CAPÍTULO 8
Sentada frente al imponente escritorio de caoba, Felicity intentaba mantener la compostura mientras Alexander Reid repasaba su currículum con un escrutinio que parecía propio de un detective forense examinando las pruebas de un crimen.
Sus dedos largos y elegantes pasaban las páginas con deliberada lentitud, deteniéndose ocasionalmente para subrayar algo con el capuchón de su estilográfica, una Montblanc que probablemente costaba más que todo el vestidor de Felicity.
—Veo que estuvo dos años en Clayton Associates —comentó finalmente, levantando la mirada del papel. Sus ojos azules, de un tono acerado que parecían irreales, se clavaron en ella como dos cuchillos de hielo—. ¿Por qué dejó ese puesto?
Felicity se aclaró la garganta, consciente de cómo el silencio magnificaba cada pequeño sonido en aquella oficina minimalista.
—La empresa fue adquirida por un conglomerado japonés y hubo una reestructuración —respondió, agradeciendo que su voz sonara más segura de lo que se sentía—. Mi departamento fue uno de los primeros en sufrir recortes.
Alexander enarcó una ceja.
—¿Y no le ofrecieron reubicación dentro de la nueva estructura?
Había algo en su tono, una insinuación apenas perceptible, que sugería que, si realmente hubiera sido valiosa, la habrían dejado.
Felicity sintió cómo su columna vertebral se tensaba involuntariamente. Alexander Reid tenía un don para hacer que las preguntas más simples sonaran como acusaciones.
—Me ofrecieron un puesto en contabilidad —aclaró, decidiendo que la sinceridad era su mejor apuesta. Mentir nunca daba buen resultado—. Pero era un paso atrás en mi carrera y preferí buscar nuevas oportunidades que se alinearan mejor con mis objetivos profesionales.
Un atisbo de algo que podría haber sido aprobación cruzó fugazmente el rostro de Alexander, desapareciendo tan rápido que Felicity se preguntó si lo había imaginado.
—Ambición —murmuró él, más para sí mismo que para ella—. Interesante.
Volvió a concentrarse en el currículum, dándole a Felicity un momento para respirar y... observar. Y vaya si había qué observar.
Alexander Reid era, no había otra manera de decirlo, ridículamente atractivo. La clase de atractivo que resultaba casi ofensivo, como si hubiera acaparado más de su justa porción de genes favorables.
Definitivamente no era el tipo mayor y calvo que se había imaginado.
Su rostro era angular, con rasgos que combinaban la dureza de un ejecutivo despiadado con una belleza innegable. Su expresión, sin embargo, confirmaba los rumores que corrían sobre él.
La boca estaba apretada en una línea que rara vez debía sonreír, con unos labios firmes que, incluso en reposo, tenían una forma que resultaba inexplicablemente fascinante, y poseía una mirada evaluadora que parecía encontrar defectos en todo lo que observaba.
Su pelo negro, con algunas canas prematuras en las sienes que solo añadían carácter, estaba peinado hacia atrás con un estilo que conseguía parecer a la vez conservador e intimidante.
«Mi madre tenía razón. No es precisamente un ogro... al menos físicamente —pensó Felicity para sí misma—. Guapo, pero aterrador —concluyó en silencio.»
El traje negro que vestía (claramente hecho a medida y probablemente italiano) se ajustaba a sus hombros anchos y a su figura atlética de una manera que sugería horas de gimnasio disciplinado, probablemente antes del amanecer, porque tíos como Alexander Reid no parecían permitirse el lujo de dormir como los mortales comunes.
«Perfecto. Solo faltaba que fuera atractivo para hacer la situación aún más intimidante.»
Negó para sí.
«Concéntrate, Felicity —se regañó mentalmente—. Estás aquí por un trabajo, no para evaluar si tu potencial jefe podría ser portada de una revista de moda.»
—Su experiencia en gestión de proyectos es... adecuada —continuó Alexander, interrumpiendo sus pensamientos—. Aunque hay un vacío de tres meses entre Clayton y su puesto temporal en Turner & Sons.
Felicity se tensó.
Había esperado que no se diera cuenta de ese pequeño hueco, o al menos que no lo mencionara. Mucha ingenuidad de su parte. Ese hombre probablemente podría detectar una discrepancia de fechas a veinte páginas de distancia y con los ojos vendados.
—Estuve cuidando de mi abuela —explicó—. Le detectaron un cáncer en su fase final. Tenía metástasis por todo el cuerpo.
Alexander la miró directamente a los ojos con una expresión inescrutable.
—Entiendo —dijo simplemente.
Asintió una vez. Un gesto breve y económico, antes de cerrar la carpeta con su currículum y colocarla perfectamente alineada con el borde del escritorio.
Felicity tuvo la impresión de que acababa de presenciar algún tipo de prueba, aunque no tenía idea de si la había superado o no. Con Alexander Reid era mejor no aventurar nada.
—Bien, señorita Ashford —dijo él finalmente, inclinándose hacia adelante—. Hablemos sobre lo que implica realmente ser mi asistente personal.
Felicity se irguió imperceptiblemente en la silla, preparándose. Aquí venía el famoso discurso del señor Reid que, según los rumores (siempre según los rumores), había hecho llorar a más de un candidato.
—Este no es un trabajo de nueve a cinco —comenzó.
Su voz adquirió un tono más cortante—. Mi día comienza a las 6:00 de la mañana y termina cuando termina, no cuando el reloj marca una hora determinada.
Espero que mi asistente personal esté disponible cuando la necesite, sea a las seis de la mañana o a medianoche de un domingo.
Hizo una pausa, como esperando que Felicity protestara o mostrara algún signo de debilidad o incomodidad. Pero ella mantuvo la expresión neutra, aunque por dentro estaba calculando cuántas horas podría dormir si tenía que estar operativa a las 6:00 de la mañana.
—Gestiono empresas en tres continentes —continuó Alexander—.
Lo que significa que siempre hay algo sucediendo en algún lugar del mundo que requiere mi atención.
Mi asistente personal debe ser capaz de anticipar problemas del día a día antes de que ocurran, resolver crisis sin tener que consultarme cada pequeño detalle, y mantener mi agenda con una precisión militar.
Se levantó mientras hablaba, moviéndose hacia la ventana panorámica que ofrecía una vista vertiginosa de Manhattan.
La luz de primera hora de la mañana entraba a raudales, creando un efecto de contraluz que lo hacía parecer aún más imponente.
—No tolero errores repetidos —añadió, girándose para mirarla—. El primer error es una lección. El segundo es inaceptable.
Felicity sintió un nudo formándose en el estómago. Tragó saliva.
Los rumores sobre la dureza de Alexander Reid no solo eran ciertos. Joder, se quedaban cortos.
Aquel hombre esperaba la perfección y nada menos. ¿Sería capaz de trabajar bajo esa presión constante? ¿De vivir bajo ese escrutinio implacable?
—Necesito a alguien que piense tres pasos por delante —continuó él—. Que sepa lo que necesito antes de que yo mismo lo sepa. Que maneje mis comunicaciones, mi agenda y mi vida profesional con una discreción absoluta y una eficiencia impecable.
Se movió nuevamente, en aquella ocasión acercándose a donde ella estaba sentada. Su postura emanaba una confianza rayana a la arrogancia.
Felicity resistió el impulso de retroceder ante su proximidad. A pesar de su intimidante presencia (o quizás debido a ella), había algo magnético en Alexander Reid que hacía difícil apartar la mirada de él.
Era un hombre acostumbrado a que el mundo girara según sus términos. Se advertía en la seguridad de sus movimientos, en la forma en que ocupaba el espacio.
—La confidencialidad es primordial —recalcó. Su tono había bajado ligeramente de volumen, volviéndose más intenso—. Tendrá acceso a información que podría valer millones en las manos equivocadas. Necesito saber que puedo confiar en su discreción absoluta.
—Por supuesto —respondió Felicity, encontrando finalmente su voz—. La confidencialidad ha sido una parte fundamental de todos mis puestos de trabajo anteriores.
Alexander la observó, como evaluando la veracidad de sus palabras.
Estaba tan cerca que Felicity podía distinguir el gris acerado en el borde de su iris. También podía percibir su aroma, una mezcla sutil de madera de sándalo, cuero y algo más indefinible, exclusivamente masculino.
Era ridículamente injusto que un hombre con esa personalidad tan intimidante oliera tan bien.
—Mi anterior asistente personal ha estado conmigo casi un año.
—Alexander tomó de nuevo la palabra, regresando a su silla—.
Va a casarse y a mudarse a Nevada. Le ha surgido un contratiempo con la casa de última hora —explicó—.
Tiene un par de días para enseñarle todo lo que necesita saber, y luego estará sola.
Felicity parpadeó.
—¿Un par de días? —repitió, incapaz de ocultar su sorpresa. ¡Mierda, eso era muy poco tiempo!—. Para aprender todos los procedimientos, contactos, protocolos...
—Dos días —confirmó Alexander con firmeza—. Rebecca es extremadamente eficiente. Y espero que usted aprenda rápido.
Felicity tragó de nuevo saliva. En aquella ocasión con más esfuerzo. Tenía la boca seca.
Tenía dos miserables días para aprender a navegar por el complejo universo que era la vida profesional de Alexander Reid. Parecía una tarea hercúlea.
«Maldito contratiempo de última hora de Rebecca», se lamentó.
—¿Tiene alguna pregunta, señorita Ashford? —inquirió Alexander Reid, cruzando sus manos sobre el escritorio.
Tenía mil preguntas.
¿Realmente esperaba que estuviera disponible 24/7? ¿Existía algún límite dentro de las responsabilidades de una asistente personal? ¿Cómo había sobrevivido Rebecca casi un año sin desarrollar una úlcera en el estómago o un tic nervioso?
Pero lo que salió de su boca fue:
—¿Por qué yo?
Alexander Reid pareció sorprendido por la pregunta, como si hubiera esperado algo más convencional.
—¿Disculpe?
—De todos los candidatos que debe haber entrevistado —aclaró Felicity, sorprendiéndose de su propia audacia—, ¿por qué me está considerando a mí?
Sobre todo después de que lo había besado.