El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El edificio era exactamente lo que cabría esperar de un antiguo almacén reconvertido en apartamentos: ladrillo rojo expuesto, grandes ventanales industriales, y ese aire de decadencia elegante que tanto adoraban los jóvenes urbanitas.

El portal estaba limpio y el sistema de seguridad parecía funcionar, lo cual ya suponía una gran mejora respecto a varios de los lugares que había visitado ese día.

Felicity pulsó el botón del interfono junto al nombre «A. Fontaine» escrito en una etiqueta decorada con pequeños dibujos que parecían estrellas o copos de nieve.

—¿Quién osa perturbar mi santuario? —retumbó una voz teatral a través del aparato.

—Ummm, soy Felicity. ¿Azriel?

—¡La chica del nombre cinematográfico! Sube, sube. Cuarto piso, puerta con la corona de flores tropicales. No tiene pérdida.

La puerta emitió un zumbido y se desbloqueó.

Felicity entró en un pequeño vestíbulo con suelo de baldosas en blanco y negro, y se dirigió hacia el ascensor. Una pieza vintage que parecía sacada de una película de los años veinte, con una reja metálica que debía cerrarse manualmente.

—Bueno, al menos es pintoresco —susurró, mientras el ascensor subía con un traqueteo que no inspiraba demasiada confianza.

Cuando llegó al cuarto piso, no tuvo ninguna dificultad para identificar la puerta correcta.

Tal como había dicho Azriel, una exuberante corona de flores artificiales en tonos turquesa, fucsia y dorado colgaba sobre una puerta pintada de un azul intenso.

El contraste con las otras puertas del pasillo, todas de un sobrio marrón, no podía ser más evidente.

Antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió de golpe, revelando a uno de los hombres más llamativos que Felicity había visto en su vida.

Alto, delgado, pero con hombros sorprendentemente anchos, y la piel del color del caramelo.

Su pelo, un remolino de mechones disparados teñidos de un azul eléctrico, formaba una especie de halo alrededor de su rostro angular.

Vestía lo que parecía ser una camisa de seda estampada con pavos reales sobre unos pantalones de cuero negro, y al menos tres collares de diferentes longitudes adornaban su cuello.

—¡Llegaste! —exclamó, como si Felicity fuera una amiga a la que no veía desde hacía años en lugar de una completa desconocida—.

Y eres absolutamente adorable. Y preciosa.

Ven, entra, entra. Acabo de hacer café, pero también tengo prosecco, un vino blanco italiano, enfriando, si prefieres algo más festivo.

Antes de que pudiera responder, Azriel la tomó del brazo y la condujo al interior del apartamento.

Felicity apenas tuvo tiempo de registrar la magnitud del espacio antes de que un sonoro maullido atrajera su atención hacia abajo.

Un enorme gato negro, tan brillante que parecía haber sido pulido, se frotaba contra sus tobillos con insistencia.

—Oh, y este es Gatsby —presentó Azriel, inclinándose para acariciar al felino—. El verdadero dueño del lugar. Yo solo pago las facturas.

Felicity sonrió.

—Hola, Gatsby —saludó, agachándose para ofrecer sus dedos al gato, que los olfateó con interés antes de permitirle una caricia tentativa—. Es precioso.

—Y lo sabe —respondió Azriel con una sonrisa afectuosa—. Es tan vanidoso como yo, pero con mejor pelo. Ahora, ¿quieres el tour antes o después del café?

—Antes, por favor —respondió Felicity, aún un poco abrumada por la energía de Azriel, pero encontrándola extrañamente contagiosa.

—¡Excelente elección! Sígueme.

Finalmente pudo apreciar el apartamento en su totalidad, y era, en una palabra, espectacular.

Un amplio espacio abierto con techos de al menos tres metros de altura, vigas expuestas, y ventanales que ocupaban casi toda la pared exterior, ofreciendo una vista impresionante del puente de Williamsburg y el skyline de Manhattan más allá.

El área principal combinaba sala de estar y cocina.

La decoración era una mezcla ecléctica pero sorprendentemente armoniosa: piezas vintage junto a muebles modernos, colores vibrantes contra fondos neutros, y toques de dorado y latón que captaban la luz del atardecer que se filtraba por las ventanas.

—Este es el espacio común —explicó Azriel con un amplio gesto—. Cocina completamente equipada, incluyendo una máquina de Espresso que costó más que mi primer coche. Siéntete libre de usarla, solo te pido que la limpies después. No soy un maniático con la limpieza, pero tengo mis pequeños rituales.

Continuaron el recorrido pasando por un comedor con una mesa de madera maciza rodeada de sillas aparentemente no relacionadas entre sí, pero que de alguna manera funcionaban en conjunto.

—Mi dormitorio y mi estudio están ahí —señaló con la mano hacia una puerta corredera de cristal opaco—. Zona prohibida excepto en caso de incendio, invasión alienígena o si encuentro una araña que necesito que elimines. Tengo una relación complicada con los arácnidos.

Felicity no pudo evitar sonreír ante el comentario. ¡Santa Madre! ¡Aquel tío estaba loco, pero le encantaba!

—Y por aquí —continuó Azriel, guiándola hacia el otro extremo del loft—, está lo que podría ser tu pequeño reino.

Abrió una puerta que daba a un dormitorio sorprendentemente amplio con otra de esas maravillosas ventanas industriales.

La habitación estaba amueblada de forma simple pero elegante: una cama XL con un cabecero tapizado en terciopelo verde oscuro, una cómoda vintage de madera clara, y un pequeño escritorio junto a la ventana.

—El baño está aquí —señaló una puerta en la esquina—. Completo, con bañera y ducha. El anterior inquilino instaló ese toallero térmico, lo cual es un lujo absoluto en invierno, créeme.

Felicity entró en el baño, que efectivamente tenía tanto bañera como ducha independiente, y estaba revestido con azulejos blancos y detalles en negro. Simple, clásico y en perfecto estado.

—Es... increíble —admitió, regresando a la habitación—. Todo el lugar es increíble. ¿Puedo preguntar por qué solo pides 600 dólares? En esta ubicación, con estas características, podría costar fácilmente el doble.

Azriel se apoyó contra el marco de la puerta con una expresión que mezclaba diversión e interés.

—Directa y perspicaz. Me gustas cada vez más, Felicity Ashford —declaró—.

La respuesta es simple: soy el propietario.

Compré este lugar hace años cuando el barrio aún era considerado «peligroso» y los precios eran ridículamente bajos.

No necesito el dinero del alquiler para sobrevivir, pero disfruto de la compañía.

La soledad y yo no somos buenos amigos. Como las arañas.

Hizo una pausa, contemplando a Felicity con ojos entornados, como evaluándola.

—Además, prefiero elegir a mis compañeros de piso basándome en las vibraciones que emiten, no en su capacidad para pagar precios desorbitados. Nueva York ya es suficientemente cruel sin que yo contribuya a la locura inmobiliaria.

Felicity asintió, sorprendida por la franqueza y la filosofía detrás de su explicación.

—¿Y qué tipo de vibraciones estás buscando exactamente? —preguntó, mitad en broma, mitad en serio.

Azriel sonrió. Una sonrisa cálida que transformó su rostro de guapo a absolutamente deslumbrante.

—Del tipo que no grita a las tres de la mañana, que no coge mi comida sin preguntar, dejándome sin nada para la cena, y que no trae a extraños potencialmente peligrosos a casa —enumeró con los dedos—.

Básicamente, alguien con sentido común y la capacidad de vivir como un adulto.

Los estándares han bajado considerablemente después del último inquilino, te lo aseguro.

Mientras hablaba, Gatsby entró majestuosamente en la habitación y, para sorpresa de Felicity, saltó directamente a la cama y comenzó a ronronear mientras se acomodaba sobre el edredón.

—Vaya —comentó Azriel, visiblemente sorprendido—. Eso es nuevo. Gatsby generalmente necesita semanas para aceptar a los extraños en su territorio.

El gato, como si entendiera que estaban hablando de él, estiró una pata hacia Felicity en un gesto casi de invitación. Ella se acercó cautelosamente y se sentó en el borde de la cama. Inmediatamente, Gatsby se movió para frotar su cabeza contra su mano, ronroneando aún más fuerte.

—Increíble —murmuró Azriel, observando la escena con las cejas alzadas—. Le caes bien a mi gato. Eso prácticamente sella el trato, ¿sabes? Gatsby tiene un sexto sentido para detectar a la buena gente. Nunca se equivoca.

Felicity sonrió, acariciando detrás de las orejas al felino, que parecía estar en éxtasis.

—¿Entonces el gato tiene voto en la decisión? —bromeó.

—El gato tiene voto absoluto —confirmó Azriel con total seriedad, aunque sus ojos brillaban con humor—. La última chica que vino a ver el apartamento intentó cargarlo como si fuera un bebé. Gatsby lo odia. Desapareció durante tres días y tuve que dormir con un ojo abierto temiendo su venganza.

Felicity no pudo contener una carcajada ante la imagen.

—Prometo respetar su espacio personal —aseguró, mientras Gatsby se acomodaba en su regazo como si hubiera encontrado su nuevo lugar favorito en el mundo.

—Bueno, parece que contigo hace una excepción —observó Azriel—. Lo cual es una señal excelente. ¿Qué te parece si discutimos los detalles prácticos con ese café que mencioné? ¿O prefieres el prosecco? La ocasión parece merecerlo.

—El café está perfecto —respondió Felicity, sintiendo cómo el cansancio de todo el día comenzaba a hacer mella—. Ha sido una jornada muy larga.

—Café será entonces. Sígueme cuando estés lista. Gatsby entenderá si necesitas levantarte.

Azriel desapareció hacia la cocina, dejándola sola con el gato, que parecía haberse quedado dormido en su regazo. Con cuidado para no molestarlo demasiado, Felicity lo movió suavemente a un lado y se levantó.

Echó un último vistazo a la habitación, apenas creyendo su suerte.

El piso era precioso, la ubicación perfecta, el precio increíble, y el futuro compañero de piso, aunque excéntrico (y un poco zumbado, pero para bien), parecía amable. Después de un día de decepciones, era casi demasiado bueno para ser verdad.