El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Una pregunta interesante —dijo Alexander—. La respuesta simple es que no tengo tiempo para hacer más entrevistas. La señorita Anderson se va dentro de dos días y necesito a alguien ya.

La franqueza de su respuesta impresionó a Felicity. Había esperado alguna evasiva condescendiente, no aquella honestidad brutal. Pero Alexander Reid era así. No se andaba por las ramas. Ni adornaba sus discursos.

—Pero —continuó él, inclinándose ligeramente hacia adelante—, si quiere la respuesta completa: su currículum muestra adaptabilidad en entornos de cambio.

No se quedó en un puesto que la habría estancado profesionalmente.

Priorizó la familia cuando fue necesario, lo cual habla de sus valores personales.

Y durante esta entrevista ha mantenido la compostura bajo la presión, no ha intentado impresionarme con respuestas ensayadas, y ha tenido el valor de cuestionar mi decisión. Esas son cualidades que valoro.

Felicity parpadeó, procesando aquel inesperado giro. ¿Acababa Alexander Reid de elogiarla? ¿El mismo hombre que hacía unos minutos parecía estar tratando de intimidarla hasta la sumisión?

—Entonces... —comenzó, aún desconcertada.

—Le estoy ofreciendo el puesto, señorita Ashford —interrumpió Alexander, directo como siempre—.

Con un periodo de prueba de dos meses, por supuesto.

El salario es significativamente superior al mercado, como compensación por las...

exigencias adicionales del cargo. La señorita Anderson le proporcionará los detalles del paquete de beneficios.

Felicity sintió como si alguien hubiera sacado todo el aire del despacho. Le estaba ofreciendo el trabajo. Realmente estaba sucediendo.

¡Oh, Dios!

—¿Puede empezar mañana? —preguntó Reid, aparentemente ajeno al torbellino de emociones que había desatado en ella.

—¿Mañana? —repitió Felicity, aturdida—. Yo... Sí, claro, puedo empezar mañana.

Alexander asintió, como si nunca hubiera contemplado otra respuesta. De hecho, no lo había hecho.

—Bien. Preséntese a las 7:00 de la mañana. La señorita Anderson la estará esperando.

Se levantó, indicando claramente que la entrevista había terminado.

Felicity se puso de pie también, sintiendo una mezcla vertiginosa de emoción, miedo y algo más indefinible ante la perspectiva de trabajar para aquel hombre que era tan exigente como fascinante.

—No lo decepcionaré, señor Reid —dijo, extendiendo su mano.

Alexander Reid la miró durante un segundo antes de estrechársela. Su mano era cálida y firme y su apretón preciso. Ni demasiado fuerte para resultar intimidante, ni demasiado suave para parecer débil. Perfectamente calculado, perfectamente medido, como todo en él.

—Eso espero, señorita Ashford —respondió en tono distante—. Por el bien de ambos.

Cuando se separaron, Felicity sintió un hormigueo persistente en su palma, como si la huella de la mano de Alexander Reid hubiera dejado algún tipo de marca invisible en la suya.

—La señorita Anderson la acompañará a Recursos Humanos para completar el papeleo —indicó Alexander, presionando un botón en el teléfono fijo. Se inclinó un poco—. Señorita Anderson, por favor, acompañe a la señorita Ashford a Recursos Humanos. Es mi nueva asistente personal.

—Enseguida, señor Reid —respondió ella a través del intercomunicador.

Alexander volvió su atención a Felicity una última vez.

—Hasta mañana, señorita Ashford. 7:00 de la mañana en punto. Ni un minuto antes ni un minuto después.

—Estaré aquí —prometió ella, consciente de que acababa de comprometerse a algo que podría ser tanto la mayor oportunidad como el mayor desafío de su vida profesional. Y quizá de su vida personal.

Mientras seguía a Rebecca fuera de la oficina, Felicity sintió una oleada de adrenalina recorrer su cuerpo.

Lo había logrado.

Sí, joder, lo había logrado.

Había conseguido el puesto que cientos de personas en Nueva York (y fuera de ella) codiciarían. Iba a ser la Asistente Personal de Alexander Reid, uno de los empresarios más poderosos y, definitivamente, uno de los hombres más intimidantes (y atractivos) que había conocido jamás.

Tendría que comprar café extrafuerte aquella noche, programar todas sus alarmas, y mentalizarse para lo que se avecinaba. Porque algo le decía que trabajar para Alexander Reid iba a ser una experiencia que cambiaría su vida de formas que ni siquiera podía imaginar.

Y mientras el ascensor descendía hacia el departamento de Recursos Humanos, Felicity no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. Tal vez de triunfo. Porque muy aterrador que fuera satisfacer las exigentes expectativas del señor Reid, había algo innegablemente emocionante en el desafío.

Además, ¿cuántas personas podían decir que pasarían sus días trabajando con un hombre que parecía salido de las páginas de una revista de moda?

«Contrólate, Felicity —se reprendió—. Es tu jefe. Tu intimidante, exigente y probablemente imposible de complacer jefe.»

Pero mientras firmaba el contrato y escuchaba distraídamente las explicaciones sobre beneficios y políticas de la empresa, una parte rebelde de su mente no podía dejar de pensar en esos ojos azules que parecían ver directamente a través de ella, y en cómo sería trabajar de una forma tan estrecha con un hombre como Alexander Reid.

Mañana comenzaría a descubrirlo. A las 7:00 de la mañana en punto.