algún que otro evento con modelos despampanantes que parecen no durarle más de una aparición pública.
Se acarició la barbilla con expresión reflexiva, tratando de hacer memoria sobre más datos de él.
—Sus padres fallecieron. Su padre fundó la empresa y Alexander tomó las riendas a los veinte años tras una tragedia familiar.
Era hijo único. Ah, y tiene un ático en Upper East Side, otro en Londres y una especie de complejo en Berkshires, una región montañosa entre Massachusetts y Connecticut, donde desaparece cuando necesita pensar.
—¿Cómo es que todo esto no está en Wikipedia? —se maravilló Felicity.
—Porque es implacable con su privacidad.
Cualquiera que filtre información personal queda enterrado; legalmente, quiero decir, aunque tampoco me extrañaría que lo hiciera de otra manera.
—Azriel le guiñó un ojo y Felicity se echó a reír—.
Lo que me lleva al consejo número ocho: cualquier cosa que descubras sobre él en tu puesto de trabajo se trata con absoluta confidencialidad.
Ese hombre valora la lealtad por encima de todo.
Si le traicionas, estás muerto, y no sé si solo legalmente —bromeó.
Felicity asintió solemnemente, pensando en las extrañas circunstancias de su primer encuentro.
Sino hubiera sido porque necesitaba una asistente personal con urgencia y ella tenía un buen currículum, la hubiera echado tan rápido de su despacho que la cabeza le seguiría dando vueltas… todavía.
—Consejo número nueve —continuó Azriel, que ya había cogido el ritmo—.
Reid entrena todas las mañanas a las 5:30.
Tiene un gimnasio privado en la Torre. Esto significa que suele estar en la oficina a las 7:00.
Deberías intentar llegar al menos quince minutos antes que él, y tener la agenda del día impresa.
Sí, le gusta una copia física a pesar de ser un magnate tecnológico, y un preciado café egipcio esperando.
—¿Entrena a las 5:30 de la mañana? —se quejó Felicity—. Genial —dijo con ironía.
—Y, por último, el consejo número diez: no tiene paciencia para los líos ni los dramas de oficina.
Espera que todos a su alrededor estén tan centrados y sean tan eficientes como él.
Nada de chismes, ni corrillos, ni traer problemas personales al trabajo.
Para Alexander Reid la oficina es un templo dedicado a la productividad, y él es el sumo sacerdote.
Felicity dio un gran trago de su vino.
—Así que, básicamente, necesito ser perfecta, eficiente, bruja y posiblemente no humana para sobrevivir trabajando para él —comentó en tono divertido, aunque había un trasfondo de seriedad en sus palabras.
Azriel rio, extendiendo la mano para acariciarle la suya.
—Vas a hacerlo bien. Solo recuerda que debajo de todo ese hielo y perfeccionismo hay alguien que construyó un imperio porque le apasiona lo que hace.
Combina esa pasión con competencia y resiliencia, y podrías convertirte en la asistente que dome a la bestia.
O al Diablo, puedes llamarle como quieras.
Felicitó esbozó una leve sonrisa.
—La verdad es que no busco domar a nadie —protestó—. Solo necesito sobrevivir lo suficiente para pagar las facturas, vivir decentemente y ayudar a mi madre con los gastos.
—Claro, cariño —dijo Azriel con una sonrisa cómplice que Felicity agradeció. ¡Qué bien le caía ese tío!—. Pero te advierto: hay una razón por la que sus asistentes renuncian a la semana o se quedan años. Con Alexander Reid no hay término medio.
Gatsby eligió aquel momento para saltar al regazo de Felicity, ronroneando mientras se acomodaba.
—¿Ves? —Azriel señaló al gato—. Gatsby te ve con buenos ojos. Y tiene un excelente criterio. Si cree que puedes con Reid, ¿quiénes somos nosotros para discutirlo? —dijo.
Felicity le rascó detrás de las orejas al gato, reconfortándose con su cálido peso sobre las piernas.
—Ojalá Gatsby tenga razón —murmuró—. Porque mañana va a ser un primer día de locos.