CAPÍTULO 9
El aire fresco de Manhattan golpeó el rostro de Felicity nada más traspasar las puertas giratorias de la Torre Reid.
La adrenalina aún corría por sus venas, mezclándose con una euforia que amenazaba con hacerla flotar sobre el pavimento.
Necesitó apoyarse un momento contra la fachada de granito de la parte baja del edificio, y sentir la solidez del material bajo sus dedos, mientras intentaba procesar todo lo que acababa de suceder.
«Lo he conseguido. Sí, lo he conseguido.»
Una sonrisa se extendió por su rostro, tan amplia que casi dolía.
No pudo contener una pequeña risa nerviosa que atrajo la mirada curiosa de un ejecutivo que pasaba cerca. Le importaba un comino. Acababa de ser contratada como asistente personal de Alexander Reid, posiblemente el hombre más intimidante, exigente y, sí, condenadamente atractivo de todo Manhattan.
Con dedos temblorosos, sacó su teléfono del bolso y marcó el número que conocía mejor que el suyo propio. Mientras esperaba, tamborileó con sus uñas contra la funda del móvil, incapaz de contener la energía nerviosa que la invadía.
—¿Felicity? —La voz cálida y ligeramente preocupada de su madre sonó al otro lado de la línea—. ¿Cómo ha ido, cariño?
—¡Me han cogido, mamá! —exclamó, sin importarle las miradas que recibía de los transeúntes—. ¡He conseguido el puesto!
El chillido de alegría que soltó Aurora Ashford fue tan fuerte que Felicity tuvo que apartar el teléfono de su oreja, riendo.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que lo conseguirías! —Las palabras vibraban de orgullo—. Nadie podría rechazar a mi brillante niña.
Felicity sintió un ligero calor expandiéndose por el pecho. Su madre siempre había sido su mayor fan, su apoyo incondicional desde que su padre las abandonara cuando ella apenas tenía cinco años.
Aurora Ashford había trabajado turnos dobles como enfermera para mantenerlas a flote, y nunca, ni una sola vez, había dejado que Felicity sintiera que sus sueños eran demasiado grandes.
—Gracias, mamá —respondió, parpadeando para contener las lágrimas que amenazaban con arruinar su cuidado maquillaje—. Aunque no estoy segura de si debo celebrar o entrar en pánico —bromeó.
—¿Por qué, cariño? ¿El salario no es bueno?
Felicity soltó una risa suave mientras comenzaba a caminar hacia la estación de metro más cercana.
—Sí, ya te dije que el salario es... —Hizo una pausa, aún asimilando la cifra que le habían mostrado en Recursos Humanos—, una jodida pasada.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó Aurora—. Entonces, ¿cuál es el problema?
Felicity suspiró, deteniéndose en un semáforo mientras una oleada de taxis amarillos pasaba frente a ella.
—Es mi jefe, mamá. Alexander Reid. Es... —buscó las palabras adecuadas—… exactamente como dicen los rumores. Intimidante, exigente, y perfeccionista hasta un nivel que roza lo patológico.
—Oh. —La voz de Aurora adoptó un tono comprensivo—. ¿Es el tipo duro de Wall Street?
—Más bien el mismísimo diablo con un traje italiano de tres mil dólares —respondió Felicity, cruzando la calle—.
Te juro que la temperatura de la oficina bajó diez grados cuando empezó a explicarme sus expectativas.
Espera disponibilidad 24/7, cero errores, y básicamente quiere que sea una mezcla entre secretaria, guardaespaldas y bruja para que adivine sus necesidades antes de que él mismo las sepa.
Aurora chasqueó la lengua al otro lado de la línea.
—Suena a un hombre que necesita desesperadamente unas buenas vacaciones. O un hobby. O ambas cosas.
Felicity no pudo evitar reír ante la observación de su madre.
—No creo que Alexander Reid entienda el concepto de «vacaciones». Probablemente considera que dormir más de cuatro horas es un lujo innecesario.
—Bueno, cariño —comenzó Aurora. Su tono se volvió más serio, pero seguía cargado de protección maternal—, si alguien puede manejar a un jefe imposible, esa eres tú. Has superado cosas mucho peores que un hombre en traje caro que ladra órdenes.
Felicity sintió una oleada de amor ante su apoyo.
Su madre tenía razón.
Había sobrevivido a la ausencia de su padre, a la escasez económica, a trabajos agotadores mientras estudiaba, a relaciones que terminaron en desastre. Un jefe intimidante era solo otro obstáculo en el camino.
—Tienes razón —admitió, deteniéndose frente a la entrada del metro—. Además, solo necesito aguantar el periodo de prueba de dos meses. Si resulta insoportable, al menos tendré una línea impresionante en mi currículum y suficiente dinero ahorrado para buscar algo más... humano.
—¡Ese es el espíritu! —la animó Aurora—. Aunque algo me dice que estarás a la altura. Siempre lo has estado.
Felicity sonrió, sintiendo cómo los nervios comenzaban a transformarse en determinación. Estaba a punto de responder cuando recordó el otro «pequeño» detalle que necesitaba compartir con su madre.
—Ah, mamá... hay algo más que debería contarte. No lo hice ayer por no preocuparte —comenzó, mordiendo su labio inferior—. Pero me robaron la cartera en la estación de tren.
El silencio al otro lado de la línea fue breve pero cargado de preocupación.
—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —le preguntó Aurora con alarma.
—Estoy perfectamente —se apresuró a asegurar Felicity—. Ni siquiera me di cuenta hasta que ya era tarde. Ya sabes cómo son los carteristas de habilidosos. Un segundo la tenía y al siguiente... puf.
Lo que no mencionó fue cómo ese robo la había llevado a tomar decisiones desesperadas; como colarse en un tren sin billete y, lo más surrealista de todo, besar a un completo desconocido para evitar ser descubierta.
Un desconocido que como broma del destino había resultado ser Alexander Reid.
Ese era un detalle que su madre definitivamente no necesitaba conocer.
—¡Por Dios, Felicity! —exclamó Aurora—. ¿Has denunciado? ¿Bloqueaste la tarjeta?
Felicity asintió, aunque su madre no podía verla.
—Sí, todo está bloqueado, y ayer por la tarde cuando llegué a Nueva York lo denuncié. Pero me dejó bastante tirada. Sin efectivo y con la cuenta del banco en números…
No necesitó terminar la frase. Aurora comprendió inmediatamente lo que había pasado.
—¿Cuánto necesitas, cariño? —preguntó sin dudar.
Felicity sintió una punzada de culpabilidad. Su madre apenas ganaba lo suficiente para pasar el mes entero. Lo último que quería era ser una carga financiera para ella.
—No, mamá, de verdad, no es necesario —protestó débilmente—. Acabo de conseguir un trabajo con un salario buenísimo. Solo tengo que aguantar hasta la primera nómina.
—Felicity Joanne Ashford —El tono de Aurora no admitía réplica—, ¿cuánto necesitas? Y no te atrevas a mentirme.
Felicity suspiró, reconociendo esa inflexión en su voz que indicaba que su madre no cedería.
—Necesito cubrir el alquiler de una habitación aquí en Nueva York. Con cuatrocientos dólares podría arreglármelas hasta que cobre el primer sueldo.
Escuchó a su madre teclear algo, probablemente accediendo a su banca online.
—Te acabo de hacer una transferencia de seiscientos —anunció Aurora con determinación—. Y no quiero oír ni una palabra de protesta. Considéralo un préstamo si te hace sentir mejor, o mi regalo de «enhorabuena por conseguir el trabajo de tus sueños con un jefe infernal».
—Pero, mamá, tú tampoco andas muy bien de dinero… —comenzó Felicity.
—He dicho que no quiero oír ni una palabra de protesta —la cortó Aurora, tajante.
Felicity sintió cómo las lágrimas amenazaban nuevamente sus ojos. Su madre siempre había sido así: generosa hasta el punto de la abnegación.
—Te lo devolveré con intereses —prometió, con la voz ligeramente emocionada—. En cuanto cobre el primer sueldo.
—Oh, cariño —dijo Aurora. Su voz se suavizó—, lo sé. Siempre cumples tus promesas. Es una de las muchas cosas que me hacen estar orgullosa de ti.
Felicity se apoyó contra la pared de la entrada del metro, sintiendo una mezcla de gratitud y determinación. No podía fallar ahora. Tenía demasiadas personas que creían en ella, empezando por la mujer que estaba al otro lado de la línea.
—Ahora —continuó Aurora, volviendo a su tono práctico—, ¿tienes alguna idea de dónde vas a vivir? Nueva York no es precisamente conocida por su mercado inmobiliario asequible.
Felicity soltó una risa breve mientras descendía las escaleras hacia el andén.
—Estaba pensando en buscar una habitación en un piso compartido, tal vez en Brooklyn o Queens. Con mi nuevo sueldo podré permitirme un piso para mí sola, pero por ahora necesito algo rápido y relativamente barato.
—Buena idea —aprobó Aurora—. Solo asegúrate de que tus compañeros no sean unos psicópatas. Ya sabes, lo básico.
Felicity no pudo evitar soltar una carcajada.
—Vaya, mamá, gracias por el consejo tan específico —respondió con un sarcasmo fingido—. Y yo que pensaba buscar activamente psicópatas con los que vivir.
La risa de Aurora resonó en el teléfono.
—Muy graciosa. Solo intento ser una madre preocupada. Es mi deber.
Felicity sonrió, sintiendo ese amor maternal que siempre había sido su red de seguridad.
—Lo sé, mamá. Y lo haces de maravilla.
El sonido de un tren aproximándose llenó el andén.
—Creo que va a cortarse la llamada —advirtió Felicity, alzando la voz por encima del ruido—. Estoy a punto de subir al metro.
—De acuerdo, cariño —respondió Aurora rápidamente—. Buena suerte mañana con el Señor Diablo . Muéstrale de qué está hecha una chica con genes irlandeses.
—Lo haré —prometió Felicity—. Te quiero, mamá.
—Y yo a ti, mi valiente. Llámame mañana y cuéntame cómo fue tu primer día.
La llamada se cortó justo cuando las puertas del metro se abrían frente a ella. Felicity guardó el teléfono y entró en el vagón abarrotado, encontrando un pequeño espacio para apoyarse contra una de las barras.
Mientras el tren se ponía en marcha, sacudiéndose rítmicamente sobre las vías, Felicity dejó que su mente divagara sobre los acontecimientos del día.
De todas las entrevistas a las que había acudido en las últimas semanas, jamás hubiera imaginado que sería esta (con el intimidante Alexander Reid) la que resultaría exitosa.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal al recordar sus penetrantes ojos azules, su mirada acerada, la forma en que la había estudiado como si pudiera ver cada uno de sus secretos.
Se ruborizó cuando pensó en que lo había besado. Sí, a su jefe. Lo había besado. ¡Besado!
«Solo fue un beso —se recordó, sintiendo cómo sus mejillas se calentaban con el recuerdo—. Un simple acto de desesperación que él probablemente ya ha olvidado.»
El problema era que ella no lo había olvidado.
Por alguna razón inexplicable, el recuerdo de ese breve contacto se negaba a desvanecerse. La suavidad inesperada de sus labios, la rigidez de su cuerpo por la sorpresa, el aroma masculino y caro que la había envuelto momentáneamente.
«Céntrate, Felicity», se ordenó.
Tenía poco más de doce horas para prepararse para su primer día. Necesitaba encontrar alojamiento (y rápido, a ser posible), comprar algunas cosas básicas, y mentalizarse para lo que se avecinaba. No sería fácil, pero su madre tenía razón: había superado cosas peores.
El metro se detuvo en una estación y Felicity miró distraídamente por la ventana, observando a la gente que subía y bajaba.
Tantas vidas, tantas historias, todas entrelazándose brevemente en aquella ciudad inmensa e indiferente. Solo unos días atrás, ella era solo otra aspirante desesperada buscando una oportunidad. Ahora era la futura asistente personal de uno de los hombres más poderosos de Nueva York.
Y, por alguna extraña broma del destino, también era la mujer que lo había besado sin permiso en un tren.
La vida a veces tenía un sentido del humor retorcido. Muy retorcido.
Con un suspiro, Felicity sacó su teléfono nuevamente y abrió una aplicación de búsqueda de pisos. Era hora de encontrar un lugar donde vivir en aquella ciudad descomunal, preferiblemente uno desde el que pudiera llegar rápidamente a la Torre Reid a las inhumanas 7:00 de mañana.
Mientras desplazaba hacia arriba anuncios de distintas habitaciones en pisos compartidos, no pudo evitar una pequeña sonrisa.
Pese a todos los obstáculos, pese a Alexander Reid y sus exigencias imposibles, pese a estar prácticamente sin blanca en una de las ciudades más caras del mundo... se sentía extrañamente optimista.
«A la altura del desafío», como diría mi madre.
El metro continuó su marcha hacia Brooklyn, donde estaba el hostal en el que se había alojado Felicity, llevándola no solo a través de la ciudad, sino hacia un futuro que, de alguna manera, estaba intrínsecamente ligado a un par de ojos azules imposiblemente intensos y a un beso robado que nunca debió haber sucedido.