El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Cuando regresó a la zona común, encontró a Azriel preparando café en una máquina que efectivamente parecía suficientemente sofisticada como para lanzar un cohete a la luna.

—Siéntate, siéntate —indicó, señalando los taburetes junto a la isla de la cocina—. Estoy haciendo mi especialidad: un flat white ; doble espresso con leche caliente, y un toque de cardamomo. A menos que prefieras algo diferente.

—Suena perfecto —aseguró Felicity, tomando asiento y observando con fascinación cómo Azriel manipulaba la cafetera con la gracia y precisión de un bailarín.

—Entonces, Felicity Ashford de nombre cinematográfico —comenzó, mientras la máquina siseaba y burbujeaba—, cuéntame algo sobre ti. ¿Qué te trae a este rincón de Brooklyn buscando desesperadamente un lugar para vivir?

Felicity consideró por un momento cuánta información compartir. Normalmente era cautelosa con los desconocidos (menos a los que besaba en trenes), pero había algo en Azriel que inspiraba confianza.

—Acabo de conseguir un trabajo nuevo —explicó—. Asistente personal del director en una empresa en Manhattan. Empiezo mañana, de hecho, y necesitaba encontrar un lugar cerca para poder llegar temprano.

—¿Asistente Personal? —Azriel arqueó una ceja mientras servía el café en dos tazas elegantes—. Suena intrigante. ¿De quién, si puedo preguntar? ¿Alguna celebridad? ¿Un político? ¿Un excéntrico millonario con tendencias dictatoriales?

Su tono era ligero, pero Felicity casi se atragantó con su primer sorbo de café (que, por cierto, era extraordinario). Había dado en el clavo.

—Lo último —respondió después de recuperarse—. Alexander Reid.

Los ojos de Azriel se abrieron como platos, y por primera vez desde que lo conocía, pareció quedarse momentáneamente sin palabras.

—¿Alexander Reid? —repitió finalmente—. ¿El Alexander Reid de Nueva York? ¿El magnate empresarial con cara de modelo y reputación de hacer llorar a ejecutivos experimentados antes del desayuno?

Felicity asintió, sorprendida por su reacción. Al parecer, Alexander Reid era legendario en la ciudad.

—¿Estás segura de que quieres trabajar para él? El tío está buenísimo, pero tiene un carácter de los mil demonios —comentó Azriel.

—¿Lo conoces? —preguntó Felicity.

—Cariño, estoy en la industria de la moda.

Todo el mundo conoce a Alexander Reid —explicó Azriel, reclinándose contra la encimera—.

Su empresa es colaboradora de al menos dos revistas importantes y varios portales de e-commerce de lujo.

Es prácticamente imposible existir en mi mundo sin cruzarse con el imperio Reid en algún momento.

A parte de que todos los diseñadores mataríamos por tenerlo de modelo.

Es un jodido bombón, a pesar de su mala leche.

Hizo una pausa, estudiando a Felicity con interés.

—Debes de ser bastante impresionante si has conseguido ese puesto. La competencia debe haber sido feroz.

Felicity sintió un calor subir a sus mejillas, en parte por el elogio y en parte por el recuerdo de cómo había «impresionado» inicialmente a Alexander Reid con un beso no solicitado en un tren.

—Tuve suerte, supongo —respondió vagamente—. Estaba en el lugar correcto en el momento adecuado.

—La suerte favorece a los preparados, como dice el cliché —sonrió Azriel—. En cualquier caso, es una coincidencia maravillosa. No solo mi apartamento está a veinte minutos de la Torre Reid, sino que conozco lo suficiente sobre tu nuevo jefe como para ofrecerte algunos consejos de supervivencia.

Felicity se inclinó hacia adelante, súbitamente interesada.

—¿Qué tipo de consejos?

—Del tipo que no encontrarás en ningún manual de empleado —respondió Azriel con un guiño—.

Como que nunca, bajo ninguna circunstancia, debes llevarle café de la famosa cadena de la sirena.

Según parece, es un esnob del café egipcio y solo bebe cierta marca turca con el logotipo oscuro que cuesta más que un riñón en el mercado negro.

Felicity no pudo evitar reír. Era exactamente el tipo de información que podría resultar invaluable. Por lo menos para no ser despedida.

—Eso es bueno saberlo —admitió—. ¿Algún otro consejo?

—Muchos, pero tendremos tiempo para eso —respondió Azriel con un gesto despreocupado—. Ahora, volvamos a lo importante: ¿cuándo puedes mudarte? Porque si empiezas mañana, asumo que la urgencia es real.

Felicity se mordió el labio inferior, de repente consciente de lo desesperada que debía parecer.

—Para ser completamente honesta... ¿hoy? —respondió, casi como una pregunta—. Tengo una habitación de hotel reservada para esta noche. Bueno, en realidad es un hostal, pero es tan cara que prácticamente puedo escuchar a mi cuenta bancaria llorar cada minuto que paso allí.

Para su sorpresa, Azriel aplaudió con entusiasmo.

—¡Perfecto! Me encantan las decisiones espontáneas. La habitación está lista, solo necesitas tus cosas. —Hizo una pausa, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Tienes muchas cosas?

—Apenas lo esencial para unos pocos días, después traeré lo que tengo en Pittsburg, aunque tampoco es mucho —dijo Felicity—. Además, me robaron la cartera ayer con el poco dinero que tenía. Estoy prácticamente empezando de cero.

En lugar de mostrar lástima o preocupación, Azriel parecía encantado.

—¡Una historia con drama y superación! Cada vez me gustas más, Felicity Ashford. El universo claramente está orquestando todo esto.

—El anunció que has puesto se ha despegado de la farola y me ha dado en toda la cara —dijo Felicity.

—¿En serio?

—Sí.

—Lo que te digo, el universo está conspirando a nuestro favor.

Azriel se acercó al refrigerador y sacó la botella de prosecco.

—Creo que esto merece una pequeña celebración, después de todo. Una copa pequeña para brindar por los nuevos comienzos, los compañeros de piso y los gatos con buen juicio.

Mientras Azriel servía el espumoso vino en dos copas de cristal, Felicity sintió una oleada de agradecimiento y algo parecido a esperanza. Después de un día (en realidad, varios días) de contratiempos continuos, finalmente algo parecía salir bien.

—Por los encuentros fortuitos —propuso Azriel, levantando su copa.

—Y por los anuncios que vuelan directamente a tu cara —añadió Felicity, haciendo chocar suavemente su copa contra la de él.

Ambos rieron, y en ese momento, con Gatsby haciendo acto de presencia silenciosamente para frotarse contra sus tobillos una vez más, Felicity tuvo la extraña pero reconfortante sensación de que acababa de encontrar no solo un lugar para vivir, sino también su primer amigo en aquella ciudad intimidante y maravillosa.

Y mientras la luz dorada del atardecer bañaba el loft, transformando el espacio en algo casi mágico, Felicity pensó que tal vez las cosas estaban empezando a encajar en su lugar.

Mañana enfrentaría a Alexander Reid y comenzaría una nueva vida profesional, pero por ahora, ese momento de conexión inesperada con Azriel era exactamente lo que necesitaba.

—Entonces, ¿te quedas? —preguntó él, extendiendo su mano libre hacia ella.

—Me quedo —confirmó Felicity, estrechándola.

Ambos sonreían.

Gatsby maulló ruidosamente, como dando su aprobación final al acuerdo.