CAPÍTULO 10
El viento de octubre jugaba con los carteles y anuncios que decoraban las farolas de Brooklyn, haciendo que se agitaran como pequeñas banderas.
Felicity avanzaba con paso cansado, llevando los zapatos de tacón en la mano y caminando en medias. Una imagen que hubiera horrorizado a cualquier neoyorquino, pero después de cinco visitas a potenciales pisos compartidos, su sentido de supervivencia había cedido ante el dolor punzante de sus pies.
Cinco visitas, cinco desastres.
Desde el apartamento con olor a humedad y un compañero de piso que coleccionaba muñecos de porcelana, hasta el lugar aparentemente decente que resultó tener un baño compartido con otros tres apartamentos en el pasillo.
Por no hablar del estudio convertido en dos habitaciones mediante una cortina de ducha colgada del techo.
—¿Es que todo el mundo en esta ciudad está loco o desesperado? ¿En qué cojones está pensando la gente? —murmuró para sí misma, deteniéndose frente a un pequeño café para revisar su teléfono.
La aplicación para buscar piso le mostraba otras tres opciones en su rango de precio, pero todas quedaban tan lejos de la Torre Reid que tendría que despertarse prácticamente a la hora en que se acostara para llegar puntual.
«Maldita sea».
Con un suspiro de frustración, Felicity levantó la mirada justo cuando una ráfaga de viento más fuerte arrancó uno de los anuncios de la farola frente a ella.
El papel voló directamente hacia su cara, adhiriéndose a su mejilla como si fuera un mensaje personal del universo.
—¡Joder! —exclamó Felicity, arrancándose el papel del rostro con mala leche.
Estaba a punto de arrugarlo y tirarlo a la papelera cuando algo llamó su atención.
Una dirección.
En Williamsburg.
A solo dos paradas de metro de Manhattan.
«Se busca compañer@ de piso con urgencia.
Amplio loft renovado, habitación privada con baño propio. 600$/mes todo incluido. No fumadores, amantes de los gatos preferiblemente. Artistas, creativos y almas nocturnas serán bienvenidos.»
Felicity no pudo evitar sonreír cuando leyó la última frase.
La dirección correspondía a una zona de Williamsburg que reconoció como una de esas áreas en plena transformación: con suficiente gente como para ser segura, pero no tanto como para ser prohibitivamente cara.
Y 600 dólares por una habitación con baño propio en esa ubicación era prácticamente un milagro en Nueva York.
Obviamente, tenía que haber un truco. O el lugar era del tamaño de un armario, o el compañero de piso era un asesino en serie, o ambas cosas.
Pero a esas alturas, ¿qué tenía que perder?
Marcó el número que aparecía en el anuncio, preparándose para otra decepción.
—¿Diga? —respondió una voz masculina melodiosa y ligeramente cantarina después del tercer tono.
—Hola, estoy llamando por el anuncio del loft compartido en Williamsburg —respondió Felicity, intentando que su voz sonara profesional a pesar del cansancio—. ¿Sigue disponible?
—¡Cariño, es como si el universo te hubiera enviado! —exclamó la voz con un entusiasmo que desconcertó a Felicity—. Justo acabo de poner el anuncio hace dos horas. ¿Puedes venir a verlo ahora? Tengo café, vino o té, dependiendo de qué tipo de día estés teniendo.
Felicity parpadeó, sorprendida por la efusividad del desconocido.
¿Y si realmente era un psicópata? ¿O un asesino en serie? Fuera lo que fuera, tenía que arriesgarse.
—Ummm, claro, podría ir ahora —respondió, calculando mentalmente cuánto tardaría en llegar—. ¿En media hora te parece bien?
—¡Perfecto! Tendré todo listo. Pregunta por Azriel en el interfono. Cuarto piso.
—¿Azriel? —repitió Felicity, asegurándose de haber escuchado correctamente.
—Sí, como el ángel de la muerte. Pero te prometo que soy mucho más divertido y menos letal —respondió con una risa ligera—. ¿Y tú eres...?
—Felicity. Felicity Ashford.
—¡Qué nombre tan cinematográfico! Ya me caes bien, Felicity Ashford. Te espero en treinta minutos. ¡No llegues tarde o le daré tu habitación al siguiente desesperado que llame!
Y con eso, colgó, dejando a Felicity mirando su teléfono con el ceño fruncido y una mezcla de confusión y curiosidad.
O acababa de hablar con el compañero de piso más excéntrico de Nueva York, o aquello era algún tipo de elaborada estafa. En cualquier caso, merecía la pena investigarlo.
Volvió a ponerse los zapatos con un quejido y emprendió de nuevo su camino, esa vez con un destino claro en mente.